El contrato de sumisión que nadie debería firmar
Tu teléfono vibra a las 4:12 de la madrugada. Un número oculto. Contestas medio dormido.
—Tu solicitud ha sido aprobada. Tienes diez horas para presentarte. Las coordenadas llegarán en cinco minutos. No las abras hasta que estés fuera de casa.
Cuelgan sin esperar respuesta.
¿Qué solicitud? No recuerdas haber solicitado nada. Pero entonces lo recuerdas: hace dos meses, una noche de demasiado whisky, rellenaste un formulario que encontraste en un foro oscuro que ya no podrías localizar. Preguntas que no eran de ningún test normal. «¿Cuánto vale tu integridad física en términos económicos?» «¿Has experimentado alguna vez placer durante el dolor?» «¿Qué parte de ti estarías dispuesto a ceder para saber hasta dónde puedes llegar?»
Pensaste que era algún juego de rol online o una broma elaborada. Rellenaste todo con una honestidad que solo aparece cuando estás borracho.
A las 4:17 llega el mensaje. Solo coordenadas y una contraseña: «UMBRAL-4491».
Buscas las coordenadas en el mapa. Un polígono industrial a veinte kilómetros. Naves sin actividad aparente.
Podrías ignorarlo. Volver a dormirte. Borrar el mensaje.
Pero estás vistiéndote antes de terminar ese pensamiento.
***
Llegas al lugar antes del amanecer. Una nave con la persiana metálica medio levantada. Luz tenue en el interior. Sin coches aparcados. Sin señales de vida.
Te agachas y entras.
El interior está vacío excepto por una mesa plegable en el centro. Una caja de cartón y un sobre. Dentro del sobre, un contrato. Dieciocho páginas de terminología legal incomprensible. Pero hay un resumen en la portada, con letra clara:
INSTITUTO DE RECONFIGURACIÓN VOLUNTARIA
Artículo 1: El Solicitante cede autonomía corporal completa al Instituto durante un período de setenta días consecutivos.
Artículo 2: El Instituto se compromete a devolver al Solicitante en condiciones físicas funcionales. No se garantiza el estado psicológico.
Artículo 3: Todas las modificaciones serán reversibles en un porcentaje aproximado del 65-80%.
Artículo 4: El Solicitante percibirá 2.500 euros por día completado. Pago único al finalizar: 175.000 euros totales si completa el programa íntegro.
Artículo 5: El Solicitante puede emplear la palabra de seguridad «EXTINCIÓN» para abandonar el contrato en cualquier momento, cobrando proporcionalmente a los días completados. Quedará registrado permanentemente como «Desertor» en la base de datos del Instituto.
Artículo 6: No hay cámaras. No hay grabaciones. No hay público. Solo tú y el Proceso.
Artículo 7: Firmar es consentir. Consentir es convertirse en material.
Hay una línea punteada al final. Y un bolígrafo.
En la caja hay ropa: un mono gris sin marcas, unas chanclas de goma y un dispositivo que parece un reloj pero solo muestra una pantalla en bucle: «DÍAS RESTANTES: 70».
Tu mano tiembla cuando coges el bolígrafo.
Si lo piensas demasiado, te vas.
Firmas.
Las luces se apagan. Oyes un motor. La persiana cae con un estruendo metálico. Estás en la oscuridad.
—Quítate toda la ropa. Déjala en el suelo. Ponte el mono. Ponte el reloj. No te muevas de donde estás.
La voz sale de altavoces que no ves. Humana. Cansada. Casi aburrida. Como alguien que lleva años leyendo el mismo guion.
Haces lo que dice. El reloj se cierra solo alrededor de tu muñeca con un clic. Intentas quitártelo. Está sellado.
Las luces vuelven. Rojas. Y hay una puerta abierta en la pared del fondo que juras que no estaba antes.
—Camina hasta la puerta. No corras. No hables. Solo camina.
***
El pasillo es blanco. Esterilizado. Huele a hospital y a algo sintético que tu nariz rechaza pero al que tu cuerpo reacciona con una tensión extraña en el pecho.
Pasas por delante de la primera puerta lateral y miras dentro a través del cristal reforzado.
Hay un hombre suspendido del techo mediante arneses que distribuyen su peso en ángulos calculados. No grita. Tiene los ojos abiertos pero ausentes. Alguien trabaja su cuerpo con precisión metronómica, sin pausa, sin prisa.
—No te pares. Sigue.
Segunda puerta. Un individuo sentado en una silla con electrodos pegados en brazos y cuello. Su cuerpo se sacude cada ciertos segundos. Entre descarga y descarga, ríe. Carcajadas genuinas, como si acabara de escuchar el mejor chiste de su vida.
Tercera puerta. Vacía. Solo una camilla. Limpia. Preparada.
Para ti.
—Entra. Túmbate boca arriba. Cierra los ojos.
La camilla tiene una forma ergonómica que no debería existir. Cuando te tumbas, tu cuerpo encaja en ella con una perfección perturbadora. Como si hubiera sido moldeada específicamente para ti.
Oyes pasos. Varias personas. Nadie habla.
Sientes manos. Muchas manos. Te abren el mono. Te lo quitan. Las manos no te tocan de forma sexual. Te tocan de forma clínica. Miden. Evalúan. Presionan grupos musculares. Pellizcos que dejan marcas blancas que luego enrojecen.
Algo frío en la vena del codo. Una inyección.
—Tres compuestos. El primero eleva tu sensibilidad nerviosa en torno a un 280%. El segundo bloquea parcialmente la formación de recuerdos a corto plazo. El tercero lo descubrirás solo.
Sientes el líquido extendiéndose por tus venas. Calor. Frío. Algo que no tiene temperatura. Solo sensación pura.
Alguien te roza el antebrazo con un dedo y es como si te quemaran.
—Abre los ojos.
Cuatro personas con batas blancas. Mascarillas de quirófano con sonrisas dibujadas. Enormes. Grotescas.
—Bienvenido al Día Uno. Hoy establecemos tu línea base de dolor. Necesitamos saber exactamente cuánto aguantas antes de romperte. Los próximos sesenta y nueve días vamos a vivir justo en ese borde.
No contestas. No puedes. Tu lengua pesa toneladas.
—Da igual. Ya firmaste.
***
La arquitectura del dolor tiene una geometría que nadie te enseña hasta que la habitas.
No es lineal. No es predecible. Es fractal: se ramifica en direcciones que tu sistema nervioso no sabía que existían. Con la sensibilidad multiplicada por el compuesto, cada estímulo es una detonación. El roce del aire frío de la sala contra tu pecho desnudo se siente como lija microscópica. Tu pulso resuena en cada terminación nerviosa como un tambor golpeando desde dentro de tus huesos.
Trabajan durante horas. No sabes cuántas. La segunda droga está funcionando: existes solo en el presente, en cada segundo concreto, sin poder encadenar los momentos en una narrativa coherente.
Mapean tu cuerpo con la frialdad de cartógrafos explorando territorio desconocido. Plumas. Agujas de distintos grosores. Hielo. Pequeñas descargas eléctricas. Pinceles de texturas variadas. Cada reacción tuya es catalogada, numerada, clasificada en una tableta que uno de ellos sostiene sin soltar.
Descubren que ciertos puntos de presión en tus costillas te hacen reír de forma involuntaria, histérica, sin alegría. Que una presión sostenida en la base del cráneo te hace lagrimear sin que haya tristeza. Que hay un pequeño parche de piel encima de tu cadera derecha que, tocado con la presión exacta —no demasiado suave, no demasiado firme—, convulsiona tu cuerpo entero de una forma que no es dolor ni placer sino algo que no tiene nombre todavía.
Tu polla está dura. Llevas así mucho tiempo. Tu cuerpo ha traducido la sobrecarga sensorial en excitación porque es el único idioma que conoce para procesar estimulación extrema.
—Categoría M-6. Masoquista funcional con respuesta genital directa. Eso nos abre muchas posibilidades.
En algún momento te corres sin que nadie te toque. Solo del dolor acumulado. Uno de ellos recoge tu semen en un frasco etiquetado con código.
—Muestra catalogada. Día Uno completado. Inicien recuperación.
Te inyectan algo más. El mundo se vuelve borroso.
Te despiertas en una celda. Tres metros por tres. Un catre, un váter sin tapa, un grifo. Nada más. El reloj dice: «DÍAS RESTANTES: 69».
Has perdido un día entero. No recuerdas nada después del primer mapa.
***
El reloj marca 67 cuando entras en la Sala Kappa.
Es un espacio que tu mente se niega a catalogar correctamente. Grande y pequeño al mismo tiempo. Sin sombras visibles aunque la luz llena cada rincón. Y en el centro, una estructura que no tiene nombre en tu vocabulario: geometría funcional aplicada al cuerpo humano. Tubos de acero pulido, correas de cuero negro, articulaciones diseñadas para moverse en ángulos que tu columna no debería poder alcanzar.
Las correas te envuelven con precisión milimétrica. Muñecas, antebrazos, cintura, cuello, muslos, tobillos. Incluso los dedos de los pies. No aprietan fuerte. No necesitan hacerlo. La inmovilización es más psicológica que física. Saber que no puedes moverte aunque las correas no te corten la circulación es más aterrador que cualquier dolor directo.
Hay espejos en el techo. Te ves reflejado: un cuerpo atado, expuesto, vulnerable. Tu polla cuelga flácida, pero mientras te observas empieza a endurecerse. Otra traición de tu fisiología. Tu mente dice horror. Tu cuerpo dice excitación.
—Hoy trabajamos por capas. Cinco sistemas simultáneos. Tu cerebro intentará establecer una jerarquía de señales. No lo conseguirá. Esto no es acumulación. Es multiplicación.
Comienzan.
Capa uno: dolor fantasma en tu pierna derecha. Señales nerviosas falsas que tu cerebro cree completamente reales. Sientes que tu muslo está ardiendo aunque no haya nada que lo toque. Lo miras: intacto. Tu sistema nervioso insiste en lo contrario.
Capa dos: tu corazón acelera por orden química. Ciento veinte pulsaciones. Ciento cuarenta. Ciento sesenta. Puedes sentir cada latido en tus sienes, en tu garganta, detrás de los ojos. Tu cuerpo cree que huye de algo, pero estás completamente inmóvil.
Capa tres: pierdes la noción de dónde están tus extremidades. Tu brazo izquierdo —puedes verlo recto, sujeto por la correa— se siente doblado hacia atrás, el codo invertido, los huesos atravesando la piel. El conflicto entre lo que ves y lo que sientes produce una náusea existencial sin remedio.
Capa cuatro: lloras sin estar triste. Las lágrimas bajan por tus mejillas mientras una euforia química te inunda al mismo tiempo. Las dos emociones coexisten sin anularse. Tu cerebro intenta ser feliz y devastado de forma simultánea y no puede gestionar la contradicción.
Capa cinco: tus órganos internos duelen. No tienes palabras para esto porque el lenguaje no las tiene. Visceral en el sentido más literal. Tu hígado, tus riñones, algún punto indeterminado entre tus costillas y tu pelvis. Dolor que viene de donde nunca esperabas que pudiera venir.
Y tu polla sigue dura.
—Interesante. Respuesta genital positiva durante saturación completa de los cinco sistemas. Anotado.
En la primera hora, tu cerebro hace algo que no esperabas: empieza a fusionar las señales. El dolor fantasma de tu pierna se entrelaza con el latido desbocado de tu corazón. La euforia química se mezcla con la agonía visceral. Lo que eran cinco cosas separadas se convierte en una sola cosa monstruosa, indistinguible, total.
Es peor. Mucho peor. Porque ya no hay jerarquía posible. Todo es máxima prioridad simultáneamente. Tu sistema nervioso entra en saturación completa y no encuentra salida.
Y lo peor —lo verdaderamente insoportable— es que estás completamente consciente. La droga del primer día te mantiene alerta. No puedes desmayarte. No puedes disociarte. Solo experimentar. Segundo tras segundo. Minuto tras minuto.
Tres horas. Las pasan encima de ti como losas. El tiempo deja de ser lineal. Se convierte en un nudo, un bucle donde el principio y el final se tocan sin resolverse.
No gritas. No puedes. Tu garganta está paralizada entre el sollozo y la risa. Produces sonidos que no reconoces como tuyos. Sonidos que vienen de algún lugar muy profundo de tu tronco cerebral, anteriores al lenguaje.
Cuando por fin inician el descenso —una capa retirada cada treinta minutos— el alivio de cada extracción es casi orgásmico en sí mismo. Tu sistema nervioso interpreta la ausencia de estímulo como recompensa. Cuando la última capa desaparece, el silencio sensorial es atronador.
Uno de los técnicos se acerca. Lleva un guante diferente a los anteriores. Te toca la polla con un gesto completamente clínico, sin intención, sin erotismo. Es el contacto más neutro que has sentido en tu vida.
Te corres.
No es un orgasmo. Es una detonación. Tu próstata se contrae con una violencia que lo expulsa todo hacia fuera. Los chorros salen con una presión que no sabías que podías alcanzar. Tu visión se vuelve blanca en los bordes. Cada músculo de tu cuerpo se tensa hasta el límite.
Recogen cada gota en contenedores separados y etiquetados. Todo es data. Todo es información.
Cuando termina, cuelgas de las correas como ropa olvidada en una percha.
***
De vuelta en la celda, hay comida y también hay un sobre.
Dentro, una nota manuscrita en letra pequeña y regular. «Esta noche, mientras dormías, hiciste cosas que no recuerdas. Mira debajo del catre.»
Debajo del catre hay una tableta. En la pantalla, un vídeo.
Eres tú. En tu celda. Solo. Pero no dormido.
Estás a cuatro patas en el suelo. Metes y sacas los dedos de tu propio ojete con una urgencia animal mientras te masturbas con la otra mano. Tu cara es una máscara de necesidad pura. Gimes. Suplicas algo en voz baja, ininteligible, dirigido a nadie o a todos.
Cuando te corres, bajas la cabeza y lames tu propio semen del suelo sin dudarlo.
No recuerdas nada de eso. Absolutamente nada.
La voz regresa.
—El compuesto amnésico es selectivo. Tu cuerpo aprende. Tu mente no retiene. Estás siendo recableado en una dirección que tu conciencia no puede seguir todavía. El recableado está completo al 35%.
Quieres gritar. Quieres exigir que te liberen. Pero tu garganta solo produce un sonido que no pertenece a ningún idioma que hayas hablado antes.
—Descansa. Mañana es el Día Cuatro. Ahí es donde las cosas se ponen interesantes de verdad.
La voz se apaga. El silencio que deja es más pesado que cualquier sonido.
***
Esa noche —si es que es de noche; aquí el tiempo no funciona así— te quedas con los ojos abiertos mirando el techo de la celda. Hay una grieta que parte de la esquina superior derecha y se ramifica en tres direcciones. La sigues con la mirada y tu cerebro empieza a ver mensajes en las ramificaciones. Palabras que no están ahí pero que tu córtex visual insiste en descifrar.
Te ríes. Una risa seca, sin alegría. El sonido de tu propia risa te asusta porque no reconoces el tono. Es la risa de otra persona saliendo de tu garganta.
Intentas cerrar los ojos y el error es inmediato. Cuando los cierras vuelves a la Sala Kappa. Las correas. Las cinco capas activándose simultáneamente. Tu pierna ardiendo, tu corazón desbocado, tus extremidades rotas según tu propiocepción, el llanto y la risa al mismo tiempo, tus órganos gritando. Tu cerebro ha grabado la experiencia con tanta intensidad que ahora es un bucle involuntario. Un recuerdo que no necesita ser recordado. Simplemente existe.
Abres los ojos de golpe. Jadeando. Empapado en sudor nuevo.
No puedes cerrar los ojos. Cada vez que lo intentas, la Sala Kappa te reclama.
Sin pensar —o quizá pensando demasiado—, tu mano baja hacia tu polla. La tocas. El contacto es como meter los dedos en un enchufe. Tu espalda se arquea. Tu cuerpo ha sido recableado tan profundamente que ya no distingue tipos de estímulos. Todo es simplemente intensidad. Y la intensidad es lo único que tu sistema nervioso destruido sabe procesar ahora.
Te la agarras. Se pone dura en tres segundos. Tan rápido que duele.
Empiezas a masturbarte. No es una paja normal. Tu mano se mueve con una urgencia frenética, casi involuntaria. Como si tu cuerpo supiera que necesita correrse para resetear, para apagarse, para encontrar un segundo de silencio neurológico.
Las imágenes llegan sin invitación. La estructura de la Sala Kappa. Los técnicos sin rostro. Tu cuerpo inmóvil bajo las correas. Pero tu cerebro corrupto ha convertido el recuerdo en algo sexual. Recuerdas el dolor fantasma de tu pierna y tu polla late. Recuerdas tu corazón a ciento sesenta pulsaciones y aceleras la mano. Recuerdas la sensación de tus órganos internos gritando y tu otra mano busca tu ojete.
—Joder, joder, joder... —gimes. No sabes si es miedo o excitación o ambas cosas fundidas en una sola que ya no puedes separar.
Y entonces te das cuenta de algo que te destruye: estás repitiendo exactamente lo que viste en el vídeo. El vídeo de ti mismo haciendo esto, que no recuerdas haber hecho. Tu cuerpo ha memorizado movimientos que tu mente no tiene archivados. Eres un autómata ejecutando un programa que no sabías que habías aprendido.
El orgasmo te golpea sin aviso. Una detonación completa. Tu espalda se arquea tanto que solo tus talones y tu nuca tocan el catre. Cuando termina, no hay alivio. No hay paz. Solo vacío. Te quedas inmóvil, jadeando, empapado en tu propio semen, esperando que tu cerebro se reagrupe.
No lo hace.
Y entonces la voz regresa.
—Buen trabajo integrando la experiencia. Tu respuesta es exactamente lo que esperábamos. En seis horas comienza el Día Cuatro. Te sugerimos que descanses. Vas a necesitar toda tu cordura.
El silencio que deja es peor que cualquier sonido.
Tu polla se pone dura otra vez.
Sin que la toques.
Solo de pensar en lo que queda.
Solo llevamos cuatro días. Quedan sesenta y seis.