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Relatos Ardientes

Esa noche tomé el control bajo la mesa

Celebrábamos nuestro medio año juntos y yo había elegido el restaurante con un plan muy específico en la cabeza. Se llamaba El Olivar, uno de esos bistrós pequeños escondidos en una calle lateral del centro, donde la iluminación es tan baja que cada mesa parece vivir dentro de su propia burbuja. Perfecto para lo que quería hacer.

Tomás no sospechaba nada. Llegó recién duchado, con una camisa blanca arremangada hasta los codos y ese perfume que le había regalado el mes anterior. Se lo puso para mí. Lo sabía porque solo lo usaba cuando quería gustarme, y esa noche lo había conseguido desde antes de sentarnos.

Yo llevaba lo que había comprado esa tarde: un vestido negro de tirantes finos, corto, nada exagerado. Medias oscuras, muy delgadas. Tacones de aguja del mismo color que el vestido. Y debajo de todo eso, una decisión tomada días antes: no llevar bragas. El aire del restaurante se me colaba entre los muslos cada vez que me movía en el asiento, y me recordaba a cada paso que esa noche mandaba yo.

—Estás preciosa —dijo mientras nos acomodábamos.

—Lo sé —respondí, y me gustó cómo se le movió la garganta al tragar.

Nos sentaron justo donde lo había pedido por teléfono esa mañana: un rincón de la sala, lejos de las demás mesas, en un banco tapizado en verde oscuro que formaba una ele contra la pared. La mesa era alta, con un mantel largo que caía hasta casi rozar el suelo. Exactamente el escenario que necesitaba.

Pedimos vino tinto, entrantes y un plato principal para compartir. Tomás hablaba de su semana en el estudio, de un proyecto que lo tenía agotado, de una discusión tonta con su hermano. Yo asentía, lo miraba, le acariciaba el dorso de la mano con un dedo cada tanto. Por dentro contaba los minutos.

Durante los últimos días le había estado diciendo, de a poco, que quería probar cosas nuevas. Que me gustaba la idea de llevar yo las riendas alguna vez. Él se había reído al principio, pero después me había mirado de esa manera en la que mira cuando algo lo intriga de verdad. No habíamos vuelto a hablar del tema. Yo quería que la próxima vez que pasara algo fuera sin previo aviso.

El vino llegó. Brindamos. La mesera, una chica joven de trenzas, nos trajo los entrantes y se alejó entre las otras mesas.

—¿En qué piensas? —me preguntó él.

—En que esta noche vas a hacer lo que yo te diga.

Lo dije sin dejar de cortar una aceituna. Él se quedó con el tenedor a medio camino.

—¿Disculpa?

—Lo que escuchaste. Y vas a obedecer. ¿De acuerdo?

No tenía planeadas exactamente esas palabras, pero me salieron y me gustó cómo sonaron.

Tardó unos segundos en responder. Dejó el tenedor sobre el plato. Me miró sin sonreír.

—De acuerdo.

Le temblaba un poco la voz. No de miedo. De anticipación.

—Bien —contesté, y bebí un sorbo de vino sin apartar la vista de la suya—. Y te aviso una cosa: no llevo bragas. Así que pensá bien lo que hacés con tus manos y con tu boca esta noche, porque todo lo que pase depende de mí.

Se le atragantó el vino. Tosió, se limpió con la servilleta, y me miró como si acabara de descubrir a otra mujer en el mismo cuerpo. Me encantó.

Comimos los entrantes casi sin hablar. Cada tanto le hacía alguna pregunta trivial solo para obligarlo a responder, para recordarle que la dinámica entre nosotros había cambiado. Él contestaba con frases cortas. La tensión era un cable tenso que ninguno de los dos quería cortar todavía.

Cuando trajeron el plato principal, yo ya había tomado mi decisión. Dejé caer la servilleta al suelo a propósito. Me incliné a recogerla y aproveché el movimiento para deslizar el tacón derecho fuera del pie. Volví a subir con una sonrisa intacta.

—¿Se te cayó algo? —preguntó con voz aún firme.

—La servilleta. Sigue comiendo.

Estiré la pierna por debajo de la mesa. La media se deslizó contra mi piel. Con la punta del pie encontré su pantorrilla. Sentí cómo se tensó al primer contacto.

—No dejes de comer —le dije, sin apenas mover los labios.

Subí despacio. Mi pie, cubierto apenas por la fina tela oscura, avanzó desde la pantorrilla hasta la rodilla rozando la tela del pantalón. Él cerró un instante los ojos. Los volvió a abrir.

—Si paras ahora —susurré—, me levanto y me voy. Y te dejo con la polla dura toda la noche solo en tu cama.

Siguió comiendo.

Continué subiendo hasta el muslo. El mantel era largo, pesado, y nadie en el restaurante podía adivinar lo que estaba pasando. Cuando llegué a la entrepierna, mi pie encontró lo que sospechaba: ya la tenía dura, marcada contra la tela del pantalón, un bulto grueso y caliente que palpitaba bajo mi empeine.

Presioné con el empeine. Despacio. Firme. Suficiente para sentir cómo latía y cómo la tela del pantalón se tensaba sobre ella. Recorrí toda la longitud con la planta del pie, de la base a la punta, midiéndola como si no la conociera de memoria. La sentí engrosarse todavía más bajo la presión.

—Dios —murmuró.

—Silencio. Y no te atrevas a moverte.

Empecé a moverme arriba y abajo. Muy lento al principio. La tela de su pantalón se tensaba con cada pasada, y yo notaba con la punta de los dedos cómo se marcaba la cabeza, ancha, palpitando contra la cremallera. Él mantenía los ojos fijos en los míos, el tenedor quieto sobre el plato.

—Come —le ordené.

Obedeció. Pinchó un trozo de carne, lo masticó sin saborearlo. Yo seguía subiendo y bajando con el pie, calibrando la presión, aprendiendo a leer cada una de sus reacciones. Cuando algo le gustaba más de la cuenta, se le movía la mandíbula. Cuando le costaba contenerse, apretaba los dedos contra la copa de vino.

Me quité el otro tacón. Ahora tenía los dos pies libres. Crucé las piernas por debajo, separé los pies y apoyé el empeine derecho sobre él. Con el izquierdo le acaricié el muslo interno, subiendo hasta rozarle los huevos por encima de la tela. Le apreté ahí, suave, con los dedos del pie, y lo sentí morderse el labio de abajo.

—¿Me estás escuchando? —pregunté, con voz normal.

—Sí.

—Desabróchate el pantalón. Sacala. Quiero sentírtela en la piel, no a través de la tela.

Se miró las manos un instante. Después las bajó despacio, por debajo del mantel. Escuché el sonido del botón al abrirse, el de la cremallera al bajar. Sentí cómo el tejido cedía contra mi pie. Un segundo después, la piel caliente reemplazó a la tela. Su polla saltó libre, pesada, la piel tan tensa que la sentí latir contra el arco de mi pie apenas la rozó.

—Qué obediente —dije, y fue la primera vez en toda la noche que sonreí de verdad—. Y qué dura la tenés, mi amor. Toda para mí.

La verga le palpitaba contra la planta de mi pie, gruesa, hinchada, con la vena de abajo abultada contra la tela de la media. La rodeé entre los dos empeines, presionando desde ambos lados, y la moví despacio, midiéndola centímetro a centímetro. Sentí la cabeza gorda resbalar entre los dedos de mi pie derecho, y ahí, en la punta, una gota espesa de líquido tibio que se pegó a la seda oscura y dejó una mancha brillante bajo la tenue luz que se colaba por debajo del mantel.

—Ya me estás mojando la media —susurré—. Y no llevamos ni la mitad de la cena. Vas a tener que aguantarte, Tomás. Vas a tener que aguantar cada vez que se me antoje apretarte esa polla con los pies, ¿me oís?

—Sí —murmuró, con la voz medio rota.

Empecé a movérsela entre mis pies. Arriba, abajo, con un ritmo pausado. La tela de las medias deslizaba, sí, pero también rozaba de una forma áspera que lo hacía temblar. El contraste entre lo suave de la seda y lo firme de mi arco apretándolo era justo lo que buscaba. Cerré los pies con más fuerza sobre la base, dejando la cabeza asomando entre los dedos, y con un movimiento corto la ordeñé de arriba abajo. Otra gota espesa cayó, esta vez sobre el muslo del pantalón. La sentí escurrirse contra mi tobillo.

—¿Te gusta?

—Sí.

—Más alto. Que te escuche.

—Sí. Me gusta. Me gusta muchísimo.

—Decilo bien. Decime qué es lo que te gusta.

Tragó saliva. Miró a un costado, a la mesa más cercana, y volvió a mí.

—Me encanta cómo me la agarrás con los pies —dijo bajo, casi entre dientes—. Me encanta cómo me la apretás.

—Buen chico.

Giró la cabeza un instante hacia la sala, comprobando que nadie estaba cerca. La pareja más próxima estaba a tres mesas de distancia, enfrascada en su propia conversación. La mesera atendía el otro extremo del local. Volvió a mirarme.

—Manos sobre la mesa —le dije—. Las dos. Y no las muevas.

Obedeció. Puso las palmas abiertas sobre el mantel blanco, a ambos lados del plato, como si estuviera a punto de levantarse y no pudiera.

Aceleré un poco. No demasiado. Lo último que quería era que se corriera en cinco minutos. Quería que sudara. Quería que se le cortara la respiración cada vez que respondiera a algo que yo le preguntase. Cambié el ángulo, poniendo el empeine izquierdo justo bajo la cabeza y masajeando el frenillo con el borde del pie, mientras el derecho le presionaba la base y le acariciaba los huevos con los dedos.

—Cuéntame cómo te fue hoy en el estudio.

Parpadeó.

—¿Qué?

—Cuéntame cómo te fue hoy. Con detalles.

Empezó a hablar. Al principio se atragantaba con las palabras, pero poco a poco consiguió armar frases. Habló de una reunión con un cliente difícil, de un diseño que no terminaba de cerrar, de una conversación con su jefe. Mientras hablaba, mis pies seguían trabajando bajo la mesa, subiendo y bajando, deteniéndose un segundo justo cuando parecía que iba a perder el hilo, para obligarlo a concentrarse en dos cosas a la vez.

—Y entonces… entonces Sebastián me pidió… pidió que… —se le cortaba.

—Sigue.

—Que preparara la propuesta… para el viernes.

—Muy bien. Te luciste.

Apreté. Los dos pies cerrados alrededor de la polla, moviéndolos en sentidos opuestos, torciendo la piel como si le estuviera dando una paja doble. Otra gota más escapó y resbaló por el costado, humedeciendo mi media hasta el tobillo. Noté que empezaba a sudarle la frente, que se le pegaba el pelo a las sienes. Lo estaba llevando al límite muy de a poco, como quien afina la cuerda de un instrumento. Cada vez que sentía que se le tensaba entera y empezaba a palpitar más rápido, aflojaba, lo dejaba respirar, y volvía a empezar desde cero. Se me estaba mojando el coño de verlo aguantar. Podía sentir mi propia humedad bajando por la cara interna del muslo, empapando la media desde adentro.

***

La mesera apareció a su lado con la libreta en la mano.

—¿Les apetece ver la carta de postres?

No detuve nada. Seguí moviéndome con un ritmo más lento, más discreto, pero sin interrumpir ni un segundo. Al contrario: cerré los dedos del pie derecho sobre la cabeza gorda de su verga y la apreté con firmeza justo mientras la chica hablaba.

—Sí, por favor —contesté con una sonrisa natural.

Tomás, en cambio, tuvo que carraspear dos veces antes de hablar.

—Para… para mí también.

La mesera dejó los menús y se alejó. Yo aumenté la presión durante los tres segundos que tardó en volverse de espaldas, moviendo los pies rápido, arriba y abajo, hasta que lo vi cerrar los puños sobre el mantel.

—Casi te delatas —susurré—. Casi te corrés delante de la pobre chica.

—Casi —admitió, con la voz ronca.

—Si lo hacés, me voy sin vos. Y te dejo acá, con la polla afuera y la corrida en el pantalón, para que la mesera te descubra sola.

Se le escapó un temblor que le recorrió toda la pierna hasta mi pie.

Abrimos los menús. Yo elegí en diez segundos. Él tardó más, porque tenía que concentrarse para leer. Cuando la mesera volvió, pedimos. Me di cuenta de que él no había soltado la servilleta con la mano izquierda en todo el rato.

Cuando la mesera se alejó, no esperé ni cinco segundos.

—Mírame —le ordené.

Me miró.

—Te voy a dejar terminar. Acá, ahora, sin hacer ruido, sin mover las manos. Te vas a correr entre mis pies, como el buen chico que sos. Si te escucho, paro. Si las movés, paro. ¿Entendido?

—Entendido.

—Y no vas a bajar la mirada. Quiero verte los ojos cuando te vengas.

—Sí.

Aceleré. Ya no se trataba de administrar el ritmo. Ahora se trataba de romperlo. Mis pies se deslizaban arriba y abajo con movimientos más cortos, más duros, justo en el tramo que sabía que le funcionaba por haberlo hecho tantas veces con las manos, con la boca. Lo tenía memorizado. Ahora solo era cuestión de aplicar lo mismo con otras herramientas. Cerré los empeines sobre su polla como si fueran dos manos, la ordeñé desde la base hasta la punta con movimientos firmes, girando ligeramente en cada pasada, apretando la cabeza al final de cada subida y sintiendo cómo se le hinchaba todavía más.

Sentí cómo se ponía todavía más dura, si eso era posible. Cómo se le acumulaba la sangre en la punta, cómo se le tensaban los huevos contra el arco de mi otro pie. Palpitaba entre mis medias con un ritmo cada vez más rápido, y ese ritmo le subía por el vientre y le hacía temblar el labio. Él respiraba por la nariz, con el pecho quieto, las manos abiertas sobre la mesa como yo había pedido, la mirada fija en la mía. Le brillaban los ojos, húmedos, casi como si fuera a llorar de las ganas de gritar y no poder.

—Ahora —susurré—. Vení para mí.

Fue silencioso. Solo un pequeño temblor en la mandíbula, un cerrarse y abrirse de los párpados, y el calor que sentí estallar contra la planta de mi pie derecho. El primer chorro fue potente, caliente, largo, y me golpeó justo en el arco. Después vino otro, y otro más, cada uno un latido de la polla entre mis pies. Fue mucho. Más de lo habitual. Sentí cómo el semen tibio y espeso corría entre los dedos, se metía en los huecos que dejaba la seda, se empapaba en la tela de la media y me chorreaba por el empeine hasta el tobillo. Un poco cayó sobre el pantalón. El resto, todo, estaba en mi pie. Seguí moviéndolo despacio, ordeñándolo, sacándole hasta la última gota, sintiendo cómo se le sacudía la polla en cada espasmo hasta que empezó a aflojarse.

No me moví.

—Buen chico —dije—. Qué obediente sos cuando querés.

Él dejó caer la cabeza un momento, respirando. Después la levantó y me miró con una expresión nueva, algo entre la fatiga y la adoración.

—Guardátela —le dije en un susurro—. Con cuidado, que está toda pegajosa. Recogé lo que puedas con la servilleta. Y esa servilleta te la llevás en el bolsillo. Vas a limpiarme cuando lleguemos a casa. Con la lengua.

—Sí.

La mesera regresó con los postres. Los comimos como pudimos. Yo, tranquila, sintiendo la media pegajosa aferrada al pie a cada movimiento. Él, con las manos todavía un poco torpes. Pedimos la cuenta. Él pagó con la misma mano que todavía conseguía sostener la tarjeta.

—¿Todo bien? —preguntó ella al devolver el recibo.

—Todo perfecto —contesté.

Nos levantamos. Yo me volví a calzar los tacones con la mayor naturalidad que pude, a pesar de que el derecho se sentía raro, húmedo, tibio dentro de la media, con el semen de Tomás resbalándome entre los dedos a cada paso. Salimos. Caminamos dos cuadras hasta el coche bajo una noche fresca que no conseguía apagar nada.

En el ascensor de su edificio, me apoyé contra la pared del fondo. Él seguía callado, con los ojos todavía un poco perdidos. Lo miré.

—Esto no se ha terminado, ¿sabes?

—Lo sé.

—Cuando entremos, me vas a quitar las medias. Con cuidado. Con la boca. Y después vas a lamer todo lo que me dejaste en los pies. Cada gota. Y cuando termines con eso, te vas a meter la cara entre mis piernas y no vas a salir hasta que yo te lo diga. Porque llevo toda la cena mojada, y ahora te toca a vos hacer el trabajo.

Se estremeció. Asintió.

—Y no pienses que con eso alcanza —le susurré, subiéndome un poco el vestido para dejarle ver el muslo desnudo por encima de la media—. Después te voy a montar. Vos boca arriba, las manos sobre la cabeza, sin tocarme. Vas a estar quieto mientras yo te uso la polla hasta que a mí se me antoje bajarme.

—Sí —murmuró, y la voz le temblaba tanto como al principio de la noche.

Cuando la puerta del piso se cerró detrás de nosotros, él ya estaba de rodillas.

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Comentarios(8)

NadiaSol77

tremendo!!! de los mejores de esta categoria en mucho tiempo

TomásV

hay segunda parte?? quede con ganas de mas jaja

CarlosRdz22

la tension que construye sin decir nada es increible. Me gusto mucho como esta escrito, sin ser explicito y con toda la intencion del mundo

Damian_BsAs

me recordo a una cena que tuve hace unos años jajaja, de esas situaciones que no se olvidan

CuriosaNocturna

como siguio el resto de la noche? alguien mas en la mesa noto algo?

LuciaMdz

Lo que mas me gusto es que no necesita ser explicito para que te imagines todo. La escena debajo de la mesa esta perfectamente construida, se siente la tension y la adrenalina al mismo tiempo. Muy recomendable

martin_rr

el ambito del restaurante le da otro nivel, muy bien logrado

SolDeVerano88

jajaja el que no se daba cuenta de nada me mato de risa, tremendo

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