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Relatos Ardientes

Caminé por Lisboa para que adorara mis pies

En los viajes largos, las cosas que uno planea con más cuidado no son las obvias. Yo no armé una lista de restaurantes ni de museos. Armé una lista de detalles para él. Y el primero involucraba mis pies.

Llevábamos cuatro meses sin vernos cuando aterricé en Lisboa. Cuatro meses de videollamadas a deshoras, de mensajes de madrugada, de extrañarnos hasta que doliera la boca del estómago. Sabía que iba a pasar treinta días pegada a él. También sabía exactamente qué le gustaba. La noche antes de viajar le mandé un audio corto: «esta noche, cuando lleguemos al hotel, mis pies son tuyos». No contestó con palabras. Mandó un emoji y tres puntos suspensivos. Suficiente.

La primera mañana me desperté pegada a su espalda, todavía con el sabor del reencuentro en la boca. La habitación tenía ese olor raro y dulce de los hoteles nuevos, mezclado con el nuestro. Estiré el brazo y revisé el clima en el teléfono. Doce grados, nublado, sin lluvia. Perfecto. Fresco afuera, cálido adentro de las zapatillas. Mis pies iban a trabajar para él todo el día sin que yo tuviera que hacer nada.

Me levanté despacio para no despertarlo. Saqué del fondo del bolso las zapatillas blancas que había usado en el vuelo y los dos días anteriores, sin lavarlas, obviamente. Elegí unas medias de algodón gruesas, las mismas que me había puesto para volar. Un jean ajustado, una campera liviana. Nada que dejara respirar el pie. Nada que interrumpiera el proceso.

—¿Desde cuándo te levantás a las nueve? —murmuró él desde la cama, con la voz ronca.

—Desde hoy. Tenemos que caminar mucho.

—¿Mucho cuánto?

—Mucho, amor. Todo el día.

Me miró de arriba abajo. Se fijó en las medias, en las zapatillas del día anterior, y sonrió con esa boca torcida que pone cuando entiende algo sin que haga falta decirlo.

—Sos una hija de puta preciosa —dijo.

Le tiré un beso en el aire y agarré la cartera.

***

Empezamos por la Torre de Belém. Después nos cruzamos toda la costa hasta la Plaza del Comercio. Caminamos por la Rua Augusta entre turistas y olor a pastel de nata, subimos al Miradouro de Santa Catarina, bajamos al Chiado, comimos un bacalao rapidísimo en Bairro Alto y volvimos a subir hasta Alfama por calles empedradas que te matan los pies si caminás con suela blanda. La mía era blandísima, a propósito.

Cada tanto lo miraba de reojo. Él iba atento al mapa, sacaba fotos, me pasaba el brazo por la cintura, me besaba en las esquinas. Pero yo sabía que por debajo de todo eso la cabeza le corría para otro lado. Cada vez que nos sentábamos a descansar, le miraba las zapatillas. Cada vez que me agachaba a atarme los cordones, apretaba la mandíbula. Y yo seguía caminando.

A eso de las cinco de la tarde ya casi no sentía los dedos. Me dolía la planta izquierda con cada paso. Sentía cómo las medias se pegaban a la piel, húmedas, calentitas, empapadas de lo que él iba a encontrar. Pobre. Todavía le faltan tres horas para saber lo que preparé.

—¿Estás bien? —me preguntó en un mirador.

—Me duelen los piecitos —dije, con voz inocente—. Muchísimo.

Me miró. No dijo nada. Apretó el paso hacia el restaurante.

***

Cenamos en una taberna pequeña en Alfama, al fondo, con mesa de madera oscura y una vela en el medio. Pedimos vino verde y dos platos de arroz con mariscos. Afuera hacía frío. Adentro, todo era amarillo y cálido, con olor a ajo frito, a limón y a puerto.

Él levantó la copa.

—Por nosotros.

—Por nosotros —contesté, y le di un sorbo largo, mirándolo por encima del vidrio—. Por treinta días sin soltarnos.

—Y por todo lo que tengo pensado —agregó, más bajo.

—¿Tenés algo pensado?

—Tengo muchas cosas pensadas.

Crucé las piernas debajo de la mesa. Sentí el calor espeso de los pies todavía encerrados, la humedad acumulada entre los dedos. Dejé el tenedor.

—Yo también tengo algo preparado —dije.

Él tragó saliva. Lo vi. Siguió comiendo más despacio, como si le costara concentrarse en la comida.

—¿Algo tipo qué?

—Algo tipo un regalo. Para cuando lleguemos al hotel.

—Martina —murmuró, y en mi nombre puso todo lo que tenía.

—No me digas nada. Comé tranquilo. Tenemos toda la noche.

Le acaricié la mano por encima de la mesa, bien despacio, como si fuéramos dos turistas cualquiera. Él apretó los dedos alrededor de los míos y miró la puerta del restaurante como si estuviera calculando el tiempo de vuelta.

—¿Postre? —apareció el mozo.

—No, gracias —dijimos los dos a la vez.

***

Volvimos al hotel casi corriendo. Esos diez minutos fueron los más largos del día. Cruzamos el lobby con una sonrisa nerviosa al recepcionista y subimos al ascensor en silencio. Cuando la puerta se cerró, él me empujó contra el espejo y me besó hasta quedarse sin aire.

—Sabés lo que me hiciste todo el día, ¿no?

—Tengo una idea.

Entramos a la habitación. Cerré la puerta con llave. Me saqué la campera y el jean despacio, dejándolo parado en el medio del cuarto, mirándome. Las medias me las dejé puestas a propósito. Me senté al borde de la cama.

—Vení —le dije—. Arrodillate y sacámelas vos.

Obedeció sin decir una palabra. Se arrodilló entre mis piernas, me agarró el pie derecho con las dos manos y empezó a bajar la media lento, milímetro a milímetro. Cuando pasó por el talón, frenó un segundo. Como si necesitara prepararse.

Terminó de sacarla. El olor salió de golpe. Cálido, fuerte, concentrado por diez horas de encierro y piedra. Él cerró los ojos y aspiró profundo, como si le estuvieran dando la vida.

—Dios. Dios, Martina.

—¿Te gusta?

—No me hagas eso. Sabés que sí.

Le apoyé la planta en la cara, con los dedos cerca de la nariz. Él se quedó quieto, respirando contra mi piel, rozándome los labios contra el arco. Después lamió. Una sola vez, larga, lenta, desde el talón hasta los dedos. Se me escapó un quejido bajito.

—Mirame las uñas —le dije, moviendo los dedos—. ¿Te gustan?

—Negras.

—Las pinté pensándote.

Me sacó la otra media con el mismo ritual, aspiró otra vez, gimió. Yo lo miraba desde arriba, sintiendo cómo se me humedecía la ropa interior de verlo así, sometido a un par de pies transpirados como si fueran una ofrenda.

—Masajeame —le pedí—. Pero despacio. Quiero sentir cada dedo tuyo.

Se puso a trabajar. Pulgares apretando las plantas, nudillos subiendo por los arcos, besos suaves en los empeines, la lengua metiéndose entre los dedos para robar hasta la última gota de sudor. Yo cerré los ojos y me recosté. Gemía bajito, sin esfuerzo, porque el placer era real y el morbo de tenerlo arrodillado era enorme.

Después de un rato le metí dos dedos en la boca.

—Chupalos bien. No quiero que quede nada entre los dedos.

Los chupó con devoción, con los ojos cerrados, haciendo ruido. Sentía cómo la lengua pasaba por cada pliegue. Cuando los abrió, los tenía brillosos. Le miré la entrepierna: la tenía marcada, dura, pidiendo salir del pantalón.

—Desvestite —le dije—. Acostate boca arriba. No te toques.

Se sacó la ropa rápido y se tiró en la cama. La tenía parada, goteando líquido preseminal. Me acomodé a los pies de la cama, apoyé las plantas contra el tronco y empecé a moverlas despacio. Primero rozando, después apretando. Le armé una especie de túnel con las dos plantas, envolviéndolo de abajo hacia arriba, con los dedos gordos sosteniéndolo desde los costados.

—Mirá —le dije—. Mirá lo que te hago.

Él levantó la cabeza para verse. La mezcla del líquido preseminal con la humedad de mis plantas hacía todo resbaloso, sucio, perfecto. El aroma del sudor se había pegado a su piel. Olíamos los dos a lo mismo.

—No vas a aguantar nada —le dije.

—Ya sé.

Le pasé un pie por la cara, le metí los dedos en la boca para que los siguiera chupando, y con el otro lo pajeaba con ritmo. Le apreté los huevos con la planta, jugué con el glande pellizcándolo entre el dedo gordo y el índice. Él gemía contra mi pie, salivando.

—Quiero que acabes acá —le dije, levantando las plantas—. Llenámelas enteras. Dejámelas tan mojadas que no se puedan limpiar.

Se tensó. Todo el cuerpo se le puso rígido unos segundos. Gimió fuerte y explotó. Chorros espesos cayeron sobre la planta derecha, entre los dedos, sobre el empeine izquierdo. Quedó todo brillando, caliente, mezclado con el sudor de la caminata. Él respiraba como si hubiera corrido diez kilómetros más.

Levanté un pie para mirarlo.

—Mirá el desastre que hiciste —susurré.

—No lo limpies. Todavía no.

Sonreí. No pensaba limpiarlo.

***

Me quedé un rato mirándolo respirar, con los pies apoyados sobre su panza, sintiendo cómo se enfriaba el semen contra la piel. Él tenía esa sonrisa boba de después, con los ojos medio cerrados. Me acerqué gateando por la cama y lo besé en la frente.

—Amor —le dije—, en un mes nos separamos otra vez.

—No me lo recuerdes.

—Quiero dejarte algo. Para cuando me extrañes.

Abrió los ojos.

—¿Qué cosa?

—Agarrá el teléfono. Prendé la cámara.

Lo hizo sin protestar. Me senté de rodillas frente a él, con un pie estirado, y esperé a que encendiera el video.

Cuando la luz roja se prendió, lo miré fijo a través del lente. Me pasé la lengua por los labios, me mordí el inferior, me acaricié el cuello con una mano. Después levanté un pie y lo acerqué a la cámara, dejando que se viera todo: las uñas negras brillando, el semen espeso escurriendo por el arco, el sudor todavía pegado a la piel.

—Es un regalo —dije a la cámara—. Para cuando me extrañes.

Acerqué el pie a la boca. Pasé la lengua por la planta, despacio, saboreando lo salado mezclado con lo dulce. Me metí los dedos en la boca, uno por uno, chupándolos con ganas. Recogí con los labios lo que se había juntado entre los dedos. Después, con la mano, junté el semen acumulado en el arco y me lo llevé a la boca. Lo tragué mirándolo a él, directo a los ojos, a través de la pantalla.

—Guardá esto bien —le dije bajito, cuando terminé.

Cortó la grabación. Tenía los ojos llenos de algo que no era solo deseo.

Me acerqué, me acosté encima de él y le besé el cuello. Él me envolvió con los dos brazos, me apretó contra su pecho, me besó la frente, el pelo, la sien. Nos quedamos un rato así, en silencio, escuchando la respiración del otro.

—Martina —susurró.

—¿Mmm?

—Todavía nos quedan veintinueve días.

Levanté la cabeza y lo miré.

—Quiero que en esos veintinueve me llenes por dentro —le dije—. Todo. No quiero volver a irme sin sentirte adentro.

Sonrió y me besó profundo.

—Es tuyo cada centímetro mío —dijo contra mi boca.

Me acurruqué contra su pecho y cerré los ojos. Afuera, Lisboa seguía viva. Adentro, él respiraba contra mi pelo y yo todavía tenía los pies brillosos. Faltaba un mes. Un mes entero para entregar, guardar, marcar. Empezábamos por ahí.

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Comentarios (7)

RaulBdsmFan

buenisimo!!! ese detalle del mensaje antes de llegar lo hace todo mas intenso

elviajero_cr

Lisboa como escenario le da un toque increible. Que buena eleccion de ciudad para algo asi

NocheRoja7

la anticipacion previa es lo mejor del bdsm y aca se nota mucho. tremendo relato, espero mas

Ariadna_Mx

Exelente! corto pero muy cargado de tension. se siente real

Pili23

me hizo acordar de algo que vivi jajaja. sigue escribiendo por favor!!!

viajero_cba

lo del mensaje previo es un detalle genial, crea la dinamica antes de que empiece todo. muy bien escrito

MaestroLeón

Esperando la segunda parte. Saludos desde BA

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