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Relatos Ardientes

El contrato de sumisión que firmé a ciegas

Tu móvil vibra a las cuatro y diecisiete de la madrugada. Número oculto. Contestas medio dormido, arrastrando la lengua contra el paladar seco.

—Tu solicitud ha sido aprobada. Tienes doce horas para presentarte. La dirección llega en siete minutos. Si abres el mensaje antes, se autodestruye y pierdes la plaza. No hay segundas oportunidades.

Cuelgan antes de que puedas articular la pregunta que ya se te atraganta.

¿Qué solicitud? No has solicitado nada. Pero entonces el recuerdo se abre como un hematoma viejo: hace cuatro meses, borracho hasta el asco después de una boda, rellenaste un formulario en un foro cuya URL ya no recuerdas. Preguntas extrañas. «¿Cuánto vale tu dignidad medida en euros?». «¿Hasta qué punto estarías dispuesto a desaparecer?». «Si pudieras ceder el control de tu cuerpo durante meses, ¿a quién se lo cederías?».

Pensaste que era una broma. Un test para aburridos con insomnio.

A las cuatro y veinticuatro llega el mensaje. Coordenadas GPS y una contraseña: «CARCOMA-4721». Nada más.

Buscas las coordenadas. Polígono industrial a las afueras de la ciudad, junto a la autopista del norte. Naves abandonadas. Descampados. Nada que sugiera nada.

Podrías no ir. Volver a dormir. Olvidarlo.

Pero te estás vistiendo antes de terminar el pensamiento.

***

Llegas a las siete y cuarto. El cielo todavía está oscuro por el este. Hay un almacén con la persiana medio levantada y un haz de luz tenue saliendo por debajo. Ni coches aparcados, ni vigilancia, ni cámaras a la vista. Te agachas y entras.

El interior está vacío salvo por una mesa plegable en el centro. Encima, una caja de cartón, un sobre manila grueso y un bolígrafo negro. Dentro del sobre, un contrato. Veintitrés páginas de letra minúscula en lenguaje legal imposible, pero la primera hoja es un resumen numerado.

LA CASA SILENTE — ACUERDO DE ENTREGA VOLUNTARIA

Artículo 1: El Firmante cede la autonomía corporal al Gremio durante sesenta y tres días consecutivos.

Artículo 2: Al término del contrato, el Firmante será devuelto en condiciones físicas funcionales. No se garantiza el estado psicológico.

Artículo 3: Todas las modificaciones serán reversibles en un sesenta u ochenta por ciento.

Artículo 4: El Firmante cobrará dos mil quinientos euros por cada jornada completa. Pago único al final. Total posible: ciento cincuenta y siete mil quinientos euros.

Artículo 5: El Firmante puede invocar la palabra de seguridad «CARCOMA» en cualquier momento. Cobrará proporcionalmente, pero quedará marcado como Desertor en los archivos del Gremio.

Artículo 6: No hay cámaras, ni grabaciones, ni público. Solo tú y el Proceso.

Artículo 7: Firmar es consentir. Consentir es convertirse en materia.

Hay una línea punteada al final.

En la caja de cartón hay un mono azul marino sin etiquetas, unas chanclas de goma y un brazalete electrónico con una pantalla diminuta que anuncia: «DÍAS RESTANTES: 63».

Tu mano tiembla mientras sostienes el bolígrafo. Si lo piensas, te vas. Si te vas, lo lamentarás hasta el día en que te mueras.

Firmas.

Las luces se apagan. Oyes un motor y la persiana baja hasta el suelo con un estruendo metálico que te retumba en los dientes. Estás a oscuras.

—Quítate toda la ropa. Déjala en el suelo. Ponte el mono y las chanclas. El brazalete se cerrará solo. No hables hasta que te demos permiso.

La voz viene de altavoces ocultos. No es robótica ni distorsionada. Es una voz humana, de mujer, con un cansancio de turno nocturno que la hace aún más perturbadora. Suena a alguien que lleva años haciendo esto y ya no se sorprende de nada.

Te desnudas en la oscuridad. El aire está helado contra tu piel. Te pones el mono, las chanclas. El brazalete se cierra alrededor de tu muñeca con un clic sordo. Intentas quitártelo pero está sellado.

Las luces vuelven. Ya no son blancas: ahora son rojas, profundas, como un cuarto de revelado fotográfico. Y hay una puerta abierta en la pared del fondo que jurarías que antes no estaba.

—Camina hasta la puerta. Despacio.

***

Obedeces. Cruzas y te encuentras en un pasillo largo, blanco, demasiado limpio. Huele a amoníaco y a algo químico que no identificas. Hay puertas a ambos lados, todas cerradas, todas con una ventanilla de cristal reforzado a la altura de los ojos.

La primera la pasas de largo, sin mirar. La segunda no lo consigues.

Dentro hay un hombre suspendido del techo por un sistema de arneses que lo mantiene boca abajo, con el peso repartido con precisión quirúrgica. No grita. No se mueve. Solo existe. Alguien que no ves trabaja sus caderas con un ritmo que parece matemático. El tipo no reacciona. Está en alguna parte muy lejana de su propia cabeza.

—Sigue caminando.

Tercera puerta: una mujer —o quizá un hombre muy feminizado, tu cerebro no termina de decidirse— atada a una silla y cubierta de electrodos. Cada pocos segundos su cuerpo se sacude con una descarga suave. Entre descarga y descarga sonríe, con los ojos en blanco, como si disfrutara algo privado.

Cuarta puerta. Vacía. Solo una camilla limpia, preparada.

Para ti.

—Entra. Boca arriba. Cierra los ojos.

La camilla es tibia y ergonómica, como si la hubieran moldeado con tus medidas antes de que llegaras. Cuando te tumbas, tu cuerpo encaja sin huecos. Cierras los ojos.

Oyes pasos. Varios. Nadie habla.

Sientes manos. Muchas manos. Te desabrochan el mono y te lo retiran con una delicadeza impersonal. Las manos te miden, te palpan, te separan las piernas, te giran la cabeza, te abren la boca y te revisan los dientes. Es una evaluación clínica, sin lascivia, y por eso mismo es humillante de una forma en la que un manoseo nunca lo sería.

Una inyección fría en el brazo izquierdo.

—Cóctel de tres compuestos. El primero amplifica tu sensibilidad nerviosa en torno a un trescientos por ciento. El segundo bloquea parcialmente la memoria a corto plazo. El tercero lo descubrirás por tu cuenta.

Sientes el líquido extenderse por tus venas como un río frío que se vuelve caliente. Alguien te roza el antebrazo con la yema de un dedo y es como si te marcaran con un hierro al rojo.

—Abre los ojos.

Cuatro personas alrededor de ti. Batas oscuras. Caras cubiertas por máscaras quirúrgicas con una sonrisa dibujada encima, ancha, absurda, grotesca.

—Bienvenido al día uno. Hoy establecemos tu línea base de dolor. Necesitamos saber exactamente cuánto aguantas antes de romperte, porque los próximos sesenta y dos días vamos a vivir justo en ese borde. ¿Preparado?

No puedes contestar. Tu lengua pesa como una piedra mojada.

—Da igual. Ya firmaste.

***

Uno de ellos coge algo de una bandeja. Aguja quirúrgica larga, finísima. La acerca a tu pezón izquierdo y la introduce milímetro a milímetro. El dolor es absoluto. Tu espalda se arquea sola. Intentas gritar pero solo sale un gemido ahogado por la saliva que no has tragado.

Y entonces pasa lo que no esperabas.

Tu polla se pone dura.

—Categoría V-3 —anota una voz detrás de la máscara—. Masoquista con respuesta genital directa. Excelente. Eso nos abre posibilidades.

Sacan la aguja. El alivio dura lo que un parpadeo. Clavan otra en el pezón derecho. Y otra en la cara interna del muslo. Y otra en el pliegue donde la nalga se encuentra con el muslo. Cada zona se convierte en un punto en su mapa. Te etiquetan como si fueras ganado: A-1, A-2, B-4, C-7.

Pierdes la noción del tiempo. Solo existe el bucle: aguja, dolor, reacción, anotación, aguja. Tu cuerpo encuentra un ritmo grotesco. Cada inyección de dolor te acerca más a un clímax que nadie está provocando a propósito.

En algún momento te corres sin que te toquen la polla. Solo con el dolor. La eyaculación es violenta, absurda, y una de las figuras sonrientes recoge la muestra en un tubo de cristal.

—Sujeto dentro de parámetros óptimos. Iniciad recuperación.

Otra inyección. El mundo se derrite por los bordes. Las sonrisas de las máscaras se multiplican en tu retina. Oyes risas lejanas sin saber si son reales o propias.

***

Despiertas en una celda de tres metros por tres. Un catre. Un váter sin tapa. Un grifo. Y una bandeja con arroz blanco, pollo hervido y verduras al vapor. Comida de hospital psiquiátrico.

El brazalete dice: «DÍAS RESTANTES: 62».

Has perdido un día entero sin recordar nada después de las primeras agujas. Tu cuerpo está cubierto de pequeñas marcas: pinchazos, moretones, quemaduras superficiales. Nada permanente, pero todo visible. Y también algo más. Algo que tu piel sabe antes que tu cabeza: han estado tocándote durante horas mientras estabas inconsciente. Y a tu cuerpo le ha gustado.

Comes despacio. Cada movimiento duele con la sensibilidad aumentada. El arroz sabe a nada y a todo. El agua sabe a metal. Meas y el simple contacto del chorro contra las paredes del váter te hace temblar.

Te asomas a la ventanita de la puerta. En la celda de enfrente hay otro hombre, más joven que tú, acurrucado en posición fetal sobre su catre. Su brazalete dice: «DÍAS RESTANTES: 18».

Lleva más de mes y medio. Está a las puertas del pago.

Levanta la cabeza, nota que lo miras y sonríe. No es una sonrisa de complicidad ni de consuelo. Es una sonrisa que ya no necesita motivo. La sonrisa de quien ha aprendido a vivir dentro del Proceso y no sabe si querrá salir.

Apartas la mirada.

***

El día tres te llevan a la sala que llaman «de capas». Te atan a una estructura que parece ciencia ficción aplicada a la tortura medieval: tubos de acero pulido, correas acolchadas, articulaciones que permiten ángulos que no deberían existir en un cuerpo humano. Espejos en el techo. Tu propio reflejo te mira desde arriba: un animal expuesto con una erección que no te has ganado.

—Hoy vamos a activar cinco tipos distintos de sensación al mismo tiempo —dice la voz—. Tu cerebro intentará ordenarlos. No podrá.

La primera capa: dolor puro sin causa aparente. Un guante con filamentos microscópicos roza tu muslo y tu sistema nervioso se incendia como si te estuvieran arrancando la pierna. Tus ojos lagrimean. Las correas no te dejan moverte ni un milímetro.

La segunda: tu corazón se acelera sin tu permiso. Una inyección química lo pone a galopar a ciento sesenta pulsaciones mientras tu respiración sigue calmada, disociada. Tu cuerpo cree que estás huyendo de algo. Tu mente sabe que no.

La tercera: distorsión propioceptiva. Pierdes la noción de dónde están tus brazos. Los ves rectos, extendidos, pero los sientes doblados en ángulos imposibles, con los codos invertidos. El conflicto entre lo que ves y lo que sientes te da náuseas.

La cuarta: te inundan de serotonina química mientras algo te hace llorar de una tristeza sin contenido. Ríes y sollozas a la vez. Las dos emociones coexisten sin anularse. Tu cara es una máscara contradictoria.

La quinta: un vapor que inhalas y que hace gritar a tus órganos internos. No hay herida. No hay causa física. Solo agonía pura dentro del tronco, un ardor que no podrías localizar en un mapa.

Y en medio de todo, un dispositivo entra en tu culo y encuentra tu próstata con precisión milimétrica. No vibra constante. Pulsa en patrones aleatorios que tu cerebro intenta descifrar sin conseguirlo nunca.

Tres horas así.

No gritas. No puedes. Tu garganta está paralizada entre el sollozo y la carcajada. Produces sonidos que no reconoces como tuyos. Tu polla gotea, durísima, soltando fluido prostático que cae en hilos hasta el suelo de cemento pulido.

Esto es consentido. Esto es consentido. Esto es consentido.

Te lo repites como un rezo. Como si las palabras pudieran recordarle a tu cuerpo quién lo puso ahí. Pero tu cuerpo ya no escucha a tu cabeza. Hace tiempo que dejaron de hablarse.

Y cuando finalmente te permiten correrte, lo haces durante cuarenta y tres segundos. Un orgasmo que no nace de tu polla sino de algún punto oculto entre tus omóplatos y se expande hacia afuera como una onda expansiva. Tu visión se vuelve blanca. Tus oídos zumban. Cada músculo se tensa al borde del desgarro.

—Orgasmo de tipo III —dice la voz, casi orgullosa—. Respuesta neurológica completa sin asistencia química adicional. Muy valioso.

Recogen cada gota en frascos etiquetados, como si fuera miel de una colmena rara.

***

Vuelves a tu celda sin piernas que te sostengan. Te cargan como a un niño borracho. El brazalete dice: «DÍAS RESTANTES: 60».

Tres días dentro. Sesenta por delante.

Te tumbas en el catre y descubres que no puedes cerrar los ojos. Cuando los cierras, la estructura vuelve. Las cinco capas se activan en tu memoria con una nitidez que no sabías que tu cerebro podía reproducir. Es un bucle involuntario. Un recuerdo que no necesita ser recordado, simplemente existe proyectado en el interior de tus párpados.

Abres los ojos. Jadeas. Tu polla está dura otra vez. Sin tocarte. Solo de pensarlo.

Bajas la mano. Te la agarras. Te corres en treinta segundos, en silencio, mordiéndote el labio hasta sangrar. Cuando terminas, lloras sin ruido, con los ojos muy abiertos para no regresar.

Y mientras lloras, una parte tuya que no sabías que existía susurra desde algún rincón del cerebro reptiliano: Quiero volver mañana.

Entonces entiendes el artículo segundo. Lo del estado psicológico. Lo que no garantizan. Lo que no pueden garantizar.

Entiendes también por qué el chaval de enfrente sonreía al verte.

Faltan sesenta días. Pero la parte de ti que firmó el contrato —esa parte borracha de hace cuatro meses que escribió una respuesta honesta a una pregunta imposible— ya sabía lo que iba a pasar.

Miras el techo. Hay una grieta en la esquina superior derecha, fina, ramificada. La sigues con la mirada hasta que tu cerebro, con esa manía de encontrar mensajes donde no los hay, la lee como un mensaje.

La grieta dice: ESTO ES SOLO EL PRINCIPIO.

Parpadeas y sigue siendo una grieta. Pero el mensaje se queda en tu retina, grabado como cuando miras una luz demasiado tiempo y después ves su negativo con los ojos cerrados.

Te ríes. Una risa seca, sin alegría, que no reconoces como tuya.

Y entonces entiendes la última cosa: la palabra de seguridad existe, está ahí, la recuerdas perfectamente. «CARCOMA». Tres sílabas. La libertad a cambio de un tercio del dinero y de un nombre añadido a un archivo en el que ya no pensarás cuando salgas.

Podrías decirla ahora. Gritarla contra la cámara que no existe. Pedir que la persiana vuelva a subir.

Pero no lo haces.

Y cuando te das cuenta de que no lo haces, te das cuenta también de lo que ese silencio significa: que esto nunca fue sobre el dinero.

Que el formulario borracho de hace cuatro meses te preguntó cuánto valía tu dignidad porque ya intuía que no te importaba. Y que la pregunta real, la que nadie escribió en aquel foro, era otra: ¿durante cuánto tiempo habías estado esperando que alguien te ofreciera algo así?

Cierras los ojos.

Esta vez dejas que la estructura vuelva. Dejas que las correas se cierren. Dejas que las capas se activen.

Y tu polla, obediente, se pone dura otra vez.

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Comentarios (8)

EnzoNoche

tremendo relato, me tuvo enganchado hasta el final

Carla_Oscura

Por favor seguí con esta historia, quede con ganas de saber que pasó despues!!

DarkReader_22

los 63 dias de detalle me parecieron un toque genial, esa especificidad le da mucho realismo. Muy bueno

PaulaM_rosario

me pregunto si la protagonista tiene dudas al final o si se arrepiente... ojala haya segunda parte

NocturnaMx

Excelente!!! uno de los mejores de esta categoria sin duda

Leti_sur

Se hizo corto, quiero mas :)

Ferchu22

La tension desde el primer parrafo es increible, bien escrito. Saludos desde cordoba

Andresito_BA

jajaja firmar sin releer me hizo acordar a cuando firme un contrato de trabajo sin leerlo... pero esto es bastante mas interesante

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