El castigo que la instructora reservaba a los rebeldes
Adrián todavía no terminaba de creérselo, pero allí estaba, tendido en la enfermería de la academia después de recibir un castigo ejemplar. La instructora le había dejado bien claro, delante de todos los demás internos adultos, quién mandaba en aquellas paredes. Sus testículos hinchados, sumados a su pene encogido por el miedo, se habían vuelto el tema de burla preferido de las enfermeras, que aprovechaban cualquier excusa para humillarlo.
—A ver cómo andan estas pelotas hoy… —dijo una de ellas con una sonrisa, palpándolas sin la menor delicadeza.
—¡Aaah! —se quejó él, arqueando la espalda contra la camilla.
—Basta de lloriqueos. Sé un hombre, al menos para aguantar el dolor, porque lo que es esto de aquí… —miró entre sus piernas conteniendo la risa.
Le aplicaron hielo, lo que encogió todavía más su pequeña hombría, y para colmo de la humillación, las enfermeras en prácticas y un par de enfermeros se acercaron a mirar, como si aprendieran a tratar esa clase de dolencias. La cara de los hombres que pasaban por allí era de puro sufrimiento; en cambio, algunas de las mujeres se mordían el labio, imaginando lo que esos cuerpos habían padecido y deseando ser ellas quienes hubieran pateado aquellos dos colgajos diminutos que se balanceaban entre sus piernas.
—Ay, no te pongas triste —una de las enfermeras, la más atractiva del turno, le acarició la frente con una ternura fingida—. Eres un niño bueno.
Llevó la mano a su miembro encogido y empezó a masturbarlo despacio, subiendo el ritmo poco a poco.
—Eso es, disfruta de la paja… polla pequeña —dijo ella en voz baja.
Adrián estaba siendo humillado y, sin embargo, jadeaba como un perro faldero, atrapado por aquel placer absurdo que no había pedido y no podía evitar. No tardó demasiado en correrse, ante las risas de la mujer, que limpió todo con un papel sin dejar de sonreír. Con el paso de los días, la hinchazón de sus testículos fue bajando, y Adrián empezó a creer que lo peor había quedado atrás.
Se equivocaba.
***
Lo que jamás esperó fue lo que ocurrió una de esas noches, cuando la enfermería quedó en silencio y las luces se apagaron. Uno de los enfermeros, un hombre corpulento del turno de la madrugada, entró sin hacer ruido, lo amarró a la cama por las muñecas y le tapó la boca con una mano firme. Adrián no entendía qué pasaba ni por qué lo dejaban en esa postura, boca abajo y a oscuras.
Entonces lo entendió. El tipo se bajó el pantalón del uniforme y dejó al descubierto una verga enorme y dura. Se acercó despacio hasta el centro de sus nalgas y lo penetró de un empujón, mordiéndose los labios para contener el placer que le subía por la columna. Los gritos de Adrián se ahogaron contra la palma sudada del hombre mientras recibía embestida tras embestida en la oscuridad.
—Si dices algo, será peor, polla pequeña —le susurró al oído al terminar—. Esto es por la paliza que le diste a mi primo Damián.
El enfermero se marchó tan silencioso como había llegado. Cuando por fin lo liberaron, Adrián lloró en silencio, con la cara hundida en la almohada, humillado de una manera que no creía posible. No dijo nada. No se atrevía.
***
Pero el karma, en aquella academia, llegaba para todos.
Pocos días después, Adrián vio cómo el mismo enfermero entraba a su habitación llorando, sostenido por tres enfermeras que lo arrastraban casi en volandas antes de dejarlo caer sobre una camilla. Adrián preguntó qué pasaba, aunque se lo imaginaba al ver cómo el hombre se llevaba las manos a la entrepierna, encogido sobre sí mismo.
—Vimos cómo te violó —dijo una de ellas, señalando una cámara oculta en el techo—. La directora, Mariela, que es su supervisora, dictaminó el castigo.
—Debe de dolerle mucho —comentó otra con media sonrisa.
—Ay, no… —una enfermera rubia soltó una carcajada y levantó la bata del hombre, la misma prenda fina que llevaban todos los que ingresaban allí, para mostrarle a Adrián lo que había debajo.
El enfermero ya no tenía escroto. Solo le quedaba un pene diminuto y arrugado, suturado con cuidado clínico, tan inútil como un adorno.
—Es la pena por la violación —sentenció la enfermera con frialdad—. Aquí las reglas son las reglas.
—Venga, no llores, estarás mejor sin ellos —le acarició la mejilla la joven rubia—. Piensa que ya nunca te dolerán. Un besito.
Las dos le dieron un beso, una en cada mejilla, y se fueron entre risas, dejando al hombre castrado encogido sobre la camilla. Adrián las miró marcharse y, por primera vez desde que había llegado, sintió algo parecido al alivio. Y también, muy en el fondo, un miedo nuevo: comprendió que en aquel lugar el dolor no era un accidente. Era una herramienta.
***
Cuando le dieron el alta de la enfermería y volvió a la rutina de la academia, lo primero que hizo fue presentarse en el despacho de Mariela, tal como le habían ordenado. Tocó la puerta con los nudillos temblorosos y entró.
El despacho era amplio, con cortinas pesadas y un olor a cuero y a desinfectante. A un lado, un hombre desnudo colgaba amarrado de los testículos a una pequeña pesa que le tiraba hacia el suelo, provocándole un dolor que se le notaba en cada músculo tenso del cuello. Al otro lado, un interno de su misma edad, también desnudo, llevaba una jaula de castidad ceñida a la entrepierna. Mariela estaba sentada en su sillón, revisando documentos con la calma de quien lo tiene todo bajo control.
—Hola, Adrián. ¿Qué tal ese culo? —preguntó sonriente, sin levantar la vista del papeleo—. Castigué a ese violador para que recuerdes lo que puede pasarte si te portas mal.
—Sí… —murmuró él.
—Sí, ¿qué?
—Sí, señora —repitió, asustado, llevándose instintivamente las manos a la entrepierna.
Mariela dejó los papeles sobre la mesa y se quitó las gafas con parsimonia. Lo observó de arriba abajo, como quien evalúa una compra.
—Desnúdate —ordenó.
Adrián obedeció sin titubear. Se quitó la ropa con dedos torpes y la dejó doblada sobre una silla, consciente de que cualquier gesto fuera de lugar podía costarle lo mismo que al enfermero. Cuando estuvo completamente desnudo, ella le indicó con un dedo que se acercara y se arrodillara a su lado.
La mujer separó las piernas en el sillón. No llevaba ropa interior bajo la falda, y Adrián se encontró de pronto frente a un sexo carnoso y enrojecido, rodeado de un vello oscuro y áspero. El olor lo golpeó: cálido, intenso, dominante.
—Empieza a entrenar esa lengua —dijo ella, acariciándose el muslo—. Si lo haces bien… —hizo el gesto de masturbar algo con la mano, lento, generoso—. Y si lo haces mal… —cerró el puño de golpe, indicando con toda claridad lo que les pasaría a sus testículos.
Adrián tragó saliva y se inclinó. Pasó la lengua despacio, con miedo, y luego con más decisión cuando notó que ella suspiraba. Buscó el ritmo que la hacía arquear la espalda, los círculos que le tensaban los muslos a ambos lados de su cabeza. La mujer le hundió los dedos en el pelo y lo guio sin piedad, marcándole la presión y la velocidad.
—Más arriba… ahí, justo ahí. No pares.
Para su fortuna, lo hizo de maravilla, mucho mejor de lo que jamás había servido su ridícula polla. Mariela se corrió contra su boca con un gemido grave, apretándole la cara contra ella hasta dejarlo casi sin aire. Cuando lo soltó, le dedicó una sonrisa satisfecha y, fiel a su palabra, le concedió una paja rápida que apenas duró diez segundos antes de que él se vaciara sobre su propia mano.
—Puedes retirarte —dijo ella, volviendo a colocarse las gafas—. Y ya sabes… pórtate bien.
***
Adrián recorrió los pasillos de la academia todavía mareado, con el sabor de ella en la boca y una mezcla de vergüenza y excitación que no sabía cómo nombrar. Al llegar a la sala donde tenían lugar las sesiones de grupo, se llevó una sorpresa que lo dejó clavado en el umbral.
La instructora de turno estaba enseñando a un grupo de mujeres a introducir un dildo en el culo de sus compañeros masculinos, todos hombres adultos completamente desnudos, alineados sobre las camillas. Las internas, vestidas con sus uniformes impecables, seguían las indicaciones con la concentración de quien aprende un oficio. Los hombres apretaban los dientes y, alguno, lloraba en silencio.
—Ah, aquí está Adrián —anunció la instructora al verlo—. Al que le rompieron el culo. Perfecto, así nos cuenta su experiencia de primera mano.
Las mujeres rieron por lo bajo mientras los hombres bajaban la mirada. Ellas vestidas, ellos desnudos; ellas con todo el poder, ellos recibiendo la lección. Tumbaron a Adrián boca abajo sobre la mesa central, para que sirviera de ejemplo, y la instructora misma se encargó de la demostración, disfrutando sin disimulo de cada movimiento, explicando en voz alta dónde empujar y con cuánta fuerza mientras él gemía contra la madera.
—¿Veis cómo se rinde? —dijo ella a su público—. Al principio se resisten todos. Después, aprenden a pedirlo.
Y aunque Adrián odió cada segundo de aquella exhibición, una parte traidora de su cuerpo respondió, y eso fue lo que más lo humilló: descubrir que ya no sabía dónde terminaba el castigo y dónde empezaba el deseo.
***
Las cosas cambiaron para siempre en aquella academia, y Adrián cambió con ellas. Aprendió a arrodillarse antes de que se lo pidieran, a mantener la mirada baja, a obedecer cada orden de Mariela y de las instructoras como si en ello le fuera la vida. Y, en cierto modo, así era.
Porque la alternativa la tenía siempre presente. El enfermero que lo había violado quedó como advertencia permanente: las fotos de su virilidad cortada se exhibieron a la vista de todos los internos, un recordatorio mudo de lo que esperaba a quien se atreviera a forzar a otro o a desafiar las reglas de la casa. Nadie volvió a abusar de nadie en aquellos pasillos. El miedo, dosificado con precisión quirúrgica, mantenía el orden mejor que cualquier reglamento.
Adrián se convirtió en el sumiso perfecto. Servía con la lengua, con las manos, con todo el cuerpo, y aprendió a encontrar en esa entrega una forma extraña de paz. Cada vez que dudaba, recordaba la pesa colgando de unos testículos, la jaula de castidad, las suturas limpias bajo la bata levantada. Y bajaba la cabeza, y obedecía, y se sorprendía a sí mismo deseando que la instructora lo eligiera de nuevo para la próxima demostración.