Firmé el contrato que me convirtió en su esclava
Renata llevaba años persiguiendo una sola cosa, y todas las personas que habían pasado por su vida se habían quedado cortas. Sus pezones eran absurdamente sensibles; le bastaba un pellizco firme para que la entrepierna se le humedeciera, y lo que de verdad la desvelaba era el dolor controlado, ese punto exacto en que el sufrimiento se convertía en placer. Buscaba a alguien capaz de llevarla hasta el límite y empujarla un poco más allá, sin frenos, sin la cortesía de preguntar si estaba bien.
Su marido, Esteban, conocía esa necesidad mejor que nadie. Cada semana la ataba en el sótano de su casa y le castigaba los pechos hasta dejárselos marcados, no porque a él le encantara la crueldad, sino porque a ella le hacía falta como el aire. Pero ninguno de los dos se engañaba: lo que Esteban le daba era apenas un ensayo. Le faltaba la incertidumbre, el miedo real de no poder gritar «basta».
Fue una amiga del mismo gusto quien le habló de un grupo discreto que ofrecía exactamente eso. Tortura refinada, así lo llamaban, para mujeres que firmaban renunciando a su voluntad durante el tiempo contratado. Renata tardó poco en conseguir el contacto y menos aún en rellenar el extenso cuestionario que exigían antes de cualquier entrevista. Lo envió una madrugada, con el corazón golpeándole las costillas.
La aprobaron. Le citaron en una oficina del centro, en un edificio anónimo, para lo que llamaron «una conversación en profundidad».
***
Llegó puntual, con la ropa interior ya empapada solo de pensar en lo que la esperaba. El despacho estaba insonorizado; lo notó por el silencio espeso que se cerró tras ella en cuanto la puerta se ajustó. Un hombre de unos cincuenta años, traje impecable y mirada de hielo, le indicó una silla.
—Me llamo Damián —dijo sin tenderle la mano—. Formo parte de un grupo que practica la tortura sobre mujeres que nos lo piden. Quiero que entiendas algo antes de seguir.
—La escucho —respondió ella, cruzando las piernas para disimular el temblor.
—Trabajamos en una finca aislada, lejos de todo. Allí nadie silencia los gritos, porque nadie puede oírlos. Tenemos hasta nuestra propia pista para llegar y salir sin que conste en ninguna parte. —Hizo una pausa, midiéndola—. Te haré algunas preguntas. Tú puedes hacer las tuyas.
—Las que quiera, supongo.
—Las que quieras. Pero deja que te aclare lo único importante: no hay límites. Haremos lo que consideremos oportuno. Ninguna súplica, ningún ruego, ninguna lágrima cambiará nada de tu tratamiento. Los gritos no te servirán para detenernos. —Se inclinó un poco hacia delante—. De hecho, los alentamos. Y créeme que vas a gritar. Solo terminará cuando expire el tiempo que has pagado. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo —dijo Renata, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. Quiero que alguien me lleve hasta mis límites y los cruce. Llevo toda la vida buscándolo.
Esto es lo que querías. No te eches atrás ahora.
—¿Cuándo empezaría? —preguntó.
—En cuanto dejes todo arreglado. Tu marido debe autorizarlo por escrito, y los dos debéis tener claro que, una vez cruces esa puerta, no vuelves hasta la fecha pactada.
—Está hecho. —Sacó un sobre del bolso y lo deslizó sobre la mesa—. Esteban firmó su permiso hace una semana. Dejé todo explicado en casa. Y tengo entendido que él puede acompañarme y observar. ¿Es así?
—Es así. —Damián guardó el sobre sin abrirlo—. Aquí tienes las indicaciones para llegar a la mansión. Salís dentro de una hora en nuestro avión. Pero antes de eso, está el asunto del pago.
Ella deslizó un cheque certificado por la mesa. Veinticinco mil euros. Él lo comprobó con un solo vistazo y asintió.
—Correcto, Renata. A partir de ahora eres de nuestra propiedad. —Tocó un botón bajo el escritorio—. Una última formalidad antes de irte. Quiero que veas algo.
***
Las luces se apagaron y una pantalla cobró vida con un alarido. Una mujer colgaba desnuda de un bastidor de hierro, los brazos estirados, los pechos tensos hacia delante. Un hombre corpulento descargaba sobre ellos golpes metódicos con una caña flexible. Cada impacto hundía la vara en la carne blanda hasta casi desaparecer, y la piel ya estaba surcada de líneas rojas que decían cuánto rato llevaba aquello. La mujer chillaba sin descanso, peleando contra unas correas que no cedían.
La escena cambió. Otra mujer, de unos veinticinco años, arqueada hacia atrás sobre una barra de acero, los brazos doblados bajo ella y enganchados a un cinturón de hierro. La postura empujaba sus pechos hacia arriba. Dos hilos finos se enroscaban en sus pezones y los estiraban hasta deformarlos. Una tercera figura trazaba dibujos sobre esa carne tensa con algo afilado y caliente, y los aullidos se mezclaban con súplicas que nadie atendía.
El vídeo se prolongó largos minutos, y cada escena era más feroz que la anterior. Renata no apartó la vista ni una sola vez. Tenía las manos crispadas sobre el regazo y la respiración entrecortada.
—Esto que ves —murmuró Damián, encendiendo de nuevo las luces— es lo que te espera. Y ahora, una cosa más. Quítate la ropa.
—¿Aquí? ¿Ahora? —preguntó ella, parpadeando.
—Aquí y ahora. Y date prisa. Tu cuerpo ya nos pertenece. Quiero inspeccionarlo.
Renata obedeció. Se desabrochó la blusa, dejó caer la falda. Antes de que continuara, Damián levantó una mano para detenerla, y se tomó su tiempo para mirarla. Llevaba medias oscuras y tacones altos que estilizaban unas piernas largas y firmes. El pelo castaño le caía en ondas hasta los hombros. Sus pechos se sostenían erguidos sin necesidad de sujetador, coronados por unos pezones gruesos que sobresalían rígidos.
—Tienes unos pechos impresionantes —dijo él, acercándose—. Y naturales. Va a ser un placer ocuparme de ellos.
Atrapó uno de los pezones entre dos dedos, lo pellizcó y lo estiró. Renata ni se inmutó. Cerró los ojos, contuvo el aire y dejó escapar un gemido bajo cuando él lo soltó. Casi le ofreció el otro.
—Puedes vestirte. —Le entregó dos pases—. Id directos al aeropuerto. El avión espera.
***
El vuelo duró casi seis horas. Cuando empezaron a descender, Renata vio por la ventanilla la enorme mansión y los terrenos que se extendían a su alrededor, kilómetros de nada en cualquier dirección. El avión rodó hasta un hangar y una limusina los recogió a ella y a Esteban para el corto trayecto hasta la casa. Un joven de cuerpo macizo los recibió en la entrada y les indicó que lo siguieran sin una palabra de más.
Avanzaron por un pasillo largo que se internaba en las profundidades del edificio. A medida que se alejaban de la luz, empezaron a oírse chasquidos secos que pronto se convirtieron en gritos. Más de una mujer estaba siendo castigada en algún punto cercano. El corazón de Renata se aceleró hasta dolerle.
—Pronto serás tú —dijo el joven, y sonrió cuando un nuevo alarido resonó contra la piedra.
Renata sintió cómo la humedad le resbalaba por la cara interna de los muslos. Temblaba, pero no de miedo, o no solo de miedo. El pasillo se ramificaba en una hilera de puertas de hierro a ambos lados. Se detuvieron ante una.
—Hemos llegado. Antes de entrar, quítate la ropa. Damián ha ordenado que estés completamente desnuda y que se grabe todo tu tratamiento.
Ella vaciló, reacia a desnudarse en aquel pasillo frío delante de un desconocido y de su propio marido.
—Será mejor que obedezcas —añadió el joven sin alzar la voz—, o te arrancamos la ropa a latigazos. Y eso no te va a gustar.
Sabía que ya era una prisionera. Se desvistió. El joven abrió la puerta y la empujó dentro.
—Helga vendrá enseguida a empezar contigo.
La puerta se cerró de golpe y el cerrojo encajó con un chasquido. Se llevaron a Esteban con él, y la dejaron sola.
***
La celda era un cubo de piedra maciza de apenas nueve metros cuadrados. De anillas incrustadas en las paredes y en el techo abovedado colgaban cadenas. Un inodoro de acero en una esquina, un grifo solitario pegado al muro. Ni cama, ni silla, ni nada. Renata se sentó sobre el frío metal del retrete y esperó, con la piel erizada y los pezones todavía duros.
Helga llegó poco después. Una mujer alta, rubia, con un maletín de cuero negro. No la saludó. Le colocó muñequeras de piel en tobillos y muñecas con la eficiencia de quien lo ha hecho mil veces, la arrastró bajo el par de cadenas centrales y le estiró los brazos hacia arriba, uno y luego el otro. Después le abrió las piernas y le sujetó los tobillos a unas argollas del suelo, hasta que Renata quedó suspendida sobre las puntas de los pies, expuesta de pies a cabeza.
Esperaba ver un látigo de cuero. Lo que Helga sacó del maletín fue un cable de acero doblado en forma de U, con un mango de madera. Renata se estremeció: aquel hilo fino podía hacer mucho más daño que cualquier trenza de cuero.
El primer golpe le cruzó el muslo derecho. La sensación fue la de un hierro al rojo apretado contra la piel; un alarido se le escapó antes de que pudiera contenerlo. Helga esperó unos segundos, dejando que el dolor se asentara, y descargó el segundo en el otro muslo, una marca idéntica, un grito idéntico.
—Por favor —jadeó Renata, y al instante se mordió la lengua, recordando que las súplicas no servían de nada. Eso era, precisamente, lo que había venido a buscar.
El tercer golpe le alcanzó el pubis. El cuarto cayó en el mismo punto, rozándole el clítoris, y Renata sacudió la cabeza con desesperación, los ojos en blanco, la garganta ya en carne viva de tanto chillar. El quinto le cruzó el vientre por encima del ombligo. Gotas de sudor le corrían por todo el cuerpo y regueros oscuros de maquillaje le manchaban la cara, goteando sobre sus pechos.
Helga trabajaba con una paciencia metódica, dejando entre golpe y golpe el tiempo justo para ver la línea roja florecer en la piel. El sexto quedó marcado en diagonal sobre la cintura, entrelazado con el del ombligo. Y entonces empezó con los pechos.
El primero rodeó el pezón izquierdo, dejando esa marca en forma de U a punto de hacer brotar la sangre. El siguiente alcanzó el derecho por encima del pezón, por muy poco. Si la intención de Helga era firmar aquellas tetas, lo estaba consiguiendo: apenas quedaba un palmo de piel sin surcar, y una línea rojiza terminó cruzando el pezón derecho con una puntería que parecía imposible.
Cuando se detuvo, Renata colgaba inerte de los brazos, los pechos cubiertos de verdugones, la respiración convertida en un hilo. Helga recogió su maletín, se dio la vuelta y salió sin una palabra. El cerrojo volvió a encajar.
***
La dejaron así, colgada. Pasaban los minutos y nadie volvía. Los brazos empezaron a dolerle bajo el peso de su propio cuerpo, y conforme los verdugones se enfriaban, escocían más, sobre todo los de los pechos y el del clítoris. Pero lo peor no era el dolor. Era la espera. La incertidumbre de no saber qué seguía, mientras al otro lado de la puerta de hierro los gritos de otras mujeres no cesaban.
¿No vine voluntariamente? ¿No era esto lo que pedí?
—Venid —murmuró en la celda vacía, colgada de las cadenas—. Lo necesito. Hacedme gritar otra vez.
Pasó otra hora que le pareció una eternidad. El sudor le seguía resbalando sobre los pechos magullados, avivando el escozor de cada marca. Su mente empezó a divagar, imaginando escenas medievales, garras de hierro y cualquier horror que el contrato le permitía a aquella gente sin reglas. La espera, comprendió, era una forma de tortura tan refinada como el cable de acero.
Finalmente, el cerrojo se deslizó. Dos asistentes la bajaron al suelo, le soltaron las muñequeras y la tendieron sobre una camilla, sujetándola con correas. La condujeron por el pasillo hasta otra sala donde ardía un fuego, y sobre una plancha de hierro se calentaban agujas de distintos tamaños, las puntas ya al rojo.
Renata se negaba a creer que aquello fuera para su cuerpo, y mucho menos para sus pechos. Pero los asistentes no parecían pensar lo mismo. Cada uno cogió una aguja larga y gruesa, y se las acercaron a las puntas de los pezones. No se las clavaron; bastó el roce para que brotaran finas volutas de humo y un dolor blanco le recorriera la espina dorsal.
No quería imaginar lo que sería sentirlas penetrar de verdad. Y, sin embargo, en algún rincón perdido de sí misma, mientras apretaba los dientes y las lágrimas le rodaban por las sienes, supo que había encontrado por fin lo que llevaba toda la vida buscando.