El amo que me enseñó a desear el dolor
Saira despertó con un sobresalto en la cama de mármol, igual que las veces anteriores. Llevaba dos días encerrada en aquella habitación del palacio, dentro de unas sábanas que ya no eran blancas, y cada vez que cerraba los ojos volvían las imágenes. No el dolor físico —eso lo conocía y casi lo agradecía—, sino la otra cosa: la manera en que el anciano la había rebajado durante el entrenamiento, hasta dejarla convertida en algo más pequeño que una sombra.
Ella solo había querido descargar la rabia. Golpear hasta vaciarse. Pero el viejo señor era demasiado antiguo y estaba demasiado podrido de odio para entender que una mujer puede pegar con todas sus fuerzas y aun así estar pidiendo auxilio. Lo confundió con ambición. Respondió a la altura. Y la había hundido en la miseria más absoluta.
Ahora estaba sola, con las muñecas fracturadas y la mente hecha jirones, y en su cabeza solo había un nombre. Un nombre que llevaba más de un año sin pronunciar en voz alta.
Todo el dolor que sientas tienes que dedicármelo a mí.
Se lo había dicho él, hacía mucho, en otra vida. Y aunque ahora ella era más fuerte, aunque podía partir montañas con un gesto, seguía obedeciendo aquella orden como si fuera lo único verdadero que le quedaba.
Movió despacio las muñecas rotas. Las lágrimas le corrían por las sienes mientras hurgaba en sus propias heridas, y sonreía entre el sufrimiento.
—Todo mi dolor está dedicado a ti —susurró al techo—. Cada lágrima, cada grito, cada tortura. Es por ti y para ti.
Rotó los brazos fracturados, buscando el punto exacto donde más ardía, deleitándose en ello como quien rasca una picadura que no debería rascar.
—Maldito seas. ¿Por qué me enseñaste esto?
El llanto se le volvió nervioso. Hundió las uñas en los cortes que ella misma se había hecho, los abrió un poco más, movió el cuerpo justo por donde el dolor era insoportable.
—¿Por qué no quisiste venir a verme? —La respiración se le entrecortaba—. Te necesito. Me da igual que nos persigan, me da igual morir, me da igual que todo se detenga. Mira: este dolor es tuyo. Todo esto es tuyo.
Bajó las manos hasta el vientre y se arañó hasta sangrar.
—No quiero que vuelvas a separarte de mí. Te buscaré donde estés.
***
Se dio una bofetada con la mano sana. El golpe le retumbó en el cráneo y la dejó por un instante limpia, sin pensamientos, flotando en esa quietud blanca que solo el castigo le concedía.
—No te he buscado —se reprochó, la voz quebrada—. He sido mala. Me hice más poderosa que tú y por eso me dejaste sola. Tu ausencia es mi castigo. ¿Verdad que he sido mala? ¿Verdad?
Se golpeó dos veces más, sin medirse, mientras la otra mano descendía bajo la manta. Sentía el calor, la humedad vergonzosa de su propio cuerpo respondiendo a algo tan retorcido que ni siquiera se atrevía a nombrarlo.
—Niña mala. Zorra. Ni siquiera sabes conservar a tu amo a tu lado.
Se penetró con un dedo. Apenas lo sintió. Negó con la cabeza, frustrada.
—Eso no duele —dijo, hablándose como si fuera él quien la corregía—. Diosa tonta. Así no le gusta a él.
Metió cuatro dedos de golpe, con saña, sin la menor delicadeza. El gemido que se le escapó fue más de pánico que de placer.
—Así está mejor. Tiene que doler. Para él. Para ti. —El llanto se le volvió histérico—. Tú quieres que sufra. Tú quieres que me duela. Mi dolor es tu placer.
Sacó la mano, cerró el puño y se quedó muy quieta, temblando. La muñeca destrozada le nublaba el juicio. Aun así se incorporó, se puso a cuatro patas sobre la cama deshecha y dejó caer la frente contra el colchón.
—Soy tu propiedad —murmuró, y la voz se le rompió en la última sílaba.
Cayó de bruces. Su cuerpo no aguantaba más. Y entonces, en el delirio, pronunció el nombre de la única persona que la entendía, la amiga que días atrás le había suplicado que fuera a buscarlo.
—Maldita Marén y su conversación. Dren… Dren, ven, hazme daño, por favor, lo necesito. El dolor me hace sentir querida. Me hace sentir querida. Me hace sentir querida.
Con un esfuerzo brutal, todavía boca abajo, deslizó la mano bajo el camisón roto y se frotó con rabia, llorando ya enloquecida, perdida del todo.
***
—¿Dónde quedó tu entereza, pequeña princesa masoquista?
La voz llegó desde un rincón en el que un segundo antes no había nadie. Saira giró la cabeza con un respingo y lo vio: apoyado contra la pared de obsidiana, los brazos cruzados, mirándola como se mira a un animal herido.
—Dren… ¿eres tú? —La esperanza le tembló en la garganta.
—Perdiste facultades desde que eres lo que eres. —Avanzó un paso sin hacer ruido—. Ni siquiera fuiste capaz de notar que estaba aquí.
—¿Cuánto llevas…?
—Llegué antes que tú, zorra infeliz.
Ella no supo qué decir. La vergüenza y la ilusión se le mezclaron en un grito ahogado que él cortó de un golpe seco en la boca, observándola después con frialdad de juez.
—Mírate —dijo—. Estás rota y sucia. Ya no hueles como antes. Ni siquiera eres digna.
Saira lloró en silencio, el rostro crispado.
—Perdóneme —musitó.
—Al menos alguna de mis lecciones sirvió de algo. Más te vale seguir obedeciéndome.
Ella asintió contra el colchón.
—¿Qué quiere de mí esta vez, señor Dren?
—Comprobar si seguías siendo la de siempre. Pero ya veo que no. Maldita cría corrupta.
—He sido estúpida. —Las palabras le salían a borbotones—. Jamás debí marcharme. Teníamos que habernos quedado juntos, los dos, ojalá nada de esto hubiera…
La silenció con una bofetada. Le agarró la muñeca rota y se la puso delante de la cara.
—No se cambia el pasado, ya lo sabes. Te lo mereces por egoísta. Por darme la espalda.
—No fui yo —protestó, ahogada—. No nos quieren juntos. Lo sabes, ¿verdad?
—Creo que me menosprecias.
—No lo hago. Te lo juro.
—Te observé muchas veces durante tu retiro. Todo ese año pudiste haberme sentido. Pero ya no te queda instinto. No queda nada de la perra que amaestré.
—Debo esforzarme más —dijo, y lo decía en serio.
***
Dren le apretó la muñeca cada vez con más fuerza mientras la tomaba del cuello con la otra mano.
—Te esfuerzas tanto en subir que no miras el suelo que pisas —dijo—. Has perdido las bases. Eres poderosa, sí, pero incapaz de sentir nada que esté a un palmo de tu nariz.
Saira se retorció de dolor y, sin proponérselo, gimió al sentir de nuevo su tacto. Era lo único que había deseado en años. Con la mano libre cubrió la de él, la que la ahogaba, y en vez de intentar soltarse apretó hacia dentro, ayudándolo a estrangularla con más fuerza, mirándolo con una mezcla de desafío y entrega absoluta.
Él aflojó. La soltó de golpe.
—Tú no decides —dijo—. Nunca te di ese derecho.
Con un esfuerzo enorme, Saira se incorporó hasta quedar de rodillas. Pegó la frente al suelo de piedra.
—Señor mío —recitó—, sería un placer inmerecido que me hiciera sentir lo de antes. Se lo ruego. Mi amo, mi mentor. No puedo hacer más en este estado. Le imploro que me haga sufrir, que me haga vivir de nuevo como cuando aún era una simple mortal. Le ruego que se imponga sobre mí.
Dren la miró un instante con algo parecido a la aprobación. Después, sin más, desapareció de su campo de visión. Ella se quedó nerviosa, sin entender por dónde se había ido, hasta que sintió un pie golpearle la nuca y dejarla otra vez de bruces contra el suelo.
El pie se apoyó sobre su cabeza, inmovilizándola. Saira intentó girar el rostro para verlo. Él le escupió encima. El desconcierto y la humillación la atravesaron como una corriente.
Se inclinó sobre su espalda, juntó las dos muñecas de ella en una sola mano y se las sujetó contra la columna.
—Recuérdalo bien —le habló al oído—. Tus sueños más húmedos pueden convertirse en tus noches de terror si sigues así. Y no me culpes si a partir de ahora soy más brusco. Ya no eres tan frágil como antes. Lo sé.
Saira lloró de emoción y de dolor mientras sentía cómo él le subía el camisón roto hasta el ombligo. Volvió a escupirla, esta vez en las nalgas, y le descargó un golpe que la hizo clamar agradecida.
—¿Te acuerdas de cuando te decías a ti misma que un dedo no bastaba? —preguntó, burlón, hundiéndole uno por detrás.
Ella solo supo apretar inconscientemente, mordiéndose el labio. Él la agarró del pelo y le estampó la cara contra el suelo, una y otra vez, hasta que la piedra se manchó de rojo y el cuerpo de Saira se aflojó por fin, vencido.
—¿Uno solo? —susurró Dren—. Eso no duele, diosa tonta. A él no le gustaría, ¿verdad? Tiene que doler. Probemos con cuatro.
Semiinconsciente, ella le suplicó que parara. Él se rió y se apartó un momento, mostrándose entero ante sus ojos nublados.
—Lubrícate —dijo—. Me lo agradecerás.
Sin apenas poder moverse, Saira obedeció con una felicidad enferma, hasta quedar dispuesta para él. Dren se levantó y de una patada la lanzó contra la pared. Cayó de bruces, manchando de sangre el camisón blanco que él terminó de rasgar de un tirón, dejándole toda la espalda desnuda.
Ella ya no veía con claridad. Sabía que en cualquier momento podía desmayarse. Por eso él actuó rápido y la penetró de golpe; el dolor, lacerante y sobre todo humillante, pareció devolverla a la vida. Le tomó el brazo malherido, se lo retorció hacia la espalda, estirándolo con saña mientras embestía sin la menor piedad.
—Hoy solo eres un juguete roto —le repetía—. Usado una última vez antes de la basura.
Se lo dijo tantas veces que la muñeca de Saira terminó doblada hasta la nuca. Ella ya no sentía más que ese brazo torcido y el dolor inmenso que la partía por dentro, perdiendo lo poco que aún conservaba de intacto, si es que le quedaba algo.
***
Cuando él se retiró, se limpió en los jirones del camisón sin mirarla siquiera. Saira, con la voz deshecha, le pidió que terminara como la última vez, que calmara así su sed, que ya nada importaba, que solo quería verlo satisfecho por su buena alumna. Por toda respuesta, Dren la agarró del cuello, la levantó, la soltó y le clavó el puño en el vientre. Saira se dobló de rodillas y vomitó sangre a sus pies.
—Creo que me voy a desmayar si seguimos —jadeó.
—Hazlo —dijo él—. Ya has servido. No hace falta que sigas consciente. Cumpliste tu cometido.
—Pero… ¿usted no termina?
—Tú no decides eso, zorra. Además —ladeó la cabeza, escuchando algo que ella no oía—, hay alguien viniendo hacia aquí. Y yo no debería estar.
Saira no entendió. Entonces sintió que el aire de la habitación se espesaba, que el tiempo mismo retrocedía a su alrededor. Las grietas de la pared se cerraron. El camisón blanco volvió a estar entero sobre su cuerpo. La sangre desapareció del suelo de obsidiana.
Cuando recuperó el aliento, estaba de nuevo sola en la cama de mármol, malherida pero curada de sus daños más profundos, sin comprender cómo él había sido capaz de hacer aquello. Solo quedaba, en el aire, un rastro tenue de su olor, y dentro de ella la certeza de que, por una sola noche, había vuelto a sentirse querida.