Volví al club de los vampiros con un collar verde
Estaba en una vieja nave industrial que había sido matadero, rodeada de vampiros, con un collar verde apretándome el cuello. Ese color les daba derecho a usarme como quisieran, con una sola condición: pedirle permiso a Daniela antes de disponer de mí y saciar sus instintos más salvajes.
Entre ellos había un vampiro muy viejo, distinto a los que yo conocía. Nada que ver con Drago, con Casimir o con el jovencito Iván, que ni siquiera era un vampiro, pero los imitaba bebiendo la sangre de las heridas que abría con un estilete. Este anciano no tenía dientes: en la encía superior lucía solo un par de colmillos muy juntos, afilados como los de una serpiente.
Su piel parecía pergamino arrugado, como la de las momias que había visto en las fotos. Y sus labios, si es que aquello eran labios, formaban un círculo de pliegues mucho más oscuros que el resto de la cara. Recordaban más al esfínter de un ano que a la boca de alguien.
Me daban escalofríos cada vez que clavaba su mirada en mí, mientras negociaba con Daniela el derecho a satisfacer conmigo sus ansias de sexo y de sangre. El problema era que yo estaba agotada. Los pechos me dolían de manera insoportable después de alimentar a Daniela, a sus dos compañeros y al jovencito Iván, que me había taladrado los pezones para beber mi sangre mezclada con leche.
—Daniela, por favor, no puedo más —supliqué con la voz quebrada—. Voy a desmayarme de un momento a otro. Me arden las heridas de los pechos y no soportaría que me mordieran otra vez. Dame unos días para reponerme y te juro por mis hijos que aceptaré todo lo que dispongas para mí.
Daniela miraba a aquel ser horrible, dudando entre entregarme en ese instante o aplazar el encuentro. No me cabía la menor duda de la influencia que el anciano ejercía, no solo sobre ella, sino también sobre Casimir y Drago, que no se atrevían a intervenir en mi defensa.
Daniela intentó hacerlo entrar en razón. Le explicó que, si me daba tiempo para recuperarme, su placer sería mayor: me tomaría descansada, con más resistencia para alimentarlo. El viejo observó mis pechos ensangrentados, frunció aquel círculo de arrugas y, para mi alivio, asintió.
—Marina, Mordek ha aceptado esperar a que te repongas —me dijo ella—. Pero quiere un adelanto de lo que le ofrecerás cuando estés sana. Y ha exigido una garantía: tus dos hijos. Si no cumples tu palabra, serán ellos quienes paguen las consecuencias.
El terror me heló por dentro. La sola idea de que mis hijos corrieran peligro borró cualquier resistencia. No tenía elección. Me sujeté ambos pechos y los ofrecí, temblando, a su sed.
—Podéis tomar lo que deseéis, señor —murmuré.
Apenas me salían las palabras y las piernas me flaqueaban cuando se acercó. Atrapó un pezón con aquella boca y empezó a succionar, lamiendo la sangre que brotaba sin clavar los colmillos. Repitió lo mismo con el otro, dejando las dos heridas limpias. Solo bebió la sangre acumulada en los cortes de Iván, sin abrir ninguno nuevo, para no debilitarme más.
—Daniela, por favor, cámbiame el collar y llévame a casa cuando puedas —pedí.
Ella se despidió de todos, enganchó una cadena a mi collar y tiró de mí hasta el coche aparcado en la entrada.
***
De día no había peligro: los vampiros no podían atacarme y respiré con alivio. Solo Daniela, con su gruesa capa de crema solar, las gafas oscuras y los cristales tintados del coche, podía circular a plena luz sin sufrir daño.
De día era yo la que llevaba ventaja en cualquier enfrentamiento. Si ella perdía las gafas, o si una parte de su cuerpo quedaba expuesta al sol, podía sufrir quemaduras gravísimas e incluso dejar de existir. Morir no podía, porque ya no estaba viva.
Yo misma había muerto en mi propia casa, completamente desangrada, por culpa de la sed insaciable del que ahora era su amigo y tutor. Desde aquella noche le tenía prohibida la entrada a mi hogar, por miedo a que se alimentara de mis hijos en algún descuido, aunque me hubiera jurado respetarlos. La forma más segura era que no cruzara la puerta. Cuando quería un encuentro conmigo, lo hacíamos en el cuarto de la caldera, donde había espacio suficiente para atarme a la pared o colgarme del techo y dar rienda suelta a sus deseos.
Al llegar a casa me soltó el collar y me entregó dos botellas de aquel brebaje parecido al vino. Con él lograba reponerme y, según Daniela, le daba a mi sangre un sabor y un aroma distintos, mucho más apetecibles para los vampiros. Lo había comprobado: bastaba con pasar sangrando cerca de ellos para que el olor los volviera locos.
Los días siguieron su curso, sin nada que rompiera la rutina. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Llevar a los niños al colegio, recogerlos por la tarde, ayudarlos con los deberes, bañarlos y acostarlos. Le daba el pecho al pequeño, que muchas veces se dormía aferrado a mí. Lo miraba dormir y pensaba que, antes de permitir que les pasara algo, prefería entregar mi propia sangre. Por eso estaba dispuesta a entregarme a Mordek, antes de que él tomara venganza con mis hijos.
Apenas podía contar con mi marido. Viajaba sin parar por trabajo y pasábamos días enteros sin vernos. Parecía una viuda con el marido vivo.
***
Había pasado una semana desde mi visita al local cuando Daniela apareció con otras dos botellas de aquel vino extraño. Aunque todavía me quedaba un poco, ella había previsto que se me acabara.
—Hola, cariño. ¿Cómo te vas recuperando? —preguntó al entrar.
—Mucho mejor —respondí—. Ya tengo las heridas cicatrizadas.
—Marina, ¿te apetecería que vayamos al cuarto de atrás?
Sabía que aquello no era una pregunta, sino una orden disfrazada. No podía negarme, a menos que quisiera perder su protección frente a los demás vampiros. Daniela tenía influencia suficiente para mantener alejados a los otros. Sin ella, sin Casimir ni Drago, cualquier vampiro sediento podía atacarme sin la menor consideración.
Desde mi primer encuentro con aquel mundo de chupasangres, muchos me conocían y codiciaban mi sangre. Solo la protección de Daniela los mantenía a raya.
No solo los vampiros bebían sangre. También algunos humanos lo hacían, y solían hacer más daño, porque usaban toda clase de objetos punzantes para abrir las heridas de las que se alimentaban. Yo lo había sufrido varias veces. La primera, en la mansión de Casimir, cuando Drago aún no tenía colmillos y me taladró ambos pezones con el estilete que llevaba colgado del cuello. Aquella noche serví de alimento por primera vez, además de ser follada una y otra vez. Recuerdo cómo me azotaron los pechos para su deleite, mientras se masturbaban contemplando mi sufrimiento.
Y ahora, en pocos días, tendría que entregarme a un ser que parecía una momia recién salida de un sarcófago. Todo por mi culpa, por haber permitido que me pusieran ese collar verde.
Mientras caminábamos hacia el cuarto, me atreví a preguntar lo que no me dejaba dormir.
—Daniela, no dejo de pensar en la propuesta de Mordek. ¿Qué te ofreció para que no te resistieras a entregarme?
—Aunque te lo explicara, no sé si lo entenderías —respondió—. Es algo intrínseco a nosotros. Me ha ofrecido mucho dinero, sí, pero no fue eso lo que me decidió.
—Inténtalo. Quiero saber qué es tan importante como para sacrificarme.
—¿Conoces la jerarquía que existe entre nosotros? Te lo explicaré de forma sencilla. Drago le debe obediencia y respeto a Casimir, porque fue él quien lo convirtió. Es como un padre. Yo, a mi vez, se la debo a Drago y a Casimir, porque ellos me convirtieron a mí. ¿Hasta aquí lo entiendes?
—Sí —dije—. Aunque yo pensaba que os unía la amistad.
—Entre nosotros no existe la amistad. Solo la ley del respeto al progenitor y al más fuerte.
—¿Y qué tiene que ver Mordek con eso?
—Mucho. Además del dinero, se ha ofrecido a acogerme como mi nuevo progenitor. Con su influencia, yo pasaría a ser mucho mejor considerada.
—¿Solo con que te adopte tendrás ese poder?
—No es una adopción. Se alimentará de mí hasta saciarse y luego me dejará beber parte de su sangre. Así pasaré a ser parte de él y quedaré por encima de casi todos los vampiros que conozco.
Distraídas con la conversación, habíamos llegado al cuarto de la caldera. Ahora me tocaba satisfacer a Daniela. Me desnudé por completo para que saciara conmigo su sed de sexo y se deleitara con mi sangre.
***
Su forma preferida era ofrecerme primero su sexo, para que se lo lamiera hasta el orgasmo, y luego atarme para devorar el mío, terminando por clavar los colmillos donde se le antojara. Le gustaba mezclar mi leche, mis flujos y mi sangre en la lengua.
De rodillas frente a ella, contemplé su coño depilado, ya brillante de excitación. Empecé por la cara interna de los muslos, acercándome poco a poco. Lamí los labios, azoté el clítoris con la lengua y, en cuanto la sentí estremecerse, retrocedí hasta donde había empezado.
Lamía y chupaba sus muslos, atrapando con los dientes pequeñas porciones de carne, mordiendo suave para luego soltar y volver a morder más cerca. Cambiaba de un muslo a otro hasta llegar de nuevo a sus labios, que mordisqueaba tirando despacio de ellos.
Cuando por fin sujetaba su clítoris entre los dientes, estaba tan excitada que apenas empezaba a chuparlo se corría a borbotones, sujetándome la cabeza con ambas manos.
—Marina, me vuelves loca —jadeó—. Eres como una droga de la que no consigo desengancharme. Ahora voy a devolverte el placer multiplicado.
Mi perdición era que ella conocía mis secretos y mis fantasías más escondidas. Estar atada era una de ellas. Me levantó los brazos y me los aseguró a un gancho de la pared. Completamente desnuda, sentía el roce de su cuerpo contra mis pechos mientras me ataba, y los pezones se me endurecían.
Era imposible adivinar qué haría después. Podía aferrarse a mis pechos y morder los pezones, o clavar los colmillos en las tetas hasta dejarlas como un colador sangrante. Pero esta vez solo se prendió de ellos con ambas manos y se dedicó a mamar la leche que salía: apretaba con dos dedos, sorbía a borbotones, se metía un pezón entero en la boca.
Así estuvo todo el tiempo que quiso, sin que yo pudiera oponer la menor resistencia. Solo con eso ya me había hecho llegar al orgasmo. Luego bajó lamiendo mi vientre, recogiendo la leche derramada, hasta llegar a mi sexo empapado.
Sentía cómo lamía los flujos que manchaban mis muslos, subiendo igual que había hecho yo con ella. La diferencia era que yo esperaba, de un momento a otro, sentir sus colmillos hundirse donde se le antojara. Me volvía loca de placer cuando pasaba la lengua por mi raja y succionaba el clítoris, sacándolo de su capucha para azotarlo.
Lo que temía, o más bien deseaba, no tardó en llegar. Noté los dos colmillos clavarse en mi pubis, el lugar que había elegido para beber. El grito que solté no sabría decir si fue de dolor, de sorpresa o de placer. Hasta ella se sobresaltó. No pude aguantar más y exploté en otro orgasmo, llenándole la boca de sangre y de mis flujos.
Quedamos las dos satisfechas. Me desató, me vestí y la acompañé al coche. Nos despedimos hasta el viernes siguiente, cuando pasaría a recogerme para entregarme a Mordek, el ser mitad momia, mitad vampiro.
***
Cuando se espera algo agradable, el tiempo se arrastra. Pero cuando se acerca lo que no deseas, los días vuelan. Llegó el viernes casi sin darme cuenta. Dejé a los niños en el colegio, llamé al trabajo diciendo que no me encontraba bien y avisé a mis suegros para que pasaran a recoger a los pequeños por la tarde.
No tenía ánimo para nada. Pensaba que las cosas podían torcerse, como le ocurrió a Daniela, a quien Drago y Casimir desangraron sin medida hasta matarla sin querer. A mí podía pasarme lo mismo con Mordek: excitado por el sexo y la sed, podía dejarme seca y obligarme a convertirme en vampira para seguir andando por el mundo. Con la diferencia de que yo tenía un marido, dos hijos y un trabajo donde notarían el cambio.
Como tenía tiempo, me bañé en la bañera sin usar jabón, para no dejar más aroma que el de mi propia piel. Solo agua tibia para relajarme y abrir los poros. Comprobé que no quedaba ni un rastro de vello en todo mi cuerpo. No usé desodorante ni me vestí. Bebí lo que quedaba de vino para darme ánimos y me quedé completamente desnuda. De todos modos, Daniela me habría obligado a desnudarme antes de acompañarla.
Esperé en el salón hasta que sonó el timbre. No me sorprendió que me colocara directamente el collar verde, sujeto a una cadena, y que tirara de mí hasta el coche. Al menos no me había puesto pinzas de cocodrilo en los pezones para arrastrarme de los pechos, como había visto hacer con otras sumisas.
Tampoco me sorprendió el recibimiento al entrar en su guarida. Las caras de deseo se multiplicaban a mi paso, ahora que el collar verde anunciaba que cualquiera podía servirse de mí. Solo la presencia de Daniela y de los dos vampiros que la esperaban impedía que se abalanzaran sobre mí entre ofertas para deleitarse con mi sangre.
Pero en cuanto Mordek se acercó y Daniela, con una inclinación de cabeza, le entregó la cadena que me sujetaba el cuello, todos perdieron el interés. Tal era el respeto, o el terror, que aquel ser inspiraba.
Ahora le pertenecía. Tiró de la cadena y me obligó a seguirlo, escoltada por dos hombres que vestían solo pantalones, con el torso desnudo y sin un solo pelo. No supe si eran vampiros o sirvientes humanos.
Llegamos a una sala con salpicaduras en las paredes y manchas de sangre seca en el suelo. Mi inquietud se disparó. No había duda: para dejar aquellas manchas, alguien había perdido muchísima sangre.
Los dos hombres no perdieron tiempo. Me alzaron los brazos, los ataron a unos ganchos del techo y tensaron las cadenas hasta dejarme colgando, apenas rozando el suelo sucio con la punta de los pies.
Un sudor frío me recorrió la espalda cuando los vi acercarse, cada uno con un látigo en la mano.
—A nuestro amo y señor le gusta la sangre saturada de adrenalina —dijo uno.
—Y la mejor forma de conseguirla es provocando un terror intenso y un dolor extremo —añadió el otro—. Ya vemos que estás aterrorizada. Ahora vas a sentir el dolor.
Sabía que ese no era el único motivo. Verme azotada también lo excitaría a él. Por eso había elegido a dos servidores jóvenes y fuertes, para castigarme sin cansarse mientras observaba.