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Relatos Ardientes

La lección que aprendieron los pervertidos del pabellón

Ilustración del relato erótico: La lección que aprendieron los pervertidos del pabellón

Todavía recuerdo mis primeros meses como enfermera, cuando cada turno me parecía una pequeña conquista. Curar a la gente me llenaba de una satisfacción que no sabía explicar: una herida bien limpiada, un vendaje firme, la mano temblorosa de un anciano que se calmaba bajo la mía. Sentía que servía para algo, que mi trabajo importaba.

Pero todo oficio tiene su lado sucio, y el mío también lo tenía.

El lado sucio se llamaba la hora del baño. Bañar a los pacientes que ya no podían valerse solos implicaba lavarlo todo, y cuando digo todo, es exactamente todo: la espalda, los pliegues, los pies, y también lo que quedaba bajo la sábana cuando se la retiraba. Con la mayoría no había problema. Con algunos, en cambio, el agua tibia y la esponja eran una invitación que ellos aprovechaban sin el menor pudor.

Se empalmaban a propósito. Soltaban comentarios con la voz pastosa, me clavaban la mirada en el escote del uniforme, fingían que necesitaban ayuda para girarse solo para rozarme. Y no era solo conmigo. Lo hacían con todas, y con más saña cuanto más joven era la enfermera.

—Estoy harta de los viejos verdes —me dijo una mañana Daniela, removiendo el café como si quisiera hacerle un agujero a la taza.

Daniela acababa de entrar de prácticas. Tenía veintidós años, una melena castaña que se recogía mal con un lápiz y esa mezcla de ternura y rabia de quien todavía no ha aprendido a defenderse. Yo le llevaba unos cuantos años y bastante más oficio, pero la entendía perfectamente.

—Yo también —respondí—. Pero hay maneras de que dejen de hacerlo.

Quien me había enseñado esas maneras era Rosa, la veterana del pabellón. Rosa llevaba veinte años en aquel hospital y había visto pasar a cientos de pacientes como ellos. Una tarde, mientras doblábamos sábanas en el cuartito del fondo, me lo contó con una sonrisa tranquila, como quien comparte una receta de cocina.

—Los hombres así solo entienden un idioma —dijo Rosa—. El del miedo. No hace falta gritar ni golpear. Basta con que descubran que tú tienes el control de la única parte de su cuerpo de la que se sienten orgullosos.

Y entonces me explicó el truco. Sencillo, silencioso, imposible de demostrar después. Un apretón en el momento justo y en el lugar justo, mientras les sostienes la mirada y les hablas con voz dulce. Nada que dejara marca. Nada que un médico pudiera ver en una revisión.

Esa misma tarde, mis compañeras y yo nos sonreímos por los pasillos. Por primera vez en mucho tiempo, esperábamos con ganas la hora del baño.

***

Mi paciente de aquel día era Aníbal, el peor de todos. Un hombre calvo, fofo y peludo, con la piel salpicada de manchas y una lengua que no descansaba nunca. Llevaba semanas haciéndome la vida imposible: que si tenía buenas piernas, que si me agachara un poco más, que si mi marido sabía la suerte que tenía. Yo apretaba los dientes y seguía con mi trabajo. Hasta esa tarde.

Lo ayudé a desnudarse —para eso siempre tenía fuerzas, el muy cínico— y lo acomodé en la bañera. El agua le cubría el vientre redondo. Empecé como siempre, pasando la esponja por los hombros, por la espalda ancha, por los brazos flácidos. No tardó ni dos minutos en reaccionar. Bajo la superficie, sus testículos pequeños flotaban entre el vello cano y su pene comenzaba a alzarse despacio, asomando como el periscopio de un submarino.

—Qué bien lo haces —murmuró, cerrando los ojos con una sonrisa grasienta—. Ninguna lo hace como tú.

No dije nada. Seguí bajando con la esponja, por el pecho, por la barriga, despacio, hasta llegar a la entrepierna. Limpié cada rincón con calma profesional mientras él movía las caderas, empujando contra la esponja como si quisiera follarla.

—¿Qué te parece cómo te lo meneo? —preguntó, abriendo un ojo, engreído—. Reconoce que te pone.

Solté una carcajada. Una de verdad, larga, sincera.

—¿Eso? —dije, ladeando la cabeza—. ¿A esa cosita la llamas un rabo? Por favor, Aníbal. Si apenas se ve.

La sonrisa se le congeló en la cara. Toda la sangre se le retiró del rostro y por un instante pareció más viejo, más pequeño, más desnudo de lo que ya estaba.

—Míratela —continué, bajando la voz hasta un tono casi tierno—. Es diminuta. ¿Tu mujer llegaba alguna vez al final contigo, o tenía que apañárselas sola después?

—Serás… ¡hija de…! —empezó a incorporarse, rojo de furia.

No le dejé terminar. Mi mano libre se cerró bajo el agua, firme, justo donde Rosa me había enseñado. No apreté del todo. Solo lo suficiente para que entendiera quién mandaba.

—¿Ibas a decir algo? —pregunté, sosteniéndole la mirada con una sonrisa dulce—. No te escucho, pollita pequeña.

El hombre abrió la boca pero no le salió la voz. Apreté un poco más y un quejido ahogado se le escapó entre los dientes. Vi cómo el pene, antes erguido, se ablandaba y se encogía con cada segundo que pasaba, replegándose como un caracol que se mete en su concha.

—Oh, qué monada —dije, observándolo con falsa ternura—. Ahora sí que no debe medir ni dos dedos.

Lo moví de un lado a otro, sin soltarlo, y él apenas podía respirar. Las manos se le aferraban a los bordes de la bañera, los nudillos blancos, la frente perlada de sudor.

—Voy a seguir lavándote —susurré, acercándome a su oído—, y tú vas a estarte calladito. ¿Verdad que sí?

Asintió con un movimiento rápido, desesperado.

—Y ni se te ocurra volver a tocar a una compañera. Ni mirarle el escote. Ni decirle una sola palabra de las tuyas. Porque la próxima vez —apreté un grado más y él soltó un grito sordo— no me andaré con tanta delicadeza. ¿Nos hemos entendido?

Volvió a asentir, los ojos llenos de lágrimas que no eran de pena, sino de puro pánico.

Lo solté. Terminé de lavarlo con una sola mano, tranquila, mientras con la otra le sostenía suavemente los testículos, recordándole que seguían ahí, a mi merced. Qué fácil había sido, pensé. Tantos meses aguantando, y bastaba con esto.

—Listo, hemos terminado —anuncié, ayudándolo a salir.

Le costó moverse durante un buen rato. Pero a partir de aquel día, Aníbal fue el paciente más educado del pabellón. Bajaba la mirada cuando yo entraba a su habitación y me daba las gracias con un hilo de voz por cada cosa, por mínima que fuera.

***

No fui la única, claro. La idea de Rosa corrió entre nosotras como un secreto sagrado, y cada una la fue adaptando a su manera. Esas charlas en el office, entre café y café, se convirtieron en mi parte favorita del turno.

—A mí me tocó uno que iba de gallito —contó Daniela una tarde, con los ojos brillantes—. De los que presumen de tamaño. Y la verdad es que no le faltaba razón, era grande. Pero en cuanto le puse la mano donde tú me dijiste y apreté, se le quedó tan pequeña que casi se le perdía entre los pelos. No sabía si reírme o aplaudir.

Nos echamos a reír las tres a la vez.

—El mío era de los que tocan el culo —dijo Noelia, una rubia menuda y de carácter tranquilo que jamás habría imaginado capaz de aquello—. Me lo había hecho dos veces ya, fingiendo que perdía el equilibrio. Así que, cuando salía de la bañera, hice como que tropezaba y le caí encima justo en la entrepierna con todo mi peso. El grito se oyó en la planta de arriba. El médico vino corriendo. Le dije que el pobre hombre se había resbalado.

—No me lo creo —dijo Daniela, tapándose la boca.

—Te lo juro por mi uniforme.

Pero la historia que más me marcó fue la de Helena. Helena no era guapa, y los pacientes se lo recordaban sin piedad. Mientras a las jóvenes les soltaban piropos asquerosos, a ella le decían crueldades sobre su cara, sobre su cuerpo, sobre su soledad. Lo aguantaba en silencio, con una dignidad que a mí me dolía.

—Yo no recibo piropos —dijo Helena aquella tarde, mirando el fondo de su taza—. A mí me toca lo otro. Las burlas. Que si nadie me querría ni regalada.

Se hizo un silencio incómodo. Ninguna sabía qué decir.

—Pero el de ayer se pasó —continuó, y por primera vez sonrió—. Me dijo que mejor le bañara con una bolsa en la cabeza. Así que, cuando se incorporó para salir, calculé bien el momento y le di un cabezazo justo en sus partes. Sin querer, ya saben. Cosas que pasan al ayudar a un paciente torpe.

Esa vez nos reímos tanto que la supervisora asomó la cabeza para ver qué pasaba.

***

Con el tiempo, el pabellón cambió. No de un día para otro, pero cambió. Los pacientes nuevos aprendían rápido, por los rumores o por experiencia propia, que en aquella planta a las enfermeras no se las tocaba, no se las humillaba, no se jugaba con ellas. Que detrás de la sonrisa amable y el uniforme impecable había una mano que sabía exactamente dónde apretar.

Una de las venganzas que más me impresionó fue la de Carla. A una compañera suya, un paciente le había metido los dedos por debajo de la falda cuando ella se agachó a recoger una toalla. Carla no dijo nada en el momento. Esperó. Y cuando le tocó el turno de bañar a aquel mismo hombre, en lugar de jabón le pasó un poco de alcohol por el glande justo en el instante en que él, orgulloso, se exhibía pidiendo atención. El alarido, según contaba, todavía resonaba en su memoria como música.

Nunca lo hablábamos fuera del office. Era nuestro pacto silencioso, nuestra justicia privada, esa que ningún protocolo del hospital contemplaba pero que ninguna de nosotras estaba dispuesta a perder. Rosa nos miraba a todas con orgullo de maestra, sabiendo que su lección sobreviviría a su jubilación.

—Lo importante —nos decía— no es hacerles daño. Es que entiendan, aunque sea una vez en su vida, lo que se siente cuando alguien tiene poder sobre tu cuerpo y tú no puedes hacer nada. A ver si así aprenden a respetar.

Y vaya si aprendían.

Pasaron los años. Hoy soy yo la veterana del pabellón, la que dobla sábanas en el cuartito del fondo y comparte la receta con las jóvenes que llegan asustadas y rabiosas, igual que llegué yo. Les enseño el truco, el apretón justo, la voz dulce, la mirada firme. Y cada vez que veo a una de ellas salir de la sala de baños con esa sonrisa pequeña y satisfecha, sé que la lección está a salvo.

Esa es solo una de las tantas charlas que tuve, y que sigo teniendo, con las chicas del turno.

Por supuesto, como siempre digo, todo esto es pura ficción.

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Comentarios (3)

AmazonaFan

que bueno!!!! de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

SentirVerdad

Espero que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que pasara. Gran relato!

xime_cba

el personaje de Rosa es lo mejor jajaja, ese consejo deberia darse mas seguido

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