La ponygirl que vi atada despertó mi deseo más oscuro
Salí a pasear con mi padrino aquella tarde de sábado, como hacíamos casi todos los fines de semana desde que me mudé a la ciudad para terminar la carrera. Esteban me había dado un cuarto en su casa, y con él vinieron pequeños lujos a los que nunca me acostumbré del todo: vestidos buenos, zapatos que costaban una fortuna, almuerzos en sitios donde yo jamás habría entrado sola. Caminaba abrazada a su brazo, con un vestido rojo de flores y tacones que repiqueteaban contra los adoquines, y él iba a mi lado con su traje impecable y ese sombrero que solo se ponía cuando salíamos juntos.
Íbamos hacia nuestro café de siempre, hablando de cualquier cosa, cuando algo le hizo aminorar el paso. Sentí el tirón en su brazo antes de entender qué miraba. Seguí su mirada y entonces la vi yo también.
Una ponygirl estaba atada a una barandilla, junto a un pequeño carro de tiro. Más adelante, en una mesa de la acera, dos hombres compartían un almuerzo sin prestarle la menor atención. Uno de ellos, supuse, era su dueño.
No era una escena imposible de ver. Existían las granjas, los establos, los anuncios discretos en revistas caras. Pero una cosa era saber que esas mujeres existían y otra muy distinta tenerla a tres metros, de frente, real y silenciosa bajo el sol.
Llevaba unas botas altas con forma de casco que la obligaban a mantenerse en punta, tensa, como si bailara de pie sin descanso. Una cola larga le caía desde las nalgas, encajada dentro de su cuerpo. Ahora que me fijaba bien, la base de esa cola era un tapón grueso, negro y brillante, hundido hasta el fondo en el culo de la muchacha; se le veía el aro rosado del ano tenso alrededor del plástico, estirado hasta límite, y con cada temblor de sus muslos el tapón se movía apenas y arrancaba a la cola un balanceo suave, obsceno. Un cinturón de cuero le ceñía la cintura con anillas y hebillas pensadas para enganchar las varas del carro. Tenía los brazos doblados a la espalda, cada mano sujeta al codo contrario dentro de una funda de cuero que se los inmovilizaba por completo, y eso le dejaba el trasero ofrecido, expuesto. Sobre la piel pálida se le marcaban dos líneas rojas, recientes. Alguien la había azotado hacía poco.
Un arnés le sostenía los pechos, firmes y altos, apretados por tiras de cuero que le mordían la carne y le hacían saltar los pezones hacia adelante, gruesos, oscuros, endurecidos por el aire. Del cuello le colgaba un collar metálico con un cencerro que tintineaba apenas con cada temblor. Unas anteojeras le anulaban la visión lateral y la obligaban a mirar solo al frente. En la boca llevaba un bocado del que salían unas riendas que le caían por la espalda, y un hilo de saliva le resbalaba por la barbilla hasta el pecho, escurriéndosele entre las tetas.
—Mira eso —le dije a Esteban, señalándola sin disimulo. El estómago se me había cerrado, pero no de asco. Sentí de golpe la humedad tibia bajándome por el interior del muslo, un chorrito discreto que se me deslizó bajo las bragas antes de que pudiera apretar las piernas.
—Sí —respondió él, y apartó la vista enseguida, intentando que siguiéramos caminando.
Le solté el brazo y me acerqué unos pasos. Él chasqueó la lengua y vino detrás de mí, resignado, como quien sabe que no va a ganar la discusión.
—Es preciosa —murmuré. Tenía el pelo negro recogido en dos trenzas tirantes, un peinado infantilizado a propósito, hecho para humillarla, y aun así le quedaba bien. Le miré el coño depilado, brillante, con los labios entreabiertos y un hilo de flujo colgándole entre los muslos. Estaba mojada. Excitada. La yegua estaba caliente ahí, en plena calle, y cualquiera podía verlo.
La pony me oyó. Echó los hombros hacia atrás, sacó el pecho y alzó la barbilla, orgullosa, como una yegua de exposición que sabe que la están juzgando.
—Una pony está para ser vista, no para ver —dijo mi padrino al notar su reacción y la curiosidad con que yo la devoraba.
—¿Qué crees que estará pensando? —pregunté, sin dejar de recorrerla con los ojos.
—No mucho —contestó él, incómodo—. A las ponygirls les quitan la voz al empezar. Y pensar… pensará que tiene que estar presentable para su amo. Nada más que eso.
Me quedé un momento en silencio. Después solté lo que llevaba un rato rondándome la cabeza.
—Yo me vería bien así, ¿no crees? —dije, y le sonreí con una malicia que no me reconocía.
Esteban se giró hacia mí, y por primera vez en años lo vi verdaderamente alarmado.
—No, no querés eso —dijo, bajando la voz—. Una ponygirl lo es de por vida. No hay vuelta atrás. Nunca más va a vestirse, ni a hablar, ni a hacer nada de lo que vos hacés. Hasta que se muera la van a tratar como a un animal. Solo como a un animal.
Tendría que haberme dado miedo. En cambio, algo se me encendió por dentro, una corriente caliente que me bajó por la espalda y se me quedó entre las piernas. Sentí el clítoris hincharse contra la costura de la braga, latiendo con fuerza, y el coño se me apretó en espasmos vacíos, pidiendo algo que llenarlo. No hay vuelta atrás. Repetí la frase en mi cabeza y me gustó cómo sonaba.
—Dios, qué manera más horrible de tratar a un ser humano —dije. Pero lo dije sonriendo, y los dos sabíamos que no lo pensaba en absoluto.
Empezamos a caminar de nuevo, esta vez por detrás del carro, donde ella no podía vernos con las anteojeras puestas. Aproveché el ángulo para mirarle el culo de cerca: las nalgas blancas partidas por las dos rayas rojas de la fusta, el tapón negro brillándole entre los cachetes, y más abajo el coño abierto goteándole en línea recta hasta las botas de casco. Tuve que morderme el labio para no gemir en voz alta.
—Me pregunto si tiene miedo —seguí, pensativa—. Tal vez esté triste y eche de menos su vida de antes. Tal vez odie todo esto. —Hice una pausa, sintiendo el latido en la garganta—. O tal vez sea una sumisa de verdad, una pervertida, y esté disfrutando cada segundo. Tal vez no haya estado nunca tan excitada como ahora. Mirala, Esteban. Está chorreando. Se le nota. Le corre por los muslos.
Él tragó saliva y no contestó.
***
—Cariño —dijo Esteban, y el cariño le salió genuino, preocupado—. A vos te encanta hablar con tus amigas. Te encantan los libros. La ropa bonita, las joyas, elegir zapatos. Te encanta cocinar. Pensalo bien: para una ponygirl todo eso desaparece para siempre. Y el día que el dueño se aburre, o quiere otra más nueva, simplemente se deshace de ella. No es una vida para vos.
Me detuve. Volví a mirar el cuerpo desnudo de la pony, ahora de lejos, y me tomé unos segundos para ordenar lo que sentía.
—Sí —admití—. Entiendo lo de perder todas esas libertades. Supongo que es justo eso lo que hace que la idea sea tan aterradora… y tan increíblemente excitante.
Tragué saliva. Tenía la boca seca y las palabras me salían más bajas de lo normal. Notaba las bragas ya empapadas, pegadas al coño, y cada paso me frotaba los labios hinchados uno contra el otro. Cerré un poco los muslos y me estremecí sin poder evitarlo.
—Imaginate cómo debe ser para ella —continué—. Antes era una mujer común, como cualquiera. Ahora sabe que esa vida se terminó del todo. Puede acordarse de cuando se vestía, se peinaba, hablaba con alguien que le gustaba, cocinaba algo especial para una persona especial… mil cosas. Y sabe que se acabó. Que lo único que le queda es aceptarlo y, quizás, aprender a disfrutarlo. Llevar a su amo a donde quiera, desnuda, en silencio. Abrirse de piernas cuando él quiera follársela, chuparle la polla arrodillada en la paja, dejar que le meta la verga en el culo mientras la agarra de las riendas. Nada más. Dios, Esteban. Lo que debe sentir tiene que ser horrible y maravilloso al mismo tiempo.
Esteban carraspeó. Se le había puesto la cara colorada, y bajo el pantalón del traje se le marcaba con toda claridad el bulto duro de la polla. Me hice la que no lo veía y sonreí para dentro. Nunca antes lo había puesto así.
—Sigamos con el almuerzo —dijo él, queriendo cortar.
—Un momento. —No me moví—. ¿Y si una mujer quisiera de verdad hacer esto? ¿Con quién habla?
Esteban suspiró. Sabía que estaba cediendo terreno y aun así contestó, en contra de su buen juicio.
—Conozco a un abogado que puede iniciar el papeleo.
—¿Y después qué pasa? —insistí, con el corazón golpeándome las costillas.
—Hay un proceso —dijo despacio—. Una vez firmados los papeles, hay exámenes médicos y psicológicos. Hasta una prueba de inteligencia. Después se le pide al tribunal que le retire todos los derechos civiles. Luego hay que encontrar un establo de entrenamiento que la acepte y esperar a que haya una plaza libre. El entrenamiento dura unos seis meses. Si todo sale bien… hay una subasta, y la venden.
—¿Cualquiera puede comprar una? —pregunté.
—No. Tienen que demostrar que pueden mantener el establo, pagar el adiestramiento y los cuidados de por vida. Solo unos pocos, gente con mucho dinero.
—Tiene sentido —dije, hundida en mis propios pensamientos. Me imaginé subastada, atada, expuesta ante hombres ricos que pujaban por mi cuerpo, con las piernas abiertas sobre una tarima, el coño exhibido, un dedo enguantado abriéndome los labios para que los compradores comprobaran que la yegua estaba sana y bien lubricada. Alguien me metería dos dedos hasta el fondo y los sacaría brillantes, y los levantaría para que los ricos vieran lo mojada que me ponía la humillación. Sentí un escalofrío subirme por la columna y las tetas se me endurecieron bajo el vestido; los pezones se marcaron contra la tela fina, tan a la vista que Esteban tuvo que apartar los ojos.
—¿Y los entrenadores cómo son? —seguí, y la voz me tembló un poco—. ¿Alguno es hombre?
—¿Te daría vergüenza un entrenador hombre? —preguntó él, mirándome de reojo.
Me estremecí. Me imaginé desnuda, en cuatro patas, con un desconocido enseñándome a obedecer la fusta. Sentí en la boca el gusto imaginario de una polla ajena, gruesa, salada, empujándome contra la garganta mientras alguien me sujetaba de las trenzas. Me imaginé llorando y chupando al mismo tiempo, tragando la corrida caliente porque era lo que se esperaba de mí, porque las ponys tragan, y después abriendo la boca para que el amo comprobara que no había quedado ni una gota.
—Sí —confesé—. Eso sería un poco aterrador.
—Una ponygirl no se avergüenza con facilidad —dijo—. Si te incomodaría un hombre como entrenador, entonces quizás esto no es para vos.
—Es buen punto. —Bajé la mirada al suelo—. Pero creo que podría con eso. Creo que podría con todo. Con que me abrieran de piernas y me follaran delante del establo entero. Con que me metieran la polla en el culo con la cola puesta. Con que me obligaran a correrme sobre la fusta hasta que ya no pudiera mantenerme en pie.
Lo dije sin levantar la vista, y sentí que Esteban se quedaba muy quieto a mi lado.
—De todos modos —añadió al fin, tratando de recuperar el hilo—, los entrenadores suelen ser mujeres. A una mujer le resulta más fácil ser dura y cruel con otra, exigirle hasta romperla.
—Eso también tiene sentido —murmuré, asintiendo, mientras una imagen distinta se me dibujaba en la cabeza: una mujer con la fusta en la mano, fría, paciente, enseñándome dónde quedaba mi lugar. Me imaginé de rodillas frente a ella, obligada a lamerle el coño hasta hacerla correrse en mi cara, con las manos atadas a la espalda y las trenzas agarradas en su puño mientras me restregaba los labios mojados contra la boca. Sentí cómo se me apretaba el vientre.
—Tal vez vos podrías ser entrenadora, o mozo de cuadra —propuso Esteban, agarrándose a la última esperanza de desviarme—. Te presento gente, te consiguen trabajo. Capaz que te gusta estar cerca de ese mundo desde el otro lado.
Lo pensé de verdad. Arrugué la nariz.
—Podría ser divertido —dije al fin—. Pero si voy a estar cerca de todo esto… creo que prefiero ser la pony. Creo que eso es lo mío. Quiero que me pongan el bocado. Quiero que me metan el tapón hasta el fondo. Quiero que me follen con las riendas puestas.
Lo dije en voz baja, casi para mí, y al oírme en voz alta supe que era cierto. No era una provocación. Era un deseo que llevaba dentro desde mucho antes de ver a esa mujer en la barandilla, esperando solo una excusa para salir a la luz. Tenía el coño empapado, latiéndome, y sabía que si me tocaba en ese momento me correría en dos segundos ahí mismo, en plena calle, colgada del brazo de mi padrino.
***
Esteban se quedó callado un largo rato. Cuando habló, lo hizo con cuidado, como quien negocia con alguien al borde de un precipicio.
—Mirá, hagamos una cosa —dijo—. Caminemos, almorcemos tranquilos, ¿sí? Y no hablemos más del tema. Si después de comer seguís pensando lo mismo, te llevo a la oficina del abogado y te presento. Solo para que te informes. Sin compromiso.
—¿En serio? —Se me escapó una sonrisa enorme, incontenible—. Eso suena perfecto. Trato hecho.
Volvimos a la acera y retomamos el camino hacia el café. Pasamos otra vez junto a la ponygirl, pero esta vez por su punto ciego, y ella no giró la cabeza. Siguió firme, mirando al frente, con el cencerro inmóvil en el cuello y la saliva secándose en su pecho. Alcancé a ver, con el rabillo del ojo, cómo un hilo espeso de flujo se le desprendía del coño y caía en el adoquín, formando un pequeño charco brillante entre sus botas. Nadie lo notaba. Ella tampoco podía notarlo. Estaba entrenada para eso, para gotear en silencio bajo el sol mientras su amo terminaba de almorzar.
Yo caminaba con un paso liviano que no podía disimular. Me colgué del brazo de mi padrino y me apreté contra él, pensando en mil cosas a la vez: en el abogado, en el papeleo, en seis meses de establo, en la fusta de una entrenadora, en el martillo de un subastador cayendo sobre mi nombre por última vez. En la primera polla que me follaría ya sin nombre, ya siendo yegua. En la primera corrida que me tragaría siendo animal. En la primera vez que gotearía yo también en plena calle sin poder hacer nada por evitarlo.
Sentía la humedad entre las piernas con cada paso, tan intensa que estaba segura de que me estaba manchando el interior del vestido, y el corazón latiéndome no de miedo, sino de algo parecido a la felicidad. Por primera vez en mucho tiempo sabía exactamente lo que quería. Y sabía, además, que cuando lo consiguiera, no habría vuelta atrás.





