La confesión de Navidad que terminó en sumisión
Entró al confesionario temblando, pero a medida que hablaba, cada detalle del chantaje la fue hundiendo otra vez en el mismo deseo sucio.
Entró al confesionario temblando, pero a medida que hablaba, cada detalle del chantaje la fue hundiendo otra vez en el mismo deseo sucio.
Estaba inmóvil en la cama cuando una falsa enfermera entró de madrugada, cerró la puerta con llave y me dijo que venía a cuidarme a su manera.
Entré a cortarme el pelo antes del permiso y salí sabiendo quién me la chupaba, quién me abría el culo y con quién acabaría en un coche.
La tercera vez que coincidimos, su sonrisa duró demasiado y entendí que el café ya no era una excusa.
Me la encontré por azar, me dio su número y una semana después abrió la puerta con una sonrisa que ya prometía problemas.
Después de semanas de cruces, miradas y pullas, me empujó al baño del vestuario y me dejó claro cómo pensaba cobrarme aquella multa.
Me había pasado la noche esquivando sus bromas, hasta que lo hice entrar al baño y ya no hubo forma de fingir que no quería tocarlo.
Los dos mensajes de WhatsApp bastaron para que se me erizara la piel. Ven al servicio limpio, decía. Y no me refiero a la ducha.
Bajé la ventanilla para escuchar mejor los gemidos y, cuando quise apartar la vista, ya tenía las bragas empapadas y el miedo metido en la garganta.
Fui al shopping a buscar un traje nuevo. Terminé masturbándome en el vestidor y cara a cara con una villana que me dejó inmóvil justo cuando más me hervía la sangre.
El borracho salió corriendo en cuanto vio el uniforme, pero ella no se separó ni un centímetro. Entendí que la madrugada iba a ser larga.
Entré a brindar con ellos por curiosidad, pero cuando cerraron la puerta de la obra y me rodearon, supe que no iba a salir igual.
Cuando apareció enfundada en aquel traje negro, supe que no iba a pagar por una hora cualquiera, sino por cumplir la obsesión que llevaba años escondiendo.
Oculta dentro de un coche de lujo, vi cómo empezaban a tocarse y supe que, si no me iba en ese instante, terminaría empapada.
Cuando abrí los ojos en la camilla del hospital ugandés no imaginé que el enfermero de guardia iba a bajarme la fiebre con la mano bajo la sábana esa misma noche.
Entré a revisar materiales y terminé con la falda subida, la boca llena de él y las piernas temblando contra una mesa polvorienta.
Le ofrecí agua por el calor, pero cuando volvió a mi piso por una cerveza, ya no venía solo a descansar.
Me llevaron a la oficina con un collar al cuello, y cuando vi a los hombres alrededor de la mesa entendí exactamente para qué me habían preparado.
Me separé de mis amigas, acepté un trago de unos turistas y, cuando quise reaccionar, ya estaba de rodillas en la arena rodeada de hombres.
Ella decía que solo quería tragarse todo, pero aquel viernes descubrió que dos hombres más también querían usarla sin turnos ni paciencia.