La huésped de la habitación 14 me esperaba desnuda
La puerta del baño estaba entreabierta y el agua caía. Me asomé sin pensar, y la señora rubia me sonrió en vez de gritar.
La puerta del baño estaba entreabierta y el agua caía. Me asomé sin pensar, y la señora rubia me sonrió en vez de gritar.
Acepté el fetiche de mi novio y salí vestida para que me miraran. Nunca pensé que terminaría a solas con un policía que me observaba demasiado.
Lo guardé como prueba del caso, pero esa noche, a solas, deslicé la seda por mi cuerpo y vi en el espejo a alguien que llevaba años esperándome.
Llevaba semanas mirándola de reojo cuando recogía las papeleras. Esa noche, los dos solos en la oficina, fue ella quien me pidió que la ayudara.
Entró al comedor como sirvienta y salió como otra persona. Esa noche, frente al fuego, eligió qué nombre dejar arder para siempre.
Esa noche no quería esperar a nadie. Quería al guardia que me había desvestido con la mirada toda la tarde, aunque no supiera lo que escondía.
Tenía la seriedad de quien conoce el efecto que provoca y elige administrarlo gota a gota. Esa noche, sobre la camilla, dejé de fingir que solo iba por la espalda.
Llevaba meses esperando este viaje. Quería que él fuera el primero en conocer a la mujer en la que me había convertido, costara lo que costara.
Bajé la cerveza, me quedé quieto en la tumbona y comprendí que ella no sabía que la cortina blanca dejaba ver absolutamente todo desde mi balcón.
De día imponía respeto con la placa; de noche se arrodillaba en su propio dormitorio y dejaba que un anciano la reclamara como suya.
Llevaba el disfraz demasiado apretado y media cerveza de más cuando empujé la puerta equivocada. Dentro estaba él, mirándome como si supiera que yo no iba a salir.
Me escondí entre los árboles solo para mirarla nadar. Lo que pasó cuando me descubrió aún me hace temblar cada vez que estornudo.
Creí que llegar a la hora muerta me protegería de las miradas. No conté con que ellas entrarían a limpiar justo cuando yo salía de la ducha.
Pasé al centro de la rueda creyendo que controlaba la situación. No sabía que el short se iría metiendo poco a poco hasta dejarme casi sin nada delante de todos.
Me escribió para saber dónde andaba. Veinte minutos después yo estaba en la parte de atrás de su unidad, mordiéndome los labios para no hacer ruido.
La primera vez que me vi en el espejo con el vestido rojo, supe que Daniela ya no se conformaría con salir solo cuando el pueblo dormía.
Eran las seis de la mañana, yo seguía con el vestido de novia y mi marido roncaba inconsciente arriba. El camarero aún no se había ido, y yo ya no pensaba en dormir.
Volvía cada madrugada oliendo a tabaco americano y perfume nuevo. Yo callaba y guardaba mis sospechas, hasta la noche en que decidí seguirla y descubrir con quién pasaba esas horas.
Cada mañana lo espiaba por la ventana sin admitirlo. Esa tarde de lluvia tocó mi puerta empapado, y supe que ya no habría manera de seguir fingiendo que no pasaba nada.
Salía de entre los arbustos para escandalizar a las corredoras. Esa noche, la mujer que gritó al verlo no estaba asustada: lo estaba esperando.