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Relatos Ardientes

Mi ama me declaró la guerra de sexos esa noche

Ilustración del relato erótico: Mi ama me declaró la guerra de sexos esa noche

La regla era simple y la habíamos repetido tantas veces que ya formaba parte de nosotros: cuando Valeria encendía la lámpara roja del sótano y cerraba la puerta con llave, dejábamos de ser una pareja para convertirnos en dos bandos enfrentados. Ella lo llamaba «la guerra de sexos», y yo, que llevaba meses perdiendo cada batalla, había aprendido a temer y a desear esa lámpara por igual.

—Esta noche tienes una oportunidad de ganar, soldado —dijo mientras caminaba descalza frente a mí, midiendo cada paso—. Si aguantas hasta que yo lo decida, mando yo la próxima semana. Si te rindes antes… ya sabes lo que cuelga de este collar.

Levantó la cadena que tenía sobre la mesa. De ella pendían las pequeñas medallas que había ido coleccionando en cada partida ganada, una por cada vez que me había hecho suplicar. Trofeos. Su forma de recordarme el marcador.

—Sí, ama —respondí con la voz más firme que pude fingir.

No estaba ni la mitad de tranquilo de lo que aparentaba.

Me ordenó arrodillarme en el centro de la habitación, sobre la madera fría, y me ajustó el collar con dedos lentos. Valeria estaba magnífica: el pelo negro recogido, la piel todavía húmeda de la ducha, un corsé oscuro que no ocultaba nada de lo que importaba. Cada vez que se inclinaba sobre mí, sus pechos quedaban a la altura de mi cara y el deseo me golpeaba como una orden que no podía desobedecer.

—Manos en la nuca —dijo—. Y no las muevas, pase lo que pase. La primera vez que las bajes para protegerte, pierdes. ¿Entendido?

Crucé los dedos detrás de la cabeza. Quedé completamente expuesto ante ella, desnudo y abierto, sintiéndome ridículo y, al mismo tiempo, más excitado de lo que estaba dispuesto a admitir.

Empezó con un dedo. Solo uno. Lo deslizó por mi pecho, por el estómago, bajando despacio mientras me miraba a los ojos buscando el primer temblor. Lo encontró enseguida.

—Mírate —murmuró—. Tan valiente cuando hablas, y tan blando aquí abajo. Todo vuestro orgullo cuelga de la parte más frágil del cuerpo. Sois ridículos.

Su mano rodeó mis testículos con una suavidad que no engañaba a nadie. No apretó. Solo los sostuvo, como quien sopesa algo que le pertenece, y la sensación de estar a su merced me cortó la respiración.

—¿Sientes esto? —preguntó, cerrando apenas los dedos—. Toda tu fuerza, todo tu valor de guerrero, y basta con que yo cierre la mano para que se te olviden las palabras. El sexo débil. Lo fuiste siempre.

—No me rindo —dije entre dientes.

Sonrió. Esa sonrisa era la peor parte, porque significaba que el juego de verdad apenas empezaba.

***

Valeria conocía mi cuerpo mejor que yo. Sabía exactamente dónde la presión se volvía placer y dónde el placer se volvía esa mezcla insoportable de dolor y necesidad que me hacía gemir sin querer. Alternaba: un roce de uñas por la cara interna del muslo, un tirón firme que me obligaba a contener el aire, la palma abierta acariciándome la entrepierna justo cuando creía que iba a castigarme.

—Las mujeres luchamos sin armadura —dijo, repitiendo la frase que siempre usaba en este juego—. No la necesitamos. Vosotros os cubrís de metal y de fanfarronería, y aun así dejáis el punto más importante colgando, sin protección, ofrecido. Como si nos estuvierais pidiendo que lo tomáramos.

Apretó de nuevo, esta vez un poco más, y el gemido se me escapó antes de que pudiera tragármelo. Vi cómo le brillaban los ojos al oírlo.

—Ahí está —susurró—. Ese sonido. Mi favorito. El sonido de un hombre recordando quién manda.

Mis manos temblaban en la nuca por el esfuerzo de no bajarlas. Cada fibra de mi cuerpo me gritaba que me protegiera, que cubriera lo que ella tenía en su poder, y resistir esa orden primaria era la verdadera prueba. No la fuerza. La obediencia.

—Buen soldado —dijo al notar que aguantaba—. Mírate, conteniéndote para mí. Casi me das pena. Casi.

Caminó a mi alrededor sin prisa, estudiándome desde todos los ángulos como un general que inspecciona a un prisionero. Sentí su mirada recorrerme la espalda, los hombros tensos, las manos crispadas en la nuca. Sabía que cualquier debilidad que encontrara la usaría en mi contra, y sabía también que yo se la entregaría toda.

—¿Recuerdas la primera batalla? —dijo desde detrás de mí, con la boca casi pegada a mi oreja—. Llegaste tan seguro, tan convencido de que ibas a ponerme en mi sitio. Y mira dónde estás ahora. De rodillas, marcado, esperando que decida qué hago contigo. Esa es la verdadera diferencia entre nosotros: tú peleas para ganar, yo peleo porque me gusta veros caer.

Me pasó la uña por la columna, de arriba abajo, y todo mi cuerpo se erizó. La anticipación era un arma más afilada que cualquier castigo. Nunca sabía si lo siguiente sería un golpe de placer o de dolor, y esa incertidumbre me tenía completamente bajo su control.

Volvió a colocarse delante de mí y se inclinó hasta que sus labios rozaron los míos sin llegar a besarme.

—Pídeme perdón por haber creído que podías ganarme —susurró.

—Perdón, ama —dije sin dudar.

—Otra vez.

—Perdón por creer que podía ganarte. No volverá a pasar.

—Mentiroso —se rió—. Lo volverás a creer la semana que viene. Y volverás a perder. Por eso me encantas.

Se inclinó y me lamió el cuello, justo por encima del collar, mientras su mano seguía trabajándome abajo con una precisión cruel. El contraste me volvía loco: la lengua suave y húmeda en mi piel, los dedos firmes recordándome lo vulnerable que era. Sentí que perdía el control y ella lo notó al instante.

—No —ordenó, apretando lo justo para cortarme de raíz—. No tienes permiso. Si terminas antes de que yo lo diga, no solo pierdes la guerra. Pierdes el mes entero.

El borde del orgasmo retrocedió de golpe, dejándome jadeando, desesperado, colgado de un filo que ella controlaba a su antojo. Era su especialidad: llevarme hasta el límite una y otra vez para arrebatármelo en el último segundo. Decía que así se ganaban las batallas de verdad, no rematando al enemigo, sino dejándolo vivo y suplicando.

***

—Voy a contarte un secreto —dijo, sentándose en la silla frente a mí con las piernas cruzadas, dejándome arrodillado y temblando—. La primera vez que jugamos a esto, pensé que durarías más. Tenías esa cara de seguridad, ese «no me vas a doblegar». Me encantó descubrir lo fácil que eras.

Descruzó las piernas muy despacio, sabiendo perfectamente lo que me hacía mirar, y volvió a cruzarlas del otro lado.

—Pídelo —dijo de repente.

—¿Qué?

—Pídeme que te toque. Suplícalo. Si lo haces bien, a lo mejor te dejo terminar y empatamos la guerra. Si lo haces mal… —dejó la frase en el aire y sacudió la cadena de los trofeos.

El orgullo y el deseo libraron su propia batalla dentro de mí, y el deseo ganó sin discusión, como ganaba siempre con ella.

—Por favor —dije, y oír mi propia voz quebrada me humilló y me excitó a partes iguales—. Por favor, ama. Tócame. Te lo suplico.

—Más.

—Te necesito. Haz lo que quieras conmigo. Soy tuyo. Soy el sexo débil, lo soy, lo admito. Por favor.

Algo cambió en su cara. No ternura exactamente, sino una satisfacción profunda, la de quien acaba de oír confirmado lo que ya sabía. Se levantó, se acercó y me tomó de la barbilla obligándome a levantar la vista hacia ella.

—Eso —dijo en voz baja— es lo único que quería oír.

Se arrodilló frente a mí, y por un instante la guerra entera se disolvió en algo distinto. Su mano volvió a buscarme, pero ahora con una intención clara, generosa, sin trampas. Me besó la mandíbula, el cuello, el pecho. Sus dedos me llevaron de nuevo al límite, pero esta vez no se detuvieron.

—Ahora sí —me dijo al oído—. Termina para mí. Que todos los soldados sepan quién ganó.

El permiso fue tan abrumador como cualquier orden. Me dejé ir contra su mano con un gemido largo que rebotó en las paredes del sótano, sintiendo cómo cada músculo se rendía a la vez. Mis manos seguían en la nuca, temblando, obedientes hasta el final, porque jamás me había dado permiso para bajarlas.

***

Cuando recuperé el aliento, seguía de rodillas y ella seguía sosteniéndome la cara, observándome con esa calma de vencedora que tanto la favorecía.

—Has perdido —dijo, aunque sonreía—. Te rendiste. Suplicaste. Terminaste cuando yo quise. Tres derrotas en una.

—Lo sé, ama.

Tomó la cadena de la mesa, eligió una de las pequeñas medallas y la enganchó al collar que rodeaba mi cuello, sumándola a las anteriores. El peso del metal frío contra la piel todavía caliente era su firma, su forma de marcarme como suyo una vez más.

—¿Qué se siente —preguntó, repitiendo la pregunta de siempre, la que cerraba cada batalla— al ser el sexo débil?

La miré desde abajo, agotado, con el collar de trofeos colgando del cuello y el cuerpo todavía vibrando, y entendí, como cada vez, que esa pregunta no tenía nada de humillante para mí. Era el premio. Era el motivo por el que volvería a arrodillarme la próxima semana, y la siguiente, y todas las que ella quisiera declararme la guerra.

—Se siente —respondí— como ganar perdiendo.

Valeria se rió, una risa baja y satisfecha, y me pasó los dedos por el pelo como se acaricia a algo que se posee por completo.

—Buen soldado —dijo—. Mañana revancha. Y vas a volver a perder.

No la contradije. Las dos cosas eran ciertas, y las dos me gustaban demasiado.

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Comentarios (3)

Rodrigo_lector

Que relato mas intenso, lo leí de un tiron sin parar. Excelente!!

Lector_MDP

Por favor que haya segunda parte, quedé con muchisimas ganas de saber como siguió la noche

KarlaM_91

La dinamica entre los dos está muy bien planteada, se siente autentico y creible. Seguí escribiendo así!

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