El contrato que firmé a las cuatro de la madrugada
El móvil vibró a las tres y cuarenta y siete de la madrugada. Número oculto. Contesté medio dormido, con la boca pastosa y la cabeza todavía atrapada en un sueño que se evaporó al instante.
—Tu solicitud ha sido aprobada. Tienes doce horas para presentarte. La dirección llegará en siete minutos. Si abres el mensaje antes, se autodestruirá y perderás tu plaza. No hay segundas oportunidades.
Colgaron antes de que pudiera articular nada.
¿Qué solicitud? No había pedido nada. Pero entonces lo recordé: tres meses atrás, borracho hasta el tuétano, rellené un formulario que encontré en un foro oculto. Preguntas extrañas. «¿Cuánto vale tu dignidad en euros?». «¿Qué recuerdo borrarías para siempre si pudieras?». «¿Dónde termina tu cuerpo y empieza el dolor?».
Pensé que era una broma. Un test de esos que circulan por internet.
A las tres y cincuenta y cuatro llegó un mensaje. Coordenadas GPS y una contraseña: MATERIAL-3819. Las busqué. Una antigua zona portuaria a las afueras de la ciudad. Naves abandonadas, descampados llenos de hierba reseca, contenedores oxidados apilados como piezas de un juego olvidado.
Podría haber vuelto a dormir. Podría haberlo olvidado.
Estaba vistiéndome antes de terminar el pensamiento.
***
Llegué a las siete y veintitrés. Todavía estaba oscuro. Un almacén con la persiana metálica medio levantada. Luz tenue saliendo del interior. Ningún coche aparcado. Ningún indicio de vida. Me agaché y entré.
El almacén estaba vacío salvo por una mesa plegable en el centro. Encima, una caja de cartón y un sobre de papel manila. Dentro del sobre, un contrato. Veinte páginas de letra microscópica en jerga legal que no terminaba de descifrar. Pero la primera página tenía un resumen:
COOPERATIVA DE TRANSFORMACIÓN CONSENSUADA
Artículo 1: El Solicitante cede completa autonomía corporal a la Cooperativa durante setenta y siete días consecutivos.
Artículo 2: La Cooperativa se compromete a devolverlo en condiciones físicas funcionales. No se garantiza estado psicológico.
Artículo 3: Todas las modificaciones serán reversibles en un sesenta a ochenta por ciento aproximadamente.
Artículo 4: El Solicitante percibirá tres mil euros por cada día completado. Pago único al término. Doscientos treinta y un mil euros en total.
Artículo 5: La palabra de seguridad «ÉXODO» finaliza el contrato en cualquier momento. Cobro proporcional a los días completados. El Solicitante quedará marcado permanentemente como Desertor.
Artículo 6: No hay cámaras. No hay grabaciones. No hay público. Solo el Solicitante y el Proceso.
Artículo 7: Firmar es consentir. Consentir es convertirse en material.
Al pie del documento, una línea punteada. Y un bolígrafo. Dentro de la caja había un mono naranja de presidiario, unas chanclas de goma y un dispositivo electrónico parecido a un reloj. En su pantalla parpadeaba una cifra: DÍAS RESTANTES 77.
Mi mano tembló cuando cogí el bolígrafo. No lo pensé. Si lo pensaba, me iba.
Firmé.
***
Las luces se apagaron al instante. Oí un motor. La persiana bajó con un estruendo metálico y me dejó a oscuras.
—Quítate toda la ropa. Déjala en el suelo. Ponte el mono. Ponte el reloj. No te muevas.
La voz venía de altavoces ocultos. No era robótica ni distorsionada. Humana. Cansada. Casi aburrida. Obedecí. El aire estaba helado. El reloj se cerró solo alrededor de mi muñeca con un clic seco. Intenté quitármelo. Estaba sellado.
Las luces volvieron. Rojas ahora. Y había una puerta abierta en la pared del fondo que juraría que antes no estaba.
—Camina hasta la puerta. No corras. No hables.
Crucé.
***
Un pasillo largo, blanco, esterilizado. Olía a hospital y a algo químico que no reconocí. Puertas a ambos lados, todas cerradas, todas con una ventanilla de cristal reforzado.
Miré por la primera sin poder evitarlo. Un hombre suspendido del techo por ganchos que le atravesaban la piel de la espalda. No gritaba. Flotaba, como en trance, los ojos abiertos pero sin mirar nada. Alguien debajo de él le masturbaba con un ritmo metódico, como quien cumple un oficio.
—No te pares. Sigue caminando.
La segunda puerta. Otro hombre atado a una silla, muy feminizado, con electrodos adheridos por todo el cuerpo. Cada pocos segundos, una descarga. Y entre descarga y descarga, se reía. Carcajadas histéricas, como si alguien le contara el mejor chiste del mundo.
La tercera. La cuarta, vacía, con una camilla preparada. Para mí.
—Entra. Túmbate boca arriba. Cierra los ojos.
La camilla tenía forma ergonómica. Cuando me tumbé, mi cuerpo encajó perfectamente, como si la hubieran moldeado para mí durante meses.
Oí pasos. Varias personas. Nadie hablaba. Sentí manos. Muchas manos. Me desabrocharon el mono y me lo quitaron. Estaba desnudo otra vez. Las manos me tocaban con precisión clínica, midiendo, evaluando, presionando músculos, dejando marcas blancas que se volvían rojas.
Algo frío en mi brazo. Una inyección.
—Este cóctel aumenta tu sensibilidad nerviosa un trescientos cuarenta por ciento. La segunda sustancia bloquea parcialmente la formación de recuerdos a corto plazo. La tercera ya la descubrirás.
Sentí cómo el líquido se expandía por mis venas. Calor. Frío. Y después algo que carecía de temperatura. Solo sensación pura.
—Abre los ojos.
Cuatro personas alrededor de mí. Batas blancas. Máscaras quirúrgicas con sonrisas dibujadas, enormes, grotescas.
—Bienvenido al Día Uno. Hoy establecemos tu línea base de dolor. Necesitamos saber cuánto aguantas antes de romperte. Porque los próximos setenta y seis días vamos a vivir justo en ese borde.
Uno de ellos cogió una aguja larga, quirúrgica, y la acercó a mi pezón izquierdo. La introdujo despacio, milímetro a milímetro. El dolor fue absoluto. Mi espalda se arqueó. Intenté gritar, pero solo salió un gemido ahogado.
Y, sin embargo —lo verdaderamente enfermo—, mi polla se endureció.
—Categoría M-siete. Masoquista funcional con respuesta genital directa. Excelente. Eso nos abre muchas opciones.
Sacaron la aguja. El alivio duró un segundo. Entonces clavaron otra en el derecho.
Perdí la cuenta. Perdí el tiempo. La segunda droga hacía efecto. Solo existía en el ahora. Dolor-placer-dolor-placer fundidos en un bucle infinito. En algún momento me corrí sin que nadie me tocara. Alguien recogió el semen en un frasco etiquetado.
—Muestra catalogada. Día Uno completado.
***
Desperté en una celda. Tres metros por tres. Un catre, un váter sin tapa, un grifo. El reloj marcaba DÍAS RESTANTES 76. Había perdido un día entero sin recordar nada después de las agujas.
Mi cuerpo estaba cubierto de pequeñas marcas: pinchazos, moretones, quemaduras superficiales. Nada permanente, pero todo visible.
Había una bandeja de comida junto al catre. Arroz blanco, pollo hervido, verduras al vapor. Comida funcional, de hospital. Cada bocado dolía por la sensibilidad aumentada.
Por la ventanilla de la puerta vi otra celda enfrente. Un chico joven acurrucado en posición fetal, temblando. Su reloj decía DÍAS RESTANTES 34. Llevaba más de un mes ahí dentro.
***
El Día Dos me llevaron a una sala más amplia. En el centro, una versión pervertida de un potro medieval: ángulos ajustables, correas acolchadas, tecnología moderna aplicada a torturas ancestrales.
—Desnúdate. Súbete.
El aparato se ajustó solo a mi cuerpo. Correas en muñecas, tobillos, cintura, cuello. Espejos en el techo. Me vi reflejado: un animal atado, expuesto, vulnerable. Mi polla colgaba flácida, pero mientras me observaba empezó a llenarse de sangre. La traición del cuerpo. Mi mente decía horror, mi fisiología decía excitación.
—Día Dos es cartografía avanzada. Vamos a mapear cada centímetro de tu piel. Esto durará aproximadamente nueve horas. Intenta no perder la consciencia. Si lo haces, empezamos desde cero.
Empezaron por los pies. Una pluma rozándome la planta. Insoportable con la sensibilidad aumentada. Luego un cubito de hielo en la punta de la polla, treinta segundos, hasta que se entumeció. Después la retirada. La sangre volviendo. Mil cuchillos microscópicos apuñalándome desde dentro.
—Zona cuatro-C: dolor extremo post-entumecimiento. Respuesta genital: erección parcial mantenida.
Siguieron. Pecho. Axilas. Cuello. Detrás de las orejas. La base del cráneo. El pliegue donde el culo se encuentra con los muslos. Cada milímetro catalogado, etiquetado.
Descubrieron que mi zona más sensible no era la polla ni el culo ni los pezones, sino un pequeño parche de piel justo encima de la cadera izquierda. Al tocarlo con la presión exacta —ni demasiado suave ni demasiado fuerte—, todo mi cuerpo se convulsionaba. No de dolor. De algo sin nombre. Placer tan intenso que se convertía en su propia agonía.
Explotaron el hallazgo durante cuarenta minutos. Mi cerebro empezó a derretirse. Las palabras perdieron significado. Existí como sensación pura, como un instrumento siendo afinado por músicos crueles.
Cuando por fin me permitieron correrme, el orgasmo no fue un orgasmo. Fue una detonación. Se expandió como una onda expansiva desde la cadera. Mi visión se volvió blanca. Cada músculo se tensó al límite. Chorros violentos que parecían no terminar nunca.
Recogieron cada gota en contenedores etiquetados. Incluso mi semen era propiedad de la Cooperativa.
***
El Día Tres me ofrecieron elegir. Sala A o Sala B. Treinta segundos para decidir.
—Sala B —dije, sin saber por qué. La B sonaba más definitiva. Como el sonido de una puerta cerrándose para siempre.
La pared de mi celda desapareció sin deslizarse, sin levantarse. Un segundo estaba ahí, sólida y gris. Al siguiente era aire. Mi cerebro tardó tres segundos completos en procesar que las leyes físicas en este lugar eran negociables.
Al otro lado había un espacio que mi mente se negaba a catalogar. Grande y pequeño simultáneamente. El techo parecía estar a tres metros, pero cuando miraba hacia arriba sentía vértigo, como asomado a un abismo invertido. Las paredes blancas emitían luz sin fuente visible. No había sombras.
En el centro, una estructura. No era una silla ni una camilla. Era geometría funcional aplicada al cuerpo humano. Tubos de acero pulido. Correas de cuero negro. Articulaciones que sugerían movimientos en ejes imposibles.
—Sala B es sobre capas. Vas a experimentar cinco tipos de dolor simultáneamente, cada uno en un sistema nervioso distinto. Tu cerebro intentará priorizarlos. No lo conseguirá. Esto no es acumulación. Es multiplicación. ¿Entiendes la diferencia?
No. No la entendía. Lo entendería.
Las correas se movieron solas. Me envolvieron muñecas, antebrazos, cuello sin apretar la tráquea, cintura, muslos, tobillos. La inmovilización era psicológica tanto como física.
Las cinco capas se activaron una tras otra. Dolor fantasma en la pierna izquierda, sin causa visible. Corazón galopando a ciento setenta pulsaciones mientras mi respiración permanecía calmada. Propiocepción distorsionada: mis brazos estaban rectos pero mi cerebro insistía en que estaban rotos, los huesos atravesando la piel. Llanto histérico mezclado con euforia química pura, sin motivo, sin conexión emocional. Y un dolor visceral profundo, como si mis órganos internos se retorcieran a la vez.
Tres horas. Tres horas de saturación completa. Durante la primera, mi cerebro intentó construir una jerarquía. Durante la segunda, abandonó el intento. Durante la tercera, las capas se fusionaron en una sola señal monstruosa que ocupaba cada milímetro de mi existencia.
Y mi polla estaba dura. Obscenamente dura. Goteando prelágrimas constantemente.
Después, el descenso. Capa a capa, con treinta minutos de espera entre cada retirada. Cuando por fin quedó silencio sensorial absoluto, un técnico se acercó con un guante neutral y me tocó la polla. Solo un roce clínico, sin erotismo, sin intención. Pero mi verga había estado al borde durante cinco horas. El simple contacto fue catastrófico.
Me corrí durante cuarenta y tres segundos seguidos. Mi cuerpo entero convulsionando como una cuerda rota. Recolectaron el semen en tres contenedores distintos: las primeras eyaculaciones, las intermedias, las finales. Todo era información. Todo era dato.
***
Me llevaron de vuelta a la celda. Caí sobre el catre como carne muerta. No pude cerrar los ojos: cada vez que lo intentaba, regresaba a la estructura, a las correas, a las cinco capas. Mi cerebro había grabado la experiencia con tal intensidad que se había convertido en un bucle involuntario. Un recuerdo que no necesitaba ser recordado, simplemente era.
Sin decidirlo, mi mano bajó hacia mi polla. Se endureció en tres segundos, hipersensible, reactiva. Empecé a masturbarme con una urgencia que no reconocía como mía. Las imágenes llegaron solas: la estructura, los técnicos sin rostro, mi cuerpo inmóvil bajo las correas. Pero mi cerebro corrupto había convertido el recuerdo en algo sexual. Recordaba el dolor y mi polla latía. Recordaba las cinco capas y aceleraba la mano.
Mi otra mano bajó por el vientre. Los dedos encontraron el ojete. Sin pensarlo, empujé un dedo dentro. Luego dos. Luego tres. El estiramiento era brutal. No había lubricante. La fricción era agonía pura. Y mi polla estaba tan dura que parecía a punto de reventar.
Me corrí con tanta fuerza que los chorros llegaron a mi cara. Y después, inmediatamente, lloré. No por tristeza. Por vacío. Por la certeza de que algo fundamental dentro de mí se había reorganizado sin mi permiso.
La voz regresó por los altavoces:
—Buen trabajo integrando la experiencia de Sala B. Tu respuesta es exactamente lo que esperábamos. Estás procesando trauma sensorial como estímulo sexual. El recableado está completo al cuarenta por ciento.
Quise gritar. Quise suplicar. Solo me salió un gemido patético.
—En seis horas comienza el Día Cuatro. Descansa. Vas a necesitar toda tu cordura.
***
Me quedé en el catre con los ojos abiertos, porque cerrarlos era regresar a la estructura. Mi polla, sin que la tocara, empezaba a endurecerse otra vez. Solo de pensarlo.
Hice inventario de mi cuerpo. Necesitaba saber qué partes todavía funcionaban. Qué partes seguían siendo mías. Moví los dedos del pie izquierdo. Una corriente eléctrica subió por la pierna, atravesó la pelvis y terminó en la base de la columna. Placer directo, sin explicación. Probé de nuevo. La misma descarga. Habían recableado terminaciones nerviosas que no debían estar conectadas.
Me toqué el pezón izquierdo. Mi polla latió dos veces. Toqué el derecho. Mi ano se contrajo involuntariamente. Todo mi cuerpo era ahora un sistema en bucle, una red donde tocar una zona activaba otras dos. Un circuito diseñado para retroalimentarse hasta el colapso.
Me pasé los dedos por el pelo. Tiré sin fuerza. Un mechón se desprendió con las raíces adheridas. Mi cuero cabelludo estaba tan entumecido que registraba la pérdida como información, no como dolor.
Mi cuerpo se estaba descomponiendo en tiempo real. Y, en algún rincón oscuro de mi cerebro reptiliano, una vocecita que no reconocía como propia susurraba:
Quiero ver qué viene después.
Solo llevaba cuatro días. Quedaban setenta y tres.
Mi polla se puso dura otra vez. Sin tocarme. Solo de pensarlo.