El látigo cambió de manos en ese sótano
Me fui despertando despacio, con la cabeza pesada y un zumbido metálico en los oídos. Cuando por fin conseguí abrir los ojos, solo encontré oscuridad. Intenté girar el cuerpo y descubrí que tenía las muñecas atadas a la espalda y los tobillos sujetos con algo áspero que me impedía separarlos. Lo último que recordaba con nitidez era el reservado de un bar en la zona vieja de la ciudad, el leve sabor amargo de la copa y la sonrisa de la chica morena que me había citado para darme su testimonio.
Soy periodista de investigación. Un par de semanas atrás, un confidente me había pasado una carpeta con documentos que apuntaban a una conocida pareja de la alta sociedad —él, abogado de éxito; ella, relaciones públicas en galerías de arte— metida hasta el cuello en una red de prostitución encubierta y trata de mujeres traídas desde el este. La chica, que se presentó como Rocío, me contactó por un canal seguro, aseguró ser una de las víctimas y me prometió pruebas irrefutables. Fui al bar con la grabadora en el bolsillo. Tres tragos más tarde, el mundo se desenfocó.
Mi cabeza daba vueltas. Me habían drogado, eso estaba claro. La pregunta era dónde me habían llevado y, peor aún, qué pensaban hacer conmigo.
De pronto, el chirrido de una puerta. La luz de un fluorescente me golpeó los ojos. Tardé unos segundos en enfocar y, cuando lo hice, reconocí a los dos protagonistas de mi investigación. La mujer, rubia, de unos cuarenta, llevaba el pelo recogido en una coleta alta y una camisa negra que se ajustaba a sus caderas. El hombre, detrás de ella, revisaba su reloj con impaciencia.
—Mira a quién tenemos aquí —dijo ella con voz tranquila—. Al reportero fisgón.
—Encárgate tú —contestó él sin mirarme—. Tengo que salir hacia el aeropuerto en una hora. Panamá no espera.
—Descuida, cariño. Ya sabes que se me dan bien estas cosas.
El hombre se marchó sin molestarse en cerrar la puerta del todo. La rubia la empujó con el pie y se acercó despacio. Sus tacones resonaban contra el hormigón.
—Muy bien, guapo —dijo poniéndose en cuclillas frente a mí—. Vas a decirme dónde tienes los documentos que nos pertenecen.
—No sé de qué me habla.
Sonrió. Fue una sonrisa lenta, sin prisa, la de alguien que lleva haciendo esto mucho tiempo.
—Veo que te vas a hacer el duro. Tranquilo, aquí tenemos tiempo. Y herramientas.
Solo entonces miré alrededor. El sótano estaba equipado como un plató. Argollas clavadas en las paredes, cadenas colgando de un rail en el techo, un panel con fustas, látigos, mordazas y esposas de todas las formas imaginables. En una esquina, una cámara montada sobre un trípode. El estómago se me cerró. Ahí grababan, pensé. Ahí convertían a las chicas en mercancía.
—Te presento a Rocío, aunque ya os conocéis.
La morena apareció por la puerta. No me miró a los ojos. Entre las dos me levantaron del suelo, manipularon las cuerdas de mis muñecas y me engancharon a una argolla que colgaba del techo. En ese momento descubrí que estaba en un gancho corredizo.
—Mi marido vuelve dentro de una semana —dijo la rubia cruzándose de brazos—. Tenemos tiempo de sobra para jugar. Si colaboras, todo irá rápido. Si no, te prometo que lo vas a pasar mal.
Me propinó una bofetada que me desencajó la mandíbula. El sabor metálico me llenó la boca.
—¿Sigues mudo? Mejor. Así nos divertimos.
Sacó del bolsillo trasero un pequeño aparato negro con dos puntas metálicas: un inmovilizador eléctrico. Lo accionó un segundo en el aire. El chasquido me recorrió la espalda.
—Esto duele una barbaridad. No me hagas usarlo más de la cuenta.
Supe dos cosas al mismo tiempo. Si les digo dónde están los documentos, me convierto en un testigo incómodo y no salgo vivo de aquí. Mi única posibilidad era resistir y esperar una grieta.
—Rocío, desátale los pies. Vamos a quitarle la ropa.
La morena obedeció. Entre las dos me arrancaron la camisa a tirones. Luego, el cinturón, los pantalones. Me dejaron en ropa interior, con los brazos tensos hacia arriba y las piernas temblando.
—Ahora yo —dijo la rubia.
Se arrodilló frente a mí. Enganchó los dedos en la cintura del bóxer y tiró hacia abajo sin ceremonias. Quedé completamente desnudo delante de dos mujeres que tenían todo el control y todo el tiempo del mundo.
—No está nada mal —le dijo a su cómplice—. Se nos va a hacer corta la semana.
La humillación me hirvió en la cara. Un tipo en buena forma, con cierto entrenamiento, colgado y desnudo frente a dos desconocidas que no parecían tener la menor prisa.
La rubia —que más tarde, por un descuido de la otra, supe que se llamaba Sabrina— tomó un látigo múltiple del panel.
—Empieza la función.
El primer latigazo me cayó en la espalda. Aguanté. El segundo me acertó en el muslo. Apreté los dientes. El tercero, en el costado, me arrancó un gruñido. A partir del quinto dejé de contar. Cada golpe iba seguido de una pausa lo bastante larga para que el dolor se instalara, y lo bastante corta para que no se atenuara. Lo hacía a conciencia. No era la primera vez.
Cuando paró, yo tenía la espalda ardiendo y las piernas flojas.
—Rocío, ábrele las piernas.
La orden me heló. La morena ató una cuerda a mi tobillo derecho y la pasó por una argolla del suelo. Tiró. Mi pierna se separó bruscamente. Lo mismo con la izquierda. Quedé abierto como un compás.
Sabrina accionó un mando y el gancho comenzó a subir. Mis brazos se tensaron. Los pies se despegaron del suelo. Las cuerdas de los tobillos, atadas a las argollas, me mantenían separado mientras el techo tiraba de mí hacia arriba. Acabé suspendido, dolorido, con la entrepierna a la altura perfecta para lo que fuera que se le ocurriese.
Se acercó. Me acarició los testículos con una mano casi cariñosa.
—Pobres.
Dio un paso atrás. Y levantó la pierna.
La patada me acertó de lleno. No sabría decir si grité o si simplemente me quedé sin aire. El dolor me subió por la columna hasta la nuca. Una segunda patada me golpeó los dos a la vez. Creo que vi blanco un instante.
Cuando recobré la vista, Rocío se había agachado frente a mí y me acariciaba con las dos manos. No entendí qué pretendía. Al cabo de un rato, entendí demasiado bien: mi cuerpo respondió, a pesar de todo, y eso, al parecer, era parte del juego.
—Ya está bien —dijo Sabrina—. No sea que le guste.
Se acercó con una fusta fina. El primer golpe en el tronco. El segundo, más abajo. El tercero me arrancó un alarido que retumbó en el sótano. Iba a confesar. Iba a decir lo que fuera con tal de que parara. Y entonces se me ocurrió la idea.
Dejé caer la cabeza hacia delante, aflojé el cuerpo, simulé un desmayo. Los golpes pararon.
—Mierda. Lo necesitamos vivo. Bájalo.
Escuché cómo soltaban los tobillos y cómo descendía el gancho hasta que mis pies rozaron el suelo. Abrí los ojos apenas una rendija. Las dos estaban de espaldas a mí, seleccionando algo del panel.
Es ahora o nunca.
Pegué un pequeño salto. Las ligaduras de las muñecas se desengancharon del gancho. Estaba libre. Corrí —si a lo mío se le podía llamar correr— hacia Sabrina, que era la peligrosa. Rocío gritó un segundo tarde. Un golpe seco en la nuca y la rubia cayó redonda. La morena intentó alcanzarme con una fusta, la esquivé y le hundí el codo en el estómago. Cayó arrodillada, sin aire.
—Esto por la copa del bar —susurré.
Me costó ponerme los pantalones con las manos aún atadas a la espalda, pero lo logré apoyándome en una pared. Rebusqué en los bolsillos de Sabrina, encontré el inmovilizador y, con él en la mano, obligué a Rocío a desatarme. Cuando tuve las muñecas libres, respiré hondo por primera vez en horas.
Podía llamar a la policía en ese mismo instante. Había pruebas más que suficientes. Pero me dolían los testículos, me ardía la espalda, y algo dentro de mí pedía algo más antes de cerrar la historia.
***
Esperé a que Sabrina recuperara el conocimiento. Cuando abrió los ojos, me encontró sentado en una silla frente a ella, con el inmovilizador apoyado en la rodilla.
—No te saldrás con la tuya —escupió.
—Lo veremos.
Intentó abalanzarse sobre mí. Fue un acto reflejo, de orgullo más que de cálculo. Apreté el botón del inmovilizador contra su muslo y la rubia se convulsionó en el suelo unos segundos. Cuando paró, ya era otra.
—A la pared. Las dos.
Se levantó con dificultad. Rocío, aún sin aire, se apoyó contra el hormigón.
—Quitaos la ropa.
—¿Qué?
—Lo que oís.
Se miraron. No había nada que mirar. Se fueron quitando las prendas, despacio, como si cada botón fuera una negociación. Quedaron en ropa interior. Sabrina llevaba un conjunto de encaje claro que se tensaba sobre su pecho. Rocío, algo más joven, más delgada, un conjunto negro liso.
—Seguid.
Sabrina fue la primera en soltarse el sujetador. Rocío tardó un poco más. Cuando las dos estuvieron completamente desnudas, les ordené que se dieran la vuelta y les coloqué unas esposas en las muñecas. Rocío quedó sujeta a una argolla en un rincón. A Sabrina la llevé yo mismo al centro del sótano.
—Siéntate.
La obligué a sentarse en el suelo. Tomé una barra separadora del panel y se la encajé entre los tobillos. Luego accioné el gancho corredizo. La barra se elevó. Primero las piernas. Luego las caderas. Las últimas en despegarse del suelo fueron sus hombros, y ahí detuve el mecanismo. Sabrina quedó suspendida boca abajo, con las manos esposadas contra el cuerpo, los muslos abiertos por la barra, y la cabeza a un palmo del hormigón.
Miré sus ojos. Estaban empapados en algo que no había visto antes en ellos: miedo genuino. Por debajo, un hilo tembloroso de rabia.
Tomé un látigo fino del panel. Al verme volver con él, Sabrina perdió el control de la vejiga un instante, apenas unas gotas, y el rubor que le subió a las mejillas fue peor que cualquier golpe. Le pasé la mano por el costado y medí la distancia.
—Sabrás que esto es exactamente lo que me ibas a hacer a mí.
No contestó.
El primer latigazo le acertó en el vientre. Gritó. El segundo, más abajo. El tercero lo detuve yo mismo a medio camino, porque me di cuenta de que, si seguía por ahí, dejaría de ser venganza y se convertiría en algo que no me iba a gustar verme hacer.
Bajé el látigo. Me quedé un momento quieto, respirando. Sabrina también respiraba fuerte, colgada, sudorosa, derrotada.
—Ya no soy tú —dije en voz baja, más para mí que para ella—. Pero tampoco soy el mismo que entró en ese bar.
Accioné el mando y la bajé. Cuando sus hombros tocaron el suelo, aflojé la barra, le pasé unos grilletes a los tobillos y los aseguré a una argolla con un candado. Hice lo mismo con Rocío. Las dos quedaron tumbadas en el suelo, esposadas, sin posibilidad alguna de moverse más allá de un metro.
Les dejé una botella de agua abierta al alcance de cada una. Necesitaba que llegaran vivas al juzgado.
Subí las escaleras del sótano, salí a la calle, localicé mi teléfono en una mesa de la planta baja y llamé. Primero, al confidente. Le pedí que enviara al periódico la copia de los documentos que yo había guardado en un apartado de correos. Segundo, a la policía. Di la dirección, el nombre de Sabrina, el del marido, el vuelo a Panamá, todos los detalles que había memorizado durante esas horas colgado del techo.
Cuando colgué, me temblaban las manos. Me temblaban de agotamiento, pero también de algo más complicado. Había resistido. Había escapado. Había cruzado, por unos minutos, una línea que ninguna persona decente cruza. Y había vuelto al otro lado justo a tiempo.
El reportaje salió tres días después, en portada. El matrimonio acabó procesado por una lista larga de delitos. De Sabrina y Rocío no se habló demasiado: el juez las apartó a la espera de un juicio distinto. A mí me ofrecieron asesoría psicológica, protección y un premio de periodismo. Acepté solo el primero.
A veces, cuando no puedo dormir, vuelvo al sótano en mi cabeza. Veo el gancho, las argollas, la cámara en su trípode. Veo a Sabrina colgada boca abajo, y me veo a mí mismo soltando el látigo antes de ir más allá. Y entonces cierro los ojos, respiro, y agradezco haber sido capaz de parar.