La noche que mi esposo me entregó a su amigo
Ya conté en otra confesión cómo a mi marido y a mí nos gusta coquetear con sus amigos. El juego siempre es el mismo: me visto de forma provocadora, me pongo complaciente, les rozo el brazo al pasar, me río más de lo necesario. Después cerramos la puerta cuando se van y terminamos rompiéndonos en la cama pensando en la cara que pusieron. Solo que esa noche el juego se me escapó de las manos. Jugué con fuego y, como pasa siempre, me quemé.
Damián llegó a casa justo antes de las nueve. Era un compañero de gimnasio de mi marido, alguien con quien se cruzaba un par de veces por semana y al que había mencionado al pasar durante los últimos meses. Yo nunca lo había visto. Cuando abrió la puerta entendí por qué mi marido lo había elegido para esa noche: le llevaba media cabeza, hombros anchos, manos enormes. Tenía ese aire de tipo tranquilo que igual no te bajaría la mirada si decidiera discutir.
—Pasá, pasá —le dijo mi marido, palmeándole la espalda.
Salí de la cocina a recibirlo. Había elegido la ropa con cuidado: un vestido negro ajustado, por encima de la rodilla, tacos altos. Abajo, una tanga de hilo. El vestido tenía la espalda descubierta, así que no podía usar corpiño. Cada vez que me inclinara, sabía lo que Damián iba a ver.
—Mucho gusto —le dije, acercándole la mejilla.
Él tardó un segundo de más en soltarme la cintura después del saludo. Mi marido, al costado, fingió no notarlo. Fingió muy mal.
Esto va a ser divertido, pensé.
La cena la había preparado yo. Algo simple: pasta casera, una ensalada, dos botellas de tinto sobre la mesa. No pensaba comer mucho. Tenía otras cosas en la cabeza. Me senté enfrente de Damián, no al lado de mi marido, y crucé las piernas con intención. El vestido subió. No se lo mencioné a nadie.
Damián habló de su trabajo, de un divorcio reciente, de viajes que había hecho solo. Mi marido asentía y servía vino sin parar. Yo escuchaba apoyando la barbilla en la mano, riéndome antes de tiempo, tocándole el antebrazo cuando decía algo gracioso. A la segunda copa ya me miraba distinto. A la tercera, dejó de disimular.
—¿Bailamos? —le dije cuando terminamos el plato principal.
Él miró a mi marido por reflejo. Mi marido se encogió de hombros, con una sonrisa torcida.
—Si ella te invita, yo no me meto.
Puse música. Algo lento. Me colgué de su cuello y dejé que mi pelvis se apoyara contra la suya. No tardé en sentir lo que ya sospechaba: tenía una erección contenida, apretada contra el pantalón, y era grande. Me moví con más intención. Él respiraba cerca de mi oreja, sin decir nada, con las manos en mi cintura bajando de a poco hasta el límite del vestido. Yo no le corregía la mano. Al contrario.
Miré a mi marido. Estaba sentado en el sillón con una copa en la mano y los ojos brillándole. Le hice una seña. Él asintió.
—Voy a servirme más vino —dije, y me separé de Damián dejándolo a medio impulso.
Entré a la cocina sin apuro. Escuché cómo mi marido se acercaba a Damián y lo arrastraba al fondo del living. No oí lo que le dijo, pero lo imaginé. Era el guion de siempre, solo que nunca lo habíamos cumplido de verdad. Volví con una copa llena sabiendo lo que iba a encontrar.
Damián me miró distinto apenas entré. Algo había cambiado en esa cara. Ya no era el invitado tímido que calculaba cada mirada. Era un tipo al que acababan de dar permiso.
—Vení para acá —me dijo. No lo pidió. Lo ordenó.
Dejé la copa sobre la mesa sin llegar a probarla. Caminé hasta él con los tacos sonando más fuerte de lo normal en el piso. Me tomó por la cintura con una mano y por la nuca con la otra, y me besó sin preguntar. No fue un beso dulce. Era el beso de alguien que había estado esperando toda la noche y no pensaba contenerse más.
—Te deseo desde que abriste la puerta —me dijo contra la boca.
No le contesté. Le bajé la mano por el pecho y se la apoyé en el pantalón. Estaba durísimo.
Me dio vuelta de un movimiento y me aplastó contra la pared del living. Me subió el vestido hasta la cintura. Escuché a mi marido reacomodarse en el sillón, respirar más fuerte. Damián me pasó la mano entre las piernas por encima de la tanga.
—Estás empapada —dijo, casi con admiración.
—Callate y seguí —le pedí.
Se rió. De ahí en más el juego dejó de ser mío.
Me giró otra vez, me cargó como si no pesara nada, y me apoyó de espaldas sobre el sillón largo del living. Se desnudó en dos movimientos. Cuando se quitó el bóxer lo miré sin disimular. Era la verga más grande que había tenido delante en mi vida. Gruesa, marcada, con la punta ancha. Por un segundo tuve miedo, y el miedo me puso más caliente.
Me abrió las piernas con las rodillas. No pidió permiso. Se acomodó en la entrada y empujó. Grité antes de poder pensar. No de placer, no todavía. Entró hasta el fondo de una sola embestida y se quedó adentro sin moverse, mirándome, sonriendo de costado.
—Respirá —me dijo.
Respiré. Y entonces empezó. Cada embestida me empujaba contra el respaldo. Cada salida me dejaba un vacío que me hacía levantar las caderas buscándolo. A los pocos minutos ya no estaba gritando de dolor. Gemía descaradamente, con los ojos cerrados, clavándole las uñas en los hombros. Mi marido estaba a dos metros, en su sillón, con el pantalón abierto y la mano ocupada. Lo miré apenas. Le dije, casi sin voz:
—¿Así me querías ver?
—Así —me respondió ronco—. Exactamente así.
Damián se detuvo de golpe. Salió de mí. Sentí el vacío como una cachetada. Antes de que pudiera protestar me agarró por la cadera, me dio vuelta y me puso en cuatro, con las rodillas en el borde del sillón y la cara mirando hacia mi marido.
—Mirá a tu esposo —me ordenó Damián.
Lo miré. Mi marido tenía una expresión que no le había visto nunca. Algo entre la adoración y el vértigo. Damián volvió a hundirse en mí, pero esta vez en la primera entrada, como si llevara años haciéndolo. Me dejé caer hasta apoyar la cara en el cuero del sillón, con la boca abierta contra el tapizado.
Después entendí. Sentí su pulgar entre mis nalgas, apretando, abriéndose paso, mojado apenas con saliva. Me tensé. Nunca había tomado algo de ese tamaño por ahí. Había disfrutado del sexo anal antes, pero nada ni cerca de lo que él tenía entre las piernas.
—Dámelo todo —lo desafié, hablando desde una parte de mí que no pensaba.
Me lo dio. Sin preparación, sin pausa. Metí la cabeza contra el sillón y grité con la garganta pegada al cuero para no despertar al edificio entero. Fue un dolor que me bajó hasta los talones. Intenté escapar hacia adelante por reflejo, y él me sostuvo por la cadera con una fuerza que me dijo, sin palabras, que no iba a dejarme ir a ningún lado. Se quedó quieto unos segundos. Los segundos más largos de mi vida.
Y después empezó a moverse.
El dolor no desapareció. Solo se fue mezclando con otra cosa, algo que nunca había sentido así. Cada embestida me abría un centímetro más. Cada salida me dejaba palpitando. Dejé de gritar y empecé a gemir, primero bajo, después sin ningún control. Damián respiraba fuerte, con los dientes apretados, clavándome los dedos en las caderas. Mi marido, del otro lado, se había bajado todo el pantalón y se masturbaba sin pretextos mirándome.
—Me vas a partir —le dije a Damián.
—Ya te partí —me contestó.
No sé cuánto duró esa parte. Pudieron ser cinco minutos o veinte. Llegó un momento en que Damián soltó un resoplido largo, se hundió todo lo que pudo, y sentí el calor derramándose en mí. Siguió eyaculando con pulsaciones gruesas, empujando con cada una, y yo terminé cayendo con la frente apoyada en el sillón, temblando, con un orgasmo que me sacudió desde la base de la espalda hasta la nuca. Cuando salió, sentí el líquido bajándome por el muslo. Me quedé un rato así, de rodillas, sin fuerza para moverme.
No terminó ahí.
Me dio agua. Se sentó en el sillón. Esperó. En un rato volvió a estar listo. Me hizo acostarme de espaldas, me levantó las piernas y las separó, y volvió a acomodarse. Pensé que me iba a coger la vagina otra vez. Me equivoqué. Volvió a entrar por atrás, esta vez mirándome a los ojos. Me agarró del pelo para curvarme la espalda y me obligó a mirar hacia abajo.
—Mirá cómo entra —me dijo.
Miré. Era la primera vez que veía algo así desde ese ángulo. Verlo y sentirlo al mismo tiempo fue demasiado. Me bajé la mano entre las piernas y me masturbé delante de los dos. Acabé por tercera vez, con la voz quebrada, pidiéndole que no parara. No paró hasta que me arrancó un último grito que ni yo reconocí como mío.
***
Damián se fue a las cuatro y media de la mañana. Mi marido lo acompañó a la puerta. Yo me quedé en el sillón, desnuda, temblando, con una manta encima. Cuando mi marido volvió se sentó a mi lado y me acarició el pelo en silencio. Los dos teníamos claro que algo se había corrido de lugar. No sabíamos todavía si para bien o para mal.
Al día siguiente, y los dos días que le siguieron, apenas podía sentarme. Caminaba raro. No podía disimularlo en el trabajo. Me costaba incluso dormir boca arriba. El placer se había ido, pero el dolor se quedó como una firma en el cuerpo para recordarme lo que había pasado.
Uno pensaría que eso iba a ser suficiente. Que una experiencia así se guarda como un recuerdo único y se deja descansar. Yo también lo pensé esa semana.
Después, cuando el dolor se fue del todo, empecé a pensar en lo otro. En cómo se había apoderado de mí sin preguntar, en cómo me había dado vuelta, en cómo mi marido me había mirado acabar en esa posición. A los quince días le pedí a mi marido que lo llamara de nuevo. Me miró como si no me reconociera. Y me hizo caso.
Esa es otra confesión.