El verano que mis primas decidieron ponerme en mi sitio
Iván bajó del autobús a media tarde, con una maleta de ruedas que no servía para los caminos de tierra y unas zapatillas blancas que dejaron de serlo en los primeros diez metros. Venía de la ciudad, de un piso con aire acondicionado y wifi rápido, y traía consigo tres camisetas de marca, unos auriculares carísimos y la piel pálida de quien ha pasado el invierno entre pantallas.
Tenía veintidós años. Sus primas, Rocío y Carla, tenían la misma edad, pero parecían de otra especie. Llevaban toda la vida en el campo y se les notaba en los antebrazos firmes, en las uñas cortas y manchadas de trabajo, en esa risa grave que les salía del pecho cuando algo les hacía verdadera gracia.
—Vaya, llegó el señorito —dijo Carla cuando lo vio aparecer por el sendero, arrastrando la maleta entre baches—. ¿Te ayudo con eso o te vas a romper una uña?
Iván forzó una sonrisa y dijo que podía solo. No podía. La rueda se atascó en una piedra y tuvo que cargar la maleta el último tramo, sudando bajo el sol, mientras las dos lo miraban desde el porche sin moverse un dedo.
La primera semana fue casi amable. Le enseñaron a ordeñar, y lo hizo mal. Le enseñaron a dar de comer a las gallinas, y lo hizo peor. Le advirtieron que no se acercara a los potros jóvenes, y él, por presumir, se acercó, y terminó en el suelo con una coz a un palmo de la cara. Las primas se reían, pero todavía era una risa sin filo, casi cariñosa.
Eso cambió el día de la faena.
***
El toro era un retinto de cinco años, enorme, con un cuello como un tronco y dos testículos oscuros que se balanceaban pesados cada vez que se movía. Lo habían encerrado en un chiquero estrecho desde la mañana anterior, sin comida, y el animal bufaba y golpeaba la madera con el costado.
Rocío y Carla ya estaban listas cuando Iván llegó a la valla. Botas de goma hasta la rodilla, guantes largos de veterinario, delantales de hule manchados de faenas viejas. Sobre una mesa de tablones habían dispuesto un cuchillo bien afilado, unas tenazas elásticas, un bote de yodo y un spray que él no supo identificar.
—¿Vienes a mirar o a ayudar, niño de ciudad? —preguntó Rocío mientras se calzaba el segundo guante con un chasquido.
—No sé… no sé si quiero ver esto.
Carla soltó una carcajada corta y seca.
—Tú mira y aprende, primo. A lo mejor un día te sirve.
Las dos se rieron a la vez, y aquel sonido le bajó por la columna como un hilo de agua fría.
Sujetaron al toro con una cuerda pasada por el cuello y otra por las patas traseras. Lo tumbaron de lado con una mezcla de fuerza bruta y oficio, el animal pateando y resoplando, las chicas trabajando con una coordinación que parecía ensayada durante años. Rocío se arrodilló detrás, agarró el saco con una mano enguantada y tiró hacia abajo para tensar la piel.
Carla pasó la banda elástica por encima de los testículos, la colocó lo más arriba posible, casi en la base del cordón, y con las tenazas la estiró hasta que encajó con un golpe sordo. El toro soltó un bramido largo y ronco. La goma apretaba ya sin piedad.
—Ahora viene lo bueno —dijo Carla, y levantó el cuchillo.
Con un corte limpio abrió el saco de arriba abajo. Iván sintió que el estómago se le subía a la garganta. Vio cómo Rocío tiraba para sacar el cordón entero, cómo el filo entraba primero a un lado y luego al otro, cómo el animal se estremecía con cada pasada. La sangre goteaba espesa sobre el polvo. En menos de cuatro minutos todo había terminado, y los dos testículos quedaron tirados en el suelo como fruta reventada.
El toro, jadeando, fue soltado en el corral de recuperación. Las chicas se quitaron los guantes, se limpiaron las manos en los delantales y se giraron hacia él al mismo tiempo.
Iván estaba blanco. Tenía la boca entreabierta y los ojos clavados en aquellos dos bultos abandonados sobre la tierra.
—¿Qué te pasa, primo? —preguntó Carla, acercándose despacio—. ¿Te ha impresionado el espectáculo?
Rocío se limpió con el dorso de la muñeca una gota que le había salpicado la mejilla.
—Mírale la cara. Está pensando: «Madre mía, ¿y si me toca a mí?».
Las dos volvieron a reírse. Iván retrocedió un paso, y luego otro, hasta que la valla le cortó la huida y notó la madera caliente contra la espalda.
***
Carla fue la primera en llegar. No pidió permiso. Le desabrochó el cinturón de un tirón rápido, bajó la cremallera y, de un movimiento seco, le bajó los vaqueros hasta medio muslo.
—¡Eh! ¡¿Qué hacéis?! —la voz le salió aguda, quebrada, ridícula incluso para sus propios oídos.
—Tranquilo, niño de ciudad. Solo queremos comparar —dijo Rocío, y se agachó.
Iván intentó taparse con las manos, pero Carla le sujetó las dos muñecas y se las levantó por encima de la cabeza, apoyándoselas contra el travesaño de la valla. Él tiró, forcejeó, y descubrió con un escalofrío que ella era mucho más fuerte. La piel de sus dedos era áspera, de las que tiran de ubres y sostienen animales de quinientos kilos.
Quedó expuesto bajo el sol de julio, con los calzoncillos a la altura de los muslos y todo lo demás a la vista. Rocío acercó la cara sin el menor disimulo. Lo que el miedo y la vergüenza habían encogido se veía pequeño, retraído, pálido junto a sus dedos manchados de yodo.
—Mira qué cosita —dijo ella con una dulzura fingida que daba más miedo que un grito—. Tan recogidito, tan asustado. ¿Sabes cuánto tardaríamos en ponerte la banda a ti? Menos de diez segundos. Y casi ni te enterarías.
Carla soltó una risita por encima de su cabeza y le apretó un poco más las muñecas contra la madera.
—Imagínatelo —siguió Rocío, rodando despacio el pulgar—. Te tumbamos en el mismo sitio donde estaba el toro. Te colocamos el anillo bien arriba… zas. Después el corte. Y se acabó. Te pasarías el resto del verano cantando como un tenor.
Iván temblaba entero. Sentía el calor subiéndole por el cuello hasta las orejas, la humillación quemándole el pecho como una brasa. Lo peor no era el miedo. Lo peor era esa parte oscura de sí mismo que, contra toda lógica, empezaba a reaccionar a la firmeza de aquellas manos, al desprecio tranquilo de aquellas voces. Y eso lo avergonzaba todavía más.
—¿Lo ves, Carla? —dijo Rocío sin levantar la vista—. Se cree que manda porque lleva ropa cara. Pero aquí, en el campo, manda quien tiene el cuchillo.
—Eso se aprende rápido —respondió Carla, inclinándose para hablarle al oído, tan cerca que él sintió su aliento—. ¿Sabes lo que le pasa a un macho que llega presumiendo entre mujeres que trabajan de verdad? Acaba justo así. Quieto, callado, con todo en la mano de quien decide.
Rocío le dio un golpecito ligero, apenas un roce, lo justo para que él diera un respingo y un gemido involuntario se le escapara entre los dientes apretados.
—Uy, ¿eso de qué ha sido? —preguntó ella, fingiendo sorpresa, alzando por fin la cara para mirarlo a los ojos—. ¿Vergüenza o ganas, primo?
Iván no contestó. No podía. Tenía la respiración agitada y la mandíbula tan tensa que le dolía. Cualquier respuesta lo hundiría más, y las dos lo sabían. Por eso esperaron, sonriendo, dejándolo cocerse en su propio silencio.
—Mira cómo se calla —dijo Carla—. El de ciudad, tan listo para todo, y ahora ni una palabra.
—Es que ya va entendiendo —murmuró Rocío.
***
Lo soltaron tan de repente como lo habían atrapado. Carla le bajó las muñecas y le subió los pantalones de un tirón, sin cuidado ninguno, y le dio una palmada en el trasero como si fuera un ternero recién marcado. El golpe sonó seco en el aire quieto de la tarde.
—Venga, anda. Ayúdanos a limpiar todo esto —ordenó, señalando con la barbilla la mesa de tablones y el reguero de sangre en el polvo.
Iván obedeció sin rechistar. Recogió las tenazas, llevó el cubo de agua, fregó la mesa mientras ellas lo dirigían con monosílabos, como a un peón nuevo. Cada vez que levantaba la vista, una de las dos lo estaba mirando, y él volvía a bajarla enseguida.
—Y la próxima vez que te dé apuro ordeñar una vaca —dijo Rocío, recogiendo el cuchillo limpio—, acuérdate de lo fácil que es dejar a un macho sin servir para nada.
Caminaron hacia la casa riéndose entre ellas, comentando en voz baja, pero no lo suficiente, lo «pequeño» y lo «mono» que les había parecido todo. Iván se quedó atrás, junto a la valla, con las piernas todavía flojas y el corazón golpeándole en la garganta.
Debería haber sentido solo rabia. Debería haber hecho la maleta esa misma noche y haber vuelto a la ciudad, al aire acondicionado y al wifi rápido, donde nadie lo tumbaba ni lo amenazaba ni le hablaba como si fuera ganado. Pero no lo hizo. Se quedó mirando cómo las dos subían los escalones del porche, fuertes y seguras, dueñas de cada palmo de aquel lugar.
Y que el verano apenas empezaba.
Esa noche, tumbado en el catre de la habitación del fondo, con la ventana abierta y los grillos llenando el silencio, Iván no consiguió dormir. Repasaba una y otra vez el peso de aquellas manos en sus muñecas, la dulzura helada de la voz de Rocío, la promesa que las dos le habían dejado caer entre risas.
De momento te dejamos con ellos puestos, le había parecido entender. Pero solo de momento.
Sabía, con una mezcla de pavor y de algo más turbio que no se atrevía a nombrar, que ellas no habían terminado de jugar. Y que él, por mucho que le quemara la vergüenza, había dejado de querer marcharse.