Acepté ser su esclavo para no ir a la cárcel
Cuando mi vida se derrumbó, lo hizo entera y de golpe. Perdí el trabajo, gasté casi todos mis ahorros revolcándome en la autocompasión y arruiné por completo un matrimonio que ya colgaba de un hilo. Lo que vino después fue casi un alivio: una sentencia, una firma y un acuerdo que me dejaba bajo la custodia de mi esposa, a quien yo había dejado de importarle hacía mucho.
Carla me planteó las cosas con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
—Tienes dos caminos —dijo, sin levantar la vista del café—. Tres años de cárcel, mínimo. O cumples esa fantasía de la que hablábamos hace años. Te conviertes en mi esclavo. En mi perro.
Elegí la segunda. Pensé que la conocía. Pensé que sabía hasta dónde llegaría.
Me equivoqué en todo.
Carla se transformó en cuanto probó el dominio absoluto sobre mí. Era como si una parte de ella hubiera estado esperando años para salir. Pero no entendí del todo la gravedad de mi situación hasta que su nuevo amante, Marcos, se mudó a nuestra casa con una maleta y la sonrisa de quien ya sabe que va a quedarse.
***
Marcos desayunaba cuando Carla me llevó al comedor tirando de la correa. Yo iba a cuatro patas, desnudo, con un collar de cuero cerrado con candado.
—A tu sitio —ordenó ella.
Marcos me dirigió una mirada de reojo, indiferente, y siguió leyendo el periódico en la pantalla del móvil. Esa indiferencia era lo que más me humillaba: no era odio, era desinterés. Yo era un mueble que prestaba servicios.
Me arrastré bajo la mesa y coloqué la cabeza entre sus piernas. No se me permitía usar las manos. Así que abrí la boca y lo recibí como me habían enseñado, quieto, dejando que el peso hiciera el trabajo, retrocediendo apenas lo justo para respirar.
Sobre mí flotaba el olor del café recién hecho y de los huevos en la sartén. Me mareaba el hambre. Llevaba sin comer como un humano desde no recordaba cuándo.
—¿Qué tal el desayuno? —preguntó Carla.
—Perfecto. Como me gusta —respondió Marcos, una mano distraída en mi nuca.
Los dos charlaban de cualquier cosa mientras yo cumplía. Esa era la parte más insoportable: la normalidad. La forma en que mi degradación se había vuelto parte del paisaje doméstico, como las cortinas o el ruido de la cafetera.
Era un ritual diario, y no solo en el desayuno. Lo repetía en cada comida, hubiera o no invitados. Y casi siempre había invitados.
Cuando Marcos terminó, sin una palabra, me dejaron en el suelo con un plato de sobras junto a las patas de la mesa. Comí de rodillas, las manos a la espalda, mientras ellos discutían los planes de la noche.
—Estaba pensando en sacarlo esta noche —dijo Marcos.
—¿Sacarlo? ¿Adónde? —Carla entornó los ojos—. La última vez la policía avisó: si lo encontraban otra vez atado y desnudo en el parque, lo encerraban de verdad.
—No, el parque no. —Marcos se rió bajito—. Estaba pensando en El Reservado.
El Reservado era uno de los negocios de Marcos. Era dueño de media docena de locales para adultos repartidos por la peor zona de la ciudad: salas de cine, cabinas, cuartos oscuros. Le daban dinero suficiente para no madrugar nunca, lo que le dejaba todo el tiempo del mundo para dedicárselo a Carla y a mi tormento.
El Reservado era el más sórdido de todos. La policía ya ni se molestaba en pasar. En la galería del fondo, cada cabina tenía un agujero abierto en la pared a la altura de la cintura.
No escuché el resto. Solo oí a Carla reírse y, al final, una frase que se me quedó clavada.
—Eres un enfermo de remate. Por eso te quiero.
Era la primera vez que la oía decirle «te quiero» a Marcos. Algo dentro de mí, lo último que quedaba en pie, se vino abajo.
***
Pasé el día como siempre: amordazado, desnudo, fregando suelos, lavando platos, ordenando mi propio rincón hasta dejarlo impecable. La regla era simple y brutal: mi mano derecha debía mantenerme duro durante horas, pero correrme estaba terminantemente prohibido. Cada vez que me sorprendían sin obedecer, llegaba el golpe en la cabeza, la pinza en el pezón, la palmada seca en las nalgas.
Hubo pausas, claro. Las únicas que no detestaba. Pasaba media hora con la lengua entre los muslos de Carla, llevándola al orgasmo una y otra vez. Lamerle los pies después de que los hubiera ensuciado a propósito en el jardín era humillante, pero seguía siendo mejor que el servicio a Marcos.
Porque a Marcos había que servirlo a todas horas. Podía correrse varias veces al día y siempre guardaba una carga fresca para mí. A menudo me ordenaba retenerla en la boca durante horas antes de darme permiso para tragar. No era solo el sabor ni las arcadas que tenía que disimular: era Carla observándome, riéndose, comentando mi cara de asco como quien comenta el tiempo.
***
Cerca de las nueve de la noche, entramos a El Reservado por una puerta trasera que daba directo a la galería. Doce cubículos diminutos, cada uno con una pantalla que cobraba por minuto. Ya había media docena de hombres moviéndose en la penumbra. No sabría decir si los gemidos venían de los videos o de las cabinas.
—Métete ahí y desnúdate —dijo Marcos, empujándome a uno de los cubículos.
Obedecí despacio. El espacio no llegaba al metro cuadrado. El aire era espeso, a sudor y a algo dulzón y rancio que prefería no identificar. Lo que me heló fue la pared de mi izquierda: del suelo al techo había decenas de anillas atornilladas. En el centro, a la altura de la entrepierna, el agujero. Apenas el ancho de una mano.
Primero me amordazaron con una bola de goma que me estiró la mandíbula al instante. Después, el collar otra vez, encadenado con candado a la pared, de modo que tuve que mantener la cabeza girada hacia la pantalla. Marcos me abrió las piernas con una barra separadora y me esposó las muñecas a la espalda.
Luego pasó lo peor. Me ciñó la base con un anillo de goma gruesa, me empujó hacia adelante y obligó a que mi sexo asomara por el agujero, hacia la cabina contigua. Con una cuerda larga me ató literalmente a la pared, de los tobillos al cuello, tan tenso que no podía mover ni un dedo.
—Esto te va a mantener encendido —dijo, metiéndome una pastilla por la garganta antes de volver a amordazarme—. Y entre el anillo y lo que tienes en el culo, no vas a correrte fácil. De eso me encargo yo.
Lubricó algo, lo que tenía en el culo, y disfrutó cada uno de mis gemidos. Después puso la máquina de video en bucle para toda la noche. Antes de salir, entró en la cabina de al lado, donde mi sexo quedaba expuesto, y me acarició hasta dejarme dolorosamente erecto. El lubricante que usó, supe más tarde, llevaba anestésico: justo lo necesario para volver casi imposible el alivio que tanto deseaba.
Cerró mi cabina con candado por fuera y colgó un cartel: «Fuera de servicio. Use la siguiente». En la otra puerta, donde asomaba mi cuerpo, colgó otro que yo aún no había visto:
«Esclavo en entrenamiento. Ejercicio de negación. A su discreción. Su orgasmo está estrictamente prohibido.»
***
No supe del cartel hasta que la primera mano desconocida me rodeó.
Gemía con cada caricia, lenta y deliciosa, y al mismo tiempo me consumía la frustración de no poder llegar. Intenté empujar, embestir esa mano, pero la cuerda me tenía clavado. No podía mover un solo músculo. Las imágenes de la pantalla, frente a mis ojos, me tenían tan al borde que pensé que enloquecería.
A los quince minutos, la mano desapareció. Oí abrirse la puerta del cubículo vecino y, a los segundos, otra distinta. Una boca cálida me envolvió entera. Era imposible saber quién, y esa ceguera lo hacía todo más intenso y más aterrador a la vez. Estaba indefenso, expuesto, ofrecido a cualquiera que entrara.
Vino uno, y otro, y otro. Bocas que se turnaban, manos que tiraban, dedos que apretaban. Cada pocos minutos un desconocido nuevo ocupaba la cabina de al lado. Estuve a punto de llegar tantas veces que perdí la cuenta, y cada vez el anillo y el anestésico me dejaban suspendido en ese filo insoportable, sin caer nunca.
Uno se limitó a la punta, lo más sensible, hasta hacerme sollozar contra la mordaza. Otro, después de un rato larguísimo, se incorporó, se preparó y se sentó sobre mí, usándome desde el otro lado de la pared mientras se masturbaba. Lo sentí correrse y retirarse, dejándome palpitante y sin alivio, como todos los demás.
***
Casi cuatro horas más tarde, Marcos volvió. Yo seguía duro, imposiblemente duro. Me dio otra pastilla. En la cabina contigua, una boca nueva ya trabajaba sobre mí.
—¿Te has corrido? —preguntó, soltándome un momento la mordaza.
Negué con la cabeza, agotado.
—Bien. Lo harás ahora.
Cambió el cartel por otro: «Castigo en curso. Múltiples orgasmos, por favor». El siguiente hombre me tragó hasta el fondo y, después de semanas conteniéndome, exploté con una fuerza que casi me hace perder el conocimiento. Apenas terminó uno, otra boca lo reemplazó. Supe después que Marcos repartía billetes en el pasillo para que la fila no se cortara.
El segundo orgasmo costó más. El tercero fue media hora de tortura, con la sensibilidad ya en carne viva. Al cuarto intento estaba seco, y eso no detuvo a nadie. Las bocas seguían, indiferentes, tirando y apretando como si pudieran arrancarme algo más.
Cuando ya no podía ni mantenerme firme, Marcos abrió la puerta de mi cabina y dejó entrar a los hombres por detrás. Con la cabeza girada hacia la pared no veía a ninguno; solo los sentía. Perdí la cuenta de cuántos fueron.
***
—Ya casi amanece —dijo Marcos por fin.
La galería estaba casi vacía. Me desataron y me dejaron caer al suelo, hecho un guiñapo. Me apresuró hacia el coche, todavía desnudo y esposado, y me metió en el maletero. Me dejó allí, en el garaje de casa, hasta media tarde.
Fue Carla quien abrió, arrugando la nariz ante mi olor y sonriendo ante mi estado.
—Límpiate —ordenó, señalando un cubo de agua fría con jabón—. Marcos dice que no te aguantaste. Que te corriste anoche. Yo no lo autoricé, y no lo apruebo.
Me vio frotarme con el agua helada, tiritando, dolorido de la cabeza a los pies.
—Conoces mis reglas. Te corriste sin mi permiso, y eso se paga. Por cada vez, me debes cien servicios. Sécate. Tienes visitas esperando en el salón. Y unas amigas mías que quieren mirar.
Antes de empujarme hacia el salón, me encerró el sexo, dolorido e hinchado, en una jaula de acero demasiado pequeña.
—Esto sale cuando termines tu castigo —dijo, con una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Y a la primera queja, a la primera vez que me pidas quitártela, el castigo se duplica. ¿Entendido?
—Sí, Ama —respondí.
Me condujo de la correa, a cuatro patas, hacia las voces y las risas que esperaban del otro lado de la puerta. Una de las mujeres sostenía una cámara. Y yo, que había creído conocer el fondo, descubrí que apenas estaba empezando a caer.