El juego del probador que mi marido inventó
Habían pasado tres semanas desde la última noche con Damián y Mateo, mi marido, todavía caminaba por la casa con esa sonrisa rara que le había salido desde entonces. Yo creí que la fantasía se le iba a apagar sola, que el vértigo de haberme visto con otro hombre se iba a convertir en un recuerdo cómodo. Me equivoqué.
Aquella noche se metió a la ducha en cuanto llegó del trabajo, cenó casi sin hablar y, cuando estábamos los dos acostados con la luz apagada, sentí que se giraba hacia mí.
—Oye —dijo, hablándole al techo—, hace tiempo que no ves a Damián.
—Hace tres semanas —contesté.
—¿Y no piensas escribirle?
Me incorporé sobre el codo y lo miré. La luz de la calle se colaba por la persiana y le partía la cara en dos.
—¿Por qué la pregunta? —dije—. Pensé que con dos veces tu fantasía estaba cumplida.
Me sostuvo la mirada.
—Sería excitante que volvieras a verlo —respondió—. Que disfrutaras con él y después conmigo.
Lo dijo como quien pide otro vaso de agua. Y a mí, que se me había acelerado el pulso al escuchar el nombre de Damián, ya me estaba costando fingir indiferencia. Le dije que le mandaría un mensaje, a ver qué decía. Mateo se quedó callado un rato, pensando, hasta que abrió la boca otra vez.
—Espera, tengo una idea mejor.
—¿Mejor que mandarle un mensaje?
—Dile que lo quiero conocer. Que venga a casa como si fuera una reunión de amigos. Y que él pueda tocarte, hacerte lo que quiera, pero solo cuando yo no esté mirando. Como un secreto entre ustedes dos.
Me quedé sin palabras. La idea era tan retorcida que se me marcaron los pezones a través de la camiseta de dormir, y a Mateo no se le escapó ni un detalle.
—Te gustó —dijo. No era una pregunta.
—Cállate, solo me molestas.
—Te gustó la idea de que otro tipo te toque mientras tu marido hace como que no se da cuenta.
No tenía cómo defenderme. Le di un empujón en el hombro y le dije que sí, que lo haría, que se callara y me dejara dormir. Él se durmió enseguida con esa sonrisa estúpida que le sale cuando se sale con la suya. Yo tardé bastante más.
***
Al día siguiente, antes de salir para la oficina, le mandé el mensaje a Damián. En el trabajo tuve un día imposible, reuniones encadenadas y un cliente difícil, y no pude revisar el celular hasta que volví a casa. Lo abrí en el ascensor y la respuesta me dejó un poco en blanco: «este fin de semana estoy ocupado, pero el siguiente con gusto voy a verte».
Hubiera querido que fuera ya, pero también pensé que tener una semana entera de espera podía ser su propia forma de tortura. Le contesté antes de meter la llave en la cerradura: «Damián, mi marido quiere conocerte. Quiere ser tu amigo. Pero mientras estemos los tres, puedes tocarme, hacerme lo que quieras, con la condición de que él no se entere. Si lo logras, al final del día le digo que necesito hablar contigo a solas, lo mando a casa, y tú y yo nos quedamos».
Apagué la pantalla. Pensé que tardaría en responder. Tardó nada. «¿En serio? ¿No hay otra regla? ¿Y de verdad tu marido sabe que tú y yo nos acostamos?». Le contesté que sí, que mi marido lo sabía todo, que no tenía nada que temer y que, si se portaba bien, al final del día yo iba a ser una buena perrita para él. Mandé el mensaje sin pensarlo demasiado. La respuesta llegó al instante: «Eso suena bien. Pero aunque seas una buena perrita, te voy a tener que castigar igual, solo porque estás muy buena».
Sentí que se me mojaban las bragas ahí mismo, en el rellano del edificio. Y cuando entré a casa lo entendí: no estaba sola. En la cocina estaba mi suegro, ese señor amable y tímido que se quedaba con nosotros tres días a la semana para cuidar el huerto, ajeno a que su nuera estaba intercambiando mensajes con un hombre que ya no era exactamente un amigo.
Le contesté a Damián con un emoji de corazón y otro de diablito morado. Pensé que ahí terminaría la conversación, pero Damián es de los malos, de los que disfrutan empujando un poco más. Sin avisar, me mandó una foto. Su verga, dura, vertical, casi incómoda de tan firme. Pasé la lengua por los labios y tragué saliva. Los pezones se me endurecieron debajo de la camisa de tirantes y entonces me acordé de mi suegro.
Apagué el celular y entré a la cocina. Él estaba de espaldas, removiendo algo en una sartén. Antes de hablarle me bajé un dedo el escote. Solo un poco, lo justo para que se asomara el borde superior de las areolas, que las tengo grandes. La vista era buena. Lo sabía sin necesidad de mirarme al espejo.
—¿Le ayudo en algo? —pregunté.
Mi suegro giró la cabeza y se quedó dos segundos de más mirando lo que había bajado. Tragó saliva, igual que yo unos minutos antes.
—Puedes hacer la ensalada —dijo, y volvió a la sartén con una concentración exagerada.
—Claro —contesté con la voz más inocente de mi repertorio—. Mientras la carne se calienta ahí adentro.
—Hoy hago carne molida con ensalada y garbanzos en salsa —respondió. Le temblaba un poco la voz.
—¿En serio? ¿Y qué tan rica está su salsa? Espero que esté bien cremosa, llena de sabor.
El cuello se le puso del color de un tomate. Me acerqué a tomar el cuchillo, pasé tan cerca que mis pechos casi le rozaron el brazo, y vi cómo apretaba los labios. Tenía la cara de un chiquillo de quince años en su primer baile. Y en ese momento decidí parar. No por compasión exactamente, sino porque la ternura me ganó. Corté las verduras hablando del tiempo, de mi cuñado, de cualquier cosa, hasta que se le fue volviendo el color a la normalidad.
***
Esa noche le conté a Mateo lo de Damián. Le mantuve oculto lo del escote en la cocina; no estaba lista para compartirlo. Cuando le dije que Damián no podía ese fin de semana, mi marido se quedó con cara de niño al que le quitan el postre.
—Pensé que íbamos a poder este sábado —murmuró.
—Tranquilo, podemos planear otra cosa.
Me miró, dudoso, como si yo le hubiera empezado a hablar en otro idioma.
—¿Otra cosa? ¿Tú propones?
—No me voy a acostar con nadie más —aclaré rápido—. Pero sí me dejo seducir.
Ahí se le encendieron los ojos. Mateo tiene una imaginación que, cuando se pone en marcha, no la para nadie.
—Vamos a comprarte ropa —dijo de un tirón—. Algo provocativo, solo para nosotros. Sé que te gusta cuando te trato como a una putita. Le pedimos al encargado de la tienda que dé su opinión.
—Estás exagerando —dije, pero ya tenía las piernas cruzadas debajo de la mesa.
—Estoy proponiendo.
El resto de la semana pasó como si alguien le hubiera puesto a la vida en velocidad rápida. Llegó el sábado y me preparé con un atuendo aparentemente normal: una falda de mezclilla suelta, ni corta ni ajustada, una blusa azul con un escote que llamaba la atención sin llegar a ser vulgar, maquillaje ligero, las uñas a juego. Mateo me esperaba en el coche con esa cara de Navidad que ponía cada vez que me veía bien.
Manejamos hasta un centro comercial de otra ciudad. No queríamos cruzarnos con ningún conocido. Recorrimos los pasillos un buen rato sin encontrar nada lo suficientemente atrevido, así que terminamos saliendo, caminando por las calles aledañas, hasta que dimos con un local pequeño, escondido entre una óptica y un kiosco. Por fuera no decía nada. Por dentro tampoco, pero detrás del mostrador había un hombre de unos cincuenta y largos, de cara amable y voz agradable, que nos recibió como si nos esperara desde la mañana. Nunca supe cómo se llamaba; en mi cabeza lo bauticé Marcos.
—Bienvenidos, bienvenidos —dijo mientras nos abría espacio—. Aquí tenemos lo que buscan. Y si no lo tenemos, se lo conseguimos.
—Mi mujer busca algo especial —contestó Mateo.
—¿Algo así como…? Tenemos ropa deportiva, faldas, blusas, vestidos…
—Algo atrevido —cortó mi marido—. Para la intimidad.
A Marcos se le quedó la frase a medio camino. Fueron solo dos segundos, pero los notamos los tres. Después sonrió de otra manera. Una más pequeña, más cómplice.
—Para esas ocasiones también tenemos —dijo, y se fue al fondo del local.
Volvió con un brazado de prendas y las fue desplegando sobre el mostrador como un mago: disfraz de colegiala, de enfermera, de princesa, de policía, monos de una sola pieza, conjuntos transparentes. Las vi todas, despacio. Mi corazón estaba más calmado que al entrar, pero la excitación seguía subiendo. Elegí dos cosas: una minifalda de tablones rosa y un top mínimo, casi traslúcido, hecho para no cubrir nada.
—¿Los puedo probar? —pregunté.
—No siempre se los quieren probar —dijo Marcos—, pero por allá hay dos probadores.
Eran dos cubículos improvisados con cortinas de tela gruesa. Entré al primero. Mateo se quedó del otro lado, charlando con Marcos en voz baja. Yo me cambié escuchándolos. La falda apenas me llegaba a la mitad de las nalgas. El top, con mis pechos, se volvía más transparente de lo prometido. Me puse las medias blancas que venían con el conjunto, hasta la mitad del muslo, y respiré hondo antes de hablar.
—Ya salgo, ya estoy lista —avisé. Era la señal.
Aparté la cortina. Marcos, que estaba apoyado en el mostrador, se tragó la frase con la que iba a recibirme. Vi cómo le subía el aire al pecho. Mateo esperaba a su lado, con los ojos brillantes.
—Estás increíble, mi amor —dijo Mateo—. Date una vuelta.
Giré despacio, con los pies juntos. Cuando estuve de espaldas oí cómo Marcos cambiaba el peso de un pie al otro.
—Marcos, ¿qué te parece? —preguntó mi marido—. ¿Le queda bien?
—Le queda… —tardó—, le queda muy bien. Está perfecta.
Mateo me tomó de la mano y me jaló hacia él. Me abrazó por la cintura y me dejó de espaldas, las nalgas a la vista de Marcos. Y entonces, sin avisar, me dio una nalgada seca. Solté un sonidito que no supe si era de queja o de placer.
—Perdona, mi amor —dijo con una sonrisa que no escondía nada—. Tenías un mosquito en la nalga derecha. —Miró a Marcos—. Y parece que se te paró otro en la izquierda. Marcos, ¿te animas?
El aire de la tienda se volvió denso. Yo me quedé inmóvil. Marcos miró a mi marido, después a mí, después al suelo. Cuando creí que no iba a hacer nada, me llegó la nalgada. Más torpe que la anterior, más insegura, pero suficiente para hacerme arquear la espalda.
—Ouch —dije, siguiéndoles el juego—. ¿Tan grande era el mosquito?
—Aquí los hay enormes —contestó Mateo—. Marcos, si ves otro, no dudes en matarlo.
—Por aquí abundan —murmuró Marcos, ya entrado en el papel.
—¿Pero qué culpa tienen mis nalgas? —pregunté, exagerando el puchero.
—Tienes razón. Por cada mosquito tendremos que sobarte para que no te duela.
Empezó a pasarme la mano abierta por la nalga derecha, lentísimo, como si la quisiera memorizar. Después miró a Marcos y le hizo una pregunta muda con la cabeza. ¿Acaso no vas a ser caballero? Marcos puso la mano en mi otra nalga. Y de ahí no nos movimos durante un buen rato. Las cuatro manos se intercalaban: caricia, nalgada, caricia, otra nalgada, otra caricia más larga que terminaba bajándome la falda un dedo más cada vez. Yo ya respiraba por la boca, en silencio, con los ojos fijos en una caja de zapatos que tenía al frente para no perder el equilibrio.
—Marcos —dijo Mateo de pronto, dando un paso atrás—, ¿qué te parecen los pechos de mi mujer?
Antes de que Marcos respondiera, mi marido me bajó el top con un solo movimiento. Los dejó al aire frente a un señor que apenas conocíamos y que aún tenía la mano en mi cintura.
—Uff —dijo Marcos, sin disimular—. Están preciosos. Tienes una mujer hermosa.
—Pues también necesitan atención —respondió mi marido.
No tardaron ni dos segundos. Me agarraron uno cada uno. Empezaron por debajo, después con la palma entera, después con los dedos en los pezones, jalando lo justo para que se me escapara el aire. Me había convertido en otra persona, una a la que le gusta que la traten como a una putita y que disfruta sin disimulo. Pero algo, en algún rincón, todavía estaba lúcido. No me iba a dejar follar por un desconocido. Eso no.
—Mi amor —dije, entre respiraciones cortas—. Mejor nos vamos. Esto me está empezando a gustar demasiado.
—¿Estás segura? —Mateo casi suplicaba—. Te estamos disfrutando, no tienes idea.
—Por eso. Por eso necesitamos irnos.
Marcos me dio una nalgada nueva, esta vez más fuerte, como si me reprochara la decisión. Mi marido se rio.
—Lástima, amigo. Lo que mi mujer pida. A menos que la convenzas.
—Pero si la estamos pasando muy bien —dijo Marcos, casi en un susurro—. Hasta tu marido quiere quedarse.
Aunque parezca raro, ese «pasando muy bien» me devolvió el control. Algo en su voz me sonó a queja, a impaciencia, y la calentura cedió un poquito. Lo justo para volver a ser yo.
—No —dije, alejándome con calma—. Ya es suficiente.
—Lástima, amigo. No la convenciste.
Caminé hacia el probador. Mateo me jaló del brazo y me dio una última nalgada, fuerte, casi de despedida, mientras Marcos me apretaba los pezones por última vez. Los dejé hacer. Después entré, me cambié, salí con la ropa normal y la cara de cualquier clienta. Marcos nos regaló las prendas «como agradecimiento» y nos despidió con una pequeña reverencia que casi me hizo reír.
Salimos a la calle. La tarde se había hecho amarilla. Mateo me pasó el brazo por la cintura y me besó la sien.
—Eres lo más rico que conozco —dijo bajito—. Y esto no termina aquí. Ya lo sabes.
Yo no contesté. No hacía falta. Iba con la ropa interior empapada, la piel todavía caliente y la cabeza llena de planes que ni él ni Damián habían hecho todavía. Algo había cambiado dentro de mí esa tarde, y todavía no sabía qué nombre ponerle. Lo iba a saber pronto.