Tres hombres me sometieron en la finca apartada
Era un alivio poder gemir y gritar sin medir la voz. Mateo me había hablado de esa finca la noche que lo conocí en el bar de la calle Mendoza, hacía ya dos meses. Recuerdo sus manos, largas y limpias, sosteniendo un cigarrillo bajo la luz amarilla del local. No sabría explicar por qué, pero verlo fumar me ponía la piel caliente, como si cada bocanada me la dirigiera a mí.
Esa primera noche, entre tragos de whisky y besos lentos, le conté lo que nunca le había contado a nadie. Le hablé de mis fantasías sin filtros, de las cosas que llevaba años imaginando en la cama y callando por vergüenza. Él me devolvió las suyas con la misma calma. Me dijo que tenía una propiedad fuera de la ciudad, lejos del ruido, lejos de los vecinos y de los teléfonos, equipada como un set de película.
Al principio dudé. Una mujer no se sube al coche de un desconocido para ir a una casa aislada sin pensarlo dos veces. Pero algo en su forma de mirarme me decía que esa oportunidad no se iba a repetir, y que aunque saliera de allí magullada, iba a salir saciada de una manera en la que nunca lo había estado. Me habló también de Rodrigo y Esteban, sus dos amigos de siempre, sus cómplices en este tipo de juegos. Hablamos hasta que el bar cerró, planeando cada detalle, cada palabra de seguridad, cada límite.
***
El calor de la llama me recorría el vientre de abajo hacia arriba. Los tres me observaban en silencio, atentos como espectadores en un teatro pequeño. Mateo dejó la vela un par de segundos sobre mi clítoris y un quejido se me escapó sin permiso. Rodrigo no esperó: me cruzó la cara con un golpe seco y se acercó a mi oreja con la respiración entera.
—Si te vuelvo a escuchar quejarte así, te voy a hacer comer mierda. ¿Me oíste bien? —asentí con la cabeza, despacio—. A ver, princesa, dime con la boca si entendiste.
—Sí, papi.
—Así me gusta.
Se me erizó la piel entera. Sabía perfectamente que no iban a tener piedad y eso era exactamente lo que me había llevado hasta esa finca.
—Suficiente —dijo Mateo—. Desátenla.
Esteban aflojó las cuerdas que me sostenían colgada del marco de madera y me dejó caer al suelo de un golpe. No hubo tiempo de respirar. Me agarró del cabello y me levantó de un tirón, manteniéndome cerca de su pecho, oliendo todavía el jabón de su camisa abierta. Empezó a besarme con una rabia mansa, mordiéndome el labio, mientras su mano libre volvía a buscarme entre las piernas con la misma desesperación de la primera vez.
—Tráela acá —ordenó Mateo desde el otro extremo del galpón.
Esteban me arrastró hacia la mesa de madera vieja que habían acomodado en el centro. Le habían puesto grilletes de cuero a los lados y dos soportes para los pies, de modo que las rodillas quedaran dobladas y abiertas hacia los tres. Era una posición humillante, totalmente expuesta, y el solo hecho de saberlo me hacía mojar más.
Me acomodaron entre los dos. Me ataron las muñecas, me ataron los tobillos. Mientras Mateo verificaba las hebillas, Esteban me lamía despacio el cuello y los pechos, deteniéndose en cada marca que me habían dejado las pinzas. Era un contraste cruel: una mano sujetando con violencia, una boca acariciando con paciencia.
Antes de continuar con el castigo, Mateo se acercó a mi sexo todavía hinchado y comenzó a succionar. En esa postura yo podía sentir cada movimiento de su lengua entrando y saliendo, recorriéndome los pliegues con una intención casi quirúrgica. Estaba al borde de la locura. Me devoraba como si fuera un manjar, y mientras tanto, sus dedos buscaron muy adentro hasta encontrar el punto exacto que me hacía perder el control. Solté un chorro tibio que le mojó la cara y la mesa, y él no se detuvo. Al contrario, se rió contra mi piel y siguió.
Cuando levanté la vista, Rodrigo y Esteban ya tenían los pantalones por las rodillas y se masturbaban frente a mí. Se acercaron uno a cada lado de la cabeza y me pusieron sus miembros sobre la cara. Yo iba alternando, sin dejar de gemir, sintiendo cómo cada uno me empujaba hasta el fondo de la garganta cuando le llegaba el turno.
El de Rodrigo era grueso, corto y muy duro. El de Esteban era más largo, con las venas marcadas como cordeles azules bajo la piel. Tragar saliva entre uno y otro se volvió imposible.
—Qué bien chupa la zorra —jadeó Esteban, mirando a Mateo—. Tiene experiencia. La vamos a disfrutar mucho.
—A mí me ponen loco sus gemidos —dijo Rodrigo, agarrándome del mentón para que lo mirara mientras le mamaba.
Mateo se separó de mi sexo, se puso de pie y se bajó el pantalón junto con la ropa interior. Cuando levanté apenas la cabeza, casi se me corta el aire. Tenía el pene más grande de los tres, recto, grueso, con la cabeza brillante. Lo apoyó contra mi entrada, se tomó un par de segundos como si calculara, y entró de una sola embestida que me arrancó un grito desde el estómago.
Rodrigo y Esteban, por orden suya, retiraron las varillas finas que me habían clavado entre los pechos. Una gota de sangre escurrió por el costado de la teta izquierda y Mateo se inclinó sin dejar de embestirme para limpiarla con la lengua. El gesto fue más perturbador que doloroso. Me hizo sentir que era suya en un sentido que iba más allá de lo físico.
La fuerza con la que me cogía no se parecía a nada de lo que conocía. Sentía cómo su sexo me tocaba por dentro lugares que nunca habían sido tocados. Verle la cara concentrada, casi enojada, me ponía aún más caliente. Era hermoso, en una forma retorcida, escucharlos a los tres jadear al mismo tiempo, en distintos tonos, como si fueran un coro descoordinado.
Mateo aceleró hasta que sentí su miembro pulsar dentro de mí. Su semen llegó tibio y me llenó. Cuando salió, no se apartó del todo. Me acarició la vulva con la punta húmeda y me dio dos golpecitos suaves sobre el clítoris, como una firma.
—Siguiente —dijo, y se hizo a un lado.
Rodrigo no perdió un segundo. Se ubicó entre mis piernas y entró de un solo movimiento, mientras Mateo tomaba su lugar arriba, ofreciéndome la verga todavía mojada para que la limpiara con la boca. Esteban se sumó del otro lado. Yo estaba mamando una y sintiendo la otra, con Rodrigo embistiéndome por delante. No sabía hacia dónde mirar, ni en qué pensar. No quería pensar.
En algún momento Rodrigo retiró el plug que tenía clavado en el culo desde el comienzo de la sesión. Lo dejó caer sobre la mesa con un golpe seco y se hundió allí, sin lubricante extra, sin paciencia.
—A pesar de todo, esta perra sigue apretada —murmuró—. Increíble.
Su pene entraba y salía con fuerza, mis pechos rebotaban contra mi propio pecho con cada embestida. Esteban me apretaba los pezones hasta hacerme arquear la espalda, y Mateo me sostenía del cabello, marcándome el ritmo de la mamada. Mientras, Rodrigo me masturbaba el clítoris con dos dedos torpes que igual me hacían temblar. La sacó de golpe y vacíó todo afuera, sobre el vientre y los muslos, marcándome como territorio. Esteban no quiso quedarse atrás. Antes de correrse en mi boca, también descargó parte adentro de mí, mezclando todo.
***
Me dejaron sola un rato largo. No sé cuánto. Tal vez veinte minutos, tal vez una hora. Perdí la noción del tiempo entre el zumbido de la respiración y el eco de la música baja que sonaba desde algún parlante escondido. Sentía el cuerpo entumido, los brazos pesados, los pezones latiendo con un dolor sordo. Pensé en pedirles que parasen. Pensé en la palabra de seguridad, repitiéndomela mentalmente como un rezo. No la dije.
Cuando volvieron, traían una bolsa pequeña de tachuelas plateadas y un espéculo metálico que brillaba bajo la luz fría del galpón. Esteban se rió cuando me vio abrir los ojos.
—Todavía no terminamos contigo, princesa.
Me llenaron la vagina de lubricante, frío y abundante, y metieron el espéculo despacio. Lo abrieron de a poco, hasta dejarme completamente expuesta. Rodrigo abrió la bolsa y dejó caer las tachuelas adentro, una por una, escuchando el tintineo metálico contra el espéculo. Los tres se rieron al mismo tiempo, una risa baja, masculina, conspiratoria, que me hizo sentir muy pequeña y muy excitada.
En la mesa había también un vibrador grueso, en forma de pene. Lo bañaron en lubricante y me lo introdujeron en el ano, lentamente esta vez. Cuando lo encendieron, una descarga me recorrió la espalda hasta la nuca. Volvieron a colocarme las pinzas en los pezones, ajustando los tornillos hasta que me empezaron a llorar los ojos. Y como si todavía faltara algo, Mateo trajo un pequeño aparato succionador que me apoyó sobre el clítoris y dejó funcionando solo.
Estuve así un tiempo que se me hizo eterno. El placer y el dolor se mezclaban en un mismo punto del cuerpo, indistinguibles. Cuando el orgasmo finalmente vino, llegó de golpe, arqueándome la espalda contra la madera y haciéndome sentir cada una de las tachuelas pinchándome por dentro. Grité tan fuerte que el galpón devolvió el eco. Y justo cuando terminé de temblar, Mateo me cruzó la cara con una bofetada limpia, perfecta, casi cariñosa.
—Buena chica —dijo.
Me quedé mirándolo, agitada, con el corazón golpeando contra las costillas y los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza. Sabía que esto recién empezaba. Lo sabía desde aquella primera noche en el bar de la calle Mendoza, cuando lo vi fumar y le dije que sí.
Continuará.