El alivio prohibido del esclavo de la reina
Las pesadas puertas del Salón de los Trofeos cedieron con un quejido seco. Dentro, el aire era una mezcla espesa de humo de leña, sudor frío y carne marcada al hierro. Eleonora, la Sanadora Mayor de la corte, cruzó el umbral con la presteza de quien ha aprendido a no demorarse cuando la Reina convoca. Tras ella, su aprendiz Inés cargaba dos maletines de cuero que pesaban más que el coraje de una novicia.
La escena habría detenido a cualquier extraño. En el centro de las losas yacía Clara, la guardia caída en desgracia. La mejilla derecha era un cráter humeante donde la marca real le había fundido carne y grasa. Su brazo izquierdo, dislocado por una rebelión que duró menos que un suspiro, colgaba en un ángulo imposible.
Más allá, en la penumbra entre antorchas, se alzaba el infame Pilar de los perros. Y allí estaba Tomás. Suspendido como un fardo, encadenado por el cuello a una altura que solo permitía rozar las losas con las puntas de los dedos. El collar de martingala, con sus dientes metálicos, esperaba paciente cualquier flaqueza para morder la tráquea. Las manos esposadas a la espalda. Y entre las piernas, un humbler de madera dura tirando de los testículos hacia el suelo, mientras dentro de la jaula de acero un catéter estriado seguía mordiendo la uretra desgarrada.
—La guardia primero —dictaminó Eleonora con voz neutra, evaluando la sala—. Aunque haya caído en desgracia, su vida vale más que la del esclavo. La Reina querrá exhibirla mañana. Inés, los maletines.
La aprendiz, con los nudillos blancos, corrió junto a Clara. Durante una hora se entregaron al cuerpo de la ex guardia con la frialdad del oficio. Eleonora limpió los bordes del cráter facial con alcohol macerado y hierbas purificadoras, ignorando los gemidos. Encajaron el hueso luxado con un crujido sordo y entablillaron el brazo entre maderas acolchadas con lino. Suturó la quemadura con seda de aguja curva, tensando la piel sana alrededor de la herida. Le vertieron por la garganta un elixir oscuro que la sumió en un sueño profundo y reparador.
Mientras la ciencia salvaba a Clara, el tiempo se cebaba con Tomás.
Verena, la guardia favorita de la Reina, lo observaba desde la pared opuesta con los brazos cruzados y una sonrisa torcida que no terminaba en los ojos. Disfrutaba el espectáculo. Veía cómo cada minuto desmoronaba un poco más al esclavo. Veía cómo los gemelos, tensos como cuerdas de arco, comenzaban a sufrir espasmos involuntarios. Veía las pantorrillas vibrar con esa danza obscena del agotamiento extremo.
Cada vez que un calambre le obligaba a buscar el suelo con los talones, la cadena se tensaba y los dientes del collar mordían la laringe. Tomás soltaba un gorgoteo ahogado y volvía a alzar el cuerpo a pura voluntad. El terror a la asfixia era el único motor que le quedaba.
A esa danza siniestra se sumaba el peso muerto del humbler. La presión constante limitaba el flujo sanguíneo en los testículos y amenazaba necrosis. Y dentro, el catéter. Cada temblor de las piernas, cada jadeo en busca de aire, movía la pelvis fracciones de milímetro. Y con cada micromovimiento, las estrías raspaban paredes ya en carne viva, mandando descargas eléctricas hasta la corteza cerebral.
Lágrimas densas resbalaban por las mejillas tiznadas de Tomás. Que termine, suplicaba en silencio. Que me desmaye, que me muera, lo que sea.
Cuando Eleonora dio un paso atrás de Clara y la dejó vendada y dormida, su mirada cruzó la sala hasta el Pilar de los perros. La expresión clínica se endureció. La piel del esclavo había virado a un gris translúcido. Los labios estaban cianóticos, teñidos del azul mortecino de la asfixia crónica. El charco de sudor a sus pies era un espejo oscuro.
Un destello de ira profesional cruzó la mente de Eleonora. Se enfadó consigo misma por haber tardado, no por piedad —la piedad era moneda sin curso en aquel castillo—, sino porque permitir que un cuerpo fuerte muriera por una tortura mal calculada era un insulto al oficio. Un juguete roto deja de servir. La Reina no perdonaría una pieza arruinada.
—Inés, prepara el yodo —ordenó sin volverse.
Caminó decidida hacia el pilar. El esclavo apenas mantenía los párpados abiertos. Las pupilas, dilatadas, no respondían a la luz. Eleonora alzó las manos hacia el candado que sujetaba la cadena al anillo superior.
Pero antes de que sus dedos rozaran el metal, una fuerza brutal la apartó.
Verena se interpuso entre ella y el pilar. Con un gesto rápido como una mordedura, la guardia liberó a medias la daga del cinto y dejó que el acero captara el reflejo de las antorchas.
—No tocarás esa cadena —rugió Verena, los ojos inyectados de furia territorial—. La Reina ordenó que colgara de puntillas. Esa fue la disposición final del castigo. Bajarlo sería desobedecer un mandato real.
Eleonora se detuvo en seco. Miró la hoja, luego los ojos fanáticos de la guardia. Conocía su lugar en la corte. Los sanadores eran imprescindibles, pero no guerreros. En una refriega contra un sabueso adiestrado de la Reina, ella perdería antes de que Inés pudiera salir corriendo. Y Verena tenía razón en lo formal: contravenir una orden directa sobre la postura de un cautivo era suicidio.
Pero la ciencia siempre encuentra un camino.
—Guarda el acero, Verena. No voy a desafiar a la Reina —replicó con voz gélida, casi serena—. Pero si este hombre muere de asfixia en la próxima media hora, o si mañana hay que amputarle los testículos por gangrena, serás tú quien explique a Su Majestad por qué su nuevo juguete quedó inservible tan pronto.
Verena frunció el ceño. La empuñadura crujió bajo su mano.
—La Reina ordenó que colgara de puntillas —repitió, obstinada—. No dictó cuánto tiempo debía sobrevivir así.
—La Reina confía en mí para mantener la integridad de sus posesiones —contraatacó Eleonora dando un paso al frente con autoridad indiscutible—. Y yo te digo que su cuerpo ha llegado al límite. Pero tranquila. Respetaremos la letra exacta del castigo. Si no puedo bajar la cadena del cuello, entonces subiré el suelo.
Verena parpadeó, atrapada por la lógica retorcida. Eleonora no esperó a que comprendiera.
—Inés, ve al estrado real. Trae todos los almohadones, las pieles de oso y las mantas pesadas que encuentres. Rápido.
La aprendiz salió disparada y volvió cargada con una montaña de cojines de terciopelo y mantas de lana espesa. Bajo la mirada confundida de Verena, fueron apilando bajo los pies temblorosos del esclavo una plataforma improvisada. Cojín sobre cojín, manta sobre manta, hasta que la superficie se elevó unos quince dedos.
Las plantas de Tomás, que un instante antes peleaban agónicamente por encontrar apoyo, sintieron el roce del terciopelo. Con un gemido sordo, los talones cedieron. Las plantas se hundieron en el acolchado firme. La tensión brutal de los gemelos desapareció. Las rodillas se doblaron apenas, aliviadas del esfuerzo titánico.
Pero al bajar esos centímetros, la cadena se tensó violentamente. El collar de martingala mordió y Tomás empezó a asfixiarse en serio, las manos esposadas tirando inútilmente, los ojos saliéndose de las cuencas.
—¡Ahora, las correas! —gritó Eleonora.
Abrió de par en par el segundo maletín y extrajo cinco anchas correas de cuero de búfalo. Eran arneses de contención, los que usaba en el ala médica para inmovilizar a los pacientes psiquiátricos más violentos o sostener a los amputados sin anestesia.
Eleonora e Inés trabajaron sincronizadas. Pasaron las correas bajo las axilas del cautivo, cruzaron por la espalda y las fijaron a la misma argolla superior de la que pendía la cadena. Con las dos halando a la vez, ajustaron las hebillas de hierro hasta que el cuero crujió.
Habían improvisado un arnés de suspensión.
La biomecánica del suplicio había mutado por completo. Técnicamente, Tomás seguía encadenado por el cuello a la misma altura. Pero el peso del torso ya no recaía en la laringe ni en las puntas de los dedos. Todo el cuerpo descansaba ahora sobre las anchas correas que cortaban la circulación bajo las axilas. El collar seguía apretado, sí, pero ya no estrangulaba. Y los pies se apoyaban planos en la pila de mantas reales.
Tomás soltó una exhalación profunda que era mitad sollozo, mitad alivio puro. La cabeza cayó hacia adelante, la barbilla buscó el pecho. Estaba derrotado más allá de toda comprensión humana.
—Un compromiso técnico —dijo Eleonora mirando a los ojos a Verena—. Sigue colgado y sigue atrapado. Pero sobrevivirá a la noche.
Verena resopló y guardó la daga con un golpe seco. Le molestaba profundamente la argucia, le ardía el resquicio que el esclavo había encontrado para respirar. Pero no podía negar que la sanadora no había tocado el candado del cuello ni alterado la disposición de la cadena. Había jugado con las reglas y había ganado.
Eleonora no había terminado.
—Sujétale las piernas, Verena. No te gustará mañana si el hedor de la gangrena llena el salón.
A regañadientes, la guardia se acercó y pasó sus brazos musculosos alrededor de los muslos, inmovilizando la pelvis contra la piedra. Eleonora se arrodilló ante los genitales martirizados. Lo primero fue desatar y retirar el humbler. Cuando los bloques se separaron, la sangre reprimida regresó de golpe a los tejidos isquémicos. Aquel retorno, que debió ser alivio, fue un dolor de mil agujas. Tomás se retorció en el arnés con un gemido ronco, pero la liberación de aquella presión aplastante evitó la castración matutina.
Inés acercó una copa de bronce humeante. Era una infusión concentrada de raíz de valeriana, flor de loto y corteza de sauce. Eleonora obligó al cautivo a alzar la cabeza y vertió el líquido amargo por su garganta. Tragó por instinto. En pocos minutos, el sedante empezaría a relajar los músculos estriados y a sumir el cerebro en una niebla espesa.
Pero antes de que el efecto fuera completo, quedaba la tarea más brutal.
Eleonora fijó la vista en la jaula de acero que encerraba el miembro de Tomás. Estaba manchada de sangre reseca. Alrededor del catéter rezumaba un líquido turbio y rosado.
—El hierro fue introducido sin esterilizar, tras tocar el suelo y sin lubricación —explicó, hablando para sí y para Inés más que para Verena—. Las estrías han creado microdesgarros a lo largo del canal urinario. Esa uretra es ahora un caldo de cultivo perfecto para una sepsis. Si la infección alcanza la vejiga y los riñones, este hombre morirá envenenado por su propia sangre en tres días. Hay que purgar el canal.
Abrió un estuche cilíndrico y extrajo una herramienta aterradora. Una jeringa antigua de cilindro grueso de cristal, émbolo y cánula de acero. No una aguja para perforar piel, sino una cánula larga y roma diseñada para irrigaciones profundas.
Llenó el cilindro con un líquido marrón rojizo que manchaba el vidrio. Yodo concentrado mezclado con extractos astringentes de corteza de roble. Un desinfectante implacable, diseñado para aniquilar cualquier bacteria al contacto, con la contrapartida de un escozor abrasador.
—Sujétalo fuerte, Verena. No importa que tenga los pies apoyados, el dolor lo hará saltar.
La guardia apretó los muslos como un tornillo de banco. Eleonora acercó la punta de acero al meato ensangrentado del esclavo. Con precisión milimétrica deslizó la cánula en el resquicio entre la carne desgarrada y el catéter de la jaula. Tomás, bajo los primeros efectos de la valeriana, apenas reaccionó a la invasión.
—Esto va a doler más que el hierro candente —murmuró Eleonora.
Y empujó el émbolo.
Un chorro potente y frío de yodo concentrado fue bombeado a presión hacia el interior de la uretra herida. El líquido oscuro inundó el canal, deslizándose por dentro y alrededor de las estrías, empapando cada milímetro de tejido lacerado, penetrando en cada microdesgarro y reaccionando químicamente con la sangre y las bacterias acumuladas.
El impacto fue catastrófico.
Si la inserción del catéter caliente había sido un desgarro sordo y profundo, el yodo concentrado fue un cuchillo al rojo vivo compuesto de fuego líquido y ácido. La química cauterizó de golpe las terminaciones nerviosas expuestas.
El aullido de Tomás no fue humano. Fue el sonido de un animal al que despellejan vivo.
El cuerpo entero sufrió espasmos masivos. Se arqueó hacia adelante con una fuerza titánica, intentando huir del fuego que devoraba sus entrañas. Las esposas se clavaron en las muñecas, las correas crujieron bajo las axilas, los pies resbalaron sobre los cojines. Verena tuvo que volcar todo su peso para impedir que la pelvis del esclavo se zafara de su agarre.
El yodo abrasador corrió por dentro, esterilizando, purgando la inmundicia con un dolor purificador tan inmenso que la mente humana, simplemente, se negó a procesarlo.
El grito se rompió en un estertor gorgoteante. Las cuerdas vocales cedieron ante la violencia del sonido. Los ojos se volvieron en blanco. Un segundo más tarde, la oscuridad absoluta lo reclamó. El cerebro cortó la conexión.
El cuerpo se aflojó de golpe, peso muerto sobre los arneses.
Eleonora retiró la jeringa vacía. Un líquido amarronado y espumoso, mezcla de yodo, sangre y plasma, comenzó a gotear lentamente desde la abertura de la jaula, tiñendo las losas.
—Ya está —sentenció guardando la jeringa con frialdad clínica—. El tejido está esterilizado. El yodo seguirá quemando durante horas, incluso en la inconsciencia, pero le he salvado la vida y le he conservado la hombría para cuando la Reina decida volver a usarlo.
Se levantó, secándose las manos en un trapo de lino. Pero antes de que pudiera dar la orden de recogida, las pesadas puertas del salón se abrieron con un estruendo que hizo vibrar las antorchas.
La Reina entró, envuelta en una capa de terciopelo púrpura sobre un corsé de cuero negro que le apretaba las tetas hasta hacerlas rebosar como frutas maduras. Detrás de ella, dos doncellas cerraron las puertas y se retiraron a las sombras.
—Sanadora —ronroneó la monarca, paseando los ojos por el arnés improvisado, los cojines bajo los pies del esclavo y el charco amarronado de las losas—. Veo que has estado creativa con mis órdenes.
Eleonora inclinó la cabeza sin bajar la mirada.
—Le he conservado la vida y la verga para vos, Majestad. La postura del castigo se ha respetado en su letra.
La Reina soltó una risa gutural, corta. Se acercó al cuerpo desmayado de Tomás y le sostuvo el mentón con dos dedos enguantados. Estudió la palidez, los labios azules, la baba que le colgaba de la comisura.
—Un juguete inconsciente no me sirve —dijo—. Yo vine a coger, no a mirar un cadáver. Verena, despiértalo.
La guardia favorita sonrió con dientes de perro. Sacó del cinto un frasco de sales aromáticas y lo estampó bajo la nariz del esclavo. El vapor picante golpeó el cerebro adormecido de Tomás como una bofetada. Los párpados se abrieron con violencia, los ojos giraron en las cuencas hasta enfocar la figura púrpura frente a él. Un gemido de terror escapó de su garganta destrozada.
—Ahí está mi juguete —murmuró la Reina, deslizando un dedo enguantado por el pecho sudoroso del cautivo, bajando por el vientre tenso, rodeando la jaula de acero manchada de sangre—. Sanadora, quítale la jaula. Quiero la verga libre.
Eleonora obedeció sin réplica. Con una llavecita de bronce liberó los cierres del artilugio metálico. Cuando el acero cedió, la polla de Tomás cayó fláccida, hinchada, morada por horas de constricción y con el meato aún manchado de yodo y sangre reseca. Un miembro grueso incluso en reposo, marcado por las huellas de las barras.
La Reina lo tomó en su mano enguantada y apretó. Tomás soltó un aullido ronco, el dolor de la circulación regresando de golpe al tejido martirizado.
—Chssst —siseó ella, torciendo la muñeca—. Cállate y ponte dura para tu Reina, esclavo. Si no se me para en un minuto, Verena te clava una aguja en cada testículo. ¿Me estás oyendo?
Tomás asintió con lo poco de cuello que la cadena le permitía. La Reina soltó la capa, que cayó al suelo con un susurro de terciopelo. Debajo, el corsé negro le comprimía la cintura y le ofrecía las tetas desnudas hasta los pezones oscuros y erectos. La falda del corsé estaba abierta por delante, sin nada bajo el cuero, revelando un coño depilado, brillante ya de humedad. La monarca no se molestaba en fingir: llevaba caliente desde que atravesó los pasillos.
Se acuclilló frente al esclavo suspendido. La cara de la Reina quedó a la altura de la polla amoratada. Sacó la lengua, ancha y roja, y lamió desde los testículos hinchados hasta la punta lastimada. El sabor a yodo y sangre le hizo curvar los labios en una sonrisa perversa.
—Sabe a mi propiedad —murmuró.
Y se metió la polla entera en la boca.
Tomás sacudió las caderas contra las correas, un espasmo involuntario. La Reina succionó con hambre profesional, la lengua girando alrededor del glande cauterizado, los labios apretados en el tronco. Chupaba con ruido, dejando hilos de saliva colgando entre la carne y la boca cada vez que la sacaba para lamer los cojones violáceos. La polla del esclavo, contra toda voluntad, comenzó a hincharse. La sangre volvía a los cuerpos cavernosos, el miembro se erguía duro y grueso, marcado y rojo, apuntando ahora al techo del salón.
—Buen esclavo —jadeó la Reina, saliva colgándole de la barbilla—. Sabía que ibas a responder. Sos un puto perro entrenado.
Verena, apoyada contra el pilar, se relamía observando la escena. Su mano se había deslizado bajo la coraza de cuero y se frotaba el coño con dedos rápidos, sin disimulo. Eleonora e Inés, retiradas dos pasos, mantenían la mirada fija en el suelo, incómodas pero sin atreverse a moverse. Nadie se retiraba del Salón de los Trofeos hasta que la Reina lo ordenaba.
La monarca se puso de pie. Se dio la vuelta y le presentó a Tomás el culo desnudo bajo la falda abierta del corsé. Se agachó hacia adelante, apoyando las manos enguantadas en las rodillas del esclavo, y se abrió las nalgas con los pulgares. El coño rosa y goteante quedó a centímetros de la polla erguida.
—Verena, guíame el juguete —ordenó.
La guardia se acercó de un salto. Tomó la polla marcada de Tomás con la mano libre de yodo y la alineó contra la entrada empapada de la Reina. La monarca dejó caer las caderas de golpe. La verga entera se le hundió en el coño de un solo movimiento brutal, hasta la base. La Reina soltó un gemido gutural, la boca abierta, los ojos entornados.
—Aaaah, joder —jadeó—. Todavía funciona.
Y empezó a cabalgar.
Se apoyó en las rodillas del cautivo y comenzó a subir y bajar la pelvis con violencia, empalándose una y otra vez sobre la polla del esclavo. Cada bajada arrancaba un gemido gutural de la garganta destrozada de Tomás: el placer forzado, el dolor de la uretra en carne viva y la humillación de servir de picadero se le mezclaban en una tormenta imposible de procesar. Sus manos esposadas se retorcían inútilmente a la espalda. Los cojines bajo sus pies se hundían con cada embestida.
El sonido del sexo llenó el Salón de los Trofeos. El chapoteo húmedo del coño empapado tragándose la polla marcada. El golpe seco de las nalgas de la Reina contra los muslos del esclavo. Los gemidos guturales de ella, los estertores ahogados de él, el crujido de las correas de cuero bajo las axilas de Tomás cada vez que el peso de la monarca lo empujaba contra el pilar.
—Más duro, esclavo —siseó la Reina, girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro—. Follame como si te fuera la vida. Porque te va.
Tomás, con las lágrimas corriéndole por las mejillas tiznadas, comenzó a mover las caderas hacia adelante, embistiéndola en contra de sus propias entrañas ardientes. Cada empuje le mandaba una punzada de yodo abrasador por la uretra, pero también le enterraba la polla más hondo en el coño real, y el músculo obedecía a la pura voluntad de sobrevivir. La Reina soltó una carcajada obscena al notar el esfuerzo.
—Ese es mi perro. Cógeme el coño. Cógelo bien.
Verena, incapaz de contenerse por más tiempo, se soltó las hebillas del cinturón y dejó caer el pantalón de cuero al suelo. Se subió a los cojines detrás del esclavo, agarró un puñado del pelo empapado de sudor de Tomás y tiró de la cabeza hacia atrás con violencia. La cadena del cuello crujió bajo el tirón, pero no importaba: la guardia ya había pasado una pierna por encima del hombro del cautivo y le estampaba el coño abierto contra la boca.
—Chupa, esclavo —le gruñó Verena—. Chúpame el coño mientras coges a la Reina. Y si me mordés, te arranco los dientes uno por uno.
Tomás sacó la lengua por puro instinto de supervivencia. Lamió el coño empapado de la guardia, hundiendo la lengua entre los labios hinchados, buscando el clítoris hinchado. Verena empujó la pelvis contra la cara del esclavo y comenzó a restregarse sobre la boca abierta, embarrándole la nariz y el mentón de sus jugos. Su mano libre le apretaba la garganta por encima del collar de martingala, controlando exactamente cuánto aire le dejaba pasar.
El Salón de los Trofeos se había convertido en un altar obsceno. La Reina cabalgando la polla marcada con embestidas cada vez más brutales. Verena montada en la boca del cautivo, gimiendo agudo, sacudiendo las tetas dentro de la coraza. Tomás en el medio, atravesado por polla y boca, encadenado y follado por los dos extremos, el cuerpo suspendido convertido en un juguete de carne para las dos mujeres.
—Me voy a correr —jadeó la Reina, aumentando el ritmo, las tetas botando en el corsé apretado—. Me voy a correr en tu polla, esclavo. Y tú te vas a aguantar. No te corrás. Si te corrés antes que yo, mañana Eleonora te capa. ¿Me oíste?
Tomás gimió contra el coño de Verena, un sonido de puro pánico. La orden era imposible. La polla llevaba horas martirizada, y el coño real lo apretaba y lo tragaba con una habilidad demoníaca. Cada embestida lo acercaba al borde. Apretó los dientes, hundió la lengua más fuerte en el coño de la guardia, intentó pensar en el yodo, en el dolor, en cualquier cosa que le retrasara la corrida.
La Reina aceleró. Se le hundía la polla hasta el fondo, se agitaba encima, se restregaba el clítoris contra la base del tronco marcado. Soltó un gemido largo, gutural, y de pronto todo el cuerpo se le sacudió en un espasmo violento. El coño se le cerró como un puño alrededor de la polla del esclavo, ordeñándola en oleadas. La monarca aulló su corrida al techo del salón, la garganta abierta, la espalda arqueada.
Ese fue el permiso.
Tomás dejó de aguantar. Su cuerpo, más allá de su voluntad, disparó la corrida acumulada por semanas de castigo. La polla se sacudió dentro del coño real y expulsó chorros gruesos de semen mezclados con hilos rosados del yodo residual. Cada eyaculación le arrancaba un gemido ahogado contra el coño de Verena, cada contracción de la uretra le quemaba con fuego líquido, pero el placer devastador atravesó el dolor y le vació los cojones dentro de la Reina.
Verena, sintiendo la vibración del cautivo bajo su boca y la carcajada obscena de la Reina, se restregó con más furia sobre la lengua del esclavo. Dos, tres empujones más, y ella también se corrió, ahogando el grito contra el propio antebrazo, inundándole la boca a Tomás de un flujo espeso y ácido que él tragó por instinto.
La Reina se levantó despacio. La polla del esclavo salió de su coño con un ruido húmedo, colgando de nuevo hacia abajo, chorreando semen y jugos. Un hilo blanco le resbaló a la monarca por la cara interna del muslo.
—Buen juguete —susurró, palmeando la mejilla tiznada de Tomás—. Sanadora, buen trabajo. Mañana lo quiero listo otra vez.
Eleonora inclinó la cabeza.
—Como Su Majestad ordene.
La Reina recogió la capa púrpura, se la echó sobre los hombros sin molestarse en limpiarse el semen que le corría por el muslo, y salió del salón con Verena caminando torpe detrás, subiéndose el pantalón sobre el coño todavía palpitante.
Cuando las puertas volvieron a cerrarse, Eleonora se acercó al esclavo. Tomás colgaba del arnés, la barbilla contra el pecho, la polla goteando, el cuerpo temblando por las réplicas del orgasmo forzado y del dolor cauterizante que ya empezaba a rebrotar.
El esclavo colgaba inerte del arnés, la respiración superficial bajo el efecto de la valeriana y del agotamiento absoluto. El collar de castigo seguía rodeando el cuello, amenazante pero pasivo. Los pies descansaban sobre la pila de cojines y mantas aristocráticas, una ironía macabra en mitad del suplicio, ahora salpicados de semen y jugos reales. La jaula de acero yacía a un lado de las losas, junto al charco de yodo. Colgaba, en efecto, como una res torturada esperando el amanecer, con las entrañas ardiendo y los cojones vaciados.
Bufó en la penumbra, visiblemente aliviada de que la escena hubiera terminado sin que la monarca la reclamara a ella también. Sabía que la química seguiría torturándolo por dentro durante toda la madrugada. Sabía que el amanecer traería a la Reina de nuevo. Y cuando la monarca viera su juguete curado y listo para ser usado otra vez, la verdadera diversión, el dolor que no curan los elixires, volvería a empezar en el Salón de los Trofeos.
