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Relatos Ardientes

Esa noche elegí a mi nuevo esclavo en La Forja

Llevaba semanas esperando ese email. Cuando llegó —con el logo plateado de La Forja en el asunto— lo abrí sin terminar el café. Liquidación anual de primavera: esclavos liberados por sus amos anteriores, disponibles para quien quisiera quedárselos. Sin precio, sin contrato. Solo la voluntad de ambas partes y las ganas de empezar desde cero.

Eso era exactamente lo que necesitaba. No quería a alguien con historia, con manierismos aprendidos en otra cama ni con costumbres heredadas de otro amo. Quería tabula rasa. Un cuerpo que no supiera todavía lo que me gustaba y que lo aprendiera desde el principio, con tiempo y con precisión.

Mi esclavo habitual —al que llamaba el Perro— se quedó en casa con la jaula puesta. Se lo noté en la mandíbula cuando le dije que me iba sola. Esa tensión característica suya que mezclaba los celos con el miedo a ser reemplazado. Le dije que lo que él sintiera no era mi problema. Que esa actitud posesiva era exactamente el tipo de comportamiento que me hacía considerar cederlo a otro amo definitivamente.

No dije nada más. Cerré la puerta y cogí la carretera.

***

Marc me esperaba en la entrada del complejo, como siempre. Era un hombre delgado, de voz suave y modales exagerados, con una copa de champán en la mano aunque todavía no eran las tres de la tarde. Detrás de él, a un metro exacto, caminaba su esclavo de turno: un hombre de cuerpo imponente, completamente desnudo, con los ojos clavados en el suelo y los hombros hacia atrás en esa postura de sometimiento que solo se consigue después de meses de entrenamiento constante.

—Nora, qué alegría verte. —Marc me dio dos besos. Olía a tabaco y a colonia cara. —¿Vienes sola esta vez?

—Sola. El Perro se quedó en casa rumiando. Necesitaba recordarle que el mundo no gira alrededor de lo que él quiere.

Marc soltó su carcajada habitual, esa que sonaba siempre a cortesía más que a humor genuino.

—Eres demasiado generosa con él. Deberías dejárnoslo una temporada. Tenemos un programa de reacondicionamiento que funciona de maravilla. Los amos que lo prueban nos dicen que es como estrenarlos de nuevo. Vuelven dóciles, centrados, sin esa energía dispersa que tanto molesta.

—No descarto nada —respondí, aunque los dos sabíamos que no iba a hacerlo. El Perro era un problema, pero era mío.

Marc señaló a su esclavo con un gesto vago, casi como si hablara de un mueble que está pensando en cambiar de habitación.

—¿Qué te parece este? Lleva dos años conmigo y ya me aburre. Es demasiado dócil, no hay tensión. Si no se resisten un poco, castigarlos pierde toda la gracia. Lo tengo bien entrenado: obedece, aguanta y no habla más de lo necesario. La jaula que le mandé hacer a medida te la regalo también. La primera que le puse era demasiado pequeña y me complicó la vida, tardaba demasiado en colocársela antes de cada salida.

Miré al esclavo. No parpadeó. Seguía con los ojos en el suelo, las manos a los costados, respirando despacio y sin moverse. Había algo en esa quietud que resultaba, al mismo tiempo, atractivo y ligeramente tedioso. Marc tenía razón: estaba demasiado domesticado. Le faltaba algo de arista.

—Agradezco el ofrecimiento —dije—, pero busco algo más manejable esta vez. Algo que esté cerca sin ocupar demasiado espacio. Aunque si no te importa, puede que te lo pida prestado esta tarde. Necesito moverme después de tanto tiempo en el coche.

Marc sonrió con satisfacción, esa sonrisa de anfitrión que sabe que lo tiene todo controlado.

—Todo tuyo cuando quieras. Y ahora ven, que te he asignado a Clara como esclava doméstica. Sé que la última vez quedaste satisfecha con su trabajo. Está esperándote en tu habitación. La liquidación será esta noche después de la cena, así tenéis tiempo de probar a los disponibles durante el fin de semana y decidir con calma.

Recorrimos el hall principal juntos. Marc hablaba sin parar, como siempre hacía cuando quería parecer ocupado. Yo escuchaba a medias, pensando ya en lo que encontraría en la liquidación.

***

La suite no era la más grande del complejo, pero tenía todo lo que necesitaba: una cama ancha con cabezal de acero y puntos de anclaje en las cuatro esquinas, un jacuzzi en el rincón pegado al ventanal que daba a los jardines y una mesa central que esperaba los juguetes que había traído. Las ventanas no tenían cortinas. En La Forja nunca las había. La exhibición era parte del ambiente, igual que la música baja que siempre sonaba en los pasillos o el olor a cuero y a madera que impregnaba cada rincón.

Clara me esperaba de pie junto a la puerta del baño. Treinta años, tal vez algo menos. Pelo negro recogido en un moño apretado, cuerpo redondo y cálido, completamente depilada. Llevaba una correa fina de cuero alrededor del cuello —la marca de esclava de servicio doméstico— y los pies descalzos sobre el mármol frío. Sus ojos miraban al frente, sin buscarme la cara, esperando instrucciones con esa paciencia aprendida que no se improvisa.

Hice un gesto señalando las maletas. Ella empezó a deshacerlas en silencio, con la eficiencia de alguien que ha hecho eso muchas veces. La ropa al armario, doblada con precisión. Los juguetes —el látigo de cuero, las pinzas de pezones, las correas de distintos anchos, el vibrador de varilla— ordenados sobre la mesa con la misma lógica que yo usaba en casa: de menor a mayor intensidad, de izquierda a derecha. No tuve que decirle nada. Lo había aprendido la última visita.

Me acerqué a la terraza. Necesitaba aire y unos minutos sin que nadie me mirara.

***

En el jardín, un grupo de sumisos estaba en pleno entrenamiento. Los conté desde la barandilla: tres hombres y tres mujeres, todos desnudos, en fila india sobre el camino de piedra. Llevaban un arnés de cintura con argollas metálicas, y de cada argolla salía una cadena fina que terminaba enganchada a las pinzas de pezones del sumiso de delante. El efecto era mecánico y despiadado: si el de delante aceleraba el paso, el de atrás sentía el tirón; si el de atrás se rezagaba, era el de delante quien pagaba el precio.

Un entrenador al que no reconocía caminaba junto a la fila con ritmo constante. No los miraba demasiado. No hacía falta. El sistema se castigaba a sí mismo.

Una de las mujeres —la segunda de la fila— llevaba varios pasos de desventaja respecto al que tenía delante. Cada vez que su ritmo caía, la cadena se tensaba y ella aceleraba, pero entonces era el que iba detrás quien sufría el tirón. La trampa la tenía atrapada en un ciclo que no tenía salida limpia.

Finalmente, uno de los hombres al final de la fila perdió una pinza. El grito fue seco, cortado. Todos pararon en seco.

—¿Qué os había dicho? —La voz del entrenador no subió demasiado, pero tenía ese filo que no necesita volumen para cortar. —Llevamos toda la mañana con este ejercicio. No es complicado. Y sin embargo, aquí estamos. Sala de castigo. Todos.

Los sumisos bajaron la cabeza. Ninguno protestó ni dijo una sola palabra.

Fue entonces cuando apareció Marc en el jardín, con una fusta de mango largo en la mano y esa expresión que yo reconocía bien: la de alguien que lleva tiempo buscando una excusa para usarla.

—Sebastián, ¿he oído bien? ¿Castigo?

El entrenador asintió con media sonrisa.

—Amo Marc, elija al que prefiera. Son todos igual de torpes esta mañana.

Marc no tardó ni diez segundos en decidirse. Señaló a la mujer que no había podido mantener el ritmo y al hombre que había perdido la pinza.

—Estos dos.

El resto exhaló casi al unísono. Sabían perfectamente lo que significaba quedar fuera de su elección.

***

Marc trabajó metódico y sin prisas. Hizo arrodillar a los dos sumisos, les enganchó las muñecas a las argollas del arnés y les presionó la cabeza hacia el suelo con una mano firme. Ni uno ni la otra dijeron nada. Ambos sabían que cualquier sonido que no fuera el que él quería escuchar solo añadiría tiempo al castigo.

Empezó con la mujer. La fusta golpeó sin aviso, sin contar, sin hablar. Solo el sonido del cuero contra la piel y, entre golpe y golpe, los jadeos contenidos de ella. Llegó un momento en que las piernas le cedieron y cayó de lado sobre el camino. Marc la cogió por la cadena del arnés y la recolocó en posición, sin brusquedad innecesaria. Era eficiente, no furioso. Sabía exactamente cuánto dar antes de que dejara de tener sentido.

Mientras la recolocaba, le pasó la mano entre los muslos. Se volvió hacia Sebastián con una expresión que mezcla la queja con la satisfacción.

—Mira esto. Ya sabemos por qué no podía concentrarse en el ejercicio. Déjala cerca de mi habitación esta noche. Creo que va a necesitar algo más que el entrenamiento de hoy para sacarlo todo.

Luego se giró hacia el sumiso. Tiró la fusta al suelo con un golpe seco. Se desabrochó el pantalón con calma, sin apresurarse, como quien realiza un gesto que ha repetido tantas veces que ya no necesita pensar en él.

Yo lo observé desde la terraza sin moverme. No había necesidad de moverse.

El sumiso no se resistió. Recibió lo que Marc tenía para darle con los ojos cerrados y la cabeza gacha, las cadenas del arnés tintineando con cada empuje contra el camino de piedra. Marc lo usó con la misma eficiencia con la que había manejado la fusta: sin prisa, sin crueldad gratuita, con la concentración de alguien que sabe exactamente lo que quiere. El sumiso gemía en voz baja, un sonido que era mitad dolor y mitad otra cosa que probablemente él mismo no sabría cómo nombrar.

Cuando terminó, Marc recogió lo que quedaba con los dedos y se lo ofreció en la palma de la mano abierta.

—Trágatelo todo.

El sumiso obedeció sin dudar.

Marc se abotonó el pantalón, intercambió unas palabras en voz baja con Sebastián y desapareció entre los setos del jardín con la misma tranquilidad con la que había llegado.

***

Volví dentro.

Clara había terminado con las maletas. Los juguetes estaban en la mesa, clasificados como yo quería. El jacuzzi se llenaba despacio, con el vapor empañando el ventanal. El esclavo de Marc, que él me había prestado para la tarde, estaba arrodillado en el rincón junto a la puerta, las manos sobre los muslos, la mirada clavada en el suelo.

Había oído todo lo que había pasado en el jardín. Se notaba en cómo respiraba: más profundo, más controlado, como alguien que intenta que no se le note lo que siente.

Se le notaba de todas formas.

Me acerqué a la mesa. Cogí las correas de cuero fino —las que uso para empezar, antes de nada— y las dejé sobre la cama sin hacer ruido. Me senté en el borde, crucé las piernas y lo miré directamente.

—Levántate —dije.

Se levantó sin dudar.

Eso era lo que necesitaba. No el gesto grande ni la obediencia teatral que algunos esclavos exhiben cuando saben que los están evaluando. Solo «levántate» y el cuerpo que se ponía de pie. Sin pausa, sin esa fracción de segundo de negociación silenciosa que tiene el Perro cuando no le apetece obedecer.

La liquidación no era hasta esa noche. Después de la cena, Marc presentaría en el salón grande a los sumisos disponibles y los amos interesados podrían quedárselos o dejarlos al complejo para uso general. Todavía tenía tiempo para ver con calma qué había disponible, comparar y decidir sin prisa.

Pero mientras tanto, tenía una tarde entera por delante, una mesa llena de juguetes y dos cuerpos dispuestos a hacer exactamente lo que yo dijera.

Le hice una señal a Clara.

—Acércate.

Ella obedeció al instante. El esclavo de Marc seguía de pie junto a la puerta, esperando su turno en silencio. Afuera, en el jardín, los sumisos del entrenamiento desfilaban ya hacia la sala de castigo en fila ordenada, las cadenas tintineando con cada paso sobre las piedras del camino.

Cogí las pinzas de la mesa y las sostuve en la palma de la mano durante un momento, dejando que Clara las viera, dejando que entendiera lo que venía a continuación.

La tarde en La Forja acababa de empezar.

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Comentarios (10)

NocheReader22

Increible de verdad. Me enganche desde la primera linea y no pude parar. Mas por favor!!!

SombraK

La voz de la protagonista es lo mejor. Se siente tan segura, tan en control. Tremendo relato.

LetraVivaz

jajaja el final me mato, no lo vi venir. Siguiendo este perfil de ahora en mas

ClaraInFuego

Que bien escrito!! se nota que hay talento ahi. Espero la continuacion

Matias_Ros

Pocas veces me quedo con ganas de mas tan rapido. Solo el inicio ya me vendio, pero el relato supero todo lo que esperaba.

CuentoFan99

Una segunda parte seria un regalo jaja. Excelente!!

fanaticoLector

Me gusto mucho el ritmo, no se hace pesado en ningun momento. Muy buen trabajo

Romi_Gdl

Me recordo a un cuento que lei hace tiempo pero este es mejor, mas creible. Saludos desde guadalajara!

NocheProfunda44

Que escena!! muy bien construido el ambiente desde el principio. Se viene parte 2?

SEXOLOGO

Excelente manejo de la tension. Rara vez un relato logra eso con tan pocas palabras. Felicidades.

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