La nueva estudiante que quería probar mi sumisión
La reputación, como el humo de cigarrillo en un pasillo cerrado, acaba filtrándose por todas las rendijas. En la facultad, las rendijas eran los mensajes en grupos de WhatsApp que yo nunca veía, los susurros entre clases, las miradas que se cruzaban cuando alguien le preguntaba algo a otro con demasiada discreción. Llevaba tres meses dentro de ese sistema, y lo que había empezado como algo privado y casi inimaginable ahora tenía estructura, horario y tarifa fija.
Mi Ama lo había organizado todo con la precisión de alguien que piensa antes de ejecutar. Las dos horas de pausa del mediodía eran el marco. El espacio era el área techada detrás del polideportivo, donde los árboles formaban una pantalla natural y el tráfico de estudiantes era mínimo. Los chicos que ella había designado como encargados actuaban como filtro y garantía de orden: cobraban antes de cualquier encuentro, regulaban los tiempos, mantenían la discreción por encima de todo. La tarifa era lo que costaba el menú del día en la cafetería de la facultad. Una cantidad que cualquiera podía justificar en sus gastos sin que nadie preguntara.
Mi Ama me lo había explicado desde el principio: no se trataba del dinero. El dinero era una convención, una manera de formalizar algo que de otro modo se volvería caótico. De lo que se trataba era de demostrar algo. De ver hasta dónde llegaba mi obediencia y hasta dónde estaba dispuesta a llegar la demanda.
En los primeros días, caminar hacia ese lugar me costaba. Sentía el estómago pesado, las piernas lentas, algo parecido al pánico mezclado con una anticipación que no sabía cómo nombrar. Con el tiempo, eso cambió. Ahora era más parecido a lo que imagino que siente un actor antes de salir al escenario: tensión, sí, pero también una concentración que lo ordena todo.
Era jueves. Hacía frío, ese frío de finales de noviembre que ya no duda en quedarse. Me había puesto la falda que mi Ama había elegido para esa semana, sin ropa interior, como era costumbre. Sin el vibrador que había llevado en semanas anteriores: mi Ama había decidido que era una distracción para el trabajo, que el trabajo requería presencia total. Caminé por el lateral del edificio B con la mochila al hombro y los ojos en el suelo, sin cruzar miradas con nadie.
Mis dos primeros clientes de ese día eran chicos de cuarto año, caras que ya me resultaban familiares de una forma impersonal. La rutina estaba establecida: yo me arrodillaba en el suelo de cemento frío, ellos se situaban frente a mí, y la cosa seguía su curso rápido y directo. Sin palabras innecesarias. Sin contacto visual prolongado. Ellos terminaban, se arreglaban la ropa y se marchaban. Yo me quedaba arrodillada un momento, con la vista baja, hasta que llegara el siguiente o los encargados me indicaran que había terminado.
Era una transacción funcional. Lo que sentía durante y después era más complicado de describir: no era degradación exactamente, porque la degradación implica resistencia, y yo no resistía. Era algo más parecido a la rendición, a la entrega consciente de algo que en cualquier otro contexto habría protegido con fuerza.
Cuando los dos primeros se fueron, Tomás, uno de los encargados, se acercó.
—Hay una nueva —dijo, con la economía de palabras que lo caracterizaba—. Chica. Quiere algo distinto a los otros. Dice que es amiga de Carmen, la que estaba en la fiesta de octubre. Valeria ya la aprobó. Cobra el doble de la tarifa normal.
Asentí despacio. El corazón me dio un vuelco lento y pesado.
Una clienta. Una chica. Y que quería «algo distinto».
Tomás no elaboró más. No era su estilo.
***
Apareció tres minutos después, caminando entre los árboles con las manos en los bolsillos de su sudadera. Era bajita, con el pelo negro azulado cortado a la altura del mentón y dos piercings finos en la ceja izquierda. Llevaba unas zapatillas de lona blanca muy gastadas por las puntas y una mirada que no era de deseo, sino de evaluación. Me miró de arriba abajo con la cabeza ligeramente ladeada, como si estuviera leyendo algo escrito en letra pequeña.
—Así que eres tú —dijo con voz tranquila, casi suave—. La que obedece.
No respondí. Con los chicos, sabía exactamente lo que venía, el orden preciso de las cosas. Con ella, no sabía dónde poner las manos ni qué esperar.
—Arrodíllate —dijo.
No fue una petición. Tenía el tono de alguien que acaba de decidir algo y lo comunica sin necesidad de dramatismo. Me arrodillé en el suelo sin pensarlo dos veces.
Se acuclilló frente a mí, me tomó la barbilla con dos dedos y me levantó la cara hacia la suya. Sus ojos eran de un marrón claro, casi dorado a esa hora del día, y me miraban sin parpadear.
—Carmen me contó bastante sobre ti —dijo en voz baja—. Quiero comprobar si exagera o si dice la verdad.
Olía a jabón neutro y a aire frío. Sentí su aliento rozarme la cara cuando habló.
—Lo que quiero es sencillo —continuó, incorporándose con calma—. Me vas a lamer los pies. Primero los pies. Luego, si estoy satisfecha, el interior de mis zapatillas.
Tardé un segundo en procesar la instrucción. No por rechazo, sino porque el cuerpo necesita a veces ese instante para organizar lo que viene.
—¿Algún problema? —preguntó. Ahora sí había algo filoso debajo de la calma.
—No —respondí—. Ninguno.
Se sentó en el banco de madera que había contra la pared del polideportivo, se desató la zapatilla derecha con movimientos lentos y deliberados, y se la quitó. Luego el calcetín. Su pie era pequeño, con las uñas pintadas de un burdeos casi negro. Me lo extendió sin ceremonia.
Me incliné.
La piel estaba fría por el aire de noviembre y sabía a tela y a exterior, a algo limpio y concreto. Pasé la lengua por el empeine despacio, siguiendo el arco del pie hasta llegar a la base de los dedos. Ella no hizo ningún sonido. Tenía el brazo apoyado en el respaldo del banco, mirándome desde arriba con una calma que me resultaba más difícil de sostener que cualquier otra cosa que hubiera enfrentado antes.
Rodeé el dedo gordo con la lengua. Luego el siguiente. Llegué al meñique, donde llevaba un anillo de plata muy fino, y sentí el metal frío en los labios. El sabor era real, sin filtros, sin la distancia que a veces pongo entre lo que hago y lo que proceso. Era ella, directa, sin mediación posible.
El calor que empezó en el estómago bajó despacio.
—El otro —dijo.
Repetí el proceso con el pie izquierdo, con más calma esta vez, como si el primer pie hubiera sido el ensayo y este fuera la ejecución real. Pasé la lengua entre los dedos uno por uno, sintiendo cómo su respiración se volvía un poco más pausada aunque siguiera controlando la expresión de la cara. No quería darme la satisfacción de reaccionar. Eso también era dominación.
—Bien —dijo al fin—. Ahora las zapatillas.
Me pasó la primera. Era de lona blanca, muy gastada en los laterales, con la plantilla hundida por el uso y los bordes internos desgastados por años de roce diario. El olor fue lo primero: fuerte, concentrado, una mezcla de sudor, tela y ella. Directo y sin posibilidad de error.
Miré hacia Tomás un instante. Él asintió con un gesto breve, sin mirarme a los ojos.
Me llevé la zapatilla a la cara y metí la lengua en el interior. La tela áspera raspó el paladar. El sabor era intenso y desnudo, sin posibilidad de distancia. Sentí que las mejillas me ardían. Y al mismo tiempo, y esto era lo que me resultaba más difícil de ordenar en la cabeza, sentí que la humedad entre mis piernas respondía con una claridad que no admitía interpretación.
La humillación no me cerraba. Me abría.
—Despacio —dijo ella—. Que se vea que lo estás haciendo bien.
Pasé la lengua por toda la plantilla con lentitud, siguiendo cada costura, cada zona desgastada. Cuando terminé, me tendió la segunda zapatilla en silencio. La trabajé de la misma manera, con la misma atención, mientras ella me observaba con los brazos cruzados y esa calma que era la forma más eficiente de dominar que había encontrado hasta ese momento: no la rabia, no el grito, sino la expectativa quieta y sostenida.
Cuando acabé, hubo un silencio largo. El viento movía las ramas de los árboles del fondo. Alguien cruzó por el otro lado del edificio sin verme.
—De pie —dijo ella al fin.
Me incorporé. Las rodillas me temblaban levemente, y no era de miedo.
Dio un paso hacia mí, sin pausas. Metió la mano bajo mi falda con un gesto directo y encontró lo que había allí sin sorpresa. Sus dedos se detuvieron un momento, registrando.
Sonrió entonces, por primera vez, con una sonrisa genuina que no tenía nada de cruel.
—Carmen no exageraba —dijo, retirando la mano y mirándosela un instante—. Eres buena inversión.
Se volvió hacia Tomás, sacó un billete doblado del bolsillo de la sudadera y se lo pasó. Él lo contó, asintió. Todo en silencio, con la eficiencia de algo que ya tenía protocolo.
—Quizás vuelva —le dijo a él, como si yo no estuviera presente—. Depende de cómo me sienta.
Se puso las zapatillas de nuevo, se las ató sin prisa, y desapareció entre los árboles sin volver la cabeza.
***
Mi Ama llegó diez minutos después, cuando los encargados ya estaban guardando el dinero del día. Me evaluó con esa mirada rápida que lo abarcaba todo en un segundo.
—¿Cómo fue?
—Bien —respondí.
Tomás intervino sin que se lo pidieran:
—La mejor propina de toda la semana. La chica dijo que quizás repite.
Mi Ama asintió con una satisfacción que era casi matemática. Me puso la mano en la nuca un momento, breve y firme.
—Lo sabía —dijo—. Ya eras buena. Ahora también eres completa.
Recogí mis cosas en silencio. Tenía el sabor de las zapatillas de Iris todavía en la lengua. Las mejillas me ardían todavía. Y alguna parte de mí, la parte que mi Ama había ido construyendo con paciencia desde el principio, se sentía extrañamente entera.
No era orgullo en el sentido habitual de la palabra. Era otra cosa más difícil de nombrar: la satisfacción de haber actuado bien en terreno desconocido, ante alguien nuevo, con una petición que no había anticipado. De haber respondido como lo que mi Ama decía que era: no solo obediente por costumbre, sino adaptable por algo que iba más allá de la obediencia.
Caminé de vuelta hacia el edificio B con la mochila al hombro, entre los grupos de estudiantes que regresaban de la cafetería. Nadie me miraba diferente. Nadie preguntaba nada. El campus seguía su ritmo habitual, ajeno a todo.
Esa también era una de las reglas del sistema que mi Ama había construido: el silencio era la moneda más valiosa, más que la tarifa y más que cualquier propina.
Y yo, por encima de todo, sabía guardar silencio.
Me pregunté si Iris volvería. Y me pregunté, también, qué pediría si lo hacía.
No era miedo lo que sentía al pensar en eso. Era algo muy parecido a la anticipación con la que caminaba al polideportivo cada mediodía: nerviosa, sí. Pero lista.