Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Él perdió el control antes de que llegara el postre

Habíamos elegido ese restaurante por recomendación de una amiga de Rodrigo: un local en el centro histórico que presumía de cocina de autor sin el precio desorbitado que suele acompañar a esa expresión. La reserva la había hecho él con semanas de anticipación. Era nuestro primer aniversario, y quería que fuera memorable.

No sabía lo memorable que iba a ser.

Me había tomado mi tiempo para vestirme esa noche. Un vestido negro de seda fina que se acomodaba en la cintura y caía libre por las caderas, medias transparentes con costura en la parte posterior, y unos stilettos de aguja fina que me ponía solo en ocasiones especiales porque caminar más de dos horas con ellos era una forma de masoquismo que prefería evitar. Esa noche valía la pena.

Rodrigo me recogió puntual, me miró de arriba abajo con esa expresión que conozco bien, la que me gustaba provocar, y no dijo nada. Solo me abrió la puerta del auto.

Eso también me gustaba.

El restaurante estaba en un semisótano: escalones de piedra, techo bajo con vigas de madera oscura, iluminación tenue que convertía cada mesa en un mundo propio. Nos sentaron al fondo, contra la pared, casi aislados del resto del comedor. El asiento era un banco corrido de cuero oscuro que rodeaba la mesa en forma de U, de modo que quedamos uno frente al otro con la mesa entre nosotros y la pared como escudo por los lados.

La cena empezó tranquila. Pedimos vino, compartimos la entrada, hablamos de cosas que importan y de cosas que no importan en absoluto pero que, cuando las dices mirando a alguien a los ojos, adquieren un peso que no tenían antes.

Rodrigo tenía esa manera de escuchar que resultaba desconcertante: completamente presente, sin el teléfono sobre la mesa, sin mirar por encima de mi hombro. Cuando hablaba conmigo era como si el resto del local no existiera. Durante el primer mes de relación pensé que era una táctica. Con el tiempo entendí que era simplemente él.

Eso también era un problema.

A medida que avanzó la cena, las miradas se fueron alargando. Sus dedos rozaban los míos cada vez que pasaba la fuente de pan. El vino hizo lo que hace el vino: suavizó los bordes de todo. Cuando llegaron los platos principales, yo ya llevaba veinte minutos pensando en algo que no tenía nada que ver con la comida.

Lo decidí sin deliberarlo demasiado.

Me quité el tacón derecho por debajo de la mesa, despacio, sin apartar los ojos de él. Rodrigo seguía hablando. Yo asentí como si escuchara y extendí la pierna.

Lo encontré sin dificultad. Empecé por la pantorrilla, subiendo con lentitud, sintiendo cómo el tejido de su pantalón cambiaba de textura a medida que ascendía. Él no interrumpió la frase. Terminó lo que estaba diciendo, tomó un sorbo de vino, y después me miró.

Ahí estaba esa expresión. La que buscaba.

—¿Estás bien? —preguntó, con una calma que no era exactamente calma.

—Perfectamente —respondí.

Seguí subiendo.

Cuando llegué a su entrepierna lo noté de inmediato: la respuesta fue rápida, directa, sin ambigüedad posible. Empecé a presionar con la planta del pie, con movimientos circulares y lentos, sintiendo cómo crecía bajo la tela. Su mandíbula se apretó apenas. Sus manos se quedaron quietas sobre la mesa.

Eso era lo que me interesaba: mantenerlo así, justo al borde del control, sin cruzarlo todavía.

Me quité el otro tacón. Con los dos pies libres podía trabajar mejor. Lo rodeé entre las plantas, ajustando la presión, y comencé a moverme. Arriba y abajo, despacio. La seda de las medias hacía el contacto suave y cálido al mismo tiempo, y noté cómo cambiaba la textura bajo mis pies: cada detalle, cada milímetro, cada latido.

Rodrigo se desabrochó el pantalón por debajo de la mesa. No lo anunció, no preguntó. Lo hizo y punto. Me gustó eso.

—Alguien podría vernos —dijo en voz baja.

—Nadie nos está mirando —respondí.

—¿Y si aparece la mesera?

—Entonces seguiré sonriendo y tú intentarás no hacer el ridículo.

Ese leve movimiento de su garganta al tragar. Eso era exactamente lo que quería.

Mantuve el ritmo constante, sin prisas, explorando con los pies lo que me interesaba encontrar. El calor que desprendía era intenso. La humedad que comenzaba a acumularse en la tela de las medias hacía que el deslizamiento fuera cada vez más fluido, y cada nuevo ajuste de presión arrancaba de él una respiración apenas contenida.

Yo comía.

No es que tuviera hambre, pero comer me permitía mantener la postura correcta, aparentar normalidad, y sobre todo, hacer exactamente lo que estaba haciendo: controlar el ritmo sin que nadie pudiera leerlo en mi cara.

El restaurante seguía su marcha habitual. Una pareja mayor a tres mesas de distancia debatía en susurros sobre algo que ninguno de los dos cedería. Cerca de la entrada, un hombre solo leía en su teléfono mientras esperaba la cuenta. La música era discreta, sin llamar la atención.

Nadie miraba nuestro rincón.

Rodrigo tenía una mano apoyada en el borde de la mesa. La otra había desaparecido hacia abajo, aunque no hacía falta: yo me encargaba de todo. Sus nudillos se habían puesto blancos.

—Vas a hacerme pasar un momento muy complicado —murmuró.

—Ese es exactamente el plan —dije.

***

Entonces llegó la mesera.

Apareció por el lado izquierdo, con esa eficiencia tranquila del personal bien entrenado, y preguntó si nos apetecía ver la carta de postres.

No pausé. Mis pies siguieron moviéndose exactamente igual, quizás un poco más despacio pero sin detenerse, mientras alzaba la vista hacia ella con la expresión de alguien que solo estaba pensando en los postres.

—La verdad es que estamos un poco cansados —dije—. ¿Podrías envolvernos lo que queda para llevar?

La mesera sonrió, asintió, y comenzó a recoger los platos.

Rodrigo mantuvo los ojos sobre la mesa. Su respiración era controlada pero demasiado consciente, como cuando uno sabe que no puede permitirse el menor movimiento involuntario. Le vi el tendón del cuello marcado, la mandíbula apretada, la columna rígida.

En cuanto la mesera se alejó, aceleré.

Sabía que teníamos poco tiempo: empaquetar, imprimir la cuenta, regresar. Cinco minutos como máximo, probablemente menos. Subí el ritmo, apretando más, deslizando desde la base hasta la cabeza con movimientos precisos, sintiendo cómo respondía cada vez con mayor urgencia.

—Mírame —le dije.

Lo hizo.

—Quiero que te corras ahora.

Su cuerpo obedeció antes de que pudiera procesar la instrucción. Sentí el primer chorro cálido contra la planta del pie derecho, luego otro que se extendió por el empeine y se filtró entre los dedos a través de la seda. Sus labios no emitieron ningún sonido, pero sus ojos dijeron todo lo que necesitaba saber.

Bajé los pies cuando escuché los pasos de la mesera regresando.

La cuenta llegó junto con las bolsas. Pagamos. Nos limpiamos lo mejor que pudimos con las servilletas de lino mientras ella buscaba el terminal de cobro. Rodrigo se abrochó el pantalón con movimientos deliberados, sin mirarme, con esa compostura forzada que ya conocía y que me resultaba más interesante precisamente por el esfuerzo que le costaba mantenerla.

***

Al salir, el aire de la calle era frío y limpio después del calor del restaurante. Caminé con los tacones en la mano, los pies dentro de unas medias que ya no eran del todo limpias, notando el adoquín bajo las plantas.

Rodrigo caminó a mi lado sin decir nada durante casi una manzana entera.

Luego se detuvo.

—¿Sabes lo que acabas de hacer? —preguntó.

—Sí —dije.

—Y lo hiciste a propósito.

—También.

Me miró un momento. Después retomó el paso hacia donde estaba el auto.

El trayecto hasta su apartamento fueron veinte minutos que se hicieron largos de una forma concreta y medible. Rodrigo conducía concentrado, con ambas manos en el volante, sin música. Yo miraba la calle desde el asiento del copiloto con los tacones en el regazo y los pies descalzos apoyados en el salpicadero.

El silencio entre nosotros no era incómodo. Era anticipatorio. Esa clase de silencio que no necesita llenarse porque ya contiene todo lo que va a pasar después.

Pensé en lo que había sentido al tenerlo así, completamente a merced del ritmo que yo marcaba, incapaz de hacer nada más que aguantar. Había algo en esa imagen —él intentando mantener la compostura mientras la mesera recogía los platos, los nudillos blancos sobre la mesa, los ojos fijos en los míos con esa mezcla de súplica y rendición— que me resultaba más satisfactorio que cualquier otra cosa que hubiera pasado esa noche.

El control no siempre es ruidoso. A veces es silencioso y lleva medias de seda y ocurre en el rincón más oscuro de un restaurante mientras alguien a tres mesas de distancia sigue discutiendo sobre algo que no importa.

***

Cuando llegamos al edificio, él buscó las llaves sin prisa. Yo me puse los tacones en la entrada, apoyándome en su hombro para abrocharlos, y noté cómo su mano se posó en mi cintura.

—Adentro —dijo, en voz baja.

—¿Eso es una orden?

Una pausa breve.

—Una sugerencia muy firme.

Sonreí.

—Mejor así.

El apartamento de Rodrigo era exactamente como él: ordenado sin ser aséptico, con libros en los lugares donde la mayoría pondría decoración, y esa luz cálida de lámparas de pie que convertía cualquier espacio en algo parecido a un refugio.

No llegamos a la habitación de inmediato.

Me empujó suavemente contra la pared del pasillo en cuanto cerró la puerta. Sus manos encontraron el cierre del vestido antes de que yo dijera nada, y lo bajó con esa lentitud deliberada que sabía perfectamente lo que hacía conmigo. Cuando el vestido cayó al suelo, me quedé con las medias y los tacones puestos.

Me miró.

—Déjatelos —dijo.

No era una pregunta.

Esta vez dejé que él tomara el control. Después de lo que había pasado en el restaurante, tenía cierta deuda, y yo era la primera en reconocerlo. Sus manos recorrieron las medias desde los tobillos hacia arriba, notando cada centímetro con una atención que me hizo arquear la espalda sin buscarlo.

Esa noche el equilibrio cambió varias veces. Yo lo tenía cuando entramos, él lo fue recuperando por partes, y hacia el final ya no importaba quién llevaba qué porque lo único que existía era el calor de su cuerpo contra el mío y ese punto exacto donde dejas de pensar y empiezas a sentir.

***

Mucho después, tumbados en la oscuridad, Rodrigo habló.

—La mesera sabía lo que estaba pasando.

—No lo sabía —dije.

—Tenía esa cara.

—Tenía cara de querer terminar su turno. Que es muy diferente.

Un silencio.

—La próxima vez —dijo— voy a elegir yo el restaurante.

—¿Y eso qué cambia?

—Nada. Pero me parece justo tener voto en la elección del escenario.

Me reí. Era la primera vez que me reía desde que habíamos salido del local, y me di cuenta de que lo había necesitado sin saberlo.

—De acuerdo —dije—. Tú eliges el restaurante.

—Bien.

—Pero lo demás lo decido yo.

No respondió de inmediato. Luego:

—Eso ya lo daba por supuesto.

Valora este relato

Comentarios (9)

RositaK

Excelente!!! me encanto, que bueno que lo publicaron

LectorNocturno99

Necesito la segunda parte, no puede quedar asi. me dejo con ganas de mas

AndreaCba

Me encanto como construye la tension. Se siente real sin ser exagerado. Sigue publicando!

Fede1993

Uff tremendo como arranca esto, ya estaba enganchado desde el primer parrafo

GabyBaires

jaja me lo mande a una amiga y se volvio loca tambien

NocheRoja7

hay continuacion? el final me dejo con la intriga

Sandra_noche

Dios mio!!! que buenisimo, lo lei de un tiron

TeoGutierrez

Se hizo corto, queria leer mas. La forma en que esta narrado te mete dentro de la historia desde el principio. Espero que haya segunda parte pronto

Rocko

jajaja el titulo lo dice todo. tremendo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.