Carmen volvió a casa antes de lo esperado
Los jueves por la noche tenía la casa para mí solo. Carmen salía a cenar con sus amigas, ese ritual sagrado que no fallaba nunca. Rosa, la chica que nos ayudaba con el piso, tenía libre hasta el viernes. Era la ventana perfecta, esa combinación semanal de soledad, y la había aprovechado durante meses con una ritualidad que no le había contado a nadie.
Esperé a oír el coche de Carmen alejarse por la calle. Luego subí las escaleras sin encender todas las luces.
Me llamo Rodrigo, tengo cincuenta y ocho años, y dirijo una empresa de construcción que va bien. La calvicie ya no me la discuto desde los cuarenta y cinco, y la barriga lleva sus años instalada donde está. Carmen, dos años menor que yo, sigue siendo una mujer que hace que uno gire la cabeza: morena, generosa en las curvas, con esa manera de moverse que todavía me producía algo cuando entraba en una habitación. Pero hacía años que apenas nos tocábamos. Y eso ya casi no me importaba, porque los jueves por la noche tenía mis propias ocupaciones.
Entré en la habitación de Rosa y encendí solo la lamparilla de la mesilla. El cuarto olía a su perfume barato, ese que compraba en el supermercado, y que a mí me producía una reacción que no podía explicar ni quería intentar.
Abrí el segundo cajón de la cómoda. Las braguitas de Rosa estaban dobladas con esa meticulosidad suya: algodón blanco, unas de encaje rosa, otras más prácticas. Saqué unas de algodón color crema que reconocí porque las había visto tendidas esa misma semana. Me las llevé un instante a la nariz, cerré los ojos, y luego me quité toda la ropa.
El sujetador de Rosa era demasiado pequeño para mi torso, pero me lo puse igualmente. Las braguitas apenas contenían mi erección. Me miré en el espejo del armario y vi lo que veía siempre: algo completamente ridículo y completamente excitante a la vez.
Saqué el dildo del fondo del cajón. Era grande, de silicona negra, con una ventosa en la base. Lo había encontrado una tarde por accidente meses atrás y desde entonces formaba parte del ritual. Pegué la ventosa al lateral del armario a la altura adecuada, me unté el ano con la crema que llevaba en el bolsillo de la chaqueta para esto exactamente, y me coloqué de espaldas al consolador.
Me até los tobillos con una media de Rosa. Con la otra me aseguré las muñecas por delante, dejando los dedos lo suficientemente libres para lo que vendría después.
Empujé despacio hacia atrás.
—Joder… —murmuré cuando la cabeza gruesa cruzó la resistencia inicial.
Empecé a moverme. Primero despacio, acostumbrándome al peso y la presión, luego con más ritmo. Mis caderas encontraron el ángulo que buscaban. La ventosa crujía levemente contra el armario. Mi propia respiración, entrecortada, llenaba el silencio de la casa de una forma que siempre me parecía irreal.
Cerré los ojos.
Imaginé que no estaba solo. Que alguien me observaba. Que alguien me llamaba por mi nombre de una manera que no tenía nada de cariñosa.
Por eso no oí el coche en la calle.
Por eso no oí la puerta del garaje.
Lo que sí oí, cuando ya era demasiado tarde para cualquier cosa, fueron los pasos en la escalera.
***
Me quedé paralizado. El dildo enterrado hasta el fondo, las manos cruzadas torpemente sobre la ingle, los ojos abiertos mirando la puerta.
—¿Rodrigo? ¿Estás arriba?
La voz de Carmen. Clara, ligeramente extrañada por la luz que asomaba bajo la puerta equivocada.
No me dio tiempo a nada. La puerta se abrió.
Carmen entró con el bolso todavía en la mano y se quedó en el umbral. Tardó un segundo en procesar lo que veía: su marido, atado de pies y manos, en ropa interior que no era la suya, con un dildo clavado entre las nalgas, la cara encendida de vergüenza y excitación.
El silencio se extendió como algo físico entre los dos.
No encontré ninguna palabra que tuviera sentido. Mi respiración, entrecortada y ridícula, era el único sonido de la habitación.
Carmen me miró de arriba abajo con una lentitud calculada. Las braguitas de algodón crema, demasiado pequeñas para mí. El sujetador que me marcaba los costados. El dildo grueso que desaparecía entre mis nalgas. Y esa expresión en mi cara que ella reconoció sin dificultad.
Una sonrisa lenta cruzó su boca. Una sonrisa que no le había visto antes.
—Vaya —dijo en voz baja, entrando en la habitación y cerrando la puerta detrás de ella—. Así que esto es lo que haces mientras yo estoy cenando.
—Carmen, escucha, esto no es lo que parece…
—No. —Su voz no era dura. Era algo peor: divertida—. No me expliques nada. Sigue.
—¿Cómo que siga?
—Que sigas moviéndote. Quiero verlo.
Mis caderas obedecieron antes de que mi cabeza tomara ninguna decisión. Se movieron, lentas y avergonzadas, mientras Carmen cruzaba los brazos y me observaba.
—Más —ordenó ella.
Obedecí. Un gemido corto se me escapó de la garganta.
Carmen se acercó despacio, los tacones marcando cada paso en el suelo de parquet. Se detuvo frente a mí y me levantó la barbilla con dos dedos.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?
—Meses.
—¿Todos los jueves?
Asentí.
—Bien —dijo Carmen, y en esa sola palabra había algo que no le había escuchado en mucho tiempo—. Entonces ya sé cómo vamos a pasar esta noche.
***
Carmen se sentó en la cama de Rosa con la espalda recta y las piernas cruzadas, como quien toma asiento para ver una función.
—Más rápido —dijo—. Y mírame mientras lo haces.
La miré. Era difícil mantener los ojos abiertos con la concentración repartida entre la vergüenza y la sensación que me recorría la espina. Moví las caderas con más fuerza y me arranqué un quejido que resonó en las paredes.
—Así —dijo Carmen—. Así es como me gusta verte.
Sacó el móvil del bolso. Vi el gesto y algo en mi estómago se apretó.
—No, Carmen…
—Que no qué. —No era una pregunta. Cerré la boca.
Marcó un número. Escuché los tonos como si vinieran de muy lejos.
—Marcos, soy yo. —Una pausa—. Necesito que vengas a casa ahora mismo. No, escucha, no es broma. Mi marido está en la habitación de Rosa, atado, vestido con su ropa interior, follándose un dildo enorme. —Otra pausa, durante la que oí una carcajada al otro lado de la línea—. Sí. Exacto. Ven cuando puedas. Te espero.
Colgó y me miró con esa sonrisa que ya no tenía nada de inocente.
—Marcos tiene cuarenta minutos de distancia. Pero llega rápido cuando tiene motivos.
—¿Quién es Marcos?
Carmen inclinó la cabeza ligeramente.
—Un amigo. Uno que lleva dos años siendo muy atento conmigo los jueves por la noche, mientras tú estabas ocupado con tus cosas.
Procesé eso despacio. Y en lugar del golpe de rabia que esperaba, lo que sentí fue otra cosa completamente distinta.
—Sigue moviéndote —dijo Carmen—. No te he dicho que pares.
***
Carmen se recostó en la cama de Rosa, se subió el vestido hasta la cintura y se masturbó despacio mientras me observaba. No hacía teatro de ello. Era una mujer que encontraba placer en lo que tenía delante, y lo que tenía delante era yo: atado, vestido con la ropa interior de otra mujer, follándome solo con un consolador mientras ella decidía qué hacer con todo eso.
—Qué raro eres, Rodrigo —dijo entre jadeos, sin hostilidad, casi con ternura—. Qué raro eres y qué bien lo estás pasando.
Tenía razón en las dos cosas.
Marcos llegó en treinta y cinco minutos.
Era un hombre corpulento, de pelo entrecano, con esa seguridad física de quien ha ocupado siempre espacio sin pedirle permiso a nadie. Entró en la habitación y se quedó parado en el umbral mirando la escena: yo, atado y sudado, todavía en movimiento con las caderas, las braguitas de Rosa manchadas de humedad, el dildo oscuro entre mis nalgas.
Se rio. Una carcajada breve y genuina.
—Vaya noche me tenías preparada, Carmen.
—¿Te decepciona?
—Para nada. —Marcos se acercó y me estudió sin prisa—. ¿Esto te gusta de verdad o te están forzando?
Tardé en contestar.
—Me gusta —admití en voz baja.
—Entonces no hay problema ninguno.
Marcos se desabrochó el cinturón sin prisa. Carmen se incorporó de la cama y se acercó a él con esa familiaridad que solo da el tiempo. Le puso una mano en el pecho y lo miró.
—Primero tú y yo —dijo—. Y él mira.
—Y luego —dijo Marcos, mirándome— ya veremos.
Carmen se quitó el vestido. La miré desde mi posición inmóvil, atado, con el dildo clavado y las manos cruzadas. Hacía mucho tiempo que no la veía así, sin la negociación tácita que nuestros cuerpos habían requerido en los últimos años. Marcos la tenía con la naturalidad de quien conoce un cuerpo de memoria: sabía dónde poner las manos, sabía cuándo ir despacio y cuándo no.
Carmen se tumbó en la cama de Rosa y abrió los brazos.
Marcos se colocó encima de ella.
Observé cómo la penetraba, cómo ella arqueaba la espalda y soltaba un sonido que reconocí como completamente auténtico. No el que me regalaba en las pocas veces que todavía nos acostábamos. Este era distinto: más hondo, más suelto. Mis caderas siguieron moviéndose solas, lentas, mientras miraba a mi mujer con los ojos de alguien que, por primera vez en mucho tiempo, estaba viendo algo real.
—¿Lo estás viendo bien? —preguntó Carmen entre jadeos, girando la cabeza hacia mí.
—Sí.
—¿Y qué te parece?
Tardé un segundo.
—Que nunca os había visto así.
Carmen sonrió sin dejar de moverse.
—Porque nunca nos habías mirado de frente.
***
Cuando Marcos terminó, se levantó de la cama con calma. Se giró hacia mí y me evaluó un momento.
—¿Sigo con el dildo o prefieres algo diferente? —preguntó sin sarcasmo. Era una pregunta genuina.
Respiré hondo.
—Algo diferente.
Marcos se colocó detrás de mí. Carmen se arrodilló frente a mí y me tomó la cara entre las manos.
—Dime que quieres esto —dijo en voz baja.
—Lo quiero.
—Dilo con palabras.
—Quiero que Marcos me folle mientras tú me miras.
Carmen me besó en la frente. Como si esa confesión fuera lo más natural del mundo.
Marcos entró despacio, con una atención que yo no esperaba. Fue distinto a todo lo que había imaginado durante esos meses de jueves solitarios: más lento, más concreto, más presente. Solté un sonido que no supe clasificar, algo entre el dolor y el alivio de una tensión guardada demasiado tiempo.
—Respira —dijo Marcos.
Respiré.
Carmen me sostuvo la cara entre las manos mientras Marcos empujaba. Me miraba a los ojos. No con lástima ni con asco ni con ese distanciamiento al que me había acostumbrado. Me miraba como quien mira a alguien que acaba de revelar algo verdadero.
—Estás bien —dijo en voz baja.
Y tenía razón.
***
Mucho después, los tres quedamos tendidos en el suelo con la espalda apoyada contra el lateral de la cama de Rosa. La lamparilla seguía encendida. Nadie tenía prisa por moverse.
Carmen apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Cuánto tiempo llevas guardando todo esto? —preguntó.
—No sé. Mucho.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Tardé en contestar.
—Porque no sabía cómo ibas a reaccionar.
Carmen no respondió durante un rato. Luego:
—Yo tampoco sabía que me iba a excitar tanto verte así.
Marcos, desde el otro lado, soltó una risa suave.
—Esto tiene solución, entonces.
La habitación de Rosa quedó en silencio. El olor de los tres se mezclaba con el perfume barato de ella, ese que había desencadenado todo meses atrás. Por primera vez en mucho tiempo, ninguno de nosotros había tenido que fingir nada.
—Mañana viene Rosa —dije finalmente, mirando el cajón abierto de la cómoda con las braguitas revueltas.
Carmen se incorporó ligeramente.
—Habrá que dejar todo como estaba.
—O —dijo Marcos— hablar con ella.
Cerré los ojos.
La noche, pensé, todavía no había terminado del todo.