El catálogo donde elegí a mi esclava
Le habían hablado muy bien de aquel negocio: un catálogo enorme donde elegir, con opciones para todos los gustos. Desde lo más corriente hasta lo más extremo, personas que no destacarían en una calle cualquiera y también esos físicos que hacen girar todas las cabezas. Adriano no buscaba nada despampanante. Le bastaba con alguien a quien usar cuando quisiera y como quisiera.
Estaba cansado de pagar por servicios que lo dejaban satisfecho pero vacío. Quería algo más, dar rienda suelta a todas sus fantasías sin pedir permiso. Siempre había sido un hombre atractivo, con cierto éxito en sus conquistas y una buena vida sexual, pero a sus cincuenta y tantos años ya no le veía sentido a seguir en ese juego. Estaba de vuelta de demasiadas cosas.
Tenía unos ojos grises que llamaban la atención detrás de unas gafas rectangulares. Pelo rubio oscuro, piel morena con pecas, complexión corpulenta de alguien que cuida su cuerpo. Cuando entró en el recibidor, la asistente le dedicó toda su atención al instante.
Llevaba un uniforme sobrio pero estudiado: una camisa blanca bajo la que se transparentaban sus pechos, cubiertos con unas pezoneras que reproducían el logo de la empresa, una luna negra. Falda de cuadros corta, zapatos negros, un moño bien apretado y una gargantilla con la misma marca en plata. Apenas maquillaje, el justo para tener buena cara. Su trabajo no era poner cachondo a nadie, sino atender con profesionalidad, aunque más de un cliente se alteraba al verla.
—Buenos días, caballero. ¿Tiene cita?
—Buenos días. Sí, tengo cita.
Cualquiera diría que él hacía aquello a diario. Se le notaba tranquilo, expectante, sin rastro del nerviosismo que solían arrastrar otros. Ni siquiera dejaba ver la impaciencia que tenía por elegir a su esclava y empezar a disfrutarla. Respiró hondo y percibió un aroma a dama de noche que impregnaba la estancia. Qué bien huele.
—¿Me da sus iniciales, por favor? No es cliente habitual, ¿cierto?
—No. A. V. R.
—Aquí está. Qué puntual. —La recepcionista sonrió—. Tome, le dejo el catálogo. Pase a la Sala 1, al fondo a la derecha. Enseguida estoy con usted. Póngase cómodo, puede servirse algo del minibar.
Cogió el catálogo, un libreto negro con bordes dorados, rozando los dedos de la mujer, que ni se inmutó. Avanzó hasta la Sala 1.
***
Era una estancia de luz cálida, con una mesa y dos butacas enfrentadas, cada una con su propia pantalla. Un humidificador difundía el mismo perfume del recibidor. Un ventanal daba a un patio interior de plantas verdes y frondosas. A un lado, el minibar; al otro, un espejo redondo sobre una pared empapelada. El suelo, moqueta neutra. Un espacio sorprendentemente acogedor.
Adriano se sirvió agua con gas en un vaso con hielo y lima y se sentó en la butaca de la clientela. Empezó a pasar páginas. El catálogo se dividía en hombres y mujeres, ordenado por edades —de los veinte a los sesenta, fuera de ese rango no trabajaban— y por fenotipo. Un escaparate centrado en lo superficial. Para él esos detalles contaban, pero había otras cosas que le interesaban más.
Enseguida se abrió la puerta. La recepcionista pulsó un botón que insonorizó el ambiente y dejó correr un hilo musical neutro.
—Me llamo Camila, un placer. —Le tendió la mano y él la estrechó—. Si tiene cita ya conoce lo básico de cómo trabajamos, así que le doy los detalles mientras relleno el formulario con sus preferencias. ¿Necesita algo antes de empezar?
—Encantado. Todo bien, me gustaría ir al grano. —Una mamada no estaría mal, Camila, pensó, pero no abrió la boca. Aquella mujer no parecía receptiva a nada parecido.
—Los precios son similares en todas las sumisas que tenemos, con variaciones según extras o características especiales. Por supuesto, son personas reales, así que no garantizamos que, ya en su propiedad, la relación tome un rumbo concreto. Siempre puede ingresarla unas semanas al año para entrenamiento de recuerdo o ampliación de capacidades.
—Interesante lo de las semanas de entrenamiento.
—Bien. Dicho esto: todas las esclavas se entregan higienizadas, testadas, chipadas y vacunadas, conforme a la normativa, y en perfecto estado de salud. De base incluyen un collar con el nombre del propietario; veo que ha elegido el modelo básico negro con chapa.
Camila pasó una hoja del formulario.
—Puede recogerla aquí o recibirla en casa, en caja o en jaula. Aparte del collar, tenemos el servicio de marcaje, opcional, a elegir entre tatuaje de propiedad, piercings en pezones o labios, y marcaje a fuego. Los marcajes puede verlos hoy mismo, e incluso participar si lo desea.
—Eso me gusta.
—Por último, los accesorios con los que recibirá a su esclava. Todas van con plug anal de bola; elige usted el tamaño. La mordaza de anillo o bola es opcional. Y todas llevan un tapón vaginal especial, estrechante o ensanchante. El estrechante garantiza que la esclava tenga el sexo cerrado antes de su primer uso: dolor para ella, muy recomendable para la impronta, y placer por presión para usted en la primera penetración. El ensanchante crece durante el transporte, abriendo y engrosando, según las medidas que elija.
Adriano escuchaba con una calma que contradecía la tensión bajo el pantalón.
—Para empezar, quiero recibirla en caja, a domicilio. Pero deseo ver el marcaje hoy, antes de irme. ¿Cuándo me llegaría?
—Esta misma noche puede tenerla en casa. Ver el marcaje es una experiencia bonita para un propietario, seguro que lo disfruta. ¿Qué marcaje desea?
—El de hierro. ¿En qué parte lo recomienda? Y también un anillado de pezones.
—Si va a anillar pezones, el hierro queda muy bien en la nalga, como con el ganado: propiedad por delante y por detrás. ¿Con sus iniciales? ¿Algún diseño especial?
—Las iniciales bastan. ¿Puedo participar en el anillado?
—Por supuesto, asistido por nuestro especialista. ¿Y los tapones?
—Plug anal mediano. El vaginal, el estrechante. Y me llevo también el ensanchante para probarlo en casa. Una mordaza de bola.
—Excelentes elecciones. Solo queda el nivel de doma. Las tenemos totalmente sometidas, que obedecen sin rechistar, y otras con algo de resistencia, que podrá disfrutar de doblegar, aunque le garantizo que siempre acaban obedeciendo.
—Quiero una a la que haya que forzar un poco de vez en cuando.
—Entonces mire a partir de la página sesenta y tres. ¿Alguna edad concreta?
—Una que me dure en condiciones. Unos veinte años menos que yo.
—Le recomiendo dos buenas opciones, páginas setenta y nueve y ochenta y seis. Pero elija la que quiera.
***
Adriano, ya empalmado por la conversación y las imágenes, repasó cada ficha. Junto a cada esclava había una descripción de atributos, su proceso de doma y una tabla de puntuación por estrellas: anal, oral, servicio, limpieza, resistencia al dolor. Dos fotos de cuerpo entero, de frente y de espaldas, y varias de detalle.
Quedó prendado de la de la página setenta y nueve: Nora. Rubia oscura natural, piel clara, un metro sesenta y dos, pechos generosos, cuerpo equilibrado, buenas formas. Pezones de areola pequeña y botón grande. Qué bien van a quedar anillados. En el apartado de carácter: «sumisa rebelde, disfrutarás venciendo esa resistencia que a veces la asalta».
—Esta. Quiero a Nora.
—Muy buena elección, le va a encantar. Vuelva a la sala de espera, prepararemos el marcaje y le avisamos. Una cosa: la esclava no podrá verle en ningún momento. Entran con los ojos vendados, para que no se resistan y para una buena impronta. Le pido que no hable y se deje guiar por nuestros especialistas.
—De acuerdo. Gracias.
Camila se levantó, le agarró el bulto del pantalón y ejerció una presión firme que él ya necesitaba.
—Qué suerte tiene esta esclava con semejante miembro. Esta noche se quedará a gusto, no se preocupe. —Lo soltó con una sacudida y salió.
***
De vuelta en el recibidor, otra recepcionista con idéntico uniforme atendía a un señor mayor. Nadie reparó en él. Se sentó a esperar. A los pocos minutos reapareció Camila, los pezones marcados en la tela.
—Acompáñeme, por favor.
La siguió por un pasillo de puertas cerradas. Alcanzó a oír un grito ahogado por la insonorización. Imaginó a alguna esclava siendo marcada y su excitación creció, alimentada por el vaivén de las caderas de Camila bajo la falda corta.
—Lo dejo aquí. Recuerde: no puede hablar y siga las instrucciones de los especialistas.
Entró en una sala con un potro de hierro negro en el centro, con una parte acolchada y grilletes a los lados. Había una silla con sujeciones para los tobillos y una estructura metálica para inmovilizar los pechos, sin duda para el anillado. Al fondo, una camilla ginecológica, una pequeña estufa con carbón incandescente y un termómetro que marcaba los quinientos grados.
Enseguida entraron dos hombres de negro. Uno con aspecto de tatuador; el otro, neutro, empujaba un carrito de quirófano lleno de instrumentos.
—Buenas tardes. Lávese las manos, por favor. Yo soy el anillador; mi compañero se encarga del resto y de los tapones. —Hablaba con la naturalidad de la rutina, ojeando el formulario—. En cuanto entre su esclava nos dirigiremos a usted para que participe, pero le ruego que no diga nada.
—Entendido.
***
Trajeron a Nora engrilletada, desnuda, con el pelo suelto y los ojos vendados. Era aún mejor que en las fotos. Una azafata tiraba de la correa atada a su collar, ya con las iniciales A. V. R. El anillador tomó el relevo, la condujo a la silla y le colocó los pechos en los inmovilizadores, cerrándolos con firmeza. Le abrió las piernas a los lados y le sujetó los tobillos. Nora no se resistía, pero respiraba agitada, nerviosa.
—Acérquese. Marco los puntos del anillado; si le gusta, asienta. Después elijo la aguja y usted me ayuda a colocar los aros.
Adriano asintió y la miró con deseo. Con las piernas abiertas le veía el sexo, depilado, que pronto cerrarían para él. El anillador roció un líquido sobre los pezones y estos empezaron a endurecerse. En el bote ponía: «líquido endurecedor, no contiene anestesia». Le mostró las agujas, más gruesas de lo habitual, y los aros. Adriano eligió un grosor medio para lo que ya consideraba suyo. El especialista marcó con rotulador rojo los puntos.
—¿Le gusta así?
Asintió. Sin más, la aguja atravesó el pezón derecho. Nora gruñó de dolor pero aguantó con una entereza sorprendente.
—Ahora meta el principio del aro por el agujero de la aguja. Vamos.
Adriano obedeció, torpe, provocándole un nuevo jadeo. Repitieron con el izquierdo y quedó anillada con dos buenos aros.
—Falta el plug anal antes del marcaje.
La azafata la liberó y la llevó al potro, dejándole el trasero en alto, el ano expuesto. La aseguró con correas. Nora abría y cerraba las nalgas, nerviosa, y el sexo le brillaba de excitación. Adriano hizo un gesto de querer tocar ese flujo.
—La impronta, señor. Pero claro que puede, es suya. —El segundo marcador le apremió el silencio con una mirada divertida.
Adriano recogió los fluidos con el dedo índice, los olió y los lamió. Le gustó el sabor. Después le metió tres dedos de golpe, fuerte, una sola vez. Nora gimió y movió las caderas, pero él la dejó así, chorreante y con las ganas. Tenía un buen cuerpo del que pensaba disfrutar una y otra vez.
El especialista le aplicó primero un líquido limpiador con una cánula gruesa, llenándola poco a poco mientras ella respiraba agitada. Luego untó la punta del plug con una pomada de jengibre y se lo tendió.
—Para dentro, fuerte.
Adriano apuntó al ano y empujó la bola sin piedad. Nora gritó y volvió a callar. ¡Plas! Le dio un buen azote.
***
Solo quedaba el hierro, su parte favorita. Mientras la preparaban, la azafata había metido las tres letras en la estufa y ya estaban al rojo vivo, pequeñas pero legibles. Nora seguía atada, los pezones doloridos, el cuerpo abierto para su nuevo amo. Bajo el antifaz le caían lágrimas de dolor y miedo, y aun así estaba excitada, sin saber que esa misma noche le cerrarían el sexo para que se lo rompieran con dolor.
—Para esta parte aléjese un momento, le aviso al final, para la pomada.
La azafata, con guantes y gafas, sacó el primer hierro y se lo pasó al marcador, ahora serio y concentrado. Un error podía dejar una marca fea. Acercó la letra a la nalga izquierda, calculó y la clavó. Se oyó el chisporroteo de la piel quemándose, eclipsado por el grito de Nora. Dos segundos eternos. El dolor era tal que se orinó encima.
—Vamos con la siguiente. Aguanta.
Con la segunda letra volvió a gritar. Con la tercera gritó más y se desmayó unos segundos. La azafata le pasó una toalla fría por la frente y volvió en sí, jadeando, algo aliviada.
—Póngale esta crema, ayuda a cicatrizar.
Adriano miró por primera vez a su esclava con algo parecido al cariño. O más bien a sus nalgas, a su sexo y a la marca recién hecha con sus iniciales. Le extendió la pomada con el dedo y escuchó, por fin, la voz de Nora.
—Gracias, amo.