La humillación en el callejón sin salida
Era un viernes por la tarde y mi mujer Lucía y yo, Adrián, habíamos pasado el día de compras en un centro comercial a las afueras. Llevábamos un par de bolsas con ropa de ella: faldas, medias, un conjunto de lencería que se había probado tres veces antes de decidirse. Salimos contentos, con esa pereza agradable del que ha caminado mucho y solo piensa en sentarse a cenar.
El restaurante estaba en el polígono de al lado. Para no rodear toda la manzana cruzamos a pie por una zona de naves, y en un despiste nos metimos en una calle estrecha que terminaba en un muro. Un callejón sin salida. Cuando me di cuenta y quise dar la vuelta, ya era tarde.
Había tres personas al fondo. Dos chicos y una chica, jóvenes, latinos, que dejaron de hablar en cuanto nos vieron. Se acercaron rápido, demasiado rápido para que aquello pareciera casual.
—Hermano, dame la hora —dijo el más alto.
Yo sabía que no quería la hora. Era una excusa para acercarse, para tantearme. Lo supe en el estómago antes que en la cabeza, pero no tenía ninguna otra opción que seguir el juego. Saqué el teléfono con la voz temblando para mirar la pantalla, y antes de poder leerla, el otro me lo arrancó de la mano de un tirón.
El primero me cruzó la cara de una bofetada. Me quedé inmóvil, con la mejilla ardiendo, mirando a Lucía y oyendo la risa seca de la chica.
Haz algo. Lo que sea. Grita, corre, pega.
No hice nada.
El que me había pegado sacó una navaja y la abrió despacio, para que la viera bien.
—Te doy dos opciones y eliges tú —dijo—. O te abro la cara por los dos lados y te dejo una sonrisa para siempre, o nos vamos a divertir un rato con tu preciosidad de mujer.
—¡Hijos de puta! —chilló Lucía.
La chica se le acercó y le cruzó la cara de un guantazo que le giró la cabeza.
—Mira qué cobarde de novio tienes, que no te defiende —dijo, y volvió a reírse.
Lucía me miró, y yo le leí el pensamiento entero en los ojos. ¿No vas a hacer nada? ¿En serio?
El chico me apoyó el filo frío en la mejilla.
—Elige ya. Navaja o no, lo que sea ya.
Yo estaba a punto de llorar, sintiendo el metal contra la piel.
—No me cortes, por favor, no me cortes —supliqué.
Me dio otro golpe que me tiró al suelo. Desde ahí, con la grava clavándose en las palmas, vi cómo se acercaba a Lucía, le agarraba la cabeza con una mano y la besaba a la fuerza. Sentí una impotencia que no había sentido nunca, una vergüenza más grande que el miedo.
La chica me cogió del pelo y me obligó a levantar la cara.
—Mira cómo se besa a tu mujer, cornudo.
Veía cómo con la mano libre él le tocaba el culo mientras la besaba, y cómo Lucía intentaba apartarse y no podía. De pronto sonó un bofetón seco.
—Estate quieta —le dijo él—. ¿No ves que tu novio no te va a defender?
Lucía me buscó con la mirada otra vez.
—¿No vas a hacer nada, Adrián?
La miré, agaché la cabeza, y los tres se rieron al mismo tiempo. Estábamos los dos entre lágrimas, ella de rabia, yo de pura cobardía.
***
El segundo chico me agarró del brazo y me levantó del suelo de un tirón.
—Desnúdate, cornudo.
No podía creerlo, pero lo hice. Me quité la chaqueta, la camisa, el resto. Me quedé desnudo en mitad del callejón, temblando, y empezaron a reírse a carcajadas.
—¿Eso es lo que tienes ahí? Con razón tu mujer va por la calle con esa cara.
Después se giraron hacia Lucía.
—Anda, chúpasela a tu marido. A ver si así se anima.
Lucía se arrodilló y lo intentó, pero en una situación así, muerto de miedo y de vergüenza, mi cuerpo no respondía. Me miraba desde abajo, con los ojos llenos de lágrimas, mientras ellos celebraban cada segundo de aquello como si fuera el mejor chiste del mundo.
Uno de ellos la levantó de golpe por el brazo.
—A partir de ahora haces lo que yo te diga, o acabáis los dos muy mal. Tú y el cornudo.
La chica, que en algún momento entre las risas dijo llamarse Daysi, se bajó el pantalón y las bragas y le dio la espalda a Lucía.
—Ya puedes ponerte a trabajar —le dijo él a mi mujer—. Hoy pruebas algo distinto.
Como Lucía se resistía, la cogió del pelo y le hundió la cara, restregándosela contra la piel mientras Daysi se reía y movía las caderas. La escena era cada vez más irreal, más humillante, y yo seguía de pie sin atreverme a moverme.
—Tú, cornudo —me dijo el otro—. Bésame las zapatillas. Quiero que tu mujer vea lo poca cosa que eres.
Y eso hice. Me agaché y le besé las zapatillas, una y otra vez, sintiéndome tan pequeño que obedecía sin rechistar, como si hubiera dejado de ser una persona.
***
Daysi se cansó del juego y arrastró a Lucía del pelo hasta el primer chico, que ya se había bajado el pantalón.
—Bájame esto y chúpamela —le ordenó él—. Para que sepas lo que es de verdad.
Lucía, tan sumisa ya como yo, humillada hasta el tuétano, obedeció. Él la agarró de la nuca y la usó sin ningún cuidado, mientras ella intentaba respirar entre arcadas y lágrimas.
Daysi me cogió de la cabeza y me obligó a mirar.
—Mira a tu mujer, cornudo. Mira cómo la tienen.
No sé de dónde saqué la voz.
—Dejadla, por favor. Haré lo que sea, pero dejadla.
Los tres volvieron a reírse. El chico apartó un momento a Lucía.
—¿Lo que sea? Ven aquí, dame un beso ahí abajo y la suelto.
No me lo podía creer, pero me arrastré y lo hice, convencido de que así terminaría todo. Mientras tanto Lucía seguía en el suelo, deshecha, con la cara sucia de lágrimas y de saliva.
—Muy bien, maricona —se burló él, apartándome de un empujón—. Pero no vamos a soltar a nadie. De esta no os vais.
Y volvió a coger a Lucía. Acababa de rebajarme del todo para nada, y la humillación era ya un pozo sin fondo.
***
—Desnúdate tú también —le dijo el otro a Lucía—. Quiero verte entera.
Ante la mirada de los tres, mi mujer se quitó la ropa despacio, con las manos temblando. Quedamos los dos desnudos en el callejón, expuestos, mientras ellos decidían qué hacer con nosotros.
—Dale un beso a tu marido —le ordenaron—. Con lengua. Que note bien a qué sabes ahora.
Lucía se acercó, me miró a los ojos y me besó. Yo la abracé fuerte, intentando decirle sin palabras que no pasaba nada, que la culpa no era suya, que ya pasaría. Fue el único momento en que volvimos a ser nosotros.
Después la separaron de mí. Uno la dobló contra el muro y empezó a embestirla sin contemplaciones, empujando fuerte, sin parar. El otro se colocó delante y la agarró del pelo. La estaban usando los dos a la vez, y yo, en el suelo, no era capaz ni de apartar la mirada.
Daysi, aburrida, rebuscó en nuestras bolsas de la compra.
—Vaya, vaya, qué tenemos aquí.
Sacó el conjunto de lencería que Lucía se había probado esa misma tarde. Las medias, las bragas de encaje, el sujetador.
—Esto te lo vas a poner tú, cornudo. Quiero verte como lo que eres de verdad. Porque la puta de los dos no es ella. Eres tú.
Mientras a Lucía la seguían usando contra el muro, yo me puse la lencería de mi mujer. Las medias por encima de las piernas, las bragas de encaje, todo. Y ellos seguían riéndose.
—Ahora te acercas a ellos gateando y les suplicas que no paren —dijo Daysi—. Que sigan, hasta el final.
Eso hice. Con las medias y las bragas puestas, gateé por la grava hasta ellos, veía a Lucía empujada por detrás y apenas dejándola respirar por delante.
—Por favor, seguid, no paréis con mi mujer —repetí, con la voz rota.
Los chicos ni me miraron, pero Daysi sí.
—Muy bien, cornudo. Luego limpias tú lo que ellos dejen.
Me cruzó la cara de un bofetón, se bajó del todo el pantalón y se puso en cuclillas sobre mí. Sentí el chorro caliente cayéndome por la cabeza y la cara, y el olor, y la risa de los tres a la vez. Estaba en el suelo, en bragas y medias, empapado, después de suplicarle a dos desconocidos que no soltaran a mi mujer.
***
Daysi siguió un rato más conmigo. Me pegó en el culo, en la cara, me agarró de la cabeza y se restregó contra mí hasta que terminó ella también, dejándome la barba húmeda y caliente. Luego me levantó tirándome del pelo.
—Mira cómo acaban con tu mujer, cornudo. No te lo pierdas.
Los dos chicos estaban a punto. Uno la sujetaba de la cabeza por delante, el otro la embestía por detrás cada vez más rápido. Terminaron casi a la vez, uno y otro, y la soltaron de golpe.
Dejaron a Lucía tirada en el suelo, deshecha, con marcas en la piel, la cara cubierta de lágrimas y saliva, temblando de frío y de asco.
Daysi me dio otra bofetada.
—Ahora vas, les das las gracias y les pides permiso para limpiar a tu mujer con la lengua. Bésala. Quiero verlo.
Lo miré con cara de no poder más, pero lo hice. Me acerqué a los dos chicos arrastrándome.
—Gracias por lo de hoy —dije, con una voz que ni reconocí como mía—. ¿Me dejáis limpiarla con la lengua?
Se rieron una última vez.
—Claro que sí, cornudo. Y enséñanos la lengua cada vez, no vaya a ser que hagas trampa.
Yo ya no era nadie. Me acerqué a Lucía, la abracé, la besé, le limpié la cara con la lengua y me giraba cada poco para enseñársela y tragar, mientras ellos asentían como jueces. Cuando terminé arriba, me obligaron a bajar y a hacer lo mismo, hasta que me restregaron la cara entera y noté la barba pegajosa.
Cuando se cansaron del todo, los dos chicos se acercaron, se colocaron sobre nosotros y nos mearon a los dos, empapándonos mientras se reían. Después Daysi nos repartió un par de patadas, casi de despedida.
Estábamos los dos en el suelo del callejón, desnudos, sucios, llenos de orina y de lágrimas, humillados de una forma que no sabía ni que existía.
Cogieron nuestras bolsas de la compra y se fueron tranquilos, hablando entre ellos, como si volvieran de una tarde cualquiera.
Lucía y yo nos quedamos abrazados en el suelo, sin teléfono, sin ropa, sin nada. No dijimos una palabra en mucho rato. No hacía falta. Los dos sabíamos que aquel callejón sin salida nos había cambiado para siempre, y que yo nunca podría olvidar la cara con la que mi mujer me había mirado cuando agaché la cabeza.