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Relatos Ardientes

La disciplina que mi propio hijo se ganó esa noche

El timbre del piso quiebra la quietud de la tarde. Adrián es el primero en abrir la puerta. Apenas la madera cede, mi cuñada Camila lo envuelve en un abrazo ruidoso y apretado. Desde que se mudó a Múnich, parece que el mundo entero se desordena cuando nos visita.

—¡Mírate, estás enorme! —dice, despeinándole el flequillo antes de venir a estrujarme a mí.

Pasamos al salón. Adrián, ansioso por mostrarle sus avances, se sienta de inmediato en la banqueta del piano de cola. Mientras yo preparo dos martinis, los dedos de mi hijo acarician las teclas con una pieza compleja y melancólica. Me quedo unos pasos atrás, copa en mano, observándolo en silencio: la inclinación del cuello, la rigidez de la espalda, la concentración absoluta. Es una versión más joven de su padre, el primer y único hombre al que amé. El parecido me quema la garganta.

Minutos después, nos trasladamos al comedor. Rosaura sirve la cena: salmón salvaje sobre una cama de espárragos asados y reducción de cítricos. El choque metálico de los cubiertos minimalistas marca el pulso de una charla animada.

—Erich no sale del hospital, las guardias lo tienen agotado —cuenta Camila cortando el pescado—. Y a Iván el colegio en Alemania lo está volviendo loco. Es un nivel de presión insoportable.

Mastico despacio mientras ella sigue hablando. Esta mujer que parece ahogarse en un vaso de agua me sostuvo con una determinación de hierro la tarde en que el accidente me arrebató a mi marido y a mi pequeña Lía. La explosión del helicóptero dejó un cráter tan profundo en mi alma que, durante diez años, pensé que nada ni nadie podría volver a llenarlo.

—Y dime, Selene —la voz de Camila me devuelve al presente—. ¿Cómo van las cosas en Volterra?

—Sólidas —respondo, limpiándome las comisuras con la servilleta de lino—. Proyectamos un crecimiento del treinta por ciento este año y estamos cerrando la expansión logística en Asia.

—Increíble. Mi hermano estaría orgulloso de lo que hiciste con su imperio.

Le devuelvo una sonrisa de cortesía. Por dentro, el resentimiento me cierra el estómago. Orgulloso. Qué palabra tan estúpida. Fue una crueldad imperdonable suya morirse y arrojarme la carga monstruosa de liderar un holding multinacional. Para que los buitres no me despedazaran tuve que arrancar de raíz a la chica ingenua y enamorada que era. Me endurecí hasta convertirme en piedra. Menudo salvavidas me dejó ese hombre.

Adrián se levanta para ir a la cocina a buscar el postre. Camila espera a que se aleje y se inclina sobre la mesa, bajando la voz.

—¿Y tú? ¿Estás saliendo con alguien?

—No tengo tiempo para esas cosas. La empresa me consume.

—¿Ni siquiera sigues con tus… jueguitos? —pregunta, alzando una ceja cómplice.

—Eso quedó en el pasado —miento, despachando el tema con un gesto.

Camila asiente y bebe. No tiene idea de la verdad. Ella cree que los «jueguitos» se limitaban a las palizas controladas que su hermano me daba cuando lo conocí. Fui su sumisa. Pasé años intentando arrancarlo de la oscuridad en la que habitaba desde adolescente. Pero tras su muerte, el dolor me quebró y, paradójicamente, terminé dejándome caer en ese mismo infierno.

Bajé sola por mis propios escalones al dolor. Empecé a llevar sumisas y sumisos a la casa, arrastrándolos al cuarto de juegos que mi marido había mandado a construir de soltero. Encontré en el cuero, las ataduras y el control el único respiro que me permitía seguir respirando. Las cosas que aprendí a hacer en esa habitación llegaron a terrenos que mi difunto marido jamás se habría atrevido a pisar. Usé toda esa crueldad contenida para flotar en la otra mierda corporativa, destrozando a mis enemigos con la misma severidad que aprendí en su estúpido cuarto sadomasoquista.

La puerta de la cocina se abre. Adrián regresa con tres porciones de tarta de frutos rojos sobre una bandeja.

—¡Qué maravilla! Siempre me consienten —exclama Camila—. ¿Y a ti cómo te va en el instituto?

—Bien, tía. Tapado de exámenes finales —responde él, sirviendo los platos—. Todavía no decido del todo qué voy a hacer cuando termine el semestre. Tengo un par de opciones en la cabeza.

Hundo la cucharilla en el postre. Míralo. Ahora está feliz, pero durante años vivió como huérfano de padre y madre. Yo me escondí en el trabajo y en mis jueguitos. Adrián se convirtió en una tarea más, en el heredero al que había que entrenar. Levanté una muralla y, sin querer, lo castigué por una pérdida que él ni siquiera comprendió.

—¿Opciones relacionadas con el holding, supongo? —pregunta Camila.

—Es la ruta lógica —responde Adrián. Me mira de reojo apenas un segundo—. Aunque últimamente exploramos otras áreas. Cosas menos… rígidas.

Camila sonríe, completamente ajena al doble sentido.

—Me alegra escucharlo. Te veo distinto, más relajado. Y a ti también, Selene. Parecen haber encontrado un nuevo equilibrio como madre e hijo.

—Lo encontramos, tía —afirma él.

Un equilibrio construido sobre dinamita. Cuando creía que pasaría el resto de mis días anestesiada por mis sumisas, apareció la luz menos pensada. El día que mi hijo me descubrió con una chica atada en el cuarto de juegos, creí que el alma se me desmoronaba como una torre de naipes.

Pero él no me juzgó. Se obstinó en entender mi mundo. Insistió tanto y me arrinconó con tanta destreza que terminé confesándole cómo era la vida que llevábamos con su padre. Adrián puede ser muy persuasivo cuando quiere, y acabé aceptando enseñarle. Lo convertí en mi sumiso con la condición de jamás traspasar los límites entre madre e hijo. «Límites». Qué estúpida palabra. A poco de empezar se volvieron borrosos, difusos, inmanejables. Quebré el tabú como quien pisa un castillo de arena: con velocidad y sin culpa.

—Por cierto, Adrián —dice Camila de pronto, dejando el tenedor sobre el plato—. ¿Consideraste la invitación que te hice? ¿Lo de pasar una temporada estudiando en Múnich con nosotros?

El cubierto se me resbala de los dedos y golpea la porcelana. ¿Múnich? ¿En qué momento aterrizó la conversación en una invitación de la que debería estar enterada?

Adrián se endereza en la silla. Sus ojos grises brillan con un entusiasmo repentino.

—Sí, tía. Me parece una idea genial. Con gusto voy este semestre.

—Perfecto. Entonces está arreglado —Camila aplaude con suavidad.

La noticia me perfora el pecho. El aire abandona mis pulmones de golpe. ¿De qué diablos están hablando? ¿Cómo se atreve a tomar una decisión que implica cruzar el océano sin siquiera consultarme?

La escena del helipuerto me asalta con una nitidez sádica. El ruido ensordecedor de las aspas. Mi joven esposo levantando la mano detrás del cristal. Lía en su sillita. El destello fulminante. El humo negro devorando el cielo. Una explosión brutal y, en una fracción de segundo, la nada.

Ahora, justo cuando logro reconstruir mi vida, cuando finalmente recupero a mi hijo, él también me quiere abandonar. El estómago se me revuelve y una ola de náuseas me dobla hacia adelante.

—Selene, ¿estás bien? Estás pálida —pregunta Camila estirando la mano.

—Sí. Disculpen. Es solo… el cansancio acumulado de la oficina.

—Me imagino —dice ella, compasiva, antes de girarse de nuevo hacia su sobrino—. Mañana te mando los itinerarios. Podemos coordinar traslados e inscripción antes de fin de mes.

Ambos siguen hablando de visas, fechas y programas. Sonrío de forma mecánica, pero la sangre me hierve. De reojo veo a Camila guiñarle un ojo a Adrián. Un gesto cómplice, íntimo. Esto no surgió hoy. Lo planearon a mis espaldas. Me excluyeron porque sabían que me iba a oponer.

***

Dos horas después, la cena termina. Camila se despide con abrazos cálidos en el recibidor. Apenas las puertas de acero del ascensor se cierran detrás de ella, el silencio absoluto sepulta el piso.

Me giro despacio. Adrián está de pie en el pasillo, con las manos en los bolsillos, todavía saboreando su pequeña victoria europea.

—¿Cómo surgió la idea de este viaje? —pregunto, acortando la distancia con pasos lentos.

Se encoge de hombros, retrocediendo medio paso.

—No sé. La tía lo comentó en algún momento. Seguramente te lo mencionó antes y no lo recuerdas.

—¿Un comentario al pasar? —inclino la cabeza—. Qué curioso. ¿Y cómo es que un comentario al pasar ya incluye fechas de vuelos?

Adrián traga saliva. Su postura defensiva se resquebraja.

—Bueno… la tía lo propuso hace un tiempo y a mí me pareció lo más natural del mundo.

—Si era tan natural, ¿por qué no me lo comentaste hasta que lo soltaron en mi propia mesa?

—No sé —desvía la mirada hacia el suelo—. No tengo idea.

«No tengo idea». La respuesta hueca de un adolescente acorralado. No tiene ningún derecho a escudarse en la estupidez para justificar una mentira por omisión. Contengo la furia.

—Por suerte, Camila todavía no compró los boletos —sentencio—. Mañana a primera hora la voy a llamar para suspender el asunto. No vas a viajar.

El rostro de Adrián se desfigura. La coraza de niño bueno desaparece y da paso a una rabieta descontrolada.

—¡No tienes derecho! —levanta la voz, gesticulando—. ¡Es mi vida! ¡Es un viaje importante para mis estudios, necesito socializar y tener roce internacional!

—Si fuera importante de verdad, me lo habrías consultado primero. No lo hiciste porque sabías perfectamente que era una pésima idea. Tema concluido.

—¡Voy a viajar igual! —replica desafiante, con la cara roja de ira—. ¡Ya está cerrado con la tía!

Me quedo en silencio. Lo observo de arriba abajo. Ninguna de mis sumisas se habría atrevido jamás a semejante nivel de insolencia. ¿Acaso en su subconsciente me está provocando porque necesita desesperadamente un castigo? Hace meses que no lo disciplino con dureza.

—El tema está concluido, Adrián. No vas a Alemania.

—¿Por qué?

—Porque soy tu madre y yo lo digo.

—Por favor… —insiste, y la voz le tiembla, atrapado entre la furia y la frustración infantil.

El ruego me devuelve a la época en que era un niño pequeño y tenía una pataleta por un juguete. La nostalgia dura un segundo. Una severidad oscura, que había mantenido dormida durante meses, despierta de golpe. Clavo mis ojos en los suyos.

Adrián percibe el cambio en la densidad del aire. Me analiza, buscando una salida.

—¿Esa decisión me la estás diciendo como madre o como Ama? —pregunta, intentando usar nuestra dinámica como escudo.

Lanzo una sonrisa mordaz.

—¿Acaso hay diferencia?

Como madre, tengo la obligación de enderezarlo. Como su Ama, sé exactamente cómo hacerlo. Un correctivo implica dolor; sin dolor no hay corrección. Pero el verdadero peso de un castigo reside en la preparación y en el miedo. El terror debe preceder al dolor.

—Desnúdate —ordeno.

—¿Aquí? —sus ojos se abren de par en par.

—Sí. Aquí.

—Pero Rosaura está en la cocina recogiendo los platos.

—No me importa en lo más mínimo.

Traga saliva y obedece con un reflejo condicionado. Sus manos viajan a los botones de la camisa. La tela cae al piso del pasillo, seguida por los pantalones y la ropa interior. Se queda completamente desnudo, encorvado por la vergüenza. Después de tantas veces que lo he visto así, cuando adopto el papel de madre severa su cuerpo se sigue retorciendo bajo mi mirada.

Yo llevo un blazer de lana blanca que funciona como un vestido corto. La prenda, demasiado breve, deja al descubierto mis piernas moldeadas por tacones altísimos a tono. Me siento en el sillón. Sé que, si algo le produce más vergüenza que su desnudez, es que su madre vea su dureza. Abro levemente las piernas, lo justo para que adivine la unión de mis muslos. La tensión empieza a asomar y yo asiento satisfecha.

—Siéntate al piano y toca para mí.

Duda una fracción de segundo, pero acata la orden. Se acomoda desnudo sobre la banqueta de cuero y apoya los dedos en el teclado. Una melodía clásica y nerviosa sale del instrumento.

En ese instante, la cabeza de Rosaura se asoma desde el balcón del piso superior. Por suerte para él, el ángulo del muro oculta su cuerpo.

—Voy a lavar los platos. ¿Quieres un té, Selene?

—No, gracias. Nosotros lavamos lo que quedó. Vete a dormir.

—Buenas noches.

Rosaura se retira. Adrián sigue tocando, pero ahora la frente le brilla, perlada de sudor frío. Saco mi teléfono y reviso un par de correos de la oficina. Lo dejo cocinarse en su propia vergüenza.

Al cabo de un rato camino hasta su espalda. El sonido de mis tacones contra la madera lo hace tensar los hombros.

—Gírate —ordeno.

Se da vuelta en la banqueta.

—Abre las piernas.

Lo hace. Levanto la pierna derecha y apoyo la punta afilada de mi zapato directamente sobre su centro blando. Ejerzo presión hacia abajo. Me humedezco de solo pensar en la suciedad áspera de la suela apretando la parte más sensible de mi hijo.

Ahoga un gemido ronco, aferrándose al borde del asiento.

—No me gusta que me desafíen, Adrián.

Aprieto con más fuerza. Sus ojos se humedecen de inmediato.

—Lo siento mucho —suplica, sin aliento.

Retiro el pie.

—Ven a la cocina.

***

Entramos al espacio de acero y granito. Él se queda parado en el centro de la habitación, desnudo e indefenso. Voy al cuarto de juegos y vuelvo con un objeto de metal pesado, con forma de frutilla pulida y un mango corto y plano.

—¿Sabes lo que es esto?

Niega con la cabeza, asustado.

—No importa. Ya lo vas a descubrir. Agáchate.

Obedece, apoyando las manos en las rodillas. Humedezco el metal con un exceso de mi propia saliva. Le abro los glúteos y, con un empuje firme, introduzco la frutilla de acero en su espacio más oscuro. Un gemido agudo —a caballo entre el placer invasivo y el dolor del estiramiento— rebota en los cerámicos de la cocina.

—Puedes ponerte recto.

—Sí, mamá —dice, erguido pero sumiso, con la respiración entrecortada.

—Esto es muy simple. Vas a lavar toda la cocina. Si el objeto que te acabo de colocar se cae al suelo, te castigaré como nunca antes lo he hecho en tu vida. ¿Está claro?

—Sí, mamá.

Pobre ingenuo. Cree que tiene alguna oportunidad de salir ileso. Me siento en un taburete alto, cruzo las piernas y saco el celular. Adrián se mueve hacia el fregadero con pasos cortísimos, apretando los músculos con desesperación para evitar que el peso lo venza. Tiembla, suda y gime por lo bajo, mientras sus glúteos se marcan exageradamente tratando de contener lo incontenible.

Quince minutos después, se gira hacia mí.

—Terminé —anuncia, exhausto.

Levanto la vista de la pantalla y niego con la cabeza.

—Te olvidas de barrer.

Asiente, derrotado. Toma el escobillón, pero al buscar la pala descubre que solo hay una pequeña palita de mano.

—Pero… mamá… con esto tendré que…

—No es mi problema —respondo sin mirarlo.

Intenta bajar doblando solo las rodillas, con la espalda recta. La gravedad es implacable. Al ponerse en cuclillas extremas, los músculos ceden. El objeto resbala y sale despedido como un proyectil, estrellándose contra los cerámicos del piso con un ruido metálico ensordecedor.

Se queda congelado en el suelo. Levanta la vista hacia mí con los ojos redondos como platos.

Suspiro con pesadez. Me levanto del taburete en silencio. Recojo el artefacto del suelo y, sin decir una sola palabra, abandono la cocina.

Adrián me sigue por el pasillo con la cabeza gacha, arrastrando su condena.

***

Llegamos al final del corredor. La puerta blindada de la sala se abre bajo mi código. Entro y me giro hacia él.

—Arrodíllate.

Cae de rodillas. Con la punta del zapato lo empujo en el hombro para obligarlo a ponerse en cuatro patas sobre la alfombra oscura. Avanzo y apoyo el tacón con firmeza entre la división de sus glúteos, raspando la bolsa que cuelga entre sus muslos.

—Me decepcionas, Adrián. Creí que a esta altura ya habías aprendido a obedecerme. A respetarme. Pero lo único que haces es lastimarme. ¿Te parece justo que tu madre sufra de esta manera por tu egoísmo?

—Lo siento —llora él contra el piso—. Te juro que lo siento.

Retiro el pie, me giro y me pongo de pie justo frente a su rostro.

—Bésame.

Se arrastra un centímetro y comienza a besar la punta de mis zapatos. Luego la piel desnuda de mis tobillos, subiendo por mis pantorrillas con una devoción desesperada.

Retrocedo hacia la repisa. Tomo un artefacto de acero con juntas mecánicas.

—¿Sabes lo que es esto?

Niega, sin atreverse a levantar la vista.

—Es un abrepiernas. Se mueve en una sola dirección: se abre, pero el engranaje no permite cerrarlo. Acuéstate en la cama.

Obedece. Le ato las manos al dosel grueso de la cama y le ajusto las correas del abrepiernas en los tobillos. Su anatomía queda expuesta, vulnerable y anclada.

Tomo una pluma negra del estante. Me acerco y empiezo a acariciar su piel. Recorro su torso, bajo hacia su centro. La tensión crece, desmedida. Su dureza se yergue reclamando la caricia, pero me detengo abruptamente. El instinto lo obliga a buscar más fricción, abriendo las piernas para estirarse hacia mí. El mecanismo del tubo hace clic. Cuando quiere volver a juntarlas, el metal se bloquea.

Sonrío. Sigo con la pluma por la parte interna de los muslos, la base, la punta más sensible de su anatomía. Vuelve a moverse por acto reflejo. Otro clic. Se abre todavía más.

Dejo la pluma. Me arrodillo sobre el colchón frente a él, coloco mis manos en la parte interior de sus muslos y espero. Su pecho sube y baja agitado. La firmeza me reclama con movimientos rítmicos. Suplica el tacto y vuelca todo su líquido transparente como lágrimas desesperadas.

Cuando estoy segura de que el deseo resulta insoportable, empujo hacia afuera con toda mi fuerza. El engranaje ruge y lo clava en una apertura total y vergonzosa.

Abre los ojos suplicantes. Busca a su Ama, pero solo encuentra la severidad de su madre clavándole la mirada.

Le desato una de las manos. Camino hacia la pared del fondo y descuelgo un objeto alargado.

—¿Y sabes lo que es esto?

Vuelve a negar, temblando.

—Es una fusta. Se usa para entrenar caballos de carrera. Una varilla de madera extremadamente flexible envuelta en cuero crudo trenzado. Si se usa mal, sin control, puede arrancarte pedazos de piel y dejar cicatrices para toda la vida.

Lo miro fijo. Traga aire.

—Pero si se usa bien —continúo—, su efecto aleccionador es implacable. Cuando recibes un azote, la piel primero se contrae por el impacto. Luego te atraviesa una aguja de dolor tan intenso que no puedes evitar gritar y las lágrimas se escapan aunque te resistas. La zona arde de tal manera que quisieras arrancarte la carne para que pare.

—Por Dios —susurra aterrado.

—Luego de veinticuatro horas no queda rastro físico, pero en tu mente pueden pasar meses hasta que olvides el castigo. Por eso es tan útil para domar caballos salvajes. Ellos nunca olvidan un azote de la fusta.

Hago zumbar el cuero en el aire. El chasquido corta el oxígeno.

—¿Qué vas a hacer con eso? —pregunta, ahogado.

—Muy simple. Quiero que te toques y acabes delante de tu madre. Si me satisface lo que veo, no la voy a usar. Pero cada vez que no me guste lo que hagas recibirás un azote que te servirá de lección para el resto de tus días. Puedes comenzar.

Adrián baja la mano temblorosa a la entrepierna.

—Una cosa más, mi pequeño —agrego—. Voy a intentar ser lo más profesional posible, pero si en algún momento me acuerdo del daño que me hiciste esta noche, probablemente pierda el control y entonces… bueno, entonces no te puedo asegurar que el golpe caiga con técnica.

La firmeza de mi hijo ha desaparecido, aniquilada por el terror.

—No puedo… —susurra luchando contra su flacidez.

Hago una prueba. Corto el aire con la fusta a milímetros de su muslo desnudo. El sonido lo hace pegar un salto y un escalofrío le sacude el pecho.

Con su única mano libre envuelve su centro y empieza a moverse. El terror retrasa la respuesta, pero el roce constante hace su trabajo. La tensión asoma y crece. Apurado por librarse de la amenaza, aumenta el ritmo frenéticamente.

Cuando parece que va a llegar al límite, dejo caer el brazo en un arco largo y veloz. El golpe es preciso y severo. El cuero muerde la piel de su muslo izquierdo.

Un grito desgarrador sale involuntario de su boca. Se retuerce sobre el colchón, pero el abrepiernas no lo deja moverse.

—Vas muy rápido —recrimino con frialdad.

El ardor se irradia por todo su cuerpo, viajando desde los genitales hasta sus glúteos, que se cierran con un espasmo. Tarda varios minutos en recuperar el aliento. Vuelve a intentarlo, esta vez con una lentitud tortuosa.

Pasa el tiempo. El cuarto queda sumido en el sonido húmedo de su fricción. De pronto, descargo otro latigazo de fuego sobre su muslo derecho.

—¡Ahhh! —aúlla, sacudiendo la cabeza contra la almohada.

Las lágrimas y el moco brotan incontrolables.

—Te estás distrayendo. No tengo todo el día. Debes acabar. Si no te veo humillado de verdad, esto no cuenta como castigo.

Ese cuero ha conocido a muchas sumisas. También mordió mi piel alguna vez en que me rebelé de puro gusto contra mi Amo. Mi cuerpo conoce el tremendo ardor que carcome hasta los huesos y anula cualquier pensamiento. Pedirle que se masturbe en ese estado de dolor, arrebato y vergüenza es uno de los peores castigos. Lejos de sentir remordimiento, mi ropa interior está completamente empapada.

Adrián se seca las lágrimas con el dorso de la mano. Lo intenta nuevamente, pero la fricción en seco lo lastima. Me inclino sobre su mano y dejo caer una columna abundante y densa de saliva para lubricar su agarre.

Vuelve a moverse con más ritmo. La tensión es inmensa y sus testículos se han contraído hasta casi desaparecer. Conozco su dureza lo suficiente como para saber que está a punto de desbordarse.

Calculo el milímetro exacto. Un tercer latigazo cae a un centímetro de su base. El ardor colisiona con el placer y se propaga por toda la zona como un relámpago eléctrico. El alarido crudo habría despertado a todo el edificio si el cuarto no estuviera insonorizado.

Su respiración es un caos.

—Lo estás haciendo mal —dicto, bajando la fusta.

Tiene los ojos mojados e inyectados en sangre. No tiene la menor idea de cuánto va a durar mi disciplina.

Dejo el cuero en el suelo. Me quito la ropa interior, que cae flotando por mis piernas hasta convertirse en un charco de tela transparente. Me subo a la cama. Aún llevo el blazer extra corto y los tacones.

Me inclino contra el respaldar para atar de nuevo la mano que tenía libre, y mi prenda se levanta dejándome expuesta. Aún adolorido, clava la mirada en mi centro desnudo y depilado. La humedad roza mi entrepierna, dejando un rastro brillante sobre mi muslo. Me pongo a horcajadas sobre su pelvis y me dejo caer con lentitud, hundiendo toda su dureza palpitante dentro de mí.

El alivio del calor húmedo lo hace exhalar de golpe. Me quedo quieta, inamovible, sintiendo toda su tensión adentro mío.

—¿Estás seguro de que quieres irte a Alemania y dejarme sola? —susurro sobre sus labios.

Apenas puede articular palabra. Está desesperado por que me mueva, pero mi cadencia estática lo enloquece.

—N-n-no —tartamudea, inmóvil.

—¿Cómo? —arqueo una ceja.

—Que no quiero dejarte sola. Quiero quedarme contigo.

Me muevo hacia arriba apenas unos centímetros, a punto de salir, y vuelvo a bajar. La desesperación en sus ojos se dispara. Niego con la cabeza.

—Me parece que no has entendido nada de este castigo.

—¿Qué cosa? —pregunta, ciego por el deseo y el dolor.

—Lo que quieras o lo que no quieras es completamente irrelevante. Es lo que yo quiera lo que importa en esta casa.

Reflexiona y entiende.

—Te juro que voy a hacer lo que tú mandes —responde en un hilo de voz, vencido.

Acaricio su mejilla sudada.

—Perfecto.

Con una cadencia pasmosa empiezo a aumentar la velocidad. Adrián gime desesperado, tirando de las cuerdas, pero yo me anclo en su cintura apretándolo con los zapatos para clavarlo en el colchón. Le sostengo la mirada y, esta vez, le dejo ver a la madre amorosa y dulce que lo está conteniendo en su interior. Su cuerpo convulsiona al contemplarme.

Aumento el ritmo, pasando de un vaivén suave a una cabalgata furiosa, desbocada, implacable.

En apenas unos movimientos la represa cede. Adrián se quiebra por completo, entregándose con un grito ahogado y volcando en mi interior toda su esencia, espesa y caliente. Me quedo quieta, esperando a que se vacíe del todo.

Me dejo caer sobre su pecho, satisfecha.

***

Lo beso con lentitud. Primero en la boca, un roce suave, maternal, limpiando con la lengua la crudeza de lo que acaba de suceder. Luego le suelto las manos y los pies. Con paciencia infinita aplico crema en las zonas rojas donde el cuero mordió su piel. Apoyo la mano sobre su centro y la dejo un largo rato ahí, protegiéndolo. Adrián se abandona a mis cuidados.

Lo tomo de la mano, lo saco de la sala y lo llevo a mi propio cuarto. Me quito el abrigo y los zapatos. Me meto en la cama junto a él y lo abrazo fuerte por la espalda, pegando mi cuerpo al suyo hasta que mis pechos son una sola carne con su piel.

Le acaricio el cabello en la penumbra mientras su respiración se acompasa. Antes de que el sueño lo venza le susurro al oído:

—Tienes que ir a Alemania. Nos va a hacer bien a los dos tomar distancia un tiempo.

Él asiente despacio en la oscuridad. Antes de caer rendido, el último rastro de miedo asoma en su voz y me pregunta en un susurro ronco:

—Mamá… ¿en serio podrías haberme partido la piel con esa fusta?

Sonrío en la penumbra. Dejo que mis palabras caigan como un arrullo helado sobre su oreja:

—Esperemos que nunca tengamos que averiguarlo, mi amor.

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Comentarios (5)

Nahuel_BA

tremendo!!! me atrapó de principio a fin, no pude parar de leer

Claudia_S

Necesito una segunda parte urgente. Quedé con demasiadas ganas de saber como sigue todo esto

VicenteRos_ok

Lo que mas me gustó es cómo se construye la tensión desde el primer párrafo. Eso no lo logra cualquiera, muy buen trabajo

mati_noc

jajaja el momento del ascensor me lo imagino perfecto, tremendo detalle ese

Rosario_T

Me recordó esa sensación de cuando todos en la mesa saben que algo pasó pero nadie lo dice abiertamente. Muy real eso

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