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Relatos Ardientes

La disciplina que mi propio hijo se ganó esa noche

El timbre del piso quiebra la quietud de la tarde. Adrián es el primero en abrir la puerta. Apenas la madera cede, mi cuñada Camila lo envuelve en un abrazo ruidoso y apretado. Desde que se mudó a Múnich, parece que el mundo entero se desordena cuando nos visita.

—¡Mírate, estás enorme! —dice, despeinándole el flequillo antes de venir a estrujarme a mí.

Pasamos al salón. Adrián, ansioso por mostrarle sus avances, se sienta de inmediato en la banqueta del piano de cola. Mientras yo preparo dos martinis, los dedos de mi hijo acarician las teclas con una pieza compleja y melancólica. Me quedo unos pasos atrás, copa en mano, observándolo en silencio: la inclinación del cuello, la rigidez de la espalda, la concentración absoluta. Es una versión más joven de su padre, el primer y único hombre al que amé. El parecido me quema la garganta.

Minutos después, nos trasladamos al comedor. Rosaura sirve la cena: salmón salvaje sobre una cama de espárragos asados y reducción de cítricos. El choque metálico de los cubiertos minimalistas marca el pulso de una charla animada.

—Erich no sale del hospital, las guardias lo tienen agotado —cuenta Camila cortando el pescado—. Y a Iván el colegio en Alemania lo está volviendo loco. Es un nivel de presión insoportable.

Mastico despacio mientras ella sigue hablando. Esta mujer que parece ahogarse en un vaso de agua me sostuvo con una determinación de hierro la tarde en que el accidente me arrebató a mi marido y a mi pequeña Lía. La explosión del helicóptero dejó un cráter tan profundo en mi alma que, durante diez años, pensé que nada ni nadie podría volver a llenarlo.

—Y dime, Selene —la voz de Camila me devuelve al presente—. ¿Cómo van las cosas en Volterra?

—Sólidas —respondo, limpiándome las comisuras con la servilleta de lino—. Proyectamos un crecimiento del treinta por ciento este año y estamos cerrando la expansión logística en Asia.

—Increíble. Mi hermano estaría orgulloso de lo que hiciste con su imperio.

Le devuelvo una sonrisa de cortesía. Por dentro, el resentimiento me cierra el estómago. Orgulloso. Qué palabra tan estúpida. Fue una crueldad imperdonable suya morirse y arrojarme la carga monstruosa de liderar un holding multinacional. Para que los buitres no me despedazaran tuve que arrancar de raíz a la chica ingenua y enamorada que era. Me endurecí hasta convertirme en piedra. Menudo salvavidas me dejó ese hombre.

Adrián se levanta para ir a la cocina a buscar el postre. Camila espera a que se aleje y se inclina sobre la mesa, bajando la voz.

—¿Y tú? ¿Estás saliendo con alguien?

—No tengo tiempo para esas cosas. La empresa me consume.

—¿Ni siquiera sigues con tus… jueguitos? —pregunta, alzando una ceja cómplice.

—Eso quedó en el pasado —miento, despachando el tema con un gesto.

Camila asiente y bebe. No tiene idea de la verdad. Ella cree que los «jueguitos» se limitaban a las palizas controladas que su hermano me daba cuando lo conocí. Fui su sumisa. Pasé años intentando arrancarlo de la oscuridad en la que habitaba desde adolescente. Pero tras su muerte, el dolor me quebró y, paradójicamente, terminé dejándome caer en ese mismo infierno.

Bajé sola por mis propios escalones al dolor. Empecé a llevar sumisas y sumisos a la casa, arrastrándolos al cuarto de juegos que mi marido había mandado a construir de soltero. Encontré en el cuero, las ataduras y el control el único respiro que me permitía seguir respirando. Ahí adentro, con la fusta en la mano, hacía que mis sumisas se corrieran hasta quedar en carne viva, les follaba el coño con arneses de silicona hasta que suplicaban en cuatro idiomas, les metía la lengua en el culo mientras las azotaba, les hacía chupar mis tacones empapados de mi propia corrida. Las cosas que aprendí a hacer en esa habitación llegaron a terrenos que mi difunto marido jamás se habría atrevido a pisar. Usé toda esa crueldad contenida para flotar en la otra mierda corporativa, destrozando a mis enemigos con la misma severidad que aprendí en su estúpido cuarto sadomasoquista.

La puerta de la cocina se abre. Adrián regresa con tres porciones de tarta de frutos rojos sobre una bandeja.

—¡Qué maravilla! Siempre me consienten —exclama Camila—. ¿Y a ti cómo te va en el instituto?

—Bien, tía. Tapado de exámenes finales —responde él, sirviendo los platos—. Todavía no decido del todo qué voy a hacer cuando termine el semestre. Tengo un par de opciones en la cabeza.

Hundo la cucharilla en el postre. Míralo. Ahora está feliz, pero durante años vivió como huérfano de padre y madre. Yo me escondí en el trabajo y en mis jueguitos. Adrián se convirtió en una tarea más, en el heredero al que había que entrenar. Levanté una muralla y, sin querer, lo castigué por una pérdida que él ni siquiera comprendió.

—¿Opciones relacionadas con el holding, supongo? —pregunta Camila.

—Es la ruta lógica —responde Adrián. Me mira de reojo apenas un segundo—. Aunque últimamente exploramos otras áreas. Cosas menos… rígidas.

Camila sonríe, completamente ajena al doble sentido.

—Me alegra escucharlo. Te veo distinto, más relajado. Y a ti también, Selene. Parecen haber encontrado un nuevo equilibrio como madre e hijo.

—Lo encontramos, tía —afirma él.

Un equilibrio construido sobre dinamita. Cuando creía que pasaría el resto de mis días anestesiada por mis sumisas, apareció la luz menos pensada. El día que mi hijo me descubrió con una chica atada en el cuarto de juegos —yo con la fusta en una mano y los dedos hundidos en el coño chorreante de la sumisa—, creí que el alma se me desmoronaba como una torre de naipes.

Pero él no me juzgó. Se obstinó en entender mi mundo. Insistió tanto y me arrinconó con tanta destreza que terminé confesándole cómo era la vida que llevábamos con su padre. Adrián puede ser muy persuasivo cuando quiere, y acabé aceptando enseñarle. Lo convertí en mi sumiso con la condición de jamás traspasar los límites entre madre e hijo. «Límites». Qué estúpida palabra. La primera vez que le puse la boca en la polla para castigarlo por una falla técnica, con la excusa de «enseñarle a resistir la excitación», supe que la línea ya estaba pulverizada. La segunda vez que me la metió en el coño, mirándome a los ojos mientras me llamaba «mamá» y «Ama» en la misma frase, dejé de fingir. Quebré el tabú como quien pisa un castillo de arena: con velocidad y sin culpa.

—Por cierto, Adrián —dice Camila de pronto, dejando el tenedor sobre el plato—. ¿Consideraste la invitación que te hice? ¿Lo de pasar una temporada estudiando en Múnich con nosotros?

El cubierto se me resbala de los dedos y golpea la porcelana. ¿Múnich? ¿En qué momento aterrizó la conversación en una invitación de la que debería estar enterada?

Adrián se endereza en la silla. Sus ojos grises brillan con un entusiasmo repentino.

—Sí, tía. Me parece una idea genial. Con gusto voy este semestre.

—Perfecto. Entonces está arreglado —Camila aplaude con suavidad.

La noticia me perfora el pecho. El aire abandona mis pulmones de golpe. ¿De qué diablos están hablando? ¿Cómo se atreve a tomar una decisión que implica cruzar el océano sin siquiera consultarme?

La escena del helipuerto me asalta con una nitidez sádica. El ruido ensordecedor de las aspas. Mi joven esposo levantando la mano detrás del cristal. Lía en su sillita. El destello fulminante. El humo negro devorando el cielo. Una explosión brutal y, en una fracción de segundo, la nada.

Ahora, justo cuando logro reconstruir mi vida, cuando finalmente recupero a mi hijo, él también me quiere abandonar. El estómago se me revuelve y una ola de náuseas me dobla hacia adelante.

—Selene, ¿estás bien? Estás pálida —pregunta Camila estirando la mano.

—Sí. Disculpen. Es solo… el cansancio acumulado de la oficina.

—Me imagino —dice ella, compasiva, antes de girarse de nuevo hacia su sobrino—. Mañana te mando los itinerarios. Podemos coordinar traslados e inscripción antes de fin de mes.

Ambos siguen hablando de visas, fechas y programas. Sonrío de forma mecánica, pero la sangre me hierve. De reojo veo a Camila guiñarle un ojo a Adrián. Un gesto cómplice, íntimo. Esto no surgió hoy. Lo planearon a mis espaldas. Me excluyeron porque sabían que me iba a oponer.

***

Dos horas después, la cena termina. Camila se despide con abrazos cálidos en el recibidor. Apenas las puertas de acero del ascensor se cierran detrás de ella, el silencio absoluto sepulta el piso.

Me giro despacio. Adrián está de pie en el pasillo, con las manos en los bolsillos, todavía saboreando su pequeña victoria europea.

—¿Cómo surgió la idea de este viaje? —pregunto, acortando la distancia con pasos lentos.

Se encoge de hombros, retrocediendo medio paso.

—No sé. La tía lo comentó en algún momento. Seguramente te lo mencionó antes y no lo recuerdas.

—¿Un comentario al pasar? —inclino la cabeza—. Qué curioso. ¿Y cómo es que un comentario al pasar ya incluye fechas de vuelos?

Adrián traga saliva. Su postura defensiva se resquebraja.

—Bueno… la tía lo propuso hace un tiempo y a mí me pareció lo más natural del mundo.

—Si era tan natural, ¿por qué no me lo comentaste hasta que lo soltaron en mi propia mesa?

—No sé —desvía la mirada hacia el suelo—. No tengo idea.

«No tengo idea». La respuesta hueca de un adolescente acorralado. No tiene ningún derecho a escudarse en la estupidez para justificar una mentira por omisión. Contengo la furia.

—Por suerte, Camila todavía no compró los boletos —sentencio—. Mañana a primera hora la voy a llamar para suspender el asunto. No vas a viajar.

El rostro de Adrián se desfigura. La coraza de niño bueno desaparece y da paso a una rabieta descontrolada.

—¡No tienes derecho! —levanta la voz, gesticulando—. ¡Es mi vida! ¡Es un viaje importante para mis estudios, necesito socializar y tener roce internacional!

—Si fuera importante de verdad, me lo habrías consultado primero. No lo hiciste porque sabías perfectamente que era una pésima idea. Tema concluido.

—¡Voy a viajar igual! —replica desafiante, con la cara roja de ira—. ¡Ya está cerrado con la tía!

Me quedo en silencio. Lo observo de arriba abajo. Ninguna de mis sumisas se habría atrevido jamás a semejante nivel de insolencia. ¿Acaso en su subconsciente me está provocando porque necesita desesperadamente un castigo? ¿Necesita que le recuerde a quién le pertenece esa polla? Hace meses que no lo disciplino con dureza.

—El tema está concluido, Adrián. No vas a Alemania.

—¿Por qué?

—Porque soy tu madre y yo lo digo.

—Por favor… —insiste, y la voz le tiembla, atrapado entre la furia y la frustración infantil.

El ruego me devuelve a la época en que era un niño pequeño y tenía una pataleta por un juguete. La nostalgia dura un segundo. Una severidad oscura, que había mantenido dormida durante meses, despierta de golpe. Clavo mis ojos en los suyos.

Adrián percibe el cambio en la densidad del aire. Me analiza, buscando una salida.

—¿Esa decisión me la estás diciendo como madre o como Ama? —pregunta, intentando usar nuestra dinámica como escudo.

Lanzo una sonrisa mordaz.

—¿Acaso hay diferencia?

Como madre, tengo la obligación de enderezarlo. Como su Ama, sé exactamente cómo hacerlo. Un correctivo implica dolor; sin dolor no hay corrección. Pero el verdadero peso de un castigo reside en la preparación y en el miedo. El terror debe preceder al dolor.

—Desnúdate —ordeno.

—¿Aquí? —sus ojos se abren de par en par.

—Sí. Aquí.

—Pero Rosaura está en la cocina recogiendo los platos.

—No me importa en lo más mínimo.

Traga saliva y obedece con un reflejo condicionado. Sus manos viajan a los botones de la camisa. La tela cae al piso del pasillo, seguida por los pantalones y la ropa interior. Se queda completamente desnudo, encorvado por la vergüenza, con la polla flácida colgando entre los muslos, todavía dormida pero delatándose ante mi mirada fija. Después de tantas veces que lo he visto así, cuando adopto el papel de madre severa su cuerpo se sigue retorciendo bajo mi mirada.

Yo llevo un blazer de lana blanca que funciona como un vestido corto. La prenda, demasiado breve, deja al descubierto mis piernas moldeadas por tacones altísimos a tono. Me siento en el sillón. Sé que, si algo le produce más vergüenza que su desnudez, es que su madre vea cómo se le empalma la verga solo por respirar el mismo aire que yo. Abro levemente las piernas, lo justo para que adivine la unión de mis muslos, y le doy un vistazo fugaz del interior de las bragas de encaje, ya empapadas. La polla se le empieza a hinchar contra su voluntad, engrosando y elevándose en centímetros lentos y humillantes. Se muerde el labio inferior, mortificado por su propia traición corporal. Yo asiento satisfecha.

—Siéntate al piano y toca para mí.

Duda una fracción de segundo, pero acata la orden. Se acomoda desnudo sobre la banqueta de cuero y apoya los dedos en el teclado. La verga tiesa le golpea el vientre cuando se sienta. Una melodía clásica y nerviosa sale del instrumento.

En ese instante, la cabeza de Rosaura se asoma desde el balcón del piso superior. Por suerte para él, el ángulo del muro oculta su cuerpo.

—Voy a lavar los platos. ¿Quieres un té, Selene?

—No, gracias. Nosotros lavamos lo que quedó. Vete a dormir.

—Buenas noches.

Rosaura se retira. Adrián sigue tocando, pero ahora la frente le brilla, perlada de sudor frío. Saco mi teléfono y reviso un par de correos de la oficina. Lo dejo cocinarse en su propia vergüenza, con la polla dura vibrando cada vez que hunde los dedos en las teclas.

Al cabo de un rato camino hasta su espalda. El sonido de mis tacones contra la madera lo hace tensar los hombros.

—Gírate —ordeno.

Se da vuelta en la banqueta. Su verga está totalmente erecta ahora, dura, gruesa, con la punta rosada y una gota gorda de líquido preseminal colgando del glande, brillando bajo la luz cenital. Los testículos se le contraen bajo mi escrutinio.

—Abre las piernas.

Lo hace. Levanto la pierna derecha y apoyo la punta afilada de mi zapato directamente sobre sus huevos apretados. Ejerzo presión hacia abajo, aplastando la bolsa contra la banqueta. Me humedezco de solo pensar en la suciedad áspera de la suela apretando la parte más sensible de mi hijo. La verga se le sacude, endureciéndose todavía más, chorreando otra hebra transparente que le baja por el tronco.

Ahoga un gemido ronco, aferrándose al borde del asiento. Los muslos le tiemblan.

—No me gusta que me desafíen, Adrián. Mira cómo te tengo. La polla parada como un perro y los huevos bajo mi tacón. Esto es lo que sos.

Aprieto con más fuerza. Sus ojos se humedecen de inmediato. La verga da un espasmo violento y suelta más precorrida, un hilo pegajoso que se estira hasta el ombligo.

—Lo siento mucho —suplica, sin aliento—. Lo siento, mamá.

—«Mamá» —repito con desprecio dulce, aumentando la presión hasta que gime en agonía—. Qué palabra tan sucia dicha por un hijo con la verga chorreando.

Retiro el pie. La marca del tacón le queda impresa en la piel del escroto, roja y palpitante.

—Ven a la cocina.

***

Entramos al espacio de acero y granito. Él se queda parado en el centro de la habitación, desnudo e indefenso, con la polla todavía apuntando al techo, imposible de disimular. Voy al cuarto de juegos y vuelvo con un objeto de metal pesado, con forma de frutilla pulida y un mango corto y plano.

—¿Sabes lo que es esto?

Niega con la cabeza, asustado.

—No importa. Ya lo vas a descubrir. Agáchate.

Obedece, apoyando las manos en las rodillas. Los glúteos se le tensan, se le abren apenas, dejando adivinar el capullo apretado del ano. Me tomo mi tiempo para contemplárselo. Levanto el objeto y lo llevo a mi boca. Junto una cantidad obscena de saliva y dejo que se acumule en el hueco de la lengua. Luego lubrico la frutilla de acero pasándola por mi boca, chupándola despacio, cubriendo cada milímetro con un baño espeso y viscoso mientras lo miro fijo. Él observa por sobre el hombro, tragando saliva, sabiendo lo que viene.

Le abro los glúteos con la mano libre. La piel se separa dejando el orificio a la vista, arrugado y sonrosado. Apoyo el metal frío en el centro y empujo con lentitud sádica. La entrada resiste, cede, resiste de nuevo, y entonces el ano se estira de golpe alrededor de la parte más ancha de la frutilla. Un gemido agudo —a caballo entre el placer invasivo y el dolor del estiramiento— rebota en los cerámicos de la cocina. Sigo empujando hasta que el objeto queda alojado adentro, con solo el mango plano asomando entre las nalgas.

—Puedes ponerte recto.

—Sí, mamá —dice, erguido pero sumiso, con la respiración entrecortada. La verga le brinca al enderezarse, todavía dura y goteando.

—Esto es muy simple. Vas a lavar toda la cocina. Si el objeto que te acabo de colocar se cae al suelo, te castigaré como nunca antes lo he hecho en tu vida. ¿Está claro?

—Sí, mamá.

Pobre ingenuo. Cree que tiene alguna oportunidad de salir ileso. Me siento en un taburete alto, cruzo las piernas y saco el celular. Adrián se mueve hacia el fregadero con pasos cortísimos, apretando los glúteos con desesperación para evitar que el peso lo venza. Tiembla, suda y gime por lo bajo, mientras sus nalgas se marcan exageradamente tratando de contener lo incontenible. La verga se le mece pesada entre las piernas, chorreando gotas al piso cerámico que después él mismo tendrá que limpiar.

Quince minutos después, se gira hacia mí.

—Terminé —anuncia, exhausto.

Levanto la vista de la pantalla y niego con la cabeza.

—Te olvidas de barrer.

Asiente, derrotado. Toma el escobillón, pero al buscar la pala descubre que solo hay una pequeña palita de mano.

—Pero… mamá… con esto tendré que…

—No es mi problema —respondo sin mirarlo.

Intenta bajar doblando solo las rodillas, con la espalda recta. La gravedad es implacable. Al ponerse en cuclillas extremas, los músculos del culo ceden. El objeto resbala y sale despedido como un proyectil, escupido por su ano, y se estrella contra los cerámicos del piso con un ruido metálico ensordecedor.

Se queda congelado en el suelo. Levanta la vista hacia mí con los ojos redondos como platos. La verga se le sigue meneando entre los muslos, delatoramente dura.

Suspiro con pesadez. Me levanto del taburete en silencio. Recojo el artefacto del suelo y, sin decir una sola palabra, abandono la cocina.

Adrián me sigue por el pasillo con la cabeza gacha, arrastrando su condena. Y su erección.

***

Llegamos al final del corredor. La puerta blindada de la sala se abre bajo mi código. Entro y me giro hacia él.

—Arrodíllate.

Cae de rodillas. Con la punta del zapato lo empujo en el hombro para obligarlo a ponerse en cuatro patas sobre la alfombra oscura. La polla dura le cuelga hacia abajo entre los brazos, apuntando al piso. Avanzo y apoyo el tacón con firmeza entre la división de sus glúteos, raspando la bolsa que cuelga entre sus muslos.

—Me decepcionas, Adrián. Creí que a esta altura ya habías aprendido a obedecerme. A respetarme. Pero lo único que haces es lastimarme. ¿Te parece justo que tu madre sufra de esta manera por tu egoísmo?

—Lo siento —llora él contra el piso—. Te juro que lo siento.

Retiro el pie, me giro y me pongo de pie justo frente a su rostro.

—Bésame.

Se arrastra un centímetro y comienza a besar la punta de mis zapatos. Luego la piel desnuda de mis tobillos, subiendo por mis pantorrillas con una devoción desesperada, subiendo por la cara interna de mis muslos con la lengua caliente. Lo dejo llegar hasta el borde del blazer, hasta donde el olor a mi coño mojado le golpea la nariz. Cuando siento su aliento a milímetros de mi entrepierna, retrocedo un paso.

—Todavía no.

Gime, frustrado, con los labios brillantes de saliva y las mejillas empapadas.

Camino hacia la repisa. Tomo un artefacto de acero con juntas mecánicas.

—¿Sabes lo que es esto?

Niega, sin atreverse a levantar la vista.

—Es un abrepiernas. Se mueve en una sola dirección: se abre, pero el engranaje no permite cerrarlo. Acuéstate en la cama.

Obedece. Le ato las manos al dosel grueso de la cama y le ajusto las correas del abrepiernas en los tobillos. Su anatomía queda expuesta, vulnerable y anclada. La verga se le mantiene erguida, empapada de su propia baba, temblando contra el vientre plano. Los testículos, tensos, cuelgan pesados entre los muslos abiertos.

Tomo una pluma negra del estante. Me acerco y empiezo a acariciar su piel. Recorro su torso, rodeo cada pezón hasta ponerlos duros como piedritas, bajo hacia el ombligo y sigo hasta la ingle. La tensión crece, desmedida. La verga se yergue reclamando la caricia, el glande brillante e hinchado, casi morado. Le paso la pluma por el frenillo y él aúlla en un gemido ahogado. Me detengo abruptamente. El instinto lo obliga a buscar más fricción, abriendo las piernas para estirarse hacia mí. El mecanismo del tubo hace clic. Cuando quiere volver a juntarlas, el metal se bloquea.

Sonrío. Sigo con la pluma por la parte interna de los muslos, la base de la verga, los huevos hinchados, el rafe que separa la bolsa, la punta más sensible del glande. Vuelve a moverse por acto reflejo. Otro clic. Se abre todavía más, obscenamente expuesto.

Dejo la pluma. Me arrodillo sobre el colchón entre sus muslos abiertos a la fuerza, coloco mis manos en la parte interior de sus piernas y espero. Su pecho sube y baja agitado. La verga me reclama con movimientos rítmicos, brincando sola, buscando el aire. Suplica el tacto y vuelca todo su líquido transparente como lágrimas desesperadas. La precorrida le chorrea por el tronco, le empapa los huevos y va formando un charquito brillante en la base.

Bajo la cabeza y saco la lengua. La paseo, lenta, a un centímetro escaso de la polla, sin llegar a tocarla. Él siente el calor húmedo de mi aliento y grita de puro suplicio.

—Por favor —solloza—, por favor, mamá, tocámela.

—¿Tocarte qué?

—La polla. Chupámela, por favor. Lo que sea. No aguanto más.

Dejo que un hilo grueso de saliva se me caiga desde los labios, cayendo directo sobre el glande y resbalando por el tronco. Él convulsiona con el estímulo microscópico. Nada más.

Cuando estoy segura de que el deseo resulta insoportable, empujo hacia afuera con toda mi fuerza. El engranaje ruge y lo clava en una apertura total y vergonzosa. Los tendones de la ingle se le tensan hasta parecer cables. La polla salta, empujada por el estiramiento brutal, y suelta otra corrida transparente que le mancha el ombligo.

Abre los ojos suplicantes. Busca a su Ama, pero solo encuentra la severidad de su madre clavándole la mirada.

Le desato una de las manos. Camino hacia la pared del fondo y descuelgo un objeto alargado.

—¿Y sabes lo que es esto?

Vuelve a negar, temblando.

—Es una fusta. Se usa para entrenar caballos de carrera. Una varilla de madera extremadamente flexible envuelta en cuero crudo trenzado. Si se usa mal, sin control, puede arrancarte pedazos de piel y dejar cicatrices para toda la vida.

Lo miro fijo. Traga aire.

—Pero si se usa bien —continúo—, su efecto aleccionador es implacable. Cuando recibes un azote, la piel primero se contrae por el impacto. Luego te atraviesa una aguja de dolor tan intenso que no puedes evitar gritar y las lágrimas se escapan aunque te resistas. La zona arde de tal manera que quisieras arrancarte la carne para que pare.

—Por Dios —susurra aterrado.

—Luego de veinticuatro horas no queda rastro físico, pero en tu mente pueden pasar meses hasta que olvides el castigo. Por eso es tan útil para domar caballos salvajes. Ellos nunca olvidan un azote de la fusta.

Hago zumbar el cuero en el aire. El chasquido corta el oxígeno.

—¿Qué vas a hacer con eso? —pregunta, ahogado.

—Muy simple. Quiero que te toques la polla y te corras delante de tu madre. Si me satisface lo que veo, no la voy a usar. Pero cada vez que no me guste cómo te la manejas recibirás un azote que te servirá de lección para el resto de tus días. Puedes comenzar.

Adrián baja la mano temblorosa y se envuelve la verga hinchada.

—Una cosa más, mi pequeño —agrego—. Voy a intentar ser lo más profesional posible, pero si en algún momento me acuerdo del daño que me hiciste esta noche, probablemente pierda el control y entonces… bueno, entonces no te puedo asegurar que el golpe caiga con técnica. Podrías perder algo importante entre las piernas.

La firmeza de mi hijo, que hasta hace un segundo era diamante, empieza a ceder, aniquilada por el terror. El glande se le desinfla apenas.

—No puedo… —susurra luchando contra su flacidez.

Hago una prueba. Corto el aire con la fusta a milímetros de su muslo desnudo. El sonido lo hace pegar un salto y un escalofrío le sacude el pecho.

Con su única mano libre envuelve la base y empieza a mover la mano. El puño le sube y le baja despacio por el tronco, la piel arrastrándose sobre sí misma, la punta asomando y volviéndose a hundir dentro del cerco de sus dedos. El terror retrasa la respuesta, pero el roce constante hace su trabajo. La verga se hincha de nuevo, se pone violeta y tirante, brillante de su propia baba. Apurado por librarse de la amenaza, aumenta el ritmo frenéticamente. La mano vuela sobre la polla, el ruido pegajoso de la carne mojada llenando el cuarto insonorizado.

Cuando parece que va a llegar al límite, cuando los huevos se le encogen y la respiración se le corta, dejo caer el brazo en un arco largo y veloz. El golpe es preciso y severo. El cuero muerde la piel de su muslo izquierdo, a un dedo de la ingle.

Un grito desgarrador sale involuntario de su boca. La verga da un espasmo violento, escupe una única gota gorda que aterriza en su ombligo, pero el orgasmo se corta en seco, robado. Se retuerce sobre el colchón, pero el abrepiernas no lo deja moverse.

—Vas muy rápido —recrimino con frialdad—. Y te ibas a correr sin permiso. Doble falta.

El ardor se irradia por todo su cuerpo, viajando desde la verga negada hasta sus glúteos, que se cierran con un espasmo. Tarda varios minutos en recuperar el aliento. Vuelve a intentarlo, esta vez con una lentitud tortuosa. La mano le sube por el tronco milímetro a milímetro, se detiene en la corona, la rodea con dos dedos, la baja de nuevo. La polla, otra vez tiesa, palpita entre sus dedos.

Pasa el tiempo. El cuarto queda sumido en el sonido húmedo de su puño resbalando sobre la carne empapada. De pronto, descargo otro latigazo de fuego sobre su muslo derecho.

—¡Ahhh! —aúlla, sacudiendo la cabeza contra la almohada.

Las lágrimas y el moco brotan incontrolables. La verga se le sacude en el aire.

—Te estás distrayendo. Ni siquiera estás mirando tu polla. Mírala. Mira lo patético que estás. No tengo todo el día. Debes acabar. Si no te veo humillado de verdad, corriéndote sobre tu propio vientre como el sumiso que sos, esto no cuenta como castigo.

Ese cuero ha conocido a muchas sumisas. También mordió mi piel alguna vez en que me rebelé de puro gusto contra mi Amo. Mi cuerpo conoce el tremendo ardor que carcome hasta los huesos y anula cualquier pensamiento. Pedirle que se masturbe en ese estado de dolor, arrebato y vergüenza es uno de los peores castigos. Lejos de sentir remordimiento, mis bragas están completamente empapadas, el coño palpitándome en sincronía con cada golpe. Puedo oler mi propia humedad mezclada con el sudor y el semen incipiente de mi hijo.

Adrián se seca las lágrimas con el dorso de la mano libre. Lo intenta nuevamente, pero la fricción en seco lo lastima. Me inclino sobre su mano y dejo caer una columna abundante y densa de saliva para lubricar su agarre. La baba le baña la polla, le resbala por los huevos hinchados, le llega al ano todavía dilatado por la frutilla que expulsó en la cocina.

Vuelve a moverse con más ritmo. La mano ahora resbala fácil, el puño girando y apretando el glande en cada subida, arrastrando el prepucio en cada bajada. La tensión es inmensa y sus testículos se han contraído hasta casi desaparecer, pegados a la base. Conozco su verga lo suficiente como para saber que está a punto de desbordarse.

Calculo el milímetro exacto. Un tercer latigazo cae a un centímetro de la base de su polla, justo en el pliegue de la ingle. El ardor colisiona con el placer y se propaga por toda la zona como un relámpago eléctrico. El alarido crudo habría despertado a todo el edificio si el cuarto no estuviera insonorizado. Un chorrito de semen le escapa contra su voluntad y le mancha el ombligo, un aborto de orgasmo que no le da placer, solo humillación.

Su respiración es un caos.

—Lo estás haciendo mal —dicto, bajando la fusta—. Te corriste como un idiota, sin permiso y encima mal. Ni siquiera merece llamarse corrida.

Tiene los ojos mojados e inyectados en sangre. La polla, milagrosamente, sigue de pie, hinchada, todavía chorreando gotas del semen frustrado que se mezclan con la baba. No tiene la menor idea de cuánto va a durar mi disciplina.

Dejo el cuero en el suelo. Me quito las bragas, que caen flotando por mis piernas hasta convertirse en un charco de tela transparente, la entrepierna oscurecida por la humedad. Se las paso por debajo de la nariz. Él inhala con desesperación, drogado por el olor de mi coño.

—Esto es lo que le hacés a tu madre. Esto es lo mojada que estoy mientras te destruyo.

Le meto las bragas empapadas en la boca. Las muerde con avidez, chupando mi humedad como un lactante.

Me subo a la cama. Aún llevo el blazer extra corto y los tacones. Me pongo a horcajadas sobre su rostro, la falda subiéndoseme, y planto el coño desnudo justo sobre su boca amordazada por mis bragas. Restriego los labios abiertos contra la tela y contra su nariz. Él respira mi olor a bocanadas, gimiendo debajo, tratando de sacar la lengua a través de la tela para lamerme.

—Chupá —ordeno.

Le saco las bragas de la boca. Instantáneamente, su lengua encuentra mi clítoris hinchado y lo lame en círculos torpes y desesperados. Me monto en su cara, aplastándole la nariz, restregándome contra su barbilla. La lengua se le hunde entre mis labios, buscando la entrada, y cuando la encuentra la penetra con una furia hambrienta. Le agarro el pelo con las dos manos y le follo la boca con mi coño, subiendo y bajando sobre su lengua estirada.

—Así, mi amor. Chupá el coño de tu madre. Es lo único para lo que servís. Chupamelo bien, tragate todo, no te vayas a perder ni una gota.

Adrián gime debajo de mí, un sonido ahogado y desesperado. Su lengua trabaja frenética, la nariz me presiona el clítoris cada vez que se hunde en mí. Yo me muevo, cabalgándole la cara, sintiendo cómo mi humedad le baja por las mejillas, por el cuello, mancha las sábanas. El primer orgasmo me revienta rápido, sin previo aviso, y le empapo la cara entera, sacudiéndome contra su boca abierta mientras él traga lo que puede.

—Buen chico. Ahora no vas a olvidar el gusto de tu madre.

Me deslizo hacia atrás, arrastrando la humedad por su pecho, por su vientre. Me inclino contra el respaldar para atar de nuevo la mano que tenía libre, y mi prenda se levanta dejándome expuesta. Aún adolorido, clava la mirada en mi coño chorreante y depilado, brillante de mi propia corrida.

Bajo la mano hasta su verga y la agarro con firmeza. Está tan dura que parece que va a estallar, hirviendo entre mis dedos. Le acomodo la punta contra la entrada de mi coño y la paseo despacio por los labios empapados, mojándole el glande con mi humedad. Él gime como un animal, empujando la cadera hacia arriba, pero el abrepiernas y las ataduras lo mantienen clavado.

—No te muevas. Vos no follás. Vos aguantás.

Me pongo a horcajadas sobre su pelvis y me dejo caer con lentitud, hundiendo toda su dureza palpitante dentro de mí. Milímetro a milímetro. Siento cómo la polla de mi hijo se abre paso por mi carne, cómo la corona golpea contra la entrada del cuello del útero, cómo cada vena hinchada arrastra placer contra las paredes de mi coño. Cuando toco fondo, cuando lo tengo entero adentro, aprieto los músculos y lo estrujo. Él suelta un rugido animal.

El alivio del calor húmedo lo hace exhalar de golpe. Me quedo quieta, inamovible, sintiendo toda su tensión adentro mío. Cada palpitación de su polla me golpea las paredes. Cada latido lo puedo contar.

—¿Estás seguro de que quieres irte a Alemania y dejarme sola? —susurro sobre sus labios—. ¿Vas a encontrar en Múnich un coño que te ordeñe la verga como este? ¿Vas a encontrar una madre que te la chupe como yo?

Apenas puede articular palabra. Está desesperado por que me mueva, pero mi cadencia estática lo enloquece. Contrae la pelvis intentando embestir, pero el abrepiernas se lo impide.

—N-n-no —tartamudea, inmóvil.

—¿Cómo? —arqueo una ceja.

—Que no quiero dejarte sola. Quiero quedarme contigo. Quiero que tu coño sea el único que folle.

Me muevo hacia arriba apenas unos centímetros, a punto de salir, y vuelvo a bajar. Un centímetro, otro centímetro. La desesperación en sus ojos se dispara. Niego con la cabeza.

—Me parece que no has entendido nada de este castigo.

—¿Qué cosa? —pregunta, ciego por el deseo y el dolor.

—Lo que quieras o lo que no quieras es completamente irrelevante. Es lo que yo quiera lo que importa en esta casa. Tu polla, tu culo, tu boca, todo lo que colgás entre las piernas, es mío. Yo decido cuándo se para, cuándo se corre, cuándo revienta y cuándo se queda con las ganas.

Reflexiona y entiende.

—Te juro que voy a hacer lo que tú mandes —responde en un hilo de voz, vencido—. Es tuya. Toda mía es tuya. Hacé lo que quieras.

Acaricio su mejilla sudada.

—Perfecto.

Con una cadencia pasmosa empiezo a aumentar la velocidad. Subo hasta que solo la punta queda dentro y bajo con un golpe seco, sintiendo cómo su glande golpea el fondo de mi coño. Subo y bajo, subo y bajo, cada embestida más profunda que la anterior. Adrián gime desesperado, tirando de las cuerdas hasta que le quedan marcas rojas en las muñecas, pero yo me anclo en su cintura apretándolo con los zapatos para clavarlo en el colchón. Los tacones se le hunden en los flancos.

Le sostengo la mirada y, esta vez, le dejo ver a la madre amorosa y dulce que lo está conteniendo en su interior. Su cuerpo convulsiona al contemplarme. Yo, la mujer que le dio la vida, cabalgándole la verga como una yegua desbocada, con el blazer subido, los pechos rebotando bajo la tela, el pelo pegado a la frente por el sudor.

—Mirá a tu madre, mi amor. Mirá quién te está follando. Mirá quién es la única mujer que va a saber cómo tratarte.

Aumento el ritmo, pasando de un vaivén suave a una cabalgata furiosa, desbocada, implacable. Me muevo tan rápido que el sonido de mi culo golpeando sus muslos se mezcla con los gemidos y el chapoteo obsceno de nuestros sexos. La verga se le hincha todavía más adentro mío, señal inequívoca de que no puede aguantar un segundo más.

—Corrémela —le ordeno, hundiéndome hasta el fondo—. Reventá adentro del coño de tu madre. Toda tu corrida acá adentro. Ahora.

En apenas unos movimientos la represa cede. Adrián se quiebra por completo, entregándose con un grito ahogado, y siento cómo su polla empieza a bombear violentamente dentro de mí, chorro tras chorro tras chorro de semen espeso y ardiente inundándome el útero. Su corrida es tan larga, tan abundante, que puedo sentir cada latido descargando adentro, llenándome, desbordándome. Contraigo los músculos alrededor de su polla y le ordeño hasta la última gota. Me quedo quieta, esperando a que se vacíe del todo, dejando que su verga siga palpitando dentro, sensible y todavía dura.

Cuando por fin se aquieta, me levanto apenas, dejando que su verga escurra fuera de mí. Un río blanco y espeso me chorrea del coño abierto y cae sobre su vientre, sobre su verga todavía brillante, sobre sus huevos vacíos. Bajo la mano, recojo la mezcla de mi humedad y su semen con dos dedos, y se la llevo a la boca.

—Chupá. Probate.

Abre los labios y me chupa los dedos, tragando su propia corrida mezclada con mi jugo, mirándome a los ojos con una devoción absoluta.

Me dejo caer sobre su pecho, satisfecha.

***

Lo beso con lentitud. Primero en la boca, un roce suave, maternal, saboreando en su lengua el rastro salado de nosotros dos, limpiando con la lengua la crudeza de lo que acaba de suceder. Luego le suelto las manos y los pies. Con paciencia infinita aplico crema en las zonas rojas donde el cuero mordió su piel, incluyendo la marca cerca de la ingle y el moretón que empieza a formarse sobre el muslo. Apoyo la mano sobre su verga fláccida y agotada, ahora dormida, y la dejo un largo rato ahí, protegiéndola, acariciando con el pulgar la piel sensible. Adrián se abandona a mis cuidados.

Lo tomo de la mano, lo saco de la sala y lo llevo a mi propio cuarto. Me quito el abrigo y los zapatos. Me meto desnuda en la cama junto a él y lo abrazo fuerte por la espalda, pegando mi cuerpo al suyo hasta que mis pechos son una sola carne con su piel. Siento su verga blanda y satisfecha contra el dorso de mi mano cuando le rodeo la cintura.

Le acaricio el cabello en la penumbra mientras su respiración se acompasa. Antes de que el sueño lo venza le susurro al oído:

—Tienes que ir a Alemania. Nos va a hacer bien a los dos tomar distancia un tiempo.

Él asiente despacio en la oscuridad. Antes de caer rendido, el último rastro de miedo asoma en su voz y me pregunta en un susurro ronco:

—Mamá… ¿en serio podrías haberme partido la piel con esa fusta?

Sonrío en la penumbra. Dejo que mis palabras caigan como un arrullo helado sobre su oreja:

—Esperemos que nunca tengamos que averiguarlo, mi amor.

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Comentarios(8)

Nahuel_BA

tremendo!!! me atrapó de principio a fin, no pude parar de leer

Claudia_S

Necesito una segunda parte urgente. Quedé con demasiadas ganas de saber como sigue todo esto

VicenteRos_ok

Lo que mas me gustó es cómo se construye la tensión desde el primer párrafo. Eso no lo logra cualquiera, muy buen trabajo

mati_noc

jajaja el momento del ascensor me lo imagino perfecto, tremendo detalle ese

Rosario_T

Me recordó esa sensación de cuando todos en la mesa saben que algo pasó pero nadie lo dice abiertamente. Muy real eso

sofi_lee

buenisimo, de los mejores que leí acá en mucho tiempo!!!

CamilaOscar

hay continuacion planeada? porque la historia da para muchisimo mas, ojalá que sí

MarceloRN

Excelente ritmo, la narrativa engancha enseguida y no te suelta. Espero ver mas relatos tuyos por aca

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