El cuarto cerrado despertó a la mujer en mí
Llevaba dos años sin vestirme. Entonces encontré la llave de la habitación que la dueña me pidió no abrir, y dentro estaba todo lo que necesitaba.
Llevaba dos años sin vestirme. Entonces encontré la llave de la habitación que la dueña me pidió no abrir, y dentro estaba todo lo que necesitaba.
Me daba cien euros de propina por una carrera de tres kilómetros. Tardé dos días en entender que el dinero era solo el principio de lo que pretendía.
Subí a sujetar la escalera sin imaginar lo que iba a encontrarme al levantar la vista. Esa tarde, en la trastienda, aprendí quién mandaba de verdad.
Crecí entendiendo el naturismo como algo natural, pero nada me preparó para el día en que el novio de mi madre dejó de taparse delante de mí.
Caminé hasta la orilla con un plan tonto: pasar frente a ella y memorizarla. No sabía que esa desconocida iba a dejarse mirar como si lo hubiera decidido.
La dueña insistió en que se quitara el sostén para probar el vestido sin tirantes. Lo que Mariana no esperaba era ver a su madre asentir, complacida, ante cada orden.
Cruzaba la calle cada mes para hacerme la cera, sin imaginar que la chica de manos suaves estaba esperando la misma señal que yo.
Reservó turno para una depilación de rutina antes de las vacaciones. Lo que no esperaba era la forma en que aquella mujer la miraría al cerrar la puerta del privado.
Tenía veintidós años y nunca había visto a otra mujer desnuda, hasta esa tarde en la ducha, cuando ella se quitó la ropa interior como si yo no estuviera mirando.
Quedaba una semana para mi boda cuando me senté en el centro del salón y dejé que un desconocido me convenciera de cruzar a esa habitación.
El anuncio decía «sesión erótica gratuita para chicos jóvenes». Lo que no decía, y yo entendí perfectamente, era cómo pensaba cobrármela aquella noche.
El mar me escupió en la cubierta de un yate sin un solo hombre a bordo. Cuando desperté por segunda vez, ya llevaba puesto su vestido y no entendía por qué me dejaba hacer.
Antes lo escondía todo. Esa noche entré a la sala sin ropa interior, con la falda corta y la certeza de que alguien iba a mirar. Y yo quería que mirara.
Cojeaba, sudaba y no se atrevía a mirarme. Cuando le ordené que se quitara la toalla delante de su hermano, supe que haría todo lo que yo dijera.
Nora siempre había admirado a su hermana mayor más de lo que debía. Lo que no sabía era que esa mujer a la que deseaba en secreto era, en realidad, su propia madre.
Empezó como una broma viendo vídeos en la cama. Terminó con las dos dobladas sobre el colchón, intentando algo que jamás creímos posible.
Tres días con el mismo traje, derrumbado en el sillón. Yo era la única mujer de la casa ahora, y decidí que la vida seguía aunque tuviera que empezar desnudándolo.
Me rasuré entera, me ceñí la tanga negra y me pinté los labios de rojo. Faltaba una hora para que llegara, y yo ya temblaba sin haberlo visto todavía.
Cuando le pedí depilación completa, ella arqueó una ceja y su sonrisa dejó de ser profesional. La cera y sus dedos pronto se confundieron.
Creí que tenía la casa entera para mí durante cuatro días. No conté con que él tenía llaves, cámaras y una curiosidad que nunca me había confesado.