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Relatos Ardientes

Fui insolente con mi amo y pagué cada palabra

Esa semana las conversaciones entre él y yo habían sido largas, encendidas, cargadas de esa complicidad que solo nosotros entendíamos. Como siempre ocurría, él iba sumando detalles perversos que afilaban cada una de mis fantasías hasta dejarlas brillando. No recuerdo cómo terminamos hablando de mi vello púbico, pero sí recuerdo perfectamente en qué acabó la charla: una orden tan extraña como excitante. No depilarme hasta que volviéramos a vernos.

Obedecí, claro. Aunque también me había dado el lujo de provocarlo, de responderle con descaro, de retarlo en cada mensaje como si las distancias me protegieran. Más de una vez me dejó caer la misma advertencia: ya veríamos si era tan altiva cuando lo tuviera de frente.

El día acordado pasó a buscarme de muy buen humor. Yo llevaba puesto un vestido corto de jean, holgado, y debajo absolutamente nada. Apenas nos saludamos y comprobó con un roce discreto que no había ropa interior, una sonrisa torcida le cruzó la cara. Sin decir palabra, arrancó el auto.

En el primer semáforo me incliné y lo besé despacio, profundo, mordiéndole apenas el labio. Sentí cómo su entrepierna respondía bajo la tela y mi mano bajó sola, atraída, para acariciarlo por encima del pantalón.

—Mira cómo me pones con solo besarte —murmuró sin apartar la vista del frente.

Eso me encendió todavía más. Acerqué los labios a su oído y dejé salir mi voz más dulce, esa que él conocía bien.

—¿Puedo chuparla, amo?

Lo pensó un instante, midiendo el momento con esa calma suya que tanto me desarmaba. Después se desabrochó el pantalón con la misma media sonrisa de siempre.

—Tienes permiso.

Me acomodé como pude para no estorbarle la conducción y empecé a lamerlo, jugando, provocando, haciendo exactamente lo que sabía que le gustaba. Él posó la mano sobre mi nuca, me acarició el pelo y, justo cuando empezaba a perderme en la tarea, me indicó que era suficiente.

Charlamos de cualquier cosa unos minutos. Entonces me preguntó si llevaba una liga encima. La tenía. Se la mostré, y la forma en que entrecerró los ojos me dejó claro que mi mente empezaría a comprender lo que se venía. Porque verán, que mi dueño se excite es sinónimo de que su perversión sube de nivel. Debí imaginarlo cuando le pedí chupársela minutos antes.

—Abre bien las piernas —ordenó, sereno—. Vas a sostener la liga firme, una mano a cada lado de tu concha.

La tensé con los dedos índices, horizontal, cruzando apenas por debajo de mi monte carnoso. Con esa única instrucción ya sabía qué iban a ser los próximos quince minutos de camino.

Empezó calibrando, un movimiento suave que me arrancó un gemido más placentero que dolido. A partir de ahí solo subió: el ritmo, la tensión, el tirón cada vez más cruel de la goma contra mi piel. Sentía el ardor de cada chasquido expandirse certero, latiendo, y él alternaba caricias entre golpe y golpe, como si midiera cuánto aguantaba. Para el último, mis gemidos ya salían llorosos, casi un ruego.

***

Llegamos a la habitación. Espaciosa, cómoda, conocida. Me desvestí apenas cerró la puerta y me arrodillé en el centro. Bajé la cabeza, besé la punta de sus zapatos y volví a mirarlo desde el suelo.

—Muy bien —dijo, acariciándome la mejilla con el dorso de la mano—. Eres una buena perra.

Me pidió que apoyara la frente en el piso.

—Quiébrate más. Más. Así.

En esa postura, mis pechos sentían el frío de las baldosas y mi sexo quedaba completamente expuesto, ofrecido. Su mano recorrió mi nalga despacio hasta llegar a mi entrepierna, húmeda, abierta, expectante.

—Mmm. Te gustó —constató, sintiendo en sus dedos cuánto lo deseaba.

—Sí, amo. Gracias —alcancé a decir antes de que su pie se posara sobre mi cabeza, firme, sin presionar de más pero dejando claro quién mandaba.

Las tiras del látigo empezaron su recorrido por mi espalda y un escalofrío me hizo separar las piernas todavía un poco más. Lo sé, parece una locura que, sabiendo que voy a ser azotada, mi cuerpo busque exponerse aún más. Pero esa es mi reacción ante él. Darle acceso total, control absoluto del momento, sin reparos, aunque jamás del todo sin miedo. Si alguna vez sentiste algo parecido, lo estarás afirmando en silencio mientras lees.

Así arrancó una de las tandas de azotes más intensas que me ha dado. Estuvo al menos diez minutos castigándome las nalgas, con fuerza, con cadencia, el silbido seseante del cuero cortando el aire, los golpes cayendo certeros sobre zonas distintas: nalgas, muslos, sexo. En la piel sentía algo parecido a un hilo de brasas que quemaba justo en la superficie, y mi cuerpo se tensaba y se relajaba con cada impacto, atrapado entre el ardor y las ganas.

—Levántate. Manos en la nuca.

Me señaló un punto en mitad de la habitación. Obedecí. Levanté la cara hacia el techo, respiré hondo y cerré los ojos. No, todavía no terminaba. Debo confesar que la semana anterior me había comportado bastante retadora con él, y en más de un momento me había prometido que veríamos si seguía tan engreída teniéndome enfrente.

Cuando los golpes pasaron a mis pechos, volví a sentir las brasas encendiéndose, expandiéndose con cada vaivén de mi carne. El dolor y la excitación me subían a la par, indistinguibles. Él se detenía a chuparlos, a morderlos, a apretarlos, y enseguida retomaba el castigo. Siempre supe que mis tetas eran su debilidad.

—Qué ricas tetas —solía decirme, y esa tarde lo repitió contra mi piel.

Me llevó contra la pared y, con la misma liga cruel de antes, empezó a acertar una y otra vez justo en mis pezones. Ahí grité de verdad, sin control.

—Perdóname, amo. He sido una perra insolente. Por favor, por favor.

Mi ruego era sincero, pero no aflojó ni un poco. Siguió cinco golpes más, exactos, maliciosos. Mi dueño estaba disfrutándome: un cuerpo a su merced, que grita, que tiembla, que se excita, pero que sobre todo quiere obedecer.

***

Señaló la cama.

—Échate boca arriba. Piernas bien abiertas. Cierra los ojos.

Lo hice al instante, pensando que por fin me dejaría satisfacerlo con alguno de mis huecos. Pero no. Todavía no. Buscó una paleta y una pinza. Apoyó la paleta sobre mi clítoris, que aún no había recibido la primera atención de la tarde, y la movió en círculos lentos.

—¿No te quejabas de que siempre me olvido de tu concha? —dijo con sorna—. Veamos si después de hoy pides más atención.

Y empezaron los golpes. La precisión de la paleta era letal: lo abarcaba todo, el clítoris, los labios mayores, los menores, sin dejar un rincón. Y aun así, entre el ardor, mi cuerpo respondía empapado, delatando cuánto merecía esa posición de juguete suyo.

Hinchada, roja, encendida, así estaba cuando tomó la pinza y comenzó a arrancarme el vello púbico mientras seguía estimulándome el clítoris. Sensaciones opuestas me partían en dos: el dolor agudo de cada pelo arrancado de raíz, el temblor incontrolable, y a la vez oleadas de un placer que me arqueaba la espalda. Me abría como una desvergonzada mientras chillaba y jadeaba, sin saber ya qué pedía mi cuerpo.

Después me hizo recostarme en el sillón y afeitarme delante de él. Me invadió la vergüenza, la humillación de hacerlo bajo su mirada, pero apareció una sorpresa extra: mi sexo maltrecho no estaba preparado para el filo. Sobre la piel hinchada y dolorida, cada pasada de la hojilla era una tortura nueva.

—Si queda un solo pelo, lo saco con la pinza —advirtió.

Después de eso me esmeré en no dejar absolutamente nada. Volví a la cama bajo su atención, otra vez con las piernas completamente abiertas. Me inspeccionó con los ojos y con los dedos.

—Muy bien.

Aun así encontró un par de vellos rebeldes que arrancó con la pinza, sacándome un grito más, y con la paleta azotó mi pubis y la cara interna de mis muslos un poco más, solo porque podía.

***

Estaba excitado, muy caliente. Podía olerlo, podía verlo en su erección. La tenía brillante, el glande cada vez más grueso, más hinchado. La apoyó en la entrada de mi sexo y de un solo empuje se hundió completo en mí. Mi gemido no se hizo esperar. No me dio tregua, no me dejó reponerme: salió y volvió a clavarse, duro, hondo, voraz.

Me entregué entera. Sostuve mis propias piernas en alto, llevé las rodillas al pecho y me abrí todo lo que pude para él. Fue salvaje. Mi coño, ya demasiado sensible por el castigo, recibía cada embestida como un recordatorio en carne viva de todo lo que había sentido esa tarde. Húmeda, ardiendo, dejé que el placer se superpusiera sobre cada zona donde antes solo hubo dolor, y todo mi cuerpo pareció estallar a la vez. Él me amasaba y me tiraba de las tetas mientras me penetraba sin piedad. Yo jadeaba con la lengua afuera, como la perra suya que era, y le daba las gracias entre embestida y embestida.

Un tirón más brusco de mis pezones me arrastró al suelo, de rodillas otra vez. Entendí perfecto. Soy el depósito de su semen. Abrí la boca y recibí la primera leche tibia de la tarde, tibia y espesa, sin perder un instante el contacto con sus ojos. Le sostuve la mirada y, cuando terminó, le sonreí.

—Gracias, amo —fue lo único que dije después de tragar.

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Comentarios (6)

LoboGris88

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Andres_Cba

Muy bien escrito, se nota que conoces el tema. La tension desde el principio es perfecta, sigue así

NocheDeVela

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mucho mas

Miki_lee

Me enganche desde la primera oracion, no pude parar de leer. Tremendo

SombraNocturna_7

jaja la protagonista se la busco jajaja, genial como termina todo

PatricioRos

Excelente historia. Me recordo a algo que vivi hace tiempo, muy parecida la sensacion que describes. Gracias por compartir!

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