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Relatos Ardientes

Mi vecina me esperaba a cuatro patas en su jardín

Aquel sábado de julio en Hermosillo el calor era pegajoso y obstinado, de esos que no se van ni cuando cae la tarde. Yo llevaba toda la mañana arreglando el aire del cuarto y a las tres me rendí. Salí al patio sin camisa, con un cigarro entre los dedos y una cerveza tibia en la otra mano. Me apoyé en la barda que separa mi terreno del de la vecina y me quedé ahí mirando nada, sintiendo cómo el sudor me bajaba por el costado de la columna.

Daniela vivía sola en esa casa desde hacía un año. La gente del barrio la llamaba «la rara de los perros» porque tenía cuatro bóxers que no le ladraban a nadie, solo a ella, y porque hablaba poco. Yo nunca había cruzado más de dos palabras con ella. Hola, buenas tardes, oye préstame la podadora. Pero la había visto desde mi ventana mil veces: saliendo a tirar la basura en pijama, regando las matas a las once de la noche, fumando descalza en el porche.

Esa tarde salió distinta.

Llevaba unos leggings rotos en las rodillas y una playera vieja de Iron Maiden que le quedaba enorme, casi por la mitad del muslo. Descalza. Sin sostén. Antes de que pudiera saludarla, se puso a cuatro patas en el zacate seco como si estuviera buscando algo entre las piedras. La playera se le subió un poco y vi lo que tenía en la cintura.

Una cola.

No era pintada ni de disfraz. Era esponjosa, color trigo quemado, y se balanceaba lenta cada vez que ella movía las caderas. Estaba enganchada en algo que se le hundía en el cuerpo, asomando por la cintura caída del pantalón. Reconocí lo que era. Lo había visto en internet alguna vez, de pasada, sin pensar que existiera la mujer que se animara a sacarlo al patio en pleno día.

Ella me vio. No se sobresaltó, no se tapó. Se quedó quieta un instante con el culo un poco levantado y se lamió los labios despacio.

—¿Qué pasa, vecino? —dijo con la voz más baja de lo normal, casi rasposa—. ¿Te gusta mi colita?

Tragué saliva. El cigarro se me había olvidado entre los dedos y la ceniza ya formaba una columna larga. La dejé caer sin mirar.

—Se te salió por arriba del pantalón —respondí, intentando sonar tranquilo—. Y se mueve como si tuviera vida propia.

Soltó una risa que terminó en un sonido bajo, casi un gruñido contenido.

—Tiene vida propia cuando estoy cachonda —contestó sin moverse—. Llevo semanas oliéndote desde mi ventana. El cigarro, el sudor cuando podas el pasto. Y cómo te tocas en la regadera al amanecer creyendo que nadie escucha. Me pone tan perra que me meto esto y me arrastro por toda la casa pensando que eres tú el que me lo está clavando.

Avanzó dos pasos a cuatro patas. La cola se levantó más con cada movimiento, el plug empujando contra sus nalgas como si la propia carne no quisiera dejarlo ir.

—Ven —dijo—. Salta la barda. Acércate y huéleme bien. Te dejo que me huelas antes de que me lo claves. Y si te portas, hasta dejo que me jales la colita mientras me montas.

—¿Y si alguien nos ve?

—Que vean —gruñó—. Que vean al vecino domando a su perra. Que huelan que ya tengo dueño. Salta, cabrón. Monta lo que es tuyo.

Salté.

Aterricé torpe, una rodilla rasgada por una piedra, pero no me importó. Ella ya se había dado vuelta y bajado los leggings hasta los tobillos de un solo tirón. Sin nada debajo. El sexo hinchado, brillante, los labios separados y rojizos. Un hilo le bajaba por la cara interior del muslo. El plug seguía ahí, en su sitio, la cola esponjosa moviéndose con cada respiración agitada.

Me arrodillé detrás. Le agarré las nalgas con las dos manos y se las separé despacio. Olí primero, sin tocar todavía. Era un olor fuerte, animal, dulce y salado a la vez, mezclado con el plástico tibio del juguete. Le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, una sola vez.

Empujó el culo contra mi cara y soltó un gemido grave, casi de animal pequeño.

—Así… lame a tu perrita… métela hasta el fondo… quiero que sepas a qué sabe lo que es tuyo antes de que me lo metas…

Hundí la lengua. Ardía por dentro, empapada. Empezó a mover las caderas en círculos, frotándose contra mi boca con una urgencia que ya no tenía nada de juego. Le pasé la lengua por el clítoris y la sentí temblar entera, desde los muslos hasta los hombros.

—Más… ahí… chúpalo… mi colita ya quiere que la jales…

Me bajé el short. La tenía dura desde que ella había hablado de su ventana. La punta me chorreaba. Apoyé la cabeza contra su entrada, sin meterla todavía, dejándola sentir la presión.

—No me la metas suave —me ladró por encima del hombro, mirándome con los ojos brillantes y la boca abierta—. Clávamela de una. Quiero sentir cómo me abres mientras la cola me golpea la espalda.

Empujé. Entré hasta el fondo de un solo golpe. Ella aulló corto, ronco, y los músculos de su sexo se cerraron alrededor de mí como un puño tibio.

—Así… móntame… soy tu perra… tu puta perra con la cola puesta…

***

Empecé a embestirla sin tregua. El sonido de mis caderas contra sus nalgas se mezclaba con sus jadeos cortos, con el ladrido sordo de uno de los bóxers desde el porche, con el zumbido de las cigarras en el árbol del fondo. La cola esponjosa me golpeaba el abdomen con cada empujón. Le agarré el plug por la base, tiré un par de centímetros hacia afuera y lo volví a hundir en ella.

—¡Tira más! —gimió—. ¡Jálalo mientras me la clavas! ¡Quiero sentirla moverse por dentro!

Tiré. Ella arqueó la espalda y apretó tan fuerte que casi me corro en ese momento. Me obligué a aguantar. Su respiración se había convertido en una serie de jadeos cortos, casi caninos, jfff jfff jfff, y cada vez que yo embestía con más fuerza, el sonido se hacía más alto.

—Más profundo… lléname… quiero que me marques… quiero que mi sexo te atrape adentro…

—¿Qué quieres que haga cuando me corra? —le pregunté entre dientes, sin dejar de empujar.

—Córrete dentro… lléname hasta el último rincón… y cuando lo hagas, mi cuerpo se va a cerrar fuerte… te va a dejar atrapado… nos vamos a quedar pegados un rato… como los perros… no te asustes… solo no te salgas…

La idea me reventó la cabeza. La embestí brutal, sin medir nada. Le tiraba de la cola con cada metida, y cada tirón la hacía arquearse más y apretarme con más fuerza. El sudor me caía por las sienes y se mezclaba con el suyo en la espalda.

—Voy a correrme —le gruñí en la nuca.

—Hazlo… lléname… quiero sentir cómo te vacías en tu perra… quiero oler a ti toda la semana… ¡córrete dentro!

Tres embestidas más y exploté. Tan fuerte que me quedé sin aire un segundo, viendo manchas negras y el verde quemado del zacate. Sentí cómo salía a chorros, cómo ella se estremecía en una especie de espasmo continuo y cómo sus músculos se cerraban alrededor de mí como una trampa tibia. Y entonces pasó.

El nudo.

Un anillo de músculos se hinchó en la base de mi sexo, atrapándome adentro. Intenté retroceder por instinto y no pude mover ni un milímetro. Estaba pegado a ella, con las rodillas hundidas en el zacate, la cola esponjosa aplastada contra mi vientre y su espalda subiendo y bajando con respiraciones cada vez más cortas.

—Daniela… ¿qué chingados…? —murmuré.

Soltó una risa cansada, todavía temblando.

—Ya te lo dije… es mi nudo… no te muevas… se baja solo en un rato… nos vamos a quedar así un buen rato… disfrutándolo… con mi colita todavía adentro…

***

Pasaron quince minutos. Veinte. Veinticinco. Yo ya tenía las rodillas en carne viva por las piedras del zacate. Ella temblaba de pequeños orgasmos cada tanto, contracciones que me hacían soltar gemidos involuntarios entre dientes. Su sexo seguía ordeñándome, sacándome gotas residuales que ya no sabía si eran mías o suyas. El sol nos pegaba en la espalda, los hombros, la nuca.

—Se siente raro… —le dije.

—Se siente rico —susurró ella—. Te tengo lleno… marcado… mi cuerpo no te va a soltar hasta que esté satisfecho. Y mi cola sigue vibrando por dentro cada vez que respiro fuerte.

Y entonces salió la señora Mendoza por la puerta lateral de su casa, la que da al callejón, con la manguera en la mano. Era la viuda del barrio, la que regaba sus rosales a esas horas para no gastar agua «buena» cuando el sol secaba todo más rápido. Nos vio.

Se quedó congelada un instante, con la manguera apuntada al suelo. Luego abrió la boca de la forma en que la abren las viejas cuando ven el infierno con sus propios ojos.

—¡Qué barbaridad! —gritó—. ¡En el jardín como animales! ¡Voy a quemarlos!

Y abrió la llave del agua caliente del patio al máximo. Esa llave que ella usaba para destapar drenajes, porque los caños del barrio se obstruían con la cal. Salió un chorro hirviendo, un arco humeante, y nos cayó encima como un latigazo de fuego líquido.

Daniela aulló de verdad, esta vez de sorpresa y dolor. Yo intenté brincar y casi lo logré: el grito, el agua, el susto, todo combinado, hizo que el nudo se aflojara de pronto. Salí con un sonido líquido, espeso, vergonzoso. Semen y sus jugos me chorrearon por las piernas hasta el zacate. El plug se quedó un segundo más en su sitio antes de que ella se moviera y la cola cayera al suelo con un golpe sordo.

La señora Mendoza no soltaba la manguera.

—¡Cochinos! ¡Voy a llamar a la patrulla! ¡Esto es un barrio decente! ¡Descarados!

Daniela se levantó a medias, tirándose los leggings hacia arriba como pudo, y volteó a mirarme con los ojos brillantes y el pecho subiendo y bajando todavía. Tenía una sonrisa que no era de vergüenza.

—Mañana —me dijo bajito, mientras la otra seguía maldiciendo del otro lado—. En mi casa. Puerta cerrada.

Asentí sin pensar.

—Pero esta vez quiero que me lo hagas en la cocina —siguió, acercándose un poco para que la vieja no la oyera—. Sobre la mesa. Que me amarres con la correa de los perros. Que me muerdas el cuello hasta dejar marca. Que me metas otro plug más grande, uno con cola más larga, más esponjosa. Y que me llenes otra vez. Hasta que el nudo nos deje pegados toda la tarde.

Me limpié la cara con el antebrazo. Tenía el sexo todavía medio duro, goteando, y las rodillas latiendo de dolor. Me daba igual.

—Hecho —le dije.

Salté de vuelta a mi patio mientras la señora Mendoza seguía gritando insultos desde su barda. Caí del otro lado y me quedé un momento ahí, sentado en el cemento caliente, mirando mis propias manos. Olían a ella. A juguete tibio, a sudor, a algo más que no podía nombrar.

Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía el zacate, la cola esponjosa balanceándose, los ojos de Daniela mirándome por encima del hombro. Mi mujer hacía meses que dormía en el cuarto de huéspedes. La mía estaba en otra ciudad, con su madre, con la excusa de siempre. Yo me quedaba acá, en esta casa, en este barrio, esperando a que algo pasara. Y había pasado.

Nunca en mi vida había sentido algo tan sucio, tan real y tan adictivo al mismo tiempo. Mañana iba a ser peor. O mejor. No me importaba qué nombre tuviera. Iba a saltar otra vez la barda en cuanto cayera el sol.

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Comentarios (7)

Fede1993

tremendo relato!!! me quede con ganas de mas, en serio

MisterVegas99

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi nomas

nochero91

buenisimo, uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Gary

jajaja el jardin nunca mas va a ser lo mismo, para ninguno de los dos

Marcos_Baires

Me recordo a algo con una vecina que tuve hace años. Te juro que la realidad a veces supera cualquier historia. Muy bueno esto, sigan asi.

lectora_silenciosa

Lo que mas me gusto es como arranca, la tension que genera antes de que pase todo. Se nota que saben como escribir.

RoloPuntano

es ficcion o paso de verdad? pregunto porque se siente demasiado autentico, demasiado real

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