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Relatos Ardientes

El simulacro de incendio fue solo una excusa

Me bajé del colectivo con la bronca todavía atragantada en la garganta. Bruno me había hecho otra escena absurda esa misma tarde, una de tantas, y necesitaba sacarme de encima el enojo contándole a alguien una historia vieja. A los veintiséis años yo era otra mujer, una con demasiadas ganas de cambiar el mundo y muy poca prudencia.

Por aquel entonces daba un taller de voluntariado comunitario en la facultad de humanidades. No era profesora ni nada parecido. Mi amigo Hernán, que estaba en el centro de estudiantes, me había conseguido un cuartito en el subsuelo del edificio para que pudiera reunirme cada miércoles con quien quisiera escuchar sobre redes solidarias en los barrios del sur.

Las primeras semanas éramos cuatro gatos locos. Yo y dos o tres chicas que venían más por curiosidad que por compromiso. Después aparecieron ellos. Cinco chicos de segundo año, vivos, simpáticos, con esa energía de quien recién descubre que el mundo se puede romper. Federico, Iván, Tomás, Lucas y Nicolás. En tres reuniones se habían convertido en mis ayudantes informales, los que repartían apuntes y cebaban mate cuando llegaba gente nueva.

El taller creció rápido. De cinco personas pasamos a quince, después a treinta. Tuvieron que mudarme a un aula vieja del mismo subsuelo, una que olía a humedad pero servía. Cada miércoles a la tarde yo bajaba la escalera y en la puerta me esperaba una manada de chicos con cuadernos y termos. Me sentía importante por primera vez en mi vida, y esa sensación me volvió descuidada.

***

El día de la trampa estaba lloviendo desde la mañana. Llegué al aula y solo había unos diez asistentes, además de mis cinco ayudantes. Casi todos rendían finales esa semana, así que la baja convocatoria me pareció lógica.

—Hoy vamos a ser pocos —dije, sacándome el tapado mojado.

—La lluvia desanima a cualquiera —contestó Iván, abriendo el termo—. Pero yo vine porque me gusta estar acá.

Recién había acomodado los apuntes sobre el escritorio cuando empezó a sonar la alarma de incendio. Un chillido seco, repetitivo, que rebotaba contra las paredes del subsuelo y nos dejó parados como idiotas.

—¿Por dónde salimos? —pregunté.

—Yo me sé el protocolo de memoria —dijo Tomás, levantándose ya—. Síganme por acá.

Empezó a caminar hacia un pasillo que yo nunca había recorrido. Los otros chicos del taller se fueron por la escalera principal, pero mis cinco ayudantes se quedaron conmigo, como si hubieran ensayado el momento. Tomás avanzaba con seguridad, abriendo puertas, esquivando cajas. Yo lo seguí porque no se me ocurrió otra opción.

El aula a la que me llevó estaba clausurada hacía años. Mesas apiladas contra una pared, las ventanas tapiadas con afiches viejos y placas de madera, un olor a humedad que costaba respirar. La puerta cerró detrás de nosotros con un golpe seco.

—¿Estás seguro de que es por acá? —pregunté.

—Justamente por eso —dijo Tomás—. Está aislada del resto. Si arriba pasa algo, esto no se cae. Confiá.

Saqué el celular para mandarle un mensaje a Bruno. No tenía señal. Las paredes eran demasiado gruesas o estábamos demasiado lejos de cualquier antena. Hacía veinte minutos que tenía que haber empezado el taller y estaba encerrada en un aula semioscura con cinco chicos que de pronto me parecían más grandes de lo que recordaba.

—No tengo señal —dije, intentando sonar tranquila—. Bruno me va a matar.

—Tranqui, son unos minutos —dijo Nicolás—. A mí ya me está agarrando asma con tanto polvo, ja.

Me reí con ellos. Yo tenía puestos unos jeans ajustados, una remera blanca larga que me llegaba hasta la cadera, unos zapatos de cinco centímetros de taco y el pelo recogido en un rodete. Una pizca de base. Cosas que cualquier mujer se pone para ir a dar una clase y que de repente sentí como una imprudencia.

—¿Hace cuánto que salís con tu novio? —preguntó Lucas, mirando su celular.

—Uy, ¿vamos con esas preguntas? Ya van a tener que mandarme un bombero a rescatarme.

—Si no querés contestar, no contestes —dijo, sin levantar la vista—. Era curiosidad.

Algo en su tono me hizo querer probar que no me intimidaba. Que era una mujer adulta hablando con sus alumnos como si no pasara nada raro.

—Con Bruno salgo desde el último año del secundario. Es celoso, pero los dos somos así. Yo tampoco soy ninguna santa.

Me transpiraron las manos en cuanto terminé la frase. Tomás había sacado el celular y lo apoyaba contra el respaldo de una silla, apuntándome.

—Mirá el material que tengo —dijo, girando la pantalla hacia los otros cuatro—. La encargada del taller confesando que no es ninguna santa. Esto, en manos equivocadas, arma una guerra.

—Bueno, ya está, paren —dije, todavía intentando reírme—. Volvamos arriba.

—¿Volver? —Iván se sentó en una mesa con las piernas abiertas—. Esto era un simulacro, Daniela. El rector lo anunció la semana pasada. Dura dos horas con charla y todo. Vos faltaste.

***

Recién en ese momento entendí que el aula estaba vacía por una razón. Que el pasillo no era una salida. Que los cinco habían planeado el día entero apoyados en mi rutina.

—En este momento no hay nadie en el edificio —dijo Nicolás, despacio, sonriendo—. Estamos solos. Y vamos a hacer justicia por todas las veces que viniste con las calzas levantando ese culo, o con la minifalda que nos hacías imaginar levantándotela, o con los trajecitos que te ponías para que te miráramos chuparnos. Sos una provocadora, Daniela. Una puta provocadora.

El insulto no me dolió tanto como esperaba. Me llenó la cara de un calor que no era miedo, o que no era solo miedo. Me obligué a mantenerme firme.

—Si vengo vestida así es porque me gusta. Yo no tengo la culpa de tener un cuerpo que a ustedes les caliente. Ese es problema suyo, no mío.

—¿Y si tu novio se hace del video, también es problema nuestro? —dijo Tomás, levantándose de las sombras con el celular en la mano.

Avanzó dos pasos y me mostró la pantalla. Mi voz salía clara: «yo no soy ninguna santa, ya hemos pasado por escenas». Sonaba peor de lo que había sentido al decirlo.

—Vos sos amiga de Hernán, del centro de estudiantes —siguió—. Pero Hernán es más amigo de Bruno que tuyo. Si le mando este video, ¿cuánto tarda en cerrarte el taller y romperte la pareja?

—No tengo plata —dije, con la voz floja—. Doy clases particulares de inglés. Eso es todo.

—No queremos plata —dijo Tomás—. Queremos equilibrar la balanza. Vos decís que sí. A todo. Y el video desaparece. Si no, sale a la luz hoy mismo.

Se frotó el bulto del pantalón sin disimulo. Los otros cuatro se acomodaron alrededor del escritorio como si esperaran un turno asignado.

***

No tenía alternativa. O eso me dije durante las primeras décimas de segundo. Porque enseguida vino la otra parte, la parte sucia que no le iba a contar a Bruno ni a nadie hasta esta noche: que Iván me gustaba desde la segunda reunión. Que con Nicolás había fantaseado más de una vez en la ducha. Que el aula clausurada y la amenaza me estaban prendiendo fuego de una manera que no quería reconocer.

Y si decís que sí, dejás de ser víctima.

Lucas se acercó primero. Me agarró la cara con una mano y me besó sin pedir permiso, con la lengua entrando antes de que yo pudiera abrir la boca. No lo aparté. Me apoyó contra el escritorio y me empezó a manosear las tetas por encima de la remera mientras los otros cuatro le sacaban fotos.

—Sabíamos que eras una putita de oficio —dijo alguien.

—Esta venía esperando que la enlecháramos desde el primer día.

—Cómo me pone esta puta.

Lucas me empujó por los hombros para que me arrodillara.

—Chupame como nadie —dijo, sacándose el cinto—. Te quiero ver mirándome desde abajo, putita social.

Le obedecí. La tenía dura, gruesa, y yo se la metí entera en la boca con los ojos clavados en los suyos. Los otros cuatro se desnudaron alrededor y empezaron a turnarse, ofreciéndomela sin esperar a que terminara con Lucas. Iban pasando una y otra vez por mi boca, y entre cada una me decían algo, una palabra, una orden.

—Apúrense —dijo Federico, agarrándome del brazo—. El simulacro termina en una hora y yo quiero acabar dos veces.

Me dio vuelta, me apoyó los codos sobre el escritorio y me bajó los jeans hasta los muslos. Corrió la tanguita blanca con dos dedos y escupió antes de hacerse paso. La primera embestida me arrancó un quejido tan fuerte que asusté a Iván, que estaba grabando.

—Despacio, por favor —pedí.

—Está apretada esta concha —dijo Federico, riéndose—. Pero apretada no quiere decir sin uso. Ya vas a aprender el ritmo.

Me cogió con un golpeteo brutal que me iba arrastrando el escritorio contra la pared. Iván se acercó por delante con la verga dura y me la apoyó en los labios.

—Ese quejidito me hace acabar enseguida —me dijo—. Hacémelo mientras te chupo.

Tenía dos hombres encima al mismo tiempo y un grupo de chicos a los que les había enseñado qué era el voluntariado mirándome y filmándome. Era exactamente la fantasía sucia que nunca me había animado a contarle a Bruno, pero forzada a ocurrir en las peores condiciones posibles. Una parte de mí lloraba. La otra parte estaba más mojada que en años.

***

Federico acabó adentro. Me lo avisó solo con un gemido. Sentí los borbotones tibios sin que nadie me preguntara si me cuidaba.

—Estás para toda la noche —dijo, saliendo despacio—. Ese culo invita a que lo enlechemos.

—El culo no —imploré, antes de que Tomás se ubicara detrás—. Acábenme en la concha, lo que quieran, pero el culo me lo dejo para Bruno.

Tomás se rió. Me abrió las nalgas, desparramó los flujos que me chorreaban por los muslos y apoyó la punta sin pedir permiso.

—Tu novio tardó demasiado —me dijo al oído—. Yo te lo hubiera hecho la segunda vez que salimos. Este culito ahora es nuestro.

Me cogió por atrás durante quince minutos eternos. El dolor del comienzo se transformó en una mezcla rara de ardor y placer que me hacía empujar el escritorio sola. Cuando acabó, Iván se acostó boca arriba sobre la mesa más grande y me hicieron subir encima de él. Federico se acomodó por detrás. Nicolás se metió en mi boca. Lucas filmaba.

Después se turnaron de todas las formas que se les ocurrieron. En un momento Tomás y Nicolás me penetraron las dos a la vez, mientras Iván sacaba un desodorante en aerosol de mi cartera y lo usaba como dildo. Cinco chicos haciendo de mí, de un cuerpo que dos horas antes les daba clases de redes solidarias, lo que se les antojara.

Cuando se quedaron sin leche me dejaron vestirme. Tomás giró el celular hacia mí y borró el video adelante de los demás, despacio, para que no me quedara ninguna duda de que el trato se cumplía. Subimos las escaleras como si nada. La facultad funcionaba con normalidad. Esa tarde no hubo taller.

***

Estuve dos meses sin volver. Cuando reaparecí, vinieron todos los habituales, y al final del taller, cuando ya se habían ido los demás, se quedaron Tomás y Lucas. Me arrinconaron contra la puerta del aula y me mostraron las fotos en el celular. Las mismas fotos que yo había visto borrar.

—No era el único material —dijo Tomás, tranquilo—. Lo sabías desde el primer día, ¿no?

Lo sabía. Había estado esperando ese momento durante dos meses, y lo peor era que esa tarde había ido con la minifalda de jean, una remerita ajustada y los tacos de cinco centímetros. La misma ropa que ellos me habían reprochado.

Volvimos al aula del fondo. Ese día, como era el último horario, nos quedamos hasta la mañana siguiente. Trajeron un consolador, dos botellas de cerveza tibia y la misma cámara. Tomás y Lucas hicieron lo que quisieron. Yo me dejé hacer todo. Por momentos por miedo. Por momentos por algo más viejo y más sucio que nunca había nombrado en voz alta.

Ese fue el último día del taller en la facultad de humanidades. Después me dediqué a otras cosas. Pero, por hache o por be, siempre terminaba en algún evento parecido. Y, si me preguntan a esta altura de la vida, me encanta que siga sucediendo.

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Comentarios (9)

Lua_MDP

Tremendo relato, me atrapó desde el primer parrafo. Bravo!!

Karla_Noc

Por favor que haya segunda parte, me quedé con muchas ganas de saber como sigue

Xenomorf

La ambientacion del subsuelo le da un toque especial, muy original. Seguí así!

CuriosoBA

Lo leí de un tiron y no pude parar. La tensión que vas construyendo desde el principio es lo que más me gustó, uno ya intuye que algo va a pasar pero igualmente te sorprende. Espero el próximo relato!

Seba_Mdq

Y Tomás aparece en algun otro relato? Me quedé intrigado con ese personaje jaja

naranjito_ok

increible!! de lo mejor que leí acá en mucho tiempo

DanteR_27

Me recordó a una situacion que tuve en el trabajo, que tensión la que puede armar un lugar cerrado...

Pili23

El titulo me enganchó y no defraudó para nada. Muy bien jugado

FlorNocturna

se hizo cortisimo!! quiero mas por favor

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