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Relatos Ardientes

La regla de acero con la que los puso de rodillas

Renata tenía veintiocho años y una melena pelirroja que llamaba la atención apenas cruzaba una puerta. Era atractiva de un modo que incomodaba: no hacía nada por gustar, y eso la volvía más peligrosa. Llevaba seis años como instructora de defensa personal en el campus privado de Valdecruz, y bajo su ropa formal escondía músculo entrenado y unos reflejos que casi nadie sospechaba.

Los chicos del último curso fantaseaban con ella en voz baja. La miraban cruzar el patio con esa mezcla de deseo y respeto que tanto la divertía, sin entender que cada uno de esos cuerpos jóvenes que la desnudaban con los ojos cabría perfectamente bajo su talón si ella se lo proponía. Renata lo sabía. Y le gustaba saberlo. Se los imaginaba a veces, arrodillados, con la polla dura y temblando por rozarle apenas la punta de la bota, suplicando permiso para lamerle los muslos.

El campus tenía un problema que la dirección prefería no nombrar. Un grupo de tres alumnos mayores se había adueñado de los pasillos. Cobraban un peaje a quien quisiera pasar tranquilo, presionaban a los de primero, humillaban a quien se les antojaba. Pagar salía más barato que terminar en la enfermería, así que casi todos pagaban. Las autoridades, atadas de manos, miraban hacia otro lado.

Esa noche le tocaba a Renata cerrar el ala este. Caminaba despacio, con una carpeta bajo el brazo y una regla de acero en la otra mano, un viejo instrumento de medición que usaba en clase para corregir posturas. Iba comprobando aula por aula que las luces estuvieran apagadas y las puertas con llave.

Una más y termino.

Abrió la última puerta. Lo que vio le heló la sangre y, un segundo después, le encendió algo mucho más oscuro.

Dentro estaba uno de los tres. El más corpulento, el que se hacía llamar el jefe. Tenía acorralada contra un pupitre a una alumna de unos veintidós años, le tapaba la boca con una mano mientras con la otra le sujetaba las muñecas. Ella forcejeaba, los ojos anegados de pánico. Cuando vio a Renata en el umbral, esos ojos se encendieron con una súplica que no necesitaba palabras.

—Lárgate, profesora —escupió él sin soltarla—. Esto no es asunto tuyo. Vete o serás la siguiente.

Renata no se movió. Ladeó la cabeza y lo recorrió de arriba abajo, despacio, como quien evalúa a un animal que se cree más fuerte de lo que es.

—¿Tú? —preguntó, y su voz salió tranquila, casi divertida—. ¿Vas a romperme con eso? ¿Con esa verguita de niño que tienes ahí metida?

Bajó la mirada hacia la entrepierna del muchacho con un desprecio tan estudiado que él se sintió desnudo. Soltó a la chica para encararla, y esa fue su primera equivocación. La segunda fue sacar una navaja del bolsillo trasero.

—¿Sabes lo que les pasa a las putas que abren la boca? —gruñó, avanzando.

—Enséñame —dijo ella.

***

El primer golpe de la navaja cortó el aire a un palmo de su cara. Renata ni siquiera retrocedió. Esquivó el segundo girando la cadera, y al ver la torpeza del chico no pudo contener una sonrisa. Disfrutaba de aquello. Le gustaba el momento exacto en que un hombre acostumbrado a mandar descubría que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

Él lanzó la tercera estocada con todo el brazo. Renata alzó la carpeta y la hoja se hundió en el cartón, atrapada. Con la mano libre, balanceó la regla de acero desde abajo, en un arco limpio y brutal, directa al centro de sus piernas, como un bate buscando la pelota perfecta.

El sonido fue seco y metálico, y se mezcló con un alarido que pareció salirle del estómago. El chico se quedó sin aire. La navaja cayó al suelo. Él la siguió un instante después, doblado sobre sí mismo, las dos manos cerradas entre los muslos, incapaz siquiera de gritar como debía.

—¿Qué pasa? —preguntó Renata, agachándose a su altura con una dulzura envenenada—. ¿Te di en mala zona? ¿En esos huevos que tanto presumes?

Él temblaba, blanco como el papel, intentando arrodillarse y sin conseguirlo del todo. Por primera vez en mucho tiempo, el jefe del campus no daba órdenes a nadie. Renata sintió un calor familiar subiéndole por la espalda, ese cosquilleo que la recorría siempre que tenía el control absoluto de un hombre que hasta hacía un minuto se creía invencible. Sintió cómo el coño se le humedecía de golpe bajo la falda, un latido pesado entre las piernas que le recordó cuánto le gustaba esto. Los pezones se le endurecieron contra el sostén hasta marcarse en la blusa.

No era la violencia lo que la encendía. Era la inversión exacta del poder, el segundo preciso en que el depredador se convertía en presa y descubría, en sus propias entrañas, lo que tantas habían sentido bajo su peso. Renata respiró hondo, saboreando el silencio roto solo por los jadeos del chico, y se permitió una sonrisa que ninguno de sus alumnos le había visto jamás.

Se giró hacia la chica, que seguía pegada al pupitre, abrazándose a sí misma.

—¿Estás bien? —le preguntó, ya con otra voz, más cálida.

La chica asintió, todavía temblando. Se llamaba Camila, lo supo después. Renata le tendió la regla de acero. Camila la miró sin entender, y entonces la instructora le guiñó un ojo. No hizo falta más.

***

Renata se colocó detrás del matón y le sujetó los brazos a la espalda, abriéndole el cuerpo, dejándolo expuesto y de rodillas en el centro del aula. Con un tirón seco le arrancó el cinturón y le bajó los pantalones hasta los tobillos. Los calzoncillos siguieron el mismo camino. La polla del chico quedó al aire, encogida, patética, colgando entre unos huevos ya inflamados y rojos por el primer regalazo de acero. Él comprendió lo que venía y empezó a suplicar entre lágrimas, una imagen muy distinta del tipo que tapaba bocas y cobraba peajes.

—Por favor, por favor, no… —balbuceaba.

—Mírame —ordenó Renata, y su voz no admitía discusión. Él levantó la cara, deshecha—. Vas a aprender una cosa esta noche. La fuerza no es tener miedo a otros. Es que otros te tengan miedo a ti. Y a partir de ahora, el miedo lo pongo yo. Con esta miseria que tienes entre las piernas ni a un gato asustas, ¿verdad? Y así ibas a follarte a la chica. Con esto.

Le agarró la polla flácida entre el pulgar y el índice, como quien levanta un bicho muerto, y se la mostró a Camila con una carcajada baja. El chico gimió de vergüenza. Renata se la soltó de golpe y le dio un cachete seco en los huevos con la palma abierta. Él aulló.

Camila avanzó. Tenía los nudillos blancos de apretar el acero. Tomó impulso desde abajo, igual que había visto hacer a Renata, y descargó el golpe justo donde tocaba. La regla se estrelló contra los cojones desnudos con un chasquido carnoso, plano, obsceno. El grito del chico rebotó en las paredes vacías del aula y se perdió por el pasillo. Camila respiraba agitada, no de miedo ahora, sino de algo nuevo, de una rabia que se transformaba en poder en sus propias manos.

—Otra vez —murmuró Renata, casi en su oído—. Despacio. Que lo sienta.

Y Camila lo hizo otra vez. Y otra. La polla del matón botaba con cada impacto, un pedazo de carne blanda que ya no significaba nada. Renata le tiró del pelo hacia atrás para obligarlo a mirar cómo una chica que hacía diez minutos temblaba ahora le destrozaba la hombría a golpes.

—¿Ves lo que se siente, cabrón? —le susurró al oído, y le lamió despacio el lóbulo, saboreando su terror—. ¿Ves cómo se te desinfla todo lo que creías ser?

Cuando terminaron, el jefe era un bulto encogido en el suelo, gimoteando, con la entrepierna hinchada y morada, incapaz de mirarlas a la cara. Renata lo levantó del cuello de la camisa, sin esfuerzo aparente, y lo arrastró así, con los pantalones enredados en los tobillos y el culo al aire, hasta la enfermería. Antes de salir, cerró el aula con llave y le devolvió la calma al pasillo.

—Vete a casa —le dijo a Camila al despedirse—. Y la próxima vez que un hombre te acorrale, recuerda lo que se siente al tenerlo de rodillas.

Camila asintió. En sus ojos quedaba todavía el reflejo del acero.

***

Lo que Renata no esperaba era encontrarse a los otros dos esperándola en la galería principal. Habían oído los gritos y, en lugar de huir, se acercaban con esa sonrisa estúpida de quien todavía no entiende nada. La rodearon, midiéndola con la mirada, silbando por lo bajo.

—¿No quieres pasar un buen rato con nosotros, pelirroja? —dijo el más alto, llevándose la mano al cinturón—. Vamos a enseñarte modales. Te vamos a follar por delante y por detrás hasta que se te olvide tu nombre.

Renata se detuvo en el centro del pasillo, bajo la única luz encendida. Despacio, con una calma que debió haberlos alertado, se recogió la melena en un moño y se desabrochó dos botones de la blusa, lo justo para dejar a la vista un escote pesado y firme, dos tetas grandes marcándose bajo el encaje. Se pasó la lengua por el labio superior y les sostuvo la mirada.

—¿Sí? —dijo, con voz ronca—. ¿Y con qué vais a follarme, chicos? Enseñádmelo. Sacadla. Quiero ver qué me traéis.

Los dos chicos perdieron la cabeza al instante. Tan seguros estaban de su victoria que se desabrocharon los pantalones allí mismo, se los bajaron a los muslos y se sacaron las pollas, las agarraron con la mano, meneándoselas frente a ella, ofreciéndose, exhibiéndose, convencidos de haber ganado antes de empezar. Se les hincharon rápido, tercas y venosas, apuntándole a la cara. Uno se escupió en la palma y empezó a masturbarse con más ganas, gimiendo por lo bajo, imaginándose ya lo que iba a hacerle.

—Ponte de rodillas, profesora —jadeó el otro, agarrándose la polla por la base—. Abre esa boca. Vamos a llenarte de leche.

Fue entonces cuando la sonrisa de Renata cambió.

De la carpeta sacó no una, sino dos reglas de acero, una en cada mano. Las hizo girar entre los dedos con la familiaridad de quien lleva años usándolas para algo más que medir.

—Os la habéis sacado vosotros solos —dijo—. Me ahorráis trabajo.

El primero ni siquiera alcanzó a reaccionar. El acero de la mano derecha subió en un latigazo desde abajo y le partió los huevos con un chasquido brutal, plano contra la carne dura de la erección. La polla del chico se dobló hacia arriba por el impacto y él se plegó como una navaja, agarrándose, sin voz, con los ojos abiertos como platos y la boca en una O muda. Renata no le dio tregua: le clavó la puntera de la bota entre las piernas y lo mandó al suelo, boca arriba, con la verga todavía tiesa apuntando al techo y los huevos ya morados. Le pisó la polla con la suela, aplastándola contra su propia barriga, y giró el tobillo con calma, sintiendo cómo la carne palpitaba bajo el cuero.

—¿Con esto ibas a follarme? —le preguntó, presionando más—. ¿Con esta polla que se aplasta como un gusano?

El chico solo consiguió emitir un gemido roto. Renata volvió a alzar la regla y descargó dos golpes precisos, uno tras otro, sobre los cojones expuestos. El grito se le desgarró en la garganta y una hebra hilada de semen escapó de la punta de la polla, un chorro triste, involuntario, provocado por el dolor. Renata rio bajito.

—Mira, si hasta te has corrido. Qué rápido acabas, cariño. Menos mal que no te lo has metido en ninguna, habrías durado tres segundos.

El segundo intentó subirse los pantalones y correr, pero el tobillo se le enredó en la tela y cayó de rodillas, en la postura perfecta. Renata se tomó su tiempo con ese. Caminó alrededor de él como una domadora, disfrutando del pánico, de la forma en que el chico cubría con las manos la polla que segundos antes le enseñaba con tanto orgullo.

—Las manos a los lados —ordenó.

Él negó con la cabeza, sollozando, apretándose los huevos con las dos manos.

—Las manos a los lados —repitió, y bajó el tono hasta convertirlo en un susurro que daba más miedo que cualquier grito—. No me hagas repetirlo una tercera vez.

El chico, vencido, obedeció. Apartó las manos y se quedó arrodillado, ofrecido, llorando, con la polla dura a pesar de todo, traicionera, apuntando hacia arriba, marcada por venas gordas. Esa erección le daba más vergüenza que la desnudez. Renata se la quedó mirando un instante largo, casi tierno.

—Se te pone dura, ¿eh? Cuando una mujer manda de verdad, se te pone dura. Guarra reprimida —le lamió el lóbulo de la oreja, y luego le mordió—. Vamos a arreglar eso.

Se puso de cuclillas frente a él. Le agarró la polla con una mano, firme, sin ternura, y la levantó para tenerla bien alta, dejando los huevos colgando expuestos y tensos. Con la otra mano, la regla de acero. Golpe. Golpe. Golpe. Cada impacto arrancaba un aullido nuevo, un temblor de todo el cuerpo. La polla se le seguía manteniendo dura entre sus dedos, palpitando de dolor y de algo más, algo que él no quería reconocer. Renata sonreía cada vez más ancha. Le encantaba sentir esa carne caliente latiendo contra su palma mientras el chico se deshacía en gemidos.

Esa obediencia, esa rendición total de un cuerpo que minutos antes la amenazaba, fue lo que más excitó a Renata en toda la noche. Notaba las bragas empapadas pegadas al coño, los muslos apretados uno contra el otro, la respiración pesada. No era el golpe. Era el instante anterior, el momento en que un hombre comprendía que su voluntad ya no le pertenecía. Era tener una polla dura entre los dedos y saber que ese cuerpo obedecía porque no le quedaba otra.

—Córrete —le ordenó de pronto, empezando a moverle la mano arriba y abajo, con fuerza, sin piedad, un movimiento seco y humillante—. Córrete ya, delante de mí, como el perrito que eres. Enséñame lo poco que tardas.

El chico lloraba y gemía y negaba con la cabeza, pero la mano de Renata seguía trabajando, apretando, tirando. Sus caderas empezaron a moverse solas, empujando contra ese puño duro que lo ordeñaba a la fuerza. En pocos segundos, entre sollozos, la polla le explotó y disparó chorros gruesos de semen que le mancharon el propio pecho, la camisa, la barbilla. Se corrió mientras lloraba. Se corrió porque ella se lo mandó.

—Buen chico —susurró Renata, soltándolo con desprecio y limpiándose la mano en la camisa del chaval—. Ahora ya sabes para qué sirve tu polla. Para lo que yo te diga.

El golpe final llegó preciso, medido, perfecto, otra vez sobre los cojones vacíos y flácidos. Y luego el otro. Renata diría después que le pareció oír, en algún punto, el sonido inconfundible de algo que se rompía para no volver a ser lo mismo.

***

Al día siguiente el campus amaneció en un silencio extraño, casi reverencial. La noticia había corrido como la pólvora. En los pasillos, los alumnos de primero que durante meses habían bajado la cabeza ahora caminaban erguidos. Algunos se acercaron a Renata para darle las gracias en voz baja; otros simplemente la miraban pasar con una mezcla de respeto y temor que a ella le sentaba mejor que cualquier elogio.

Camila la esperaba apoyada en la puerta de su aula. Ya no temblaba. Tenía en la mano una regla de acero idéntica a las de la instructora, y la sostenía con una naturalidad que hizo sonreír a Renata.

—¿Me enseñas? —preguntó la chica.

—Te enseño —respondió Renata—. Pero la primera lección la aprendiste anoche, y es la única que importa. Nadie te pone de rodillas si tú decides quién se arrodilla.

De los tres matones no se supo nada en varios días. Cuando reaparecieron, lo hicieron pegados a la pared, sin levantar la voz, evitando con todas sus fuerzas cruzarse con la pelirroja que caminaba por los pasillos con una carpeta bajo el brazo y una regla de acero balanceándose en la mano. Caminaban raro, con las piernas ligeramente abiertas, y cada vez que la veían pasar se les encogía por instinto lo poco que les quedaba entre las piernas.

Renata pasó junto a ellos sin detenerse. Apenas les dedicó una mirada de reojo, la justa para verlos encogerse.

—Hombres —murmuró, casi para sí misma, y siguió su camino, sintiendo entre los muslos ese calor húmedo que ya no la abandonaba nunca del todo.

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Comentarios(8)

Tomi_lector

Increible relato!!! Me tuvo pegado a la pantalla hasta el final

Lucrecia_BA

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. Necesito saber que paso despues

ElenaOscar_77

Uno de los mejores que lei en mucho tiempo, se nota que hay talento aca. Sigan escribiendo asi

DiegoSalta88

brutal. no esperaba ese giro al final

ValeMza

Me encanto el personaje, tan segura de si misma. Raro encontrar algo tan bien construido en este tipo de relatos

CampurrianoJ

???... hay continuacion?? porque sino me voy a quedar pensando en esto toda la noche jajaja

Valentina_1994

Excelente!! Me lo mande a una amiga que tambien le gusta este tipo de historias, seguro le encanta

Seba_lector

muy buen relato, bien redactado y con ritmo. 5 estrellas sin dudarlo

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