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Relatos Ardientes

El desconocido que le enseñó a obedecer

Ilustración del relato erótico: El desconocido que le enseñó a obedecer

Carla rondaba los treinta y llevaba casi dos años casada con Martín. Era un buen hombre, atento y paciente, pero algo fallaba entre las sábanas. No es que ella no llegara nunca al orgasmo; llegaba, y sin embargo después se quedaba con una sensación de vacío que no sabía nombrar. Faltaba algo. Lo sentía como un hueco en el pecho que ninguna caricia terminaba de llenar.

Había pensado incluso en consultar a un especialista, pero la vergüenza la frenaba cada vez. ¿Cómo se explica que tu marido lo hace todo bien y aun así no es suficiente?

—A lo mejor —le decía medio en broma su amiga Nuria— lo que necesitas es una aventura.

—No seas bruta.

—Pues algo tendrás que hacer. Así no puedes seguir.

Pero Carla no creía que acostarse con otro fuera a resolver nada. Si miraba hacia atrás, con todos los hombres de su vida le había pasado algo parecido. Con Martín era peor, cierto, aunque lo achacaba a la rutina del matrimonio y a tantas noches iguales.

Una tarde, mientras hacía las compras, se cruzó con una conocida que iba acompañada de un hombre maduro, de más de cuarenta. Alto, delgado, con una mirada profunda y escrutadora, de esas que uno no logra sostener y que te obligan a bajar los ojos. Su amiga lo presentó como Damián.

El hombre permaneció callado, observándola de un modo tan fijo que Carla empezó a sentirse incómoda. De pronto, a la conocida le sonó el móvil y se apartó unos pasos para atender la llamada, dejándolos solos.

—No deberías estar tan nerviosa, Carla —dijo él de repente.

—Estoy bien.

—Yo creo que no.

Habría querido marcharse en ese instante, pero le pareció una grosería. Y, en realidad, el hombre no hacía nada raro. Era solo esa mirada, tan penetrante, como si pudiera asomarse a rincones de ella que ni ella misma conocía.

—Tengo un local. Un club privado. Creo que deberías visitarlo. Te convendría —y le tendió una tarjeta con una dirección.

Carla la guardó en el bolsillo sin apenas mirarla. Su conocida ya terminaba de hablar por teléfono y se acercaba de nuevo. Antes de que llegara, Damián insistió en voz baja:

—Ven a verme este viernes. A las ocho.

Más que una invitación, sonó a una orden. Se despidieron y Carla pudo por fin respirar tranquila. Pero no logró sacarse de la cabeza a aquel sujeto extraño y perturbador.

***

Al llegar a casa encontró la tarjeta, que ya casi había olvidado, y la miró con más atención. El club tenía un nombre curioso: «El Umbral», y quedaba a menos de quince minutos de su casa. Estuvo a punto de romperla, pero, sin saber bien por qué, volvió a guardarla. De todos modos no pensaba ir.

La tarjeta se quedó en el bolsillo de aquel abrigo durante semanas. A veces la sacaba, la observaba un momento y la devolvía a su sitio repitiéndose que no tenía ningún deseo de volver a cruzarse con ese hombre.

Hasta que una tarde, mientras hacía recados, se dio cuenta de que estaba a un par de calles del club. Eran casi las ocho, justo la hora que él había mencionado. Por pura curiosidad, se dijo, decidió acercarse a ver cómo era el lugar por fuera.

Se llevó una decepción. No tenía nada especial: una simple puerta marrón y una pequeña placa de metal junto al timbre, con el nombre grabado.

No invita a entrar, pensó.

Y sin embargo sí lo hacía. Esa austeridad, esa ausencia total de adornos, le daban un aire misterioso que despertó aún más su curiosidad. Empujó la puerta y entró.

El interior estaba en penumbra y tuvo que esperar unos segundos a que sus ojos se acostumbraran. Había pocos clientes: un par de parejas en las mesas y una joven rubia en la barra, atendida por una mujer morena de mediana edad vestida de forma muy provocativa. Carla decidió que aquello no era para ella y dio media vuelta.

Pero al salir se topó de frente con Damián, que justo llegaba.

—Hola.

—Hola, soy Carla. ¿Te acuerdas?

—Claro. El supermercado.

—Eso es.

—Te esperé el viernes pasado.

—Lo siento. Nunca dije que fuera a venir.

—¿A dónde vas ahora?

—Tengo que irme.

—Pasa. Solo un momento.

Damián la miraba con aquellos ojos oscuros que parecían atravesarla. Carla notó cómo el pulso se le aceleraba.

—Otro día.

—Pero ya estás aquí. Vamos.

Y le cogió la mano. El nerviosismo de Carla subió de golpe varios grados. Él tiraba con suavidad hacia el interior y ella llegó a avanzar dos pasos, pero de pronto soltó la mano y retrocedió.

—No puedo. Debo irme.

—Cinco minutos. Es por tu bien.

—De verdad que no puedo.

—No deberías hacerlo.

—¿El qué?

—Resistirte.

Carla no quiso oír una palabra más y se marchó casi corriendo. Se sintió ridícula por haber entrado. De camino a casa tiró la tarjeta a una papelera, como si así pudiera deshacerse también de la inquietud.

***

Pasaron los días y no conseguía olvidar el club ni, sobre todo, aquella última frase. Resistirte. ¿Resistirme a qué? ¿Estaba jugando conmigo?

Sentía rabia hacia ese hombre, aunque en el fondo sospechaba que buena parte de esa rabia era contra sí misma: por haber ido, por no dejar de pensar en él, y porque temía que volvería. Que quería volver.

Y así fue. Un viernes por la tarde se encontró de nuevo frente a la puerta marrón. Y no podía fingir que estaba allí de casualidad, porque hasta se había puesto uno de sus mejores vestidos, ajustado, el que mejor resaltaba su figura.

Entró sin dudar y fue directa a la barra. Pidió un vodka y recorrió la sala con la mirada. Algunas mesas estaban ocupadas por parejas, pero no era la hora de más afluencia. En realidad buscaba a Damián, y al fin lo vio aparecer entre unas cortinas, al fondo. En cuanto la reconoció, sonrió y caminó derecho hacia ella.

—Bonito vestido.

—Gracias —dijo Carla, sintiendo otra vez que su sola presencia la encendía y la intimidaba a partes iguales.

—Al fin te decidiste.

—Solo he venido a tomar una copa.

—Por supuesto —y, volviéndose hacia la mujer de la barra, añadió—: Lorena, su copa va a mi cuenta.

Le tomó la mano y tiró de ella con delicadeza. Esta vez Carla no opuso resistencia. Se dejó conducir por aquel hombre que parecía ejercer sobre ella un poder que no sabía explicar.

—Lo supe en cuanto te vi —le dijo él sin girarse—. Sé lo que te gusta. Lo que necesitas. Y voy a dártelo.

Cruzaron el salón y llegaron a un pasillo largo y mal iluminado. A ambos lados se sucedían las puertas, todas cerradas. De algunas escapaban ruidos sordos, gemidos amortiguados. No se detuvieron hasta la última. Damián la abrió.

Dentro, una sala pequeña. En el centro, una joven casi desnuda recibía los azotes de una fusta empuñada por un hombre corpulento. Con cada golpe, la chica soltaba un gemido que Carla no acertaba a distinguir si era de dolor o de placer.

Se quedó clavada en el umbral, hipnotizada. Damián le puso una mano en el hombro.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿Quieres ocupar su lugar?

Y Carla, asombrándose de su propia voz, volvió a decir que sí.

***

La muchacha se retiró. El hombre corpulento se acercó a Carla y empezó a desvestirla con una calma metódica, dejándola apenas con las medias. La condujo al centro de la sala y descargó el primer azote.

El ardor le recorrió la piel y, contra todo lo que esperaba, una oleada de placer la atravesó de inmediato. El dolor la excitaba sin remedio. De reojo veía a Damián observándola, complacido, y entonces comprendió: era esto. A esto se refería cuando le repetía que no se resistiera.

Tras varios latigazos, Damián dio una orden seca al hombre. Este se colocó detrás de ella y empezó a prepararla, pero Carla mantenía los ojos fijos en Damián, frunciendo el ceño.

—¿Algún problema? —preguntó él.

—Quiero que lo hagas tú —pidió ella, sorprendida de su propio atrevimiento.

El otro hombre se apartó y abandonó la sala. Damián se plantó frente a ella y se liberó del pantalón, dejando su miembro a escasos centímetros de su boca.

—Prepáramelo.

Carla entreabrió los labios y empezó a recorrerlo con la lengua, primero el glande, después a lo largo, besándolo y lamiéndolo hasta que él se hundió por completo en su boca. Lo sentía duro, caliente, marcando un ritmo que ella seguía con una entrega que no se reconocía. La excitación le subía por dentro como una marea.

Cuando lo tuvo del todo firme, Damián rodeó su cuerpo y se situó detrás. Carla notó el contacto en la entrada, su calor mezclándose con el fuego que ya ardía en ella. Él empujó despacio y ella dejó escapar un gemido largo. Sintió cómo se abría camino, primero con cuidado, luego con fuerza, entrando y saliendo, regalándole esa combinación exacta de dolor y placer que, sin saberlo, llevaba años esperando.

Carla perdió todo control sobre sí misma. Ya no quedaban peros, ni reglas, ni culpa. Solo un placer que la inundaba de la cabeza a los pies y que soltaba de golpe sus instintos más enterrados.

—Sigue, no pares —jadeó.

—¿Esto es lo que te faltaba?

—Sí. Sí, así.

Damián se entregó a complacerla. La embestía sin tregua, sujetándola del pelo, marcándole la piel con los dedos, y ella respondía cada vez más encendida, hasta que el orgasmo la sacudió entre temblores y un grito que no intentó contener. Unas embestidas más y él se vació dentro de ella con un gruñido ronco.

Carla quedó agotada y dolorida, pero saciada de una manera que jamás había conocido. No podía creer que el sexo la hubiera arrastrado tan lejos, ni entender por qué se excitaba tanto al ser tratada así. Y, sin embargo, por primera vez comprendía el origen de aquel vacío que la perseguía cada noche junto a su marido. Tenía un deseo secreto que ese hombre había sabido leer en ella desde el primer instante: la entrega, la sumisión, el placer de perder el control.

Pero otra cosa le quedó clara esa noche, mientras se vestía despacio bajo la mirada satisfecha de Damián. Lo que acababa de descubrir era como una droga. Y sabía, con una certeza que la asustaba, que ya no podría vivir sin ella.

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Comentarios (4)

NochesDeRelato

Increible relato!!! me dejo pensando todo el dia, muy bien logrado

Daniela_V

Esa tension de semanas guardando la tarjeta sin animarse... se siente tan real. Quiero saber que pasa despues de esa puerta jaja, por favor seguí

Tania_Noc

Me recordo a cuando yo tambien tuve que tomar una decision parecida, ese momento en que decidis tirarte al vacio sin saber bien que te espera. Muy bien escrito

Julio_Rdz

No me podes dejar con esa intriga!!! espero la segunda parte ansioso

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