La subasta de sangre del club de los vampiros
Draven y Mircea me penetraban a la vez, uno por detrás y otro por delante, mientras Selene me mordía el pezón izquierdo y bebía despacio la sangre que brotaba. Sentía el otro pecho vaciarse bajo la boca de Tobías, que succionaba la leche con una avidez que no daba tregua. No había dolor en ninguna parte de mi cuerpo. Solo una sucesión de orgasmos que se encadenaban unos a otros sin dejarme respirar.
Con los ojos cerrados, les ofrecía mis pechos y sujetaba sus cabezas. Quería que mis movimientos, al ser follada con fuerza, no separaran sus bocas de aquellas partes tan sensibles que ahora les servían de alimento. Cada embestida me arrancaba un gemido nuevo, y cada gemido se confundía con el siguiente.
Cuando los dos se corrieron dentro de mí, me obligaron a ponerme de pie y cambiaron las posiciones. Me sentaron a horcajadas sobre Tobías, el más joven, y se apoderaron de nuevo de mis pechos. Mientras la verga del muchacho rubio me llenaba entera, los dos vampiros acercaron la boca y clavaron los colmillos justo en los pezones, en el punto más vivo. Habría gritado de puro placer si Selene no me hubiera llenado la boca con uno de sus pechos en ese mismo instante, invitándome a morderlo.
Con los colmillos hundidos hasta el fondo, no había peligro de que mis pezones escaparan de sus bocas por muchos saltos que diera. Mordí el pezón de Selene para ahogar mis propios gritos, y era ella la que apretaba su pecho contra mi cara, como si temiera que me soltara. La sentía estremecerse cada vez que cerraba los dientes, pero no hacía ademán de apartarse. Le corrían los flujos por la cara interna de los muslos.
Después de dos orgasmos más por mi parte, y de que también Tobías se vaciara dentro de mí, separaron las bocas y se dedicaron a lamer las últimas gotas de leche y sangre que asomaban por las heridas.
—Cielo, por ahora has dado bastante sangre —dijo Selene, pasándome la lengua por el pecho.
—Vamos a descansar un poco y a reponer fuerzas.
No entendía de qué tenían que reponerse ellos, después del festín que acababan de darse con mi cuerpo. Pero yo sí me sentía débil, con las piernas flojas y un temblor que no controlaba. Me dolían mucho los pezones, marcados con heridas profundas allí donde los colmillos habían entrado, salpicados de pequeñas gotas rojas.
No tardaron en desaparecer esas gotas bajo la lengua de Selene, que me fue limpiando y cerrando las heridas con su saliva. Una saliva que cicatrizaba y aliviaba el ardor al mismo tiempo.
—Cielo, ahora puedes descansar. Luego pasaremos al salón general, donde verás a las que sacan a subasta para usarlas como alimento y diversión, según el capricho de quien las compre.
***
Draven me miró un instante y, tras cruzar una mirada con Mircea, señaló hacia mí.
—En ese salón solo puede usarla quien tenga poder sobre ella. Mientras lleve el collar rojo, está prohibido tocarla —dijo—. Únicamente tú podrías disponer de ella, y a nosotros nos quedaría vetado el menor roce.
Selene asintió. Tomó un collar verde y me lo cambió por el rojo que había llevado hasta entonces. El gesto fue tan sencillo que me costó entender lo que significaba.
—Cielo, no te preocupes —me dijo—. Aunque lleves este collar, nadie puede tocarte sin nuestro permiso, y tendrían que pagar mucho para conseguirlo. No te pondremos número para la subasta. Solo nosotros podremos disfrutar de ti.
La verdad es que no me quedé tranquila. Y mucho menos cuando entramos en el salón principal y todas las miradas se volvieron hacia nosotras a la vez.
Dos mujeres entrando, una de ellas desnuda y con marcas de mordiscos en los pechos, atrajeron la atención de toda la sala. Con el collar verde no me sentía segura, no después de ver lo que hacían con otras chicas que llevaban exactamente ese color.
En el trayecto hasta donde servían las bebidas (copas de sangre para quienes no podían beberla directamente de las nodrizas), pude ir viendo cómo usaban a algunas mujeres para alimentar o entretener a los presentes.
Las que asomaban los pechos por los huecos de una pared eran mordidas por turnos. Los clientes pagaban y se relevaban para clavar los dientes en aquellos senos cuyas dueñas no podían ver. Una rubia de pechos enormes recibía latigazos y se retorcía como una lombriz cada vez que la fusta golpeaba sus zonas más blandas. Las marcas rojizas que cruzaban sus tetas y sus muslos daban cuenta de la pericia del que manejaba el látigo.
En otra parte de la sala, un grupo admiraba a una morena espléndida, con cuerpo de modelo, colgada de los brazos dentro de una gran urna de cristal. Varios pájaros revoloteaban a su alrededor buscando un hueco libre en su piel donde clavar el pico. Le picoteaban los pezones y bebían de la sangre que brotaba; otros, posados en sus hombros, le mordisqueaban las orejas mientras ella sacudía la cabeza intentando espantarlos. No había rincón de su cuerpo sin un reguero rojo.
Al notar mi interés por aquellos bichos, Selene me explicó:
—Cielo, a esos pájaros los llaman pinzones vampiros. En libertad se alimentan de la sangre de los mamíferos. Aquí los han adiestrado para que beban de las mujeres que ponemos como espectáculo. No siempre comen sangre, también semillas, pero los hacen pasar hambre para que la sacien con ellas. Les enseñan a picar donde el riego es más abundante. Como ves, eso excita muchísimo al público.
No había zona a la que mirara donde no estuvieran mordiendo o castigando a alguna mujer.
***
Selene mandó que me sirvieran una bebida tonificante. Me reanimó al instante y sentí el calor subirme por dentro. Tras el tercer vaso ya me había repuesto de la debilidad, otra vez en plena forma y, además, algo eufórica, como si hubiera bebido varias copas de licor. Tan eufórica que no me habría importado dejarme morder por una docena de aquellos vampiros que merodeaban por el salón con sed.
Notaba los pezones tan duros que llegaban a doler, y la entrepierna empapada, con los fluidos corriéndome por los muslos.
No sé qué llevaba ese brebaje, pero me había puesto a tope.
Ahora no me importaba que Draven y Mircea me acariciaran las tetas, que me pellizcaran los pezones y tiraran de ellos para comprobar su elasticidad. Selene disfrutaba viéndome así. O quizá sentía envidia de no ser ella la tratada de ese modo. Yo me dejaba hacer, porque sabía que era el ritual que seguían siempre antes de morderme, como si evaluaran por dónde iban a empezar.
Me tomó del brazo y, seguida por los dos vampiros, me condujo hasta un cajón del tamaño de un gran sarcófago, apoyado en un lateral del salón.
—Cielo, te tengo preparada una sorpresa —dijo—. Esto te recordará tu iniciación, cuando empezaste a dar sangre para alimentar a Draven. Tienes que agacharte y meter las tetas en esas dos aberturas redondas de la tapa.
Al fijarme mejor lo vi: en la parte superior, la caja tenía dos huecos del tamaño exacto para introducir los pechos, igual que los de aquella pared donde asomaban los senos de otras mujeres sujetas al otro lado. No tenía ni idea de qué habría dentro, pero estaba segura de que pronto lo sentiría en mi propia carne.
Tan excitada estaba que no me importó agacharme y dejar que me hundieran ambos pechos en las aberturas. Me pasaron un cinturón por la cintura y la espalda y me dejaron inmovilizada contra la madera negra.
***
Mi atención se desvió a la entrepierna cuando Draven me separó las piernas y empujó hasta clavarme la verga entera. Sus muslos me aplastaban las nalgas en cada embestida, y de no estar tan mojada me habría hecho daño.
Estaba pendiente de sentir cómo crecía dentro de mí cuando, de pronto, noté algo afilado apoyarse en la punta del pezón izquierdo y penetrarlo poco a poco, sin pausa. Me estaban metiendo una aguja enorme por el pezón. Esa era la sensación, al menos.
El cinturón de la espalda me impedía cualquier movimiento para retirar la teta de aquel hueco. No me quedó más remedio que gritar de dolor, y mi grito solo sirvió para aumentar la excitación de Draven y la dureza de sus envites.
El objeto punzante entraba cada vez más hondo, hasta hacerme pensar que jamás dejaría de penetrar. No podía ser un colmillo, por la longitud que tenía. Me recordaba a los estiletes que había usado Draven la primera vez que se alimentó de mis pechos.
Cuando llegó al fondo, empezó a salir despacio, casi del todo, para volver a entrar en un movimiento de bombeo, como si follara mi pezón. Me dolía la garganta de tanto gritar, y ya solo me salían gemidos roncos cada vez que el punzón se hundía.
La sensación de la verga en mi sexo pasó a segundo plano. Todos mis sentidos se concentraron en el pecho. Y el dolor de aquel punzón entrando y saliendo se transformó en placer cuando una boca se apoderó del pezón para succionar la sangre que manaba de la herida.
Alguien a quien no podía ver se alimentaba de mí a través de una herida abierta con algo fino y cruel, una especie de lezna. Ahora eran sus labios los que apretaban y chupaban mi pezón inflamado, estirándolo para soltarlo y volver a atraparlo.
Al cabo de un rato, sin que yo me hubiera dado cuenta de que Mircea había sustituido a Draven en mi sexo, el desconocido que bebía de mi pecho soltó ese pezón y sujetó el otro para repetir la operación.
Ya sabía lo que me esperaba, y el ardor de la garganta apenas me dejaba gritar. Se repitieron los pasos: pinchar, sacar, volver a pinchar, agrandar la herida hasta hacer brotar sangre en abundancia.
Volví a sentir la boca chupando mientras Mircea me penetraba con fuerza, agarrado a mi pelo, tirándome la cabeza hacia atrás. Aquel cúmulo de sensaciones me llevó a un orgasmo brutal que apenas notaron, porque ya no se distinguían mis gemidos de dolor de los de puro placer.
Mi cabeza descansaba contra la madera negra cuando Mircea se corrió y sacó la verga, dejando regueros de semen por mis muslos.
***
Me temía que fueran a azotarme las nalgas, como veía que hacían con otra mujer a la que acababan de violar y ahora castigaban con saña. Seguramente la habían azotado antes en los pechos, porque los tenía cubiertos de terribles verdugones. Me daban sudores solo de pensar que me hicieran lo mismo, con los pezones ya destrozados. Un latigazo en ese estado habría sido una tortura imposible de aguantar.
Cuando me soltaron el cinturón y pude incorporarme, lo primero que hice fue llevarme las manos a los pechos para comprobar que aún tenía los pezones en su sitio. La sensación era la de que me los habían arrancado de un mordisco. Seguían allí, pero con unas incisiones terribles en el centro, rodeadas de sangre coagulada.
Por la mirada que me dirigía Selene, adivinaba las ganas que tenía de chuparlos otra vez.
—Cielo, tienes unos pezones muy apetitosos —dijo, acercando la boca.
No me lo podía creer. Me sujetó ambos pechos y empezó a lamerlos con cuidado.
—¿Sabes quién te ha dejado los pezones tan deseables? —murmuró entre lametones—. Le debía a Tobías el favor de haberle dejado beber de mí antes. Él no tiene colmillos, así que ha tenido que valerse de un estilete para abrir esas heridas y alimentarse.
Tobías no había tenido bastante con vaciarme la leche. Después me había vaciado también la sangre.
—Deja que te chupe las heridas, cielo. Te calmará el dolor y cerrarán antes.
Era cierto que su saliva, en otras ocasiones, había hecho cicatrizar las heridas en poco tiempo. Y además me producía placer sentir su lengua recorriéndome los pezones.
***
Mientras notaba el alivio, vi a Draven hablando con alguien de forma humana, pero con la piel del rostro completamente pálida y cubierta de arrugas, como un higo seco y blanco. Más que piel, parecía un papel arrugado. Al hablar mostraba dos colmillos como los de una serpiente, sobresaliendo de la mandíbula superior. El resto de la boca no tenía un solo diente.
No dejaba de mirarme con unos ojos sin expresión. Por sus gestos no me cabía duda de que hablaban de mí y de la rareza de que llevara el collar verde.
Un sexto sentido me advirtió del peligro que representaba aquel ser si conseguía el derecho de alimentarse de mí. Esos colmillos tan largos podían hacer estragos en mis pezones ya maltrechos. No podía permitir que Selene volviera a meter mis pechos en el sarcófago con él dentro.
Mircea se acercó y, señalando hacia Draven, nos dijo que el vampiro viejo ofrecía mucho dinero por estar a solas conmigo en un reservado. Quería alimentarse y follarme, igual que había visto hacer a los otros mientras estaba atada a la caja.
—Selene, por favor, vuelve a ponerme el collar rojo —le supliqué—. Mira cómo tengo los pechos.
Los tenía prácticamente cosidos a dentelladas, con ambos pezones taladrados por el centro. Me dolían tanto que sin el bálsamo de su saliva el ardor se volvía insoportable.
—Cielo, no se puede cambiar el collar en esta sala, y menos en medio de un trato con una oferta sobre la mesa —respondió—. Solo se puede rechazar la oferta y salir. Una vez fuera, sí podría cambiártelo.
—No, por lo que más quieras. No puedes dejar que me muerda los pechos así. Salgamos y me pones el rojo. Te prometo que en otra ocasión dejaré que se alimente, e incluso podrás hacerlo tú mientras él me folla. En estas condiciones no lo soportaría.
Me recorría un sudor frío por la espalda. Sentir esos colmillos en mis pezones sería como dejar que una serpiente me mordiera, con la única diferencia de que una serpiente inocula veneno y aquel ser solo quería sangre.
Selene no parecía convencida de renunciar a tanto dinero y al favor de uno de los vampiros más influyentes del salón. Me miró los pechos, me miró a la cara, y por un instante interminable no supe qué collar acabaría llevando puesto.