Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Obligué al matón a someterse delante de todos

Durante casi todo mi primer año en la facultad aprendí a hacerme pequeña. Caminaba pegada a las paredes, comía sola en el rincón más alejado de la cafetería y bajaba la vista cada vez que cruzaba el patio central. Me llamo Lorena, tengo veintitrés años y estudio Letras, y en aquel entonces era la clase de persona a la que nadie ve hasta que necesita reírse de alguien.

Ese alguien, para Damián, era yo.

Damián venía de una familia con dinero. Su apellido figuraba en una placa de mármol a la entrada del edificio nuevo, junto a la lista de mecenas que habían financiado la biblioteca. Eso le daba una sensación de impunidad que llevaba en la cara como una marca. Medía casi un metro noventa, jugaba al rugby los fines de semana y tenía la costumbre de moverse por los pasillos como si todo el lugar le perteneciera. En cierto modo, le pertenecía.

Conmigo era metódico. Me tiraba las fotocopias al suelo cuando pasaba a mi lado. Me dejaba notas obscenas dentro del casillero —dibujos toscos de coños abiertos, frases del tipo «puta muerta de hambre, te haría gritar»—. Una vez, en plena clase de literatura medieval, se plantó detrás de mi silla fingiendo buscar un libro en el estante y me restregó la polla hinchada contra el hombro, empujando con las caderas dos, tres veces, hasta que sentí el bulto duro palpitándome en la clavícula. Se rió por lo bajo cuando terminó, y los profesores hicieron lo que hacían siempre: mirar hacia otro lado. Nadie quería problemas con la familia que pagaba las goteras del techo.

Yo lloraba en casa. Lo hacía en silencio, con la cara hundida en la almohada, porque vivía en una residencia de paredes finas y no quería que nadie más supiera lo poca cosa que me sentía. Hasta que una noche, viendo una vieja película de sobremesa, vi una escena que se me quedó clavada.

Un hombre acorralaba a una mujer contra una pared. Ella, en lugar de gritar, le clavó la rodilla entre las piernas. El hombre se dobló como una marioneta a la que le cortan los hilos. La cámara se demoró en su cara descompuesta, en la forma en que toda su arrogancia se evaporó en un instante.

Siempre lo había visto como un truco de guion. Un cliché. Nunca se me había ocurrido que pudiera ser real.

No dormí esa noche. Algo se había encendido en mí, una idea pequeña y peligrosa que crecía con cada hora. Estaba cansada de morir un poco cada día. Si tenía que caer, prefería caer peleando.

***

La oportunidad llegó un martes, en el patio central, durante la hora muerta entre dos clases. El sol pegaba fuerte y había decenas de personas repartidas por los bancos y el césped. Damián estaba en el centro, rodeado de su séquito de siempre, molestando a dos chicas de primero que intentaban escapar de la conversación sin conseguirlo.

Lo miré. No de reojo, como hacía siempre, sino de frente, directo a los ojos, durante un segundo más de lo prudente.

Bastó eso.

—¿Y a vos qué te pasa? —soltó, separándose del grupo—. ¿Querés una foto?

Las chicas de primero aprovecharon para desaparecer. Yo no me moví. Levanté la mano despacio y le hice una seña con el dedo medio, conteniendo el temblor de las piernas. Lo necesitaba cerca. Lo necesitaba furioso y descuidado.

Funcionó mejor de lo que esperaba.

—Maldita muerta de hambre —escupió, acercándose con el pecho inflado mientras sus amigos celebraban cada palabra—. No sos más que una patética rata de biblioteca. Seguro que ni cogés, ¿no? Seguro que ni sabés lo que es una polla adentro.

El corazón me latía tan fuerte que lo oía en los oídos. Una de las chicas que quedaba cerca me susurró que me fuera, que no valía la pena. Pero yo no me fui. Me quedé clavada en el suelo, esperando.

Damián me agarró de la camisa con las dos manos, tirando de la tela hasta levantarme medio palmo del suelo. Su cara estaba a centímetros de la mía, roja, sudada, segura de tener el control absoluto. Y ahí cometió su error.

Llevaba un pantalón de gimnasia fino, de esos que no esconden nada, y nunca usaba ropa interior porque le gustaba marcar bulto. Lo había visto pavonearse así mil veces, meneando la verga por los pasillos para que todas le miráramos la entrepierna. Esta vez, esa vanidad iba a costarle caro.

Bajé la mano sin avisar y cerré el puño alrededor de todo lo que encontré entre sus piernas. La polla, los huevos, todo. Lo agarré completo, sintiendo el bulto tibio y pesado a través de la tela fina, la piel blanda de las bolas por debajo del tronco muerto de la verga, y apreté con todos los dedos a la vez, hincando las uñas.

El cambio fue instantáneo.

La fuerza se le escapó de los brazos como agua entre los dedos. Me soltó la camisa de golpe y sus manos volaron hacia las mías en un intento torpe de aflojarme el agarre, pero yo apreté más, retorciendo el puño un cuarto de vuelta como si estuviera abriendo un frasco, sintiendo cómo los huevos se le movían entre los dedos y cómo el peso de su cuerpo se desplomaba hacia adelante buscando alivio. Un hilo de baba se le escapó por la comisura.

—Soltá —jadeó, con la voz quebrada en una nota que nunca le había escuchado—. Soltá, por favor, me rompés las bolas, por favor.

Por favor. Esas dos palabras, en su boca, me dieron un vértigo que no esperaba. Algo cálido y eléctrico me subió por la espalda, me bajó de golpe entre las piernas y sentí, con una nitidez que me sorprendió a mí misma, cómo se me humedecían las bragas. No era solo alivio. Era poder, puro y concentrado, y descubrí en ese segundo que me gustaba demasiado, que me estaba mojando de tenerle la polla estrangulada en el puño delante de todo el mundo.

Los gritos atrajeron a la gente. En cuestión de segundos había un círculo formándose a nuestro alrededor, teléfonos levantados, murmullos. Los chicos del séquito de Damián, que un minuto antes se reían, ahora se llevaban las manos a la entrepierna en un gesto reflejo, incapaces de mirar de frente cómo yo le trituraba los huevos a su cabecilla.

—De rodillas —le dije, y mi propia voz me sonó extraña, más grave, más firme—. Al suelo. Ya.

Lo guié hacia abajo tirando apenas de la verga, lo justo para que entendiera que la única dirección posible era obedecer. Damián cayó de rodillas sobre el cemento, doblado, con la frente perlada de sudor y los ojos llenos de un agua que no era de tristeza sino de dolor en estado puro.

***

Podría haberlo soltado ahí. Habría sido suficiente para cualquiera. Pero un año de humillaciones no se borra con un susto de diez segundos, y yo tenía una memoria larga y muy precisa.

Mantuve la presión y me incliné sobre él, lo bastante cerca para que solo él me oyera bajo el barullo.

—¿Te acordás de la clase de literatura medieval? —pregunté—. ¿De cuando me restregaste la polla contra el hombro y te reíste toda la semana? ¿De cuando me dijiste que un día ibas a hacerme mamarla en el baño de la biblioteca? Yo sí.

Le apreté las bolas un poco más para subrayar cada palabra. No contestó. Solo emitió un sonido ahogado, un gemido largo, casi femenino, que hizo reír a varias de las chicas del círculo. La misma gente que durante meses había mirado para otro lado ahora disfrutaba del espectáculo. La marea había cambiado por completo, y yo era la luna que la movía.

Con la mano libre le bajé el pantalón hasta los muslos de un tirón seco. No lo planeé; salió solo, como si mi cuerpo supiera exactamente cómo administrar el castigo que mi cabeza había imaginado tantas noches. Quedó expuesto delante de medio campus, la polla al aire, y lo que el mundo vio no se parecía en nada a la fanfarronería que tanto le gustaba marcar: un sexo pequeño y encogido, retraído de puro miedo, una verguita blanca de pelos ralos y un glande apenas asomando del prepucio, en un contraste casi cómico con el bulto hinchado y enrojecido de los huevos que mi puño seguía sosteniendo, apretados y morados por la presión, colgando como dos ciruelas maduras entre mis dedos.

—Miren al matón de la facultad —anuncié, alzando la voz para el círculo entero—. Miren bien de qué estaba tan orgulloso. Toda esta pinta de macho para tener una pichita de nene.

La carcajada fue colectiva. No la risa nerviosa de antes, sino una risa abierta, liberada, la risa de mucha gente que también había tragado lo suyo y que por fin podía devolverlo. Alguien gritó «¡así que este era el semental!» y otra voz, femenina, contestó «¡le cabe en un dedal!». Los teléfonos filmaban en primer plano el desastre entre sus piernas. Damián cerró los ojos e intentó cubrirse con las manos, pero yo le di un tironcito de advertencia a los huevos y las apartó al instante, cruzándolas detrás de la nuca como un preso. Cada centímetro de su famosa arrogancia se había convertido en súplica.

—Por favor —repitió, y ahora lloraba de verdad, con los mocos colgando—. Te juro que nunca más. Lo juro.

—¿Nunca más qué? —apreté un poco, lo justo para arrancarle otro chillido—. Decilo. Fuerte. Que te escuchen todos. Que se oiga por todo el patio.

—¡Nunca más voy a meterme con vos! —gritó, con la cara contra el cemento—. ¡Con nadie! ¡Lo juro por mi madre!

—Más —le exigí—. Decí lo que sos. Decílo con la boca bien abierta.

—Soy un pelotudo —sollozó—. Soy un pelotudo con una polla de mierda, soy un cagón, no valgo nada, por favor, soltame las bolas, te lo suplico.

Sostuve un segundo más, saboreando el silencio expectante del círculo, la sensación de tener su destino entero entre mis dedos, sintiendo cómo la humedad entre mis muslos se hacía francamente pegajosa. Después aflojé despacio, deliberada, asegurándome de que entendiera que la decisión de soltarlo era mía y solo mía. Los huevos cayeron flojos de mi mano, colorados, y él soltó un jadeo de alivio que sonó casi obsceno.

Lo dejé tirado en el suelo, con la verga fuera, encogido sobre sí mismo, mientras me incorporaba y me sacudía el polvo de la falda con una calma que no sentía hacía un año. Antes de irme le di un empujón suave con el pie en el culo, casi un gesto de despedida, y me marché atravesando el círculo de gente que se abría a mi paso.

***

Nadie volvió a tocarme un pelo. Esa misma tarde el video ya circulaba por todos los grupos, y para el final de la semana mi nombre se había convertido en una especie de leyenda en los pasillos. La chica invisible que había puesto de rodillas al intocable, la que le había sacado la pichita al aire delante de doscientas personas. Hice amigas por primera vez, gente que se acercaba a saludarme con una mezcla de respeto y algo parecido al miedo agradable.

Damián desapareció del mapa un par de semanas. Cuando volvió, caminaba pegado a las paredes, con la vista en el suelo, esquivando los pasillos donde sabía que podía cruzarse conmigo. El apellido de la placa de mármol ya no lo protegía de las miradas y las sonrisas torcidas que lo perseguían a cada paso, ni de los apodos —«el bolas rotas», «pichita»— que le colgaron para el resto de la carrera.

Lo que más me sorprendió de todo aquello no fue el respeto recién ganado, ni el silencio repentino de mis acosadores. Fue descubrir que aquella sensación —el peso de su sumisión en la palma de mi mano, el modo en que sus huevos se rendían entre mis dedos, la forma en que un cuerpo entero podía plegarse a la presión justa— no se me iba de la cabeza. Volvía por las noches, intacta, cálida, insistente, entre las piernas.

Esa misma noche, después del patio, llegué a la residencia con las bragas empapadas y me tiré en la cama sin prender la luz. Me subí la falda hasta la cintura, me arranqué la ropa interior de un tirón y me abrí de piernas en la oscuridad. Bastó pasarme dos dedos por el coño para darme cuenta de que estaba chorreando, un hilo caliente resbalándome por la raja del culo hasta la sábana. Cerré los ojos y volví a verlo de rodillas, con la verga encogida al aire y los huevos morados colgando de mi puño, suplicándome que lo soltara. Empecé a frotarme el clítoris con la yema del dedo mayor, en círculos lentos, mientras con la otra mano me metía dos dedos hasta el fondo y los curvaba buscando ese punto que hasta esa noche apenas había sabido encontrar.

Me follé sola con rabia, apretando los dientes para no gritar y despertar a la vecina. Metía y sacaba los dedos con un ruido húmedo que llenaba el cuarto, mientras me repetía en voz baja las palabras que le había arrancado —«soy un pelotudo, tengo una polla de mierda, no valgo nada»— y cada frase me contraía el coño alrededor de mis propios dedos. Me imaginé volviendo a agarrarle las bolas, esta vez a solas, sin público, obligándolo a lamerme el coño de rodillas mientras yo se las apretaba a mi ritmo, castigándolo cada vez que aflojaba la lengua. Me imaginé corriéndome en su cara mientras él lloraba y me pedía perdón con la boca llena.

La corrida me pilló doblada sobre mí misma, mordiendo la almohada, con las caderas subiendo del colchón. Sentí la contracción larga, obscena, empapándome la mano hasta la muñeca, y todavía tuve fuerzas para seguir frotándome hasta arrancarme una segunda, más pequeña y más aguda, que me dejó temblando y con las piernas abiertas al aire frío del cuarto.

Me quedé así un rato, jadeando, con los dedos brillantes de mi propio jugo pegados al vientre. Nunca me había corrido dos veces seguidas. Nunca me había corrido tan fuerte. Y entendí, mirándome la mano mojada en la penumbra, que esa sería la mano con la que había aprendido a vivir de otra manera.

Había pasado un año aprendiendo a hacerme pequeña. Esa tarde, en el patio, aprendí algo mucho más útil: que el poder no se pide, se toma, que la humillación ajena podía ser el mejor afrodisíaco del mundo, y que yo tenía mucho más del que jamás me había permitido imaginar.

Y no pensaba devolverlo.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios(8)

Ferchu77

Increible como le giro la tortilla al maton ese. Me quede con la boca abierta hasta el final.

Nahuel_RL

Por favor seguí con esto, tiene que haber una segunda parte obligatoriamente

DominioTotal88

La tension de los primeros parrafos es brutal. Senti que yo tambien estaba ahi mirando todo.

MarcelVerd

Como termino todo exactamente? Quede con mil preguntas jaja

ClaraOscura

Este tipo de relatos me fascinan porque muestran que el poder no siempre esta donde uno espera. La reversion de roles esta muy bien ejecutada, sin resultar forzada. Ojala haya mas entregas.

Tomas_Salta

jajaj no me lo esperaba para nada, que giro tremendo

Valeria_Cors

Me recordo a una situacion parecida que vivi, aunque sin esos detalles jeje. Muy bueno.

LectoraVip_Mdq

Muy bien escrito, se nota que hay experiencia detras de esto

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.