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Relatos Ardientes

Confesión: cuando descubrí que el dolor me excitaba

—Una de las prácticas centrales de los Guardadores es la meditación —le explicó Clara a Marcos, con la mirada perdida entre la mesa y algún punto en el pasado—. No solo como reflexión espiritual, sino meditación trascendental de raíz oriental, enfocada en el control del cuerpo. La idea es que con suficiente disciplina uno puede dominar primero la respiración, después el ritmo del corazón, con el tiempo el hambre y la sed, y eventualmente el dolor.

—¿Y tú llegaste a controlarlo? —preguntó Marcos.

—El dolor, sí —respondió Clara—. Pero no de la manera que ellos imaginaban.

Yo todavía aprendía a controlar la respiración cuando me metí en la pelea del patio. Era septiembre de mi primer año de universidad, en Zaragoza, lejos de casa por primera vez. Una compañera de la residencia estaba siendo hostigada a la salida de la biblioteca por un grupo de tres chicos que estudiaban en el mismo edificio. Intervine. Uno de ellos acabó con el pómulo partido contra el suelo. Intervino la coordinadora del campus. Yo escribí a mi madre esa misma tarde, con la ingenuidad de quien todavía cree que la honestidad tiene recompensa.

Los Guardadores no creen en los castigos físicos. Eso contradiría su filosofía. En su lugar, castigan al cuerpo privándolo de lo que necesita. Mi madre me impuso un ayuno de diez días: sin comida sólida, con agua suficiente solo para mantenerme en pie. Resistí cuatro días. El quinto me desmayé en clase de Historia Medieval y dos compañeros me llevaron en brazos a la enfermería. Eso interrumpió el castigo, aunque no la deuda que mi madre consideraba que yo seguía teniendo con la comunidad.

Lo que nadie supo, ni siquiera ella, es que durante esa pelea algo se había encendido en mí. Los chicos no se habían cortado: sus golpes fueron directos y sin aviso. Y mientras me alcanzaban, mi cuerpo respondió de una manera que no supe nombrar entonces. Algo entre el dolor y otra cosa que no era exactamente dolor. Una sensación que se instaló por debajo del estómago y que no desapareció cuando los moratones empezaron a desvanecerse.

En los días del ayuno, tumbada en la cama de la residencia con el estómago vacío, intenté reproducirla. No pude. El hambre era un dolor sordo y difuso, sin filo. No era lo mismo.

***

Mi compañera de cuarto se llamaba Sofía Ballesteros. Estudiaba Filosofía, era dos años mayor que yo y tenía esa costumbre de caminar descalza por la habitación incluso cuando el linóleo estaba helado. La noche en que llegué de la enfermería, todavía con la ropa sucia y el labio cortado, ella estaba en su cama con un libro abierto sobre las rodillas, esperando sin parecer que esperaba.

—¿Cómo estás? —me preguntó sin levantarse.

—Bien —mentí. Era mi respuesta para casi todo.

Sofía dejó el libro en la mesilla. Me dijo que tenía aceite de árnica, que era bueno para los golpes, y que si quería ella me lo ponía. No esperó respuesta. Se levantó, me indicó que me tumbara boca abajo y empezó a trabajar mis hombros con presión firme, sin disculparse por el dolor que provocaba. Eso me gustó desde el primer momento.

En algún punto le pedí que apretara más sobre un moratón del costado derecho. Ella dudó un segundo antes de obedecer. Cuando lo hizo, la combinación de dolor y calor me dejó sin palabras. Sentí que algo se tensaba entre las piernas. Lo ignoré, o lo intenté.

Sofía bajó las manos despacio. En algún punto ya no era un masaje, pero ninguna de las dos lo dijo en voz alta. Los discursos de mi madre siempre habían sido sobre los hombres, sobre los riesgos que representan los hombres para una chica joven. Nunca mencionó a las mujeres. En ese momento, con dieciocho años y el cuerpo dolorido y una mano cálida moviéndose despacio por mi espalda baja, tomé esa omisión como algo parecido a un permiso.

Su boca llegó primero a los moratones del costado. Los besó como si quisiera borrarlos. Luego bajó, despacio, sin preguntar. Cuando llegó entre mis piernas y me tomó con su boca, sentí algo que se parecía a lo de la pelea pero era más limpio y más sostenido y no terminaba de golpe. Fue mi primer orgasmo. Me sorprendió a mí mucho más que a ella. Sofía sonrió sin decir nada. Me pidió que le hiciera lo mismo. Fui aprendiendo mientras lo hacía.

***

Durante varios meses, nuestra habitación fue el único lugar donde yo era completamente honesta conmigo misma. Sofía tenía experiencia, aunque nunca dijo de dónde. Me enseñó despacio y con paciencia, sin hacer preguntas cuando no debía hacerlas y haciendo exactamente las preguntas correctas cuando sí. Una noche, después de que le contara lo de los moratones del patio, lo de la sensación extraña cuando me golpeaban, se quedó callada un momento antes de responder.

—Hay un nombre para eso —dijo al fin—. Y hay personas que lo buscan, que lo necesitan para sentirse completas.

—¿Tú? —pregunté.

—Yo no —contestó—. Pero los conozco. Y no están rotos.

Esa noche dormimos abrazadas sin follar, y eso también fue nuevo para mí. En los meses siguientes Sofía me fue mostrando libros, artículos, conversaciones de foros que ella imprimía en la biblioteca. Me explicó lo que era la dominación y la sumisión, el placer como respuesta al dolor controlado, la diferencia entre lo que me había ocurrido en el patio y lo que algunas personas buscaban de manera voluntaria. Todo eso era nuevo para mí. Y a la vez sentí que llevaba años intentando encontrarlo sin saber cómo se llamaba.

Practiqué con Sofía todo lo que el cuerpo de ella me permitía enseñarme. Aprendí que el dolor podía ser medido, administrado, convertido en algo que se busca en lugar de algo que se padece. Aprendí también que el placer de otra persona podía ser su propio tipo de poder. Pero siempre faltaba algo. Una fricción que Sofía no me daba porque no era lo que ella quería dar.

***

La idea del parque fue mía. No fue espontánea: la planeé durante semanas, con la misma meticulosidad con la que mi madre planificaba los ayunos. Había un grupo de chicos del barrio que llevaban meses hostigando a chicas de la residencia en el parque a dos manzanas. Las seguían, les gritaban cosas, una vez le habían quitado el bolso a una compañera del segundo piso. No eran violentos, en principio. Pero yo sabía que podían serlo si alguien les daba la oportunidad.

Le dije a Sofía que quería confrontarlos y que necesitaba una testigo. Le di el número de seguridad del campus y le pedí que llamara si yo no salía del parque en diez minutos. Ella aceptó a regañadientes, sin disimular que le parecía una mala idea. Lo que no le conté era lo que esperaba que ocurriera dentro de esos diez minutos.

Sofía echó a correr en cuanto el más alto del grupo se separó de los demás y avanzó hacia mí. Eso estaba previsto. Lo que no estaba previsto es que él fuera mayor que los otros dos, más frío, sin el nerviosismo de alguien que intenta intimidar. Me habló como alguien que ya ha tomado una decisión y está ejecutándola punto por punto.

—¿Sola? —dijo, sin mirarme todavía a los ojos, siguiendo con la vista la dirección por donde había desaparecido Sofía.

—Antes de que llegaras también estaba sola —respondí. Mi voz no temblaba tanto como debería haber temblado.

Su puño llegó sin aviso al estómago y me quitó el aire de golpe. El dolor fue inmediato, brutal, exactamente lo que había estado buscando desde septiembre. Y también lo fue la respuesta de mi cuerpo: noté cómo me humedecía mientras intentaba recuperar la respiración, doblada sobre mí misma, con las manos en las rodillas. Era lo que había estado buscando. Y también era mucho más de lo que había calculado.

Lo que vino después no formaba parte de ningún plan. Cuando me empujó contra la pared y tiró de mi ropa, yo me quedé paralizada. No solo de miedo, aunque el miedo también estaba ahí, muy presente, muy real. Sino porque mi cuerpo seguía respondiendo a cada cosa que ocurría, y esa contradicción me impedía pensar con claridad.

Me penetró contra la pared con un golpe brusco. El dolor fue agudo y profundo y no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Y aún así, mi cuerpo respondió de la única manera que en ese momento sabía responder. Me corrí mientras lloraba. Las dos cosas al mismo tiempo, sin que una cancelara a la otra. Eso fue lo más desorientador: no el dolor ni el miedo, sino que ambas cosas podían coexistir sin anularse.

Sofía llegó ocho minutos después con dos agentes de seguridad del campus. Me cubrió con su chaqueta antes de que llegaran los agentes. No me preguntó nada en la ambulancia. Solo me tomó de la mano y la sostuvo todo el camino hasta el hospital.

***

En el hospital me examinó una médica de mediana edad, pelo recogido y manos frías y muy eficientes. Hizo su trabajo en silencio. Cuando terminó, pidió a mis padres —que habían llegado desde Burgos en el primer tren de la mañana— que esperaran en el pasillo.

—Hay cosas que tienes que saber —me dijo cuando se cerró la puerta—. La primera es que tienes una fisura vaginal. Una pequeña rotura muscular en la entrada. Vamos a tener que intervenirla para suturarla correctamente. No es complicado, pero necesito el consentimiento firmado de tus padres.

Asentí.

—La segunda cosa —continuó— es que tu cuerpo tiene una historia previa a esta noche. No de hace mucho, pero sí anterior. ¿Alguien de tu entorno?

Negué con la cabeza.

—Fue una decisión propia —dije. No mentía del todo.

La médica me estudió un momento antes de continuar. Asintió sin comentar lo que estaba pensando.

—También tienes que saber —siguió— que sin protección existe el riesgo de embarazo y de infección. Tendrás que volver en unas semanas para los análisis. —Me entregó una tarjeta con el nombre de una fundación y su nombre debajo—. Y si en algún momento quieres hablar con alguien sobre lo de esta noche, o sobre lo que hay antes de esta noche, este es un buen lugar para empezar.

La guardé en el bolsillo de la bata del hospital. Estuve semanas sin tirarla y meses sin llamar. Cuando al fin llamé, la voz al otro lado del teléfono sonó exactamente como Sofía cuando me dijo que no estaba rota.

***

Clara se detuvo. Llevaba un rato sin mirar a Marcos, con los ojos fijos en algún punto de la madera entre los dos. Cuando levantó la vista, él tenía la misma expresión de los últimos veinte minutos: atenta, quieta, sin urgencia.

—¿Por qué me lo cuentas ahora? —preguntó él en voz baja.

—Porque llevas seis meses pidiéndome que confíe en ti —respondió ella—. Y porque ya sé lo que buscaba entonces. Lo entendí hace tiempo. Lo que no sabía es si podría decirlo en voz alta sin que pareciera una cosa diferente de lo que es.

—¿Y qué es? —preguntó Marcos.

Clara tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era firme.

—Es lo que soy —dijo—. Lo que quiero. Y lo que espero que tú también quieras.

Marcos no respondió de inmediato. Extendió la mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba, y esperó.

Clara la miró un momento. Después posó la suya encima.

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Comentarios (7)

MiguelSR

increible!!!

Elisa77

Que bien escrito, se nota que viene de algo real o al menos lo transmitis asi de verdad. Sigue publicando por favor

Carlos84

Por favor continua el relato, quede con muchas ganas de saber como siguió todo

lectora_silenciosa

raro pero hermoso. no es facil escribir sobre esto sin que suene forzado y acá lo lograste

NadiaNK

jajaja el titulo me atrapo desde el principio y el relato no decepciono para nada

PatriciaM

me recordó a sensaciones que uno tiene y no sabe bien cómo nombrar. muy buen relato, gracias

SofiaM

De los mejores que leí acá en mucho tiempo. Tiene algo diferente, no es el relato de siempre. Espero que sigas subiendo cosas

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