Nunca debí burlarme de mi vecina aquella noche
Hubo siempre una fantasía que me persiguió desde joven, una que nunca me atreví a contarle a nadie: ser dominado por completo por una mujer. No una pareja que juega, no un rol consensuado entre caricias y palabras tranquilizadoras. Me refiero a algo más oscuro, más brutalmente real. Una mujer que tomara el control sin preguntar, que me convirtiera en objeto de su voluntad, que me follara sin pedir permiso y me hiciera correrme aunque yo llorara. Durante años guardé ese deseo como se guarda una herida: tapado, pero latiendo. Esta es la historia de cómo ese deseo encontró la forma más inesperada —y más aterradora— de hacerse realidad.
Consuelo vivía en el piso de arriba del mío desde antes de que yo me mudara al edificio, y probablemente desde antes de que el edificio fuera edificio. Nadie sabía su edad exacta. Algunos decían que setenta, otros que más. Era una mujer grande, de presencia aplastante: hombros anchos, caderas prominentes, brazos gruesos que se movían con una autoridad particular. Su cara estaba marcada por décadas de opiniones firmes, y su voz podía atravesar paredes cuando lo consideraba necesario.
Y lo consideraba necesario con frecuencia.
Consuelo era la vecina que todo edificio teme y respeta en igual medida. Si alguien dejaba la puerta de la azotea abierta, ella lo sabía. Si alguien fumaba en el descansillo, ella lo sabía. Si el portero no fregaba bien los escalones los jueves, ella lo sabía y se lo decía directamente a la cara, sin rodeos, sin suavizar nada. Tenía el don —o la maldición— de enterarse de todo y de no callarse nada. Muchos la evitaban. Yo, hasta aquella noche, simplemente la ignoraba.
La fiesta fue por mi ascenso en la empresa. Habíamos reservado la zona común del edificio, que daba a un pequeño jardín interior, y lo habíamos convertido en algo ruidoso e improvisado: música alta, botellas abiertas, amigos que no se conocían entre sí pero que rápidamente se convirtieron en cómplices del desorden. Era pasada la medianoche cuando apareció Consuelo.
Bajó del ascensor con su bata de flores oscuras y sus zuecos de madera, y se plantó en el umbral de la zona común con una expresión que no dejaba lugar a dudas. Llevaba los guantes de látex, como siempre: largos, hasta el codo, del color del carbón. Nunca los soltaba del todo. O los llevaba puestos, o colgaban de su cinturón como dos pequeñas amenazas silenciosas.
—Esto se acaba ahora —dijo.
Yo estaba bebido. No lo suficiente como para no entenderla, pero sí lo suficiente como para no importarme. Me acerqué a ella con la copa en la mano y una sonrisa que debería haber guardado para otra ocasión.
—Venga, Consuelo, únase a la fiesta. Un poco de alegría no le vendría mal.
Mis amigos rieron. Alguien silbó desde el fondo. Yo continué, incapaz de detenerme, animado por el alcohol y por el aplauso fácil del grupo.
—Además, tampoco es tan tarde. La gente mayor necesita menos horas de sueño, ¿no?
Más risas. Consuelo me miró durante tres segundos exactos. No dijo nada. Se dio la vuelta y subió al ascensor. Las puertas se cerraron con un golpe sordo.
Había algo en sus ojos antes de que desapareciera que debería haberme preocupado. No era rabia de vecina molesta. Era otra cosa, algo más frío y más antiguo que la rabia. Una especie de decisión ya tomada.
Mis amigos siguieron riendo. Yo también. Brindamos por mi ascenso.
No lo sabía todavía, pero en ese momento la había desafiado. Y ella había aceptado el reto.
***
La fiesta terminó cerca de las tres de la mañana. Despedí al último de mis amigos en la puerta del edificio, vi cómo su coche desaparecía calle abajo, y entré al portal. El ascensor estaba en el quinto. Decidí subir por las escaleras. Había bebido demasiado para esperar.
Llegué al primer rellano. Luego al segundo. Cuando puse el pie en el tercer escalón que daba al tercero, el mundo se apagó de golpe.
Sentí un pinchazo en el cuello, justo debajo de la mandíbula. Un brazo que me rodeaba desde atrás con una fuerza que no esperaba. El tacto frío del látex sobre mi boca. Y después, nada.
***
Desperté boca abajo.
El suelo no era mi cama. Era madera áspera y fría, que olía a humedad y a años. Tardé varios segundos en comprender que estaba inmovilizado: mis muñecas atadas con correas de cuero a las patas delanteras de una estructura baja, mis tobillos fijados a las traseras. Un potro de madera maciza, anclado al suelo de cemento. Tiré con fuerza. No cedió nada. Ni un milímetro. Y algo más: estaba completamente desnudo. Me habían quitado la ropa mientras dormía, hasta los calcetines. Mi polla colgaba fláccida entre mis piernas abiertas, expuesta al aire frío del sótano, y sentí un escalofrío que no era solo de la temperatura.
La habitación era pequeña y sin ventanas. Una sola bombilla colgaba del techo por un cable pelado. Las paredes estaban desnudas, con la pintura descascarillada en tiras largas. Era un sótano, y el silencio dentro era total.
—Bien. Ya estás despierto —dijo una voz detrás de mí.
No necesité verla para saber quién era.
Consuelo rodeó el potro despacio, con la misma calma con la que debía de bajar a revisar el contador del gas cada mañana. Llevaba el delantal oscuro sobre la ropa, los guantes largos de látex negro hasta el codo, los zuecos de madera que resonaban en el cemento con una cadencia metódica. Me miró desde arriba, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus ojos bajaron un momento hasta mi culo desnudo, expuesto y abierto sobre el potro, y volvieron a mi cara con una expresión de propietaria.
—Vas a aprender modales —dijo—. Esta noche te los enseño yo.
Intenté gritar. Lo que salió fue un sonido aplastado, sin forma. Me di cuenta entonces de que tenía algo en la boca: una mordaza de cuero, gruesa y bien ajustada, que me mantenía la mandíbula semiabierta y el sonido encerrado dentro del pecho.
Luché contra las ataduras hasta que me ardieron las muñecas. El potro no se movió. Las correas de cuero que sujetaban mis brazos y piernas estaban cerradas con candados de metal pequeños y sólidos. Comprobé cada uno. No había nada que hacer.
—Eso es —dijo ella, observándome forcejear con una expresión que no era exactamente placer pero que tampoco era indiferencia—. Así me gusta. Que lo intentes primero. Que sepas bien que no puedes.
Se acercó por detrás y sentí el látex frío de uno de sus guantes cerrarse alrededor de una de mis nalgas. Apretó, con firmeza, evaluando. Después la otra mano se coló entre mis muslos y me agarró las pelotas por debajo, sopesándolas como quien mide una fruta en el mercado. Un jadeo ahogado se me escapó contra la mordaza.
—Aquí abajo eres muy poca cosa —dijo con una tranquilidad demoledora—. Muy poca cosa para haber sacado esa boca antes.
Se movió hacia una mesa larga arrimada a la pared, cubierta con una tela oscura. La retiró con cuidado, casi con reverencia. Debajo había un arnés de cuero negro con hebillas de metal plateado y, en el centro, un dildo de silicona grueso y oscuro, curvo, más gordo de lo que un cuerpo virgen puede procesar sin gritar. Lo tomó entre sus manos enguantadas y comenzó a colocárselo con una eficiencia que me heló por dentro. No había en sus movimientos ninguna urgencia, ninguna excitación visible. Solo método. Solo preparación.
—He esperado años para hacer esto —dijo mientras ajustaba la última hebilla—. No contigo en concreto. Pero con alguien exactamente como tú.
Alguien exactamente como tú. No supe qué quería decir con eso, y no tuve tiempo de pensarlo demasiado.
Se colocó detrás de mí. La vi de reojo por encima del hombro: el dildo negro asomando entre las telas del delantal como una polla brutal, sujeta a sus caderas anchas con esas hebillas plateadas. Un frasco pequeño de cristal apareció en su mano enguantada. Lo destapó, se vertió aceite espeso en la palma y se untó la silicona con dos pasadas largas, mientras me miraba fijamente a los ojos. La polla postiza brillaba ahora, gruesa y despiadada, apuntándome directamente.
—La primera vez duele —dijo—. Pero aprenderás.
***
Lo que siguió fue largo.
Consuelo era meticulosa en todo. Comenzó despacio, con sus dedos enguantados untados en el mismo aceite. Sentí el primer dedo abrirse paso en mi culo con una lentitud casi ceremonial. El látex frío pasando el anillo apretado del ano, hundiéndose hasta el nudillo, girando dentro. Grité contra la mordaza. Ella no se inmutó.
—Estáte quieto —dijo—. Todavía no ha empezado nada.
El dedo salió y volvió a entrar, ahora acompañado de otro. Dos dedos gruesos abriéndome, estirándome, buscando dentro de mí con una paciencia que era peor que la brusquedad. Cuando encontró lo que buscaba —un punto profundo, hinchado, que yo ni siquiera sabía que tenía—, apretó. Mi polla, contra toda mi voluntad, dio un tirón entre mis piernas y empezó a endurecerse.
—Ah —dijo ella, y por primera vez sonó casi divertida—. Mira eso. El caballero se está poniendo tonto.
Un tercer dedo. Ardor, presión, la sensación de estar siendo abierto de dentro hacia afuera. Yo jadeaba contra la mordaza, con la baba cayéndome por la barbilla, con las lágrimas nublándome la vista. Y sin embargo mi polla, colgando entre mis muslos, estaba dura como una piedra, chorreando una gota de líquido que caía al cemento del suelo.
—Estás listo —dijo Consuelo, retirando los dedos con un chasquido húmedo—. O al menos, todo lo listo que vas a estar.
Sentí la punta del dildo apoyarse contra mi ano abierto y palpitante. Gruesa. Redonda. Insistente. Ella me agarró de las caderas con las dos manos enguantadas, clavándome los dedos en la carne, y empujó con la pelvis hacia adelante.
El dolor fue blanco. Un grito reventó dentro de mi garganta y se quedó atrapado detrás del cuero de la mordaza. Sentí cómo la silicona forzaba el anillo, cómo se abría paso a través de un músculo que jamás había cedido ante nada, cómo se hundía centímetro a centímetro dentro de mí hasta que las caderas anchas de Consuelo chocaron contra mis nalgas con un golpe seco de carne contra carne.
—Ya está —dijo ella, sin aliento por primera vez—. Ya lo tienes todo.
Se quedó quieta un instante, dejándome sentir la plenitud, dejándome comprender lo que era estar completamente lleno de una polla que no había pedido. Después empezó a moverse.
Penetraba con un ritmo constante, agarrando mis caderas con sus manos enguantadas como si sujetara algo que le perteneciera de siempre. La polla postiza salía casi entera y volvía a hundirse de un golpe, sacándome el aire de los pulmones cada vez. La madera del potro crujía debajo de mí. Los zuecos de madera de Consuelo golpeaban el cemento marcando el compás. El olor a látex, a aceite, a sudor y a humedad de sótano lo llenaba todo.
Y mientras lo hacía, hablaba. Con la misma voz con la que debía de recriminar al vecino del primero que dejara la bicicleta en el portal, con la misma autoridad de siempre, solo que ahora dirigida a mí, a escasos centímetros de mi oído.
—Esto es lo que se le hace a los niñatos como tú —jadeaba—. ¿Te enteras? Se les enseña por dónde. Se les recuerda que tienen un culo, y que ese culo también les puede doler cuando toca.
Aceleró. La polla de silicona entraba ahora más rápido, más hondo, golpeando cada vez ese punto interior que me hacía retorcerme y babear. Mi propia polla, atrapada entre mis muslos, se sacudía con cada embestida, dura, hinchada, escupiendo gotas de líquido claro sobre la madera. No podía tocarla. No podía hacer nada. Solo dejarme follar por una vieja de setenta y cuatro años con guantes de látex.
—Nunca más te reirás de mí delante de nadie —decía—. Nunca más tratarás a una persona mayor con esa boca. ¿Me escuchas?
Asentí con la cabeza, lo único que podía hacer. La saliva se me caía por las comisuras. Los ojos me ardían.
—Bien. Eso está bien.
Una de sus manos enguantadas soltó mi cadera, se coló por debajo, y me agarró la polla. Un guante de látex frío cerrándose alrededor de mi carne caliente. Empezó a masturbarme con la misma cadencia con la que me follaba, un movimiento largo y firme de puño, arriba y abajo, sin ternura, con la eficacia de quien ordeña algo que ya no discute.
—Y vas a correrte para mí —dijo—. Vas a correrte con una polla en el culo y con la mano de la vieja del quinto en tu verga. Y no lo vas a olvidar en tu puta vida.
Lo intenté aguantar. Por vergüenza, por lo que quedaba de mí, por la idea de no darle esa victoria además de todo lo demás. No pude. La combinación era demasiado: la silicona hundiéndose hasta el fondo, el guante apretando y bombeando mi polla, la voz áspera prometiéndomelo al oído. Sentí el nudo formándose en la base, subiendo por los cojones, cargándose. Un gemido largo y roto se ahogó contra la mordaza y me corrí. Chorros gruesos y blancos salieron disparados de mi polla y cayeron sobre el cemento entre las patas del potro, uno tras otro, mientras Consuelo seguía embistiéndome sin parar, exprimiéndome hasta la última gota con el guante todavía cerrado alrededor de mí.
—Eso es —murmuró—. Todo fuera. Todo lo que traías guardado.
No sé cuánto tiempo duró después. El tiempo dentro de ese sótano funcionaba de otra manera. La bombilla no parpadeaba, el silencio fuera era total, y el único sonido era el chapoteo húmedo del arnés entrando y saliendo de mí y mis propios jadeos ahogados. Ella siguió follándome un rato más incluso después de mi corrida, ahora despacio, casi tranquila, como para asegurarse de que la sensación se quedara grabada. Lloré. En algún momento empecé a llorar, y no intenté ocultarlo porque no podía hacer otra cosa.
Cuando por fin se retiró, sentí la silicona salir de mí con un sonido húmedo y un vacío repentino que me pareció casi peor que la penetración. Me sentí vaciado. No solo de semen. De arrogancia, de esa certeza estúpida de que el mundo me pertenecía y de que las personas mayores eran decorado. Consuelo se retiró, se quitó el arnés con la misma calma con que se lo había puesto —el dildo negro brillando de aceite y de algo más—, y fue a sentarse en una silla de madera en el rincón. Sacó un pañuelo del bolsillo del delantal y se limpió las manos con parsimonia.
—Aún no hemos terminado —dijo.
***
De la mesa tomó una vara fina de bambú. La hizo cortar el aire una vez, con un silbido limpio y seco que me tensó el cuerpo de manera instintiva. Yo seguía atado al potro, con las nalgas rojas por el roce, el culo abierto y todavía palpitando, un hilo de aceite escurriéndome por el interior del muslo.
—Cincuenta azotes —anunció—. Para que la lección quede bien grabada. Y los vas a contar tú, uno por uno, dentro de tu cabeza. Si me equivoco yo, no importa. Si te equivocas tú, empezamos desde cero.
Intenté protestar contra la mordaza. Ella esperó, con los brazos cruzados, con la paciencia de quien sabe que no tiene ninguna prisa.
—Puedes seguir intentándolo —dijo—. Yo tengo toda la noche.
Los primeros golpes fueron un choque puro. La vara cayó sobre mi nalga izquierda con un chasquido seco y una línea de fuego se abrió instantáneamente sobre la piel. Antes de que el ardor se asentara, cayó la segunda sobre la derecha. Después la tercera, más abajo, cruzando el pliegue donde el culo se une al muslo. Cada azote trazaba una raya candente sobre la piel, y Consuelo espaciaba los golpes lo suficiente como para que el dolor tuviera tiempo de extenderse, pero no de desaparecer.
Diez. Quince. Veinte. La cuenta se me perdía y volvía. La saliva se me caía por las comisuras de la mordaza. Los muslos me temblaban. Y sin embargo, con cada nuevo latigazo sobre el culo ardiendo, sentía la sangre volviendo a acumulárseme en la polla, hinchándola otra vez a pesar de que acababa de correrme. Consuelo lo vio. Rodeó el potro despacio, con la vara apoyada en el hombro, se detuvo delante de mí, se agachó lo suficiente para mirarme a los ojos.
—Mira lo que eres —dijo, sin cariño y sin desprecio, solo constatándolo—. Se te vuelve a poner dura mientras te doy con la vara. Esto es lo que eres por dentro y no lo sabías.
Cuarenta. Cuarenta y cinco. Cuando llegó al cincuenta, mi culo era una brasa continua y yo lloraba sin sonido, con la nariz taponada y la boca babeando alrededor del cuero. Y mi polla, imposible de negar ya, seguía dura, apuntando al suelo, goteando.
Lloraba. Con rabia primero, luego sin ella, luego con algo que no era ni rabia ni resignación sino algo más difícil de nombrar y de lo que todavía hoy no hablo.
—Bien —dijo cuando terminó—. Así.
Dejó la vara sobre la mesa. Volvió al potro. Se agachó detrás de mí un momento, y sentí uno de sus dedos enguantados volver a entrar en mi culo maltratado, no para follarme ahora sino para comprobar algo, para dejarme claro que ese agujero era suyo. Removió despacio, sacó el dedo, se lo llevó a la nariz un instante, y volvió a la silla.
Me observó durante un minuto en silencio, con los codos sobre las rodillas y los guantes de látex todavía puestos.
Luego se levantó, vino hasta el potro y me soltó la mordaza con cuidado, sin brusquedad. Fue un gesto sorprendentemente delicado para lo que acababa de hacer.
—¿Vas a gritar? —preguntó.
Negué con la cabeza.
Comenzó a desabrochar las correas de mis muñecas. Mis brazos cayeron a los costados como si fueran de otro. Me temblaban las piernas cuando intenté incorporarme. Estaba desnudo, con el semen seco en el cemento a mis pies, con el culo latiendo y las marcas de la vara cruzándome las nalgas, y con la polla todavía a medio bajar, obscena entre mis muslos.
—Siéntate —me indicó, señalando la silla donde ella había estado.
Me senté. No porque quisiera exactamente. Porque mi cuerpo no tenía otra opción. Al apoyar el culo contra la madera, un gemido me subió por la garganta. Consuelo lo oyó y no dijo nada.
Se quedó de pie frente a mí, todavía con los guantes largos de látex. Me miró durante un rato sin decir nada. Luego dijo:
—¿Sabes por qué te hice esto?
No respondí. Ella continuó de todas formas.
—No fue por la música. No fue por el ruido ni por la hora. Fue por tu cara cuando te reíste. Esa cara que ponen los que creen que el mundo les pertenece y que las personas mayores somos decorado, algo que se soporta o se ignora. Esa cara —repitió con un tono que no era de rabia sino de algo más frío— me la sé de memoria. La he visto toda mi vida.
Se quitó uno de los guantes con un chasquido seco. Debajo, su mano era ancha y venosa, la mano de alguien que ha trabajado mucho. Con la mano desnuda me agarró de la barbilla, me levantó la cara y me obligó a mirarla.
—No volverás a ponérmela. ¿Verdad?
—No —dije. Mi voz sonó extraña. Pequeña.
—No, ¿qué?
Tardé un segundo.
—No, señora.
Ella asintió una sola vez. Bajó la mano por mi cuello, por mi pecho, y me tocó una vez la polla todavía sensible con dos dedos, ligeramente, como quien pone un sello. Yo di un respingo. Ella sonrió apenas.
—Todo esto también es mío ahora —dijo, sin subir la voz—. Que no se te olvide.
***
Me acompañó hasta la puerta del sótano cuando el reloj de su muñeca marcaba las seis y cuarto de la mañana. Antes de abrirla me devolvió la ropa doblada en un montón prolijo y esperó, con los brazos cruzados, a que me vistiera delante de ella. Cada prenda me rozaba las marcas del culo y me arrancaba un gesto que ella observaba sin decir nada.
Fuera, el edificio empezaba a despertar: el ascensor moviéndose entre pisos, una puerta cerrándose en algún lugar del rellano superior, el rumor lejano de un camión de la basura. La luz del pasillo era blanca y brutal después de horas bajo aquella bombilla amarilla.
—Sube a tu casa —dijo—. Date una ducha. Y cuando te cruces conmigo en el portal, me saludas. Con educación y con el nombre correcto: señora Consuelo.
No dije nada. Empecé a caminar hacia las escaleras.
—Una cosa más —añadió desde el umbral.
Me giré.
—Si se te ocurriera contarle esto a alguien —hizo una pausa breve, casi amable—, recuerda que yo tengo setenta y cuatro años y que nadie va a creerme capaz de nada de lo que has visto esta noche. Y recuerda también que tú viniste solo a mi sótano a las tres de la madrugada, completamente borracho, según dirías tú mismo. Y que se te puso dura. Eso también lo recuerdas, ¿verdad?
Sonrió. Era la primera vez que la veía sonreír de verdad, y no era una sonrisa agradable.
Subí las escaleras despacio, con cada paso recordándome con precisión exacta todo lo que había pasado: el ardor del culo con cada peldaño, la humedad del aceite todavía escurriéndome por dentro del muslo, el escozor de las líneas de bambú cruzándome las nalgas bajo la tela del pantalón. En el tercer rellano me detuve un momento, apoyé la espalda en la pared fría del pasillo, y cerré los ojos.
Nunca debí reírme de ella.
Eso fue lo que pensé. Pero lo que sentí por debajo de ese pensamiento era algo diferente, algo que todavía entonces no supe nombrar bien: no era exactamente arrepentimiento, ni tampoco miedo. Era la extraña y perturbadora sensación de que una parte de mí, aquella parte que había guardado ese deseo oscuro durante años sin atreverse a decírselo a nadie, había encontrado por fin lo que llevaba tiempo buscando sin saber cómo pedirlo. Me había corrido con una polla en el culo, atado a un potro, follado por una vieja con guantes de látex. Y por debajo del horror, por debajo del dolor, había una parte de mí que ya estaba pensando en la próxima vez.
No lo entendí del todo aquella mañana. Lo entendería mucho más tarde, poco a poco, en las semanas siguientes.
Desde ese día, cada vez que me cruzo con Consuelo en el portal, la saludo. Con educación. Con el nombre correcto. Y ella, sin excepción, me devuelve el saludo con una mirada tranquila que solo yo sé lo que significa, y que lleva dentro algo que tampoco sé si llamar amenaza o promesa.
Supongo que son la misma cosa.