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Relatos Ardientes

La tarde en que mi sumiso adoró mis pies descalzos

La tarde caía espesa y caliente sobre la ciudad cuando recibí su mensaje. Tres palabras, las de siempre: «Ama, ¿puedo ir?». No respondí enseguida. Lo dejé esperar, mirando la pantalla de mi teléfono mientras me servía una copa de vino frío y cruzaba las piernas sobre el sofá. La anticipación era parte del juego, y yo era muy buena jugándolo.

Se llamaba Damián, aunque para mí nunca era más que «mi sumiso». Lo conocí meses atrás, cuando todavía no se atrevía a confesar lo que de verdad lo quemaba por dentro. Tardó semanas en decirlo en voz alta, con la cabeza baja y las orejas rojas: adoraba los pies de una mujer. No de cualquier mujer. De una que supiera lo que tenía entre las manos y no tuviera miedo de usarlo.

Yo nunca tuve miedo.

Le respondí cuando me dio la gana. Una sola palabra: «Ven». Sabía que en menos de media hora estaría golpeando mi puerta con esa mezcla de ansiedad y devoción que tanto me gustaba.

Mientras lo esperaba, me preparé. No para él, sino para mí. Me quité los zapatos de tacón que había llevado todo el día y dejé los pies descalzos sobre la madera fresca del suelo. Tenía las uñas pintadas de un rojo oscuro, casi negro, y la piel todavía guardaba la marca tenue de las correas de las sandalias. Sabía exactamente lo que esa imagen iba a provocar en él.

***

Tocó el timbre a la hora exacta. Lo hice esperar otros dos minutos antes de abrir.

Cuando por fin lo dejé pasar, lo encontré con la respiración entrecortada, el pelo todavía húmedo de la ducha que se había dado para venir limpio a presentarse ante mí. Buen detalle. Me gustaba que se esforzara.

—Llegas puntual —dije, sin moverme de la puerta, obligándolo a quedarse de pie frente a mí—. Eso está bien.

—Gracias, Ama —murmuró, y bajó la mirada de inmediato.

No esperaba que me mirara a la cara. Esperaba que mirara mis pies, y eso fue exactamente lo que hizo. Vi cómo sus ojos se deslizaban por mis tobillos, por el empeine, por las uñas oscuras, y cómo tragaba saliva sin disimulo. La ansiedad lo delataba entera.

—Entra y cierra —ordené.

Obedeció. Caminé delante de él hasta el salón, despacio, dejando que el sonido de mis pasos descalzos sobre la madera lo torturara un poco más. Me senté en el sillón grande, el que reservaba para estas tardes, y crucé una pierna sobre la otra. Él se quedó parado en medio de la habitación, sin saber qué hacer con las manos.

—¿Y bien? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Vas a quedarte ahí mirando como un idiota?

Cayó de rodillas tan rápido que casi se golpea contra el suelo. Esa urgencia me arrancó una sonrisa que no me molesté en esconder.

—Acércate —dije—. Pero no me toques todavía. Solo mira.

***

Se arrastró por la alfombra hasta quedar a un palmo de mis pies. Podía sentir su aliento caliente rozándome la piel, entrecortado, casi tembloroso. Tenía las manos apoyadas en los muslos, los nudillos blancos del esfuerzo de contenerse. Quería tocar. Lo deseaba con todas sus fuerzas. Y yo no se lo permitía.

—Dime qué ves —le ordené.

Levantó apenas la mirada, confundido.

—¿Ama?

—Que me digas qué ves. En voz alta. Quiero oírlo.

Tragó saliva otra vez.

—Veo… veo sus pies, Ama. Perfectos. Las uñas rojas. La marca de las sandalias. Me… me muero por besarlos.

—Lo sé —respondí, balanceando el pie en el aire, a milímetros de su cara—. Pero todavía no te lo has ganado.

Vi cómo se le contraía el rostro de pura frustración, y eso me encantó. Disfrutaba de ese momento más que de ningún otro: el instante en que sostenía todo su deseo en la palma de mi mano y decidía cuándo soltarlo. No era el contacto lo que me daba placer. Era el poder.

Lo hice esperar. Le hablé de cosas sin importancia, de mi día, del calor, mientras mi pie seguía oscilando frente a sus labios entreabiertos. Cada vez que se acercaba un poco, lo retiraba. Cada vez que se rendía, lo volvía a tentar. Era un juego cruel, y los dos lo sabíamos.

—Por favor —susurró al fin, con la voz rota—. Por favor, Ama.

Esa palabra. Esa rendición completa. Eso era lo que estaba esperando.

—Está bien —dije, bajando despacio el pie hasta apoyarlo contra su boca—. Adórame.

***

No necesitó que se lo dijera dos veces. Sus labios se cerraron sobre mi empeine con una devoción que rozaba lo religioso. Besó cada centímetro de piel, lento al principio, como si temiera que fuese a quitárselo de un momento a otro. Cuando comprendió que esta vez sí podía, se entregó por completo.

Recorrió mi pie con la lengua, desde el talón hasta la punta de los dedos, y un escalofrío me subió por la pierna. No era el placer físico lo que me estremecía, o no solo eso. Era ver a un hombre adulto, entero, rendido a mis pies como si en ello le fuera la vida.

—Más despacio —ordené—. No tengas prisa. Tenemos toda la tarde.

Obedeció. Aminoró el ritmo y empezó a trazar círculos con la lengua alrededor de cada dedo, sin saltarse ninguno. Yo me reclinaba en el sillón, con la copa de vino en la mano, observándolo desde arriba con la mirada de quien contempla algo que le pertenece.

—Entre los dedos —dije.

Su lengua se deslizó entre mis dedos, uno por uno, con una paciencia que solo da la verdadera devoción. Sentí cómo se estremecía él mismo al hacerlo, cómo se le escapaba un gemido ahogado contra mi piel. Le gustaba tanto como a mí. Quizá más.

—Buen chico —murmuré—. Sigue.

***

Cambié de pie. Le ofrecí el otro, todavía sin tocar, y él lo recibió con la misma hambre, como si fuera el primero. Lamió la planta entera, desde el arco hasta el talón, y cuando llegó a los dedos los tomó en su boca, uno tras otro, succionando con cuidado, mirándome de reojo para asegurarse de que lo hacía bien.

—Así —dije—. Exactamente así.

Le clavé el talón con suavidad contra el pecho y lo empujé hacia atrás, apenas, solo para recordarle quién mandaba. Él se dejó empujar sin resistencia. Esa obediencia absoluta era una droga. Cuanto más se rendía, más quería yo de él.

—Hueles mi perfume —ordené, deslizando el empeine bajo su nariz—. Respíralo. Quiero que te llene.

Inhaló profundamente, con los ojos cerrados, como si aspirara la cosa más valiosa del mundo. Yo sabía el efecto que aquello tenía en él. Lo veía en su cuerpo entero, en la tensión de sus hombros, en la forma en que apretaba los puños para no tocarse.

—Ni se te ocurra —le advertí, leyéndole la intención—. No vas a tocarte hasta que yo lo diga.

—Sí, Ama —jadeó—. Perdón, Ama.

***

Cuando lo vi demasiado cómodo, demasiado perdido en su propio placer, decidí que era hora de recordarle que la tarde era mía, no suya.

—Túmbate —ordené—. Boca abajo. En el suelo.

Dudó un segundo, y ese segundo me bastó.

—¿Acaso te he dado permiso para dudar? —dije, con la voz fría.

Se tumbó al instante, con la mejilla pegada a la alfombra y los brazos extendidos. Me levanté del sillón y caminé a su alrededor, descalza, dejando que el sonido de mis pasos lo pusiera nervioso. Apoyé la planta del pie sobre su espalda y presioné, despacio, sintiendo cómo se tensaba bajo mi peso.

—Has sido un buen sumiso hoy —dije—. Pero los buenos sumisos también reciben su castigo. Para que no se les olvide lo que son.

Le di con la palma de la mano en la parte baja de la espalda. No fuerte. Lo justo para que el sonido restallara en el silencio de la habitación. Él se estremeció, pero no se movió. No protestó. No intentó detenerme. Aceptó el castigo como aceptaba todo lo demás: con una entrega que me dejaba sin aliento.

—¿Te gusta? —pregunté, dándole otra vez.

—Sí, Ama —gimió contra la alfombra.

—Claro que te gusta. Para eso has venido.

Seguí un rato más, alternando los golpes con caricias de mi pie sobre su nuca, manteniéndolo en ese filo exacto entre el dolor y el placer donde yo quería tenerlo. Cuando vi que ya temblaba entero, me detuve.

***

—Date la vuelta —dije—. Despacio.

Se giró y quedó boca arriba, mirándome desde el suelo con una expresión que no he visto en ningún otro hombre. Pura adoración. Pura rendición. Volví a sentarme en el sillón y le ofrecí los pies una última vez.

—Termina lo que empezaste —ordené—. Y hazlo bien.

Se incorporó hasta quedar de rodillas y tomó mis pies entre sus manos con un cuidado casi reverente. Los besó, los lamió, hundió la cara en ellos como si quisiera fundirse con mi piel. Yo lo dejé hacer, observándolo, dueña absoluta de cada uno de sus gestos.

—Mírame —le dije.

Levantó la vista sin soltar mis pies.

—¿Sabes por qué vienes a mí? —pregunté—. No por mis pies. Eso es solo la excusa. Vienes porque necesitas que alguien te diga lo que eres. Y yo te lo digo. Eres mío. ¿Lo entiendes?

—Soy suyo, Ama —respondió, con los ojos húmedos—. Completamente suyo.

Esas palabras me recorrieron entera. Más que cualquier caricia, más que cualquier roce. Ese era mi verdadero placer: no el que él me daba con la lengua, sino el que me daba con su rendición.

***

—Te voy a dar permiso —dije al fin, presionando suavemente la planta de mi pie contra su pecho—. Pero solo donde yo te diga. Sobre mis pies. En ningún otro lugar.

Asintió frenéticamente, incapaz ya de hablar. Lo dejé. Le permití rendirse del todo, ahí, arrodillado frente a mí, mientras yo lo miraba desde arriba con la copa de vino aún en la mano y la certeza de que aquel hombre haría cualquier cosa que yo le pidiera.

Cuando terminó, se quedó inmóvil, jadeando, con la frente apoyada contra mi tobillo. No lo aparté. Le concedí ese momento, esa pequeña ternura que los buenos sumisos se ganan.

—Límpialos —ordené después, con voz suave pero firme.

Lo hizo sin rechistar, con la misma devoción con la que había hecho todo lo demás. Cuando acabó, volvió a besarme los pies, esta vez despacio, casi con gratitud.

***

Me puse de pie y caminé hasta la entrada, descalza todavía, sintiendo su mirada pegada a mis talones a cada paso. Recogí mis sandalias y me las calcé sin prisa, frente a él, dejando que viera cómo aquellos pies que acababa de adorar volvían a quedar fuera de su alcance.

—Has sido obediente —dije—. Por eso volverás. Cuando yo te llame.

—Cuando usted quiera, Ama —respondió, todavía de rodillas.

Le abrí la puerta. Se levantó, se recompuso la ropa y, antes de marcharse, se inclinó una última vez para rozar con los labios el empeine de mi sandalia. Lo dejé. Era un gesto humilde, y los gestos humildes merecen recompensa.

—Ahora vete —dije.

Se fue sin mirar atrás, porque sabía que no debía. Cerré la puerta y me quedé un momento apoyada contra ella, con una sonrisa que nadie veía.

No era el fetiche lo que me importaba. Nunca lo había sido. Era esto: la certeza de que un hombre entero, con su vida y su orgullo, se arrodillaba ante mí y me entregaba el control sin pedir nada a cambio. Esa era mi droga. Ese era mi poder.

Y yo, desde luego, no pensaba renunciar a él jamás.

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Comentarios (6)

Tere_nocturna

tremendo!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

SandroNights

espero que haya segunda parte, me quede con ganas de mas jaja

CristinaH_Baires

Me encanto la dinamica de poder, esta muy bien logrado. Sigue publicando!!

Fer_Mdq

me hizo acordar a algo que vivi hace unos años, esas situaciones tienen otro nivel

MarceloLect

Lo mejor es la espera que describe al principio, se siente cada segundo. Muy bueno

Valentina_22

Te animas a escribir la perspectiva de el? me daria curiosidad saber que pensaba en ese momento

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