El patrón del fundo me hizo suplicar por el puesto
Llevaba siete meses buscando trabajo, gastando los pocos ahorros que me quedaban y rogándole algo de dinero a mi ex marido. Aun así debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado desde hacía tres semanas.
Esa mañana el departamento estaba helado. Afuera la temperatura apenas pasaba los dos grados y yo había puesto el despertador a las cinco, porque la entrevista quedaba lejos y el viaje en bus era largo.
Caminé tiritando hasta el baño. Me senté en el inodoro y dejé que el cuerpo se vaciara sin pudor, escuchando el chorro caer en el agua, sintiendo cómo el olor llenaba el cuarto diminuto. Me limpié con papel, tiré la cadena y me lavé las manos con agua congelada. Una ducha sin agua caliente era impensable a esa hora, así que decidí vestirme y ponerme desodorante. Total, el puesto era en pleno campo; supuse que nadie iba a fijarse en esos detalles.
Antes de vestirme me detuve frente al espejo de cuerpo entero. A pesar del frío, me tomé unos segundos para mirarme desnuda, como hacía rara vez.
Medía un metro cincuenta y cinco, tenía el pelo castaño y revuelto cayéndome hasta media espalda, el rostro redondo y los ojos verdes. A mis treinta y ocho años todavía me veía joven de cara, era lo único que me cuidaba con las cremas baratas que me alcanzaban.
Bajé la vista hacia mis pechos, dos melones pesados que llenaban de sobra un sostén de copa grande. Siempre me parecieron demasiado para mi cuerpo pequeño. Recordé a mi marido besándome los pezones en los primeros años, cuando todavía me deseaba, antes de que dejara de tocarme.
Tenía la cintura estrecha y el vientre plano, pero los muslos y las nalgas me parecían francamente horribles. Grandes, blandas, llenas de celulitis, una gelatina que temblaba con cada paso. Cuando descubrí sus infidelidades, mi ex me había soltado en la cara que se había buscado a otra porque yo me había dejado estar, porque mi trasero flácido le daba rechazo. Esas palabras todavía me ardían.
¿Quién podría desear este cuerpo?, pensé.
Saqué de la ropa limpia un calzón blanco de algodón, viejo, de tiro alto, con la entrepierna manchada por mi flujo. Me puse un sostén color piel, sin encaje, y unas pantis que se me corrieron apenas las subí, dejando una línea desde la nalga hasta la pantorrilla. No importaba: encima iba una falda gris de tela gruesa, hasta debajo de la rodilla, y unas botas negras de taco que tapaban las medias rotas. Una camiseta, un suéter blanco, el pelo amarrado en una cola y un maquillaje sobrio.
Comí un pan añejo con mantequilla y un café, me puse el abrigo y la bufanda, y salí cuando todavía no amanecía.
Caminé por la calle vacía pensando en mi hija. No soportaba la idea de que pasara hambre. Por eso conseguir ese trabajo era cuestión de vida o muerte; no aguantaría una semana más así.
***
Tomé el bus en el terminal rural y el viaje se hizo eterno, parando cada tanto para subir y bajar pasajeros. Me bajé en un paradero al borde del camino, el lugar que me había indicado mi amiga Carolina, y caminé como quinientos metros por tierra hasta una casa.
Varios perros me salieron al encuentro ladrando. Sentí miedo, pero enseguida apareció un hombre desde la casa, los llamó y ellos volvieron junto a él. Caminó sin apuro y se apoyó en el cerco que nos separaba.
—Buenos días —dije con la voz temblorosa, todavía asustada por los perros.
—¿Qué necesita? —respondió seco, sin saludar.
—Busco a don Aníbal, por un trabajo aquí en el fundo.
—Espere —sacó un celular del bolsillo y habló un par de palabras. Miré alrededor: el follaje no me dejaba ver mucho, pero el lugar tenía una belleza silvestre y cuidada a la vez—. Siga por este camino. A unos trescientos metros hay una casa grande, esa es la del patrón. Entre por la cocina.
Le agradecí y seguí caminando. Como respuesta solo me hizo un gesto con la mano y se dio vuelta.
***
La casa era enorme, de madera, con una chimenea encendida que largaba humo. Una verdadera casa patronal del sur. Golpeé la puerta lateral y enseguida apareció una mujer un poco más joven que yo, con un vestido corto a cuadros que le marcaba la figura, pantis negras y tacones de aguja.
—Hola. Busca a don Aníbal, imagino —dijo. Le contesté que venía por el trabajo. Me recorrió de pies a cabeza con una mueca de desprecio mal disimulada—. ¿Eres la que recomendó Carolina?
—Sí —respondí.
—Pasa, está muy helado para esperar afuera.
La seguí adentro. La cocina era más grande que el departamento entero donde vivía con mi hija. Me llevó por un pasillo hasta una oficina, me recibió el abrigo, me ofreció asiento y cerró la puerta al salir.
Mientras esperaba miré el lugar. Todo de madera, cálido y acogedor. Un librero, un escritorio, un sillón y la silla de visita donde estaba sentada. Ni computador ni nada más.
La puerta se abrió cuando llevaba veinte minutos esperando. Me puse de pie y me giré.
—Así que tú eres Marcela —don Aníbal era un hombre alto, de uno ochenta por lo menos, unos cincuenta y tantos años bien llevados, pelo corto canoso y peinado, perfectamente afeitado. Su perfume, sin ser molesto, se sentía desde lejos y se notaba que era caro. Vestía de campo, todo de marca. Un hombre guapo, muy guapo.
—Sí, don Aníbal —contesté torpe, evidentemente nerviosa.
Su mirada se posó en mis pechos. Fue rápida, pero sin disimulo.
—Siéntate —ordenó, instalándose al otro lado del escritorio—. ¿Te explicó Carolina de qué se trata el trabajo?
—No mucho. Solo que necesitaban a alguien para la administración. La verdad, don Aníbal, yo…
—¿No te dijo nada más? —volvió a mirarme los pechos, y la incomodidad me subió por el cuello. Negué con la cabeza. Suspiró—. Creo que este trabajo no es para ti. Lamento la pérdida de tiempo.
Se puso de pie y me estiró la mano. Lo miré atónita, sin entender, balbuceando palabras que no me salían.
—Habla claro, mujer, no te entiendo —su tono era un regaño.
Respiré hondo, intenté calmar los temblores y no lo logré. Empecé a llorar.
Él se levantó, caminó hacia mí y se puso a un lado. Sentí su mano en mi cabeza. Estaba tan cerca que me puse aún más nerviosa.
—¿Qué harías por este trabajo? —preguntó. El tono no había cambiado, pero había una intención clara debajo de las palabras. Me ruboricé al entender la verdadera pregunta.
Pensé en mi hija. En mi ex riéndose de mi cuerpo. En el hambre, en el gas cortado, en el invierno. Rechazar esa propuesta, por indigna que fuera, era peor que volver a la vida que llevaba.
—Haré lo que sea, por favor, estoy desesperada —dije mirando al suelo, muerta de vergüenza.
—¿Qué es «lo que sea»? —contestó con un tono apenas burlón. Asentí con un sí que fue un susurro—. Dilo. Dime qué harías.
—Chupárselo —susurré de nuevo.
—No te escucho. Más fuerte.
—Chuparle el pene —por fin me salió una frase audible.
***
Se bajó el cierre del pantalón. Giré la cabeza y vi cómo lo sacaba. Era grueso, mucho más grande que el de mi marido, el glande enrojecido. Lo único que pude pensar fue cómo iba a hacer para que cupiera en mi boca.
—¿Has mamado antes? —preguntó seco.
—Solo a mi marido —respondí sin dejar de mirar.
—Abre la boca.
Obedecí. Me lo metió sin ningún cuidado, me agarró de la nuca y me hundió la cabeza hasta el fondo. Sentí una arcada, los ojos se me llenaron de lágrimas, me ahogué, intenté soltarme, pero su agarre era de fierro.
—Chúpalo bien si quieres trabajar acá —dijo, empujándome la cabeza una y otra vez.
Su miembro era tan grueso que la mandíbula empezó a acalambrarse. Entre arcadas le suplicaba que parara, que me hacía daño, y él parecía disfrutarlo todavía más.
—Mírame con esos ojos —ordenó. Lo miré, y vi cómo gozaba con cada empujón, cómo su sonrisa burlona crecía con cada súplica mía.
Por fin sacó el pene de mi boca. Seguía duro, todavía no acababa. Me lo apoyó en la cara y me dio unos golpecitos con él.
—Ponte de pie —lo hice de forma automática. Caminó detrás de mí—. Una queja y te vas. Apoya las manos en el escritorio y para el trasero. ¿Tomas pastillas?
—No —susurré, apenas audible.
Me subió la falda hasta la cintura.
—Bájate el calzón y las medias.
Con las manos temblando tomé el borde de ambas cosas y las bajé lento, hasta descubrir mis nalgas.
—Dios, qué grandes —lo escuché murmurar. Me las apretó con fuerza—. Qué flácidas. Te apuesto que por esto te dejó tu marido.
Se rió con ese tonito burlón y me dio una nalgada que resonó en la habitación. La humillación me ardía en la cara. Quise explicarle lo del gas cortado, pero las palabras se me hicieron un balbuceo.
—Y velluda, además. Y muy mojada —dijo, mientras sentía uno de sus dedos recorrerme—. ¿Cuánto tiempo sin sexo?
—Como un año y medio.
—Qué desperdicio.
***
Apoyó el miembro en la entrada de mi sexo. Cerré los ojos, intenté relajarme, seguía llorando y rogando en mi mente que terminara rápido.
Sentí sus manos en mis caderas y, de un solo empujón, me lo metió entero. Del susto di un grito y me paré en la punta de los pies. No dolió tanto como temía: siempre he lubricado mucho, y el pene se deslizó adentro a pesar de la fuerza de la estocada.
Lo sacó despacio, sin salir del todo, y volvió a empujar usando todo el peso del cuerpo. Se me escapó un gemido. Para la tercera embestida mis gemidos estaban descontrolados. Sentía el calor, la humedad, oleadas de placer recorriéndome el cuerpo entero, traicionando a mi cabeza que me repetía que aquello no debía estar pasando.
Lo escuchaba gemir a él también. Estaba gozando con mi cuerpo, ese cuerpo que yo creía que jamás volvería a desear nadie.
Ante las oleadas de placer, mi mente terminó por callarse. Mis gemidos se volvieron descarados.
Aumentó la intensidad, haciendo que mis nalgas rebotaran con cada golpe. El olor de mi cuerpo se mezclaba con el del sexo en una fragancia espesa que llenaba el cuarto. De pronto se me tensaron todos los músculos. Empecé a temblar, a gritar sin control. Las piernas me fallaron, y si no me hubiera estado sosteniendo de las caderas me habría desplomado. Estaba teniendo un orgasmo como nunca en mi vida.
Sus bramidos se intensificaron y, increíblemente, sus estocadas se hicieron más fuertes. Pero antes de acabar sacó el pene, me giró y me obligó a arrodillarme presionándome los hombros. Mi cara quedó frente a su miembro. Recién entonces noté que tenía un condón puesto. Se lo sacó y empezó a masturbarse.
Su orgasmo fue brutal. Gemía y temblaba como si fuera a partirse en dos, lanzando chorros calientes que me cayeron en la cara, el pelo y el suéter.
***
Cuando todo terminó yo estaba en shock, en cuclillas, con el calzón y las medias a medio muslo, la cara y el pelo llenos del semen de un hombre que había conocido apenas unos minutos antes de tenerlo dentro.
Me acomodé la ropa interior frente a él, sin un gesto de pudor. Me miró los pechos, todavía con la respiración cortada.
—El horario es de ocho a cinco —empezó a decir, sentado ya en su escritorio, con el mismo tono con que me había recibido—. Una hora de colación. Es todo el trabajo de oficina del fundo: tenemos doscientas hectáreas de cereales y cincuenta de cerezos. El sueldo son setecientos cincuenta mil en efectivo, más horas extras y bonos cada tres meses. Tres meses a prueba y después contrato indefinido.
El sueldo era enorme para mí. Suficiente para resolver mis deudas en un par de meses.
—Si decido contratarte, te llamo mañana.
Mi cara cambió a la de la incredulidad.
—Yo pensé… —susurré, pero me interrumpió.
—No me importa lo que pensaste. No estás aquí para eso —su tono ahora era violento, de verdad enojado—. Ándate ya, y tal vez te llame.
Salí sin despedirme. Afuera me esperaba la mujer de la cocina con mi abrigo.
—Límpiate el semen. El baño está por ahí —dijo.
Me puse roja, pero contuve el llanto. Atravesé el recibidor y llegué al baño. Me senté en el inodoro, descargué la vejiga escuchando el ruido de siempre, y me quedé ahí un par de minutos con la cabeza en blanco. Después me miré al espejo: el maquillaje corrido, el semen seco en la cara, el pelo y el suéter. Me limpié como pude con agua y papel.
Salí y deshice el camino, caminando fuera del fundo bajo el cielo gris.
Ya en casa me desnudé y me metí a la ducha helada. Me recosté en la cama y lloré. Eran cerca de las dos de la tarde. A las cuatro volvía mi hija del colegio.
Me usaron por nada, pensé, justo antes de quedarme dormida.