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Relatos Ardientes

El día que mi jefe se arrodilló ante mis pies

Entré a trabajar en aquella casa por necesidad, no por gusto. Renata, la mujer que me había recomendado, me advirtió que el señor Adrián Vallejo era exigente, callado y que pagaba bien con tal de que nadie le hiciera preguntas. Tenía razón en todo. Durante el primer año limpié sus pisos de mármol, planché sus camisas y serví sus cenas sin que él me dirigiera más de tres frases seguidas.

Yo tenía veinticuatro años y él rondaba los cuarenta y cinco. Era de esos hombres que llenan una habitación con solo entrar: traje impecable, reloj caro, una voz grave que no necesitaba levantarse para ser obedecida. Dirigía no sé qué empresa de la que nunca hablaba. En esa casa enorme y silenciosa, él mandaba sobre todo y sobre todos.

Lo que no sabía entonces es que había una grieta en esa armadura. Y que la grieta estaba, literalmente, a la altura del suelo.

***

Fue una tarde de julio, con un calor que pegaba la blusa a la espalda. Yo estaba limpiando el borde de la piscina, de rodillas, con los zapatos a un lado porque el agua salpicaba y no quería echarlos a perder. Tenía los pies descalzos sobre las baldosas tibias, y de tanto en tanto los metía en el agua para soportar el bochorno.

No lo oí llegar. Cuando levanté la vista, el señor Vallejo estaba de pie a unos metros, con una copa en la mano y la mirada baja. No me miraba la cara. No me miraba el escote. Miraba mis pies mojados sobre el borde de la piscina, y los miraba como si fueran lo único que existía en el mundo.

—¿Necesita algo, señor? —pregunté, incorporándome.

Tardó un segundo de más en contestar. Un segundo en el que vi cómo le costaba apartar los ojos.

—No —dijo al fin—. Siga.

Y se fue. Pero esa noche, mientras servía la cena, lo sorprendí otra vez. Yo había vuelto a calzarme unas sandalias livianas, y él, sentado a la cabecera de aquella mesa larguísima, seguía con la vista cada uno de mis movimientos por debajo. Así que era eso, pensé. El hombre intocable, el que no le rendía cuentas a nadie, tenía una debilidad. Y la debilidad cabía en el número treinta y siete.

***

Durante semanas no dije nada. Me limité a observar, a confirmar. Empecé a notar el patrón: cuando yo cruzaba el salón descalza para no rayar el piso recién encerado, él perdía el hilo de lo que estuviera leyendo. Cuando me sentaba en el sofá a doblar las toallas y dejaba un pie colgando de la sandalia, a él se le secaba la conversación en la boca.

El descubrimiento me cambió algo por dentro. Yo, que había agachado la cabeza durante un año en esa casa, de pronto tenía algo que él deseaba con desesperación y no se atrevía a pedir. El poder se había movido de lugar sin que él lo supiera todavía. Y me gustó. Me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Decidí dejar de esperar.

***

Una tarde de viernes, cuando el resto del personal ya se había marchado, le llevé un café a su estudio. Lo dejé sobre el escritorio y, en lugar de retirarme como siempre, me senté en el sillón de cuero que tenía enfrente. Crucé las piernas con calma y dejé que una sandalia se me deslizara hasta quedar colgando de la punta de los dedos.

Él levantó la vista de sus papeles. Tragó saliva.

—¿Ocurre algo? —preguntó, y por primera vez en un año oí un temblor minúsculo en esa voz de mando.

—Eso debería decírmelo usted —respondí, sin apartar la mirada—. Llevo meses notando dónde se le van los ojos, señor Vallejo. Y no es a mi cara.

El silencio que siguió fue largo. Vi cómo le subía el color al cuello, cómo apretaba el bolígrafo, cómo todo aquel aplomo de hombre poderoso se le venía abajo por una frase. Esperé. Aprendí esa tarde que el silencio, bien usado, es la herramienta más cruel que existe.

—No sé de qué habla —mintió, pésimamente.

Dejé caer la sandalia al suelo del todo y estiré la pierna desnuda hacia él, hasta apoyar el pie descalzo en el borde de su escritorio, sobre sus papeles importantísimos.

—Yo creo que sí lo sabe —dije en voz baja—. Y creo que lleva mucho tiempo muriéndose por hacer algo al respecto.

Lo que vi en su cara no fue deseo. Fue alivio. El alivio de alguien que llevaba años cargando un secreto pesado y por fin tenía permiso para soltarlo.

***

—Arrodíllese —dije.

No fue una pregunta. Lo dije con la misma naturalidad con la que él me había ordenado mil tareas, y por eso funcionó. El señor Adrián Vallejo, dueño de aquella casa y de medio mundo según los rumores, empujó la silla hacia atrás, rodeó el escritorio y se arrodilló en la alfombra, frente al sillón donde yo estaba sentada.

Desde arriba, el hombre se veía distinto. Más pequeño. Más mío.

—Adelante —concedí, y le acerqué el pie a la cara—. Es lo que quería, ¿no?

Cerró los ojos antes de tocarme, como si rezara. Después tomó mi pie entre las dos manos, con un cuidado que no le había visto poner en nada, y apoyó los labios en el empeine. Lo besó despacio, recorriendo cada dedo, el arco, el talón. Respiraba hondo, como si quisiera memorizarme.

—Más despacio —ordené, solo por el gusto de mandar—. Tenemos toda la tarde.

Él obedeció al instante. Y en esa obediencia inmediata, en la manera en que ese hombre acostumbrado a que el mundo entero le dijera que sí se rendía ante mí, sentí un calor que me subió por las piernas y se me instaló en el centro del cuerpo. No era solo él quien estaba disfrutando. Yo no había tocado a nadie en mucho tiempo, y verlo así, sometido, valía más que cualquier caricia.

***

—Míreme —le exigí, hundiéndole apenas los dedos del pie contra los labios—. Quiero que me mire mientras lo hace.

Abrió los ojos. Estaban húmedos, vidriosos, perdidos. El empresario invisible, el que no le daba explicaciones a nadie, me miraba desde el suelo como un hombre que acaba de encontrar a su dios.

—Dígalo —insistí—. Diga lo que es.

—Soy suyo —murmuró contra mi piel—. Lo que usted quiera.

—No le oigo.

—Soy suyo —repitió más alto, y la voz se le quebró—. Por favor.

Ese «por favor» fue mi recompensa. Lo dejé seguir, alternando los dos pies, ordenándole pausas, marcándole el ritmo, premiándolo con un roce cuando obedecía rápido y retirándome cuando se adelantaba. Aprendí en una sola tarde a dosificar el deseo de otra persona como quien afina un instrumento. Cada vez que le quitaba el pie, él se inclinaba hacia adelante, hambriento, suplicando sin palabras que se lo devolviera.

—¿Ve lo que pasa? —le dije, recostándome en el sillón—. Toda esta casa le pertenece. Y míre dónde está. En el suelo, rogándole a la empleada que le deje besarle los pies.

Gimió. No de dolor. De alivio, otra vez. Había algo en escuchar su propia humillación dicha en voz alta que lo encendía más que cualquier caricia, y yo lo descubría en tiempo real, frase a frase, midiendo cuánto soportaba.

***

No lo dejé terminar esa tarde. Cuando lo sentí al borde, cuando todo su cuerpo temblaba contra mis tobillos, me incorporé, me calcé las sandalias con toda la calma del mundo y caminé hacia la puerta del estudio.

—¿Adónde va? —preguntó, todavía de rodillas, descompuesto.

—A terminar mi turno —respondí desde la puerta—. Usted decidirá si esto se repite. Pero si se repite, será cuando yo lo diga y como yo lo diga. ¿Estamos de acuerdo?

Lo vi dudar. Vi al hombre poderoso pelear durante un segundo con lo que acababa de aceptar. Y después lo vi bajar la cabeza.

—Estamos de acuerdo —dijo.

Cerré la puerta y me apoyé en la pared del pasillo con el corazón a mil. Tenía las piernas flojas y una sonrisa que no me cabía en la cara. Había entrado a esa casa como una empleada más, invisible, agachando la cabeza. Salía de ese estudio convertida en otra cosa.

***

Lo que vino después fue un juego que durante meses solo nosotros dos conocimos. De cara a la galería, todo seguía igual: él daba órdenes, yo limpiaba, lo llamaba «señor Vallejo» y le servía la cena con la cabeza gacha. Pero los dos sabíamos que la verdadera jerarquía de esa casa se decidía a puerta cerrada, los viernes por la tarde, cuando el personal se iba y él se arrodillaba sin que yo tuviera que pedírselo dos veces.

Aprendí a leerlo como nadie lo había leído. Sabía cuándo necesitaba que lo tratara con dureza y cuándo, debajo de toda esa entrega, solo buscaba que alguien por fin lo dejara dejar de mandar. Porque eso entendí con el tiempo: un hombre que controla todo el día, todos los días, a veces lo único que desea es entregarle el control a otra persona y descansar.

Y yo se lo daba. Le daba el descanso de obedecer.

***

A veces, cuando lo tengo a mis pies en el suelo de ese estudio enorme, pienso en la mujer que entré a ser hace un año y medio. Aquella que no se atrevía a levantar la vista. Resulta que el poder nunca estuvo en el reloj caro ni en la voz grave ni en la cuenta del banco. Estuvo siempre en saber lo que el otro desea y en tener la sangre fría para hacerlo esperar.

Él me enseñó, sin querer, dónde miraba. Yo le enseñé, muy a propósito, a pedir permiso.

Y de las dos lecciones, no tengo ninguna duda de cuál de los dos salió ganando.

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Comentarios (5)

Valentina_77

tremendo relato!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar

NocheBlanca

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue la dinamica entre ellos

LuciaR_cba

Me recordo a una situacion parecida que vivi, aunque no tan intensa jaja. Muy bien escrito, felicitaciones!

DiegoLect

la forma en que describis el cambio de poder entre los dos personajes es increible, muy bien logrado

Marta_lee

Se hizo cortisimo, queria mas!! Esperando ansiosa el proximo

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