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Relatos Ardientes

Lo arrodillé a mis pies y le impuse mis reglas

Me llamo Renata. No voy a darte detalles que me delaten, pero sí los que importan: soy alta, tengo el pelo castaño oscuro y unos ojos verdes que la gente recuerda más de lo que debería. Y tengo unos pies que, según me han dicho muchas veces, valen una adoración entera. Pequeños, de empeine alto, con las uñas siempre cuidadas. No es vanidad. Es la herramienta con la que aprendí a doblegar a los hombres.

Descubrí pronto que había algo en mí que disfrutaba el poder. No el poder de gritar ni de imponer a la fuerza, sino el otro, el silencioso: ese instante en que un hombre entiende que va a hacer exactamente lo que yo le diga, y que además va a darme las gracias por permitírselo.

El fetichismo por los pies lo entendí casi de casualidad. Un amante de hace años se quedó mirando los míos con una devoción que no le había visto nunca en la cara mientras me miraba a los ojos. Esa noche cambió algo. Aprendí que un detalle tan pequeño podía convertirme en alguien a quien se le reza.

He tenido amantes suficientes para saber lo que quiero. Y soy mala con ellos, lo admito. Mala con cariño, pero mala. Los hago esperar, los hago merecer, los dejo al borde durante horas solo para ver cómo se les tensa la mandíbula. El placer de un hombre, cuando soy yo quien decide cuándo llega, deja de ser suyo. Pasa a ser mío.

De todos los que pasaron por mi casa, hay uno al que vuelvo cuando quiero recordar por qué hago esto.

***

Se llamaba Mateo. Me escribió durante semanas antes de que aceptara verlo. Me contó que adoraba los pies femeninos desde que tenía memoria, que había soñado con encontrar a alguien que no lo tratara como a un raro. Me gustó esa honestidad. La mayoría finge que es un capricho menor; él lo dijo como quien confiesa una religión.

Cuando abrí la puerta, me encontré con un hombre más apuesto de lo que esperaba. Espaldas anchas, manos grandes, una sonrisa nerviosa que intentaba disimular. Tendría poco más de treinta años. Me gustó de inmediato, aunque jamás se lo iba a decir. Que un hombre te guste y que lo sepa son dos cosas distintas, y la segunda te quita la mitad del poder.

Lo dejé pasar sin saludarlo apenas. Caminé delante, descalza, sabiendo que sus ojos estaban clavados en mis talones a cada paso. Me senté en el sillón y crucé una pierna sobre la otra, dejando un pie suspendido en el aire, a la altura justa para tentarlo.

Se acercó demasiado rápido. Se inclinó para besarme el empeine antes de que yo se lo permitiera.

—No —dije, sin levantar la voz—. Yo no te he dicho que puedas tocarme.

Se quedó congelado, a medio camino, con los labios a un centímetro de mi piel. Vi cómo tragaba saliva.

—Perdón —murmuró.

—De rodillas. Frente a mí.

Obedeció. Se hincó en el suelo con una docilidad que me recorrió la espalda como una corriente. Ahí estaba, ese hombre grande y fuerte, arrodillado y esperando una orden mía.

—Escúchame bien —le dije, inclinándome apenas hacia él—. Vas a tocar mis pies solo si haces exactamente lo que yo te pida. Ni más, ni menos. En el momento en que te adelantes, esto se acaba y te vas a tu casa con las ganas. ¿Está claro?

Lo vi dudar. Vi el orgullo pelear con el deseo durante un segundo entero. Después bajó la cabeza.

—Está claro.

Ahí lo tengo, pensé.

***

—Empieza por los masajes —ordené—. Suave. En las plantas. Y no te apures.

Tomó mi pie entre sus manos con un cuidado casi reverente. Sus pulgares empezaron a presionar despacio, recorriendo el arco, los dedos, el talón. Lo hacía bien. Demasiado bien para ser la primera vez. Me recosté en el sillón y dejé que el placer me subiera por la pierna, sin darle la satisfacción de un solo gemido.

Me encanta esa parte. El momento en que un hombre concentra toda su atención en un único centímetro de mi cuerpo, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir. La forma en que su respiración se acompasa al ritmo de sus manos.

—¿Puedo... —empezó, levantando la mirada— puedo besarlos?

Me gustó que preguntara. Significaba que había entendido las reglas.

—Puedes. Pero quiero que respires hondo antes. Quiero que sepas exactamente a qué huelen mis pies después de todo el día. Y que sigas igual de agradecido.

Lo vi titubear. Acercó la nariz a mi empeine y respiró, lento, profundo. Algo en su cara cambió: la incomodidad inicial se transformó en otra cosa, una entrega que no fingía. Cerró los ojos y empezó a besar, primero el empeine, después cada dedo, con una paciencia que me erizó la piel.

—Lame —dije, y la palabra sonó más como un susurro que como una orden.

Lo hizo. Recorrió la planta con la lengua, despacio, deteniéndose en el arco, subiendo hasta el tobillo. Yo apretaba el otro pie contra el borde del sillón para no delatarme. Porque la verdad, la que nunca le iba a confesar, es que aquello me estaba volviendo loca.

Lo dejé seguir un buen rato. Le ordené que se tomara su tiempo con cada dedo, uno por uno, sin saltarse ninguno, y disfruté viéndolo obedecer con una concentración que rozaba la solemnidad. Cada vez que aceleraba, lo frenaba con una sola palabra. Cada vez que levantaba la vista buscando aprobación, le sostenía la mirada en silencio hasta que volvía a bajarla.

—Más despacio —le dije una vez—. No quiero que pienses en lo que viene después. Quiero que pienses solo en esto.

Y funcionó. Lo vi rendirse a la lentitud, abandonar la urgencia, entregarse al presente como si no existiera nada más allá de mi pie y su boca. Esa es la parte que casi nadie entiende: el dominio no es prisa, es paciencia. El que manda es el que puede esperar.

***

—Ahora ponlos en tu cara —le dije.

Apoyé las plantas de ambos pies contra sus mejillas, contra su frente, contra su boca. Por un instante pareció a punto de apartarse, como si la cabeza le pidiera dignidad y el cuerpo le exigiera lo contrario. Ganó el cuerpo. Empezó a besar y a lamer con un entusiasmo que ya no tenía nada de tímido, como si toda la espera de las últimas semanas se le hubiera acumulado en la lengua.

Y yo me sentí, por unos minutos, una diosa.

No hay otra palabra. El control absoluto sobre el placer de otra persona es una droga que pocas cosas igualan. Tenía a ese hombre a mis pies, literalmente, haciendo lo que yo quería, cuando yo quería, y suplicando con la mirada por cada permiso que le concedía.

Me incorporé un poco y lo observé desde arriba. Tenía las mejillas encendidas, la respiración rota y los ojos brillantes de una mezcla de vergüenza y deseo que me resultaba irresistible. No había en él rastro del hombre seguro que había cruzado mi puerta una hora antes. Lo había vaciado de todo eso, y lo que quedaba era pura entrega.

—Dime para quién es esto —le exigí.

—Para ti —respondió sin dudar.

—¿Y de quién eres tú ahora mismo?

Tragó saliva antes de contestar.

—Tuyo.

La palabra me recorrió entera. No por lo que decía, sino por cómo lo decía: sin teatro, sin pose, como una verdad que él mismo acababa de descubrir.

—Estás duro —dije. No era una pregunta. Lo veía perfectamente.

—Sí —admitió, con la voz quebrada.

—No te he dado permiso para tocarte.

—Lo sé.

—Bien. —Me incliné hacia él, sosteniéndole la mirada—. Vas a terminar donde yo te diga. Sobre mis pies. Y solo cuando yo lo decida.

Lo vi temblar. Asintió sin palabras.

***

Bajé un pie hasta su entrepierna y, por encima de la tela, empecé a presionar, despacio, con la planta. Él contuvo el aire. Cada vez que sentía que estaba demasiado cerca, retiraba el pie y lo dejaba colgando en el aire, fuera de su alcance, hasta que la urgencia se le calmaba un poco. Después volvía. Y otra vez lo dejaba al borde.

—Por favor —dijo, en algún momento. La palabra le salió rota.

—Por favor, ¿qué?

—Por favor, déjame...

—Todavía no.

Lo hice esperar más de lo que cualquiera habría aguantado. Le pedí que me lo pidiera de nuevo. Le pedí que me dijera de quién era ese placer. Le pedí que repitiera que lo había ganado obedeciendo. Y cuando por fin lo vi al límite, con el cuerpo entero tensado como una cuerda, retiré la tela con la punta de los dedos del pie y le di la orden que esperaba.

—Ahora.

Terminó sobre mis plantas con un sonido que más parecía un sollozo de alivio que otra cosa. Se quedó así, jadeando, con la frente apoyada en mi rodilla, todavía sin entender del todo lo que acababa de pasarle.

Le dejé un minuto. Después le levanté la barbilla con un dedo.

—Límpialos —dije.

Y lo hizo. Con la lengua, despacio, sin que tuviera que repetírselo. Esa fue la parte que más me gustó. No el placer. La obediencia que venía después.

***

Esa noche no se fue enseguida. Lo dejé subir a la cama, porque a veces, cuando un hombre se ha ganado mis reglas, le concedo algo más. Nos quedamos hasta tarde, y por unas horas fui menos diosa y más mujer. Pero al amanecer volví a ser yo. Lo despedí en la puerta con un beso en la mejilla y una sonrisa que no prometía nada.

Volvió varias veces después de aquello. Y como todos los que pasan por mi casa, aprendió que el camino hasta mis pies está lleno de condiciones, y que ninguna de ellas es negociable.

He tenido muchos amantes desde entonces. Algunos duraron una tarde, otros volvieron durante meses. Pero todos entendieron lo mismo: que el poder, cuando una mujer sabe usarlo, no necesita levantar la voz. A veces basta con cruzar una pierna sobre la otra y dejar un pie suspendido en el aire, esperando a ver quién es capaz de arrodillarse para merecerlo.

Y nunca, jamás, me canso de ese instante en que descubren que pueden.

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Comentarios (6)

DiegoBA_85

tremendo relato!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

ValeriaMdP

por favor seguí con esto, quede con ganas de saber como sigue la historia con Mateo

Martincho87

la dinámica de poder esta muy bien lograda, se siente autentico. Felicitaciones

Curiosa_Baires

me recordó algo que pase hace un tiempo jeje... la narrativa te atrapa desde el primer párrafo. Muy buen trabajo

Pablo_salta

increible!! sigue subiendo mas relatos

MartinGBA

¿vas a continuar la historia? quede esperando la segunda parte sin duda

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