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Relatos Ardientes

Las ojotas negras que encontré en el lavadero

Había pasado casi un año desde aquella tarde con las ojotas rosas de Carla, mi amiga de la facultad. Desde entonces no había vuelto a tener una oportunidad parecida, pero el deseo no se había ido a ninguna parte. Al contrario: con cada mes que pasaba, mi obsesión por los pies femeninos y por el calzado que los había contenido se volvía más insistente, más difícil de ignorar.

Vivía solo en un departamento pequeño de un edificio viejo, de esos que todavía conservan un lavadero comunitario en la terraza. Subía poco. Me incomodaba cruzarme con los vecinos, intercambiar esas frases vacías sobre el clima mientras esperábamos que terminara el centrifugado. Pero esa noche la ropa se me había acumulado durante semanas y no me quedó alternativa.

Subí cerca de la medianoche, cuando estaba seguro de que no habría nadie. La terraza estaba en penumbras, iluminada apenas por una bombilla amarillenta que zumbaba sobre la puerta. Cargué el lavarropas, programé el ciclo y, mientras el tambor empezaba a girar, las vi.

Estaban en un rincón, junto a una pila de baldes y un trapo de piso olvidado. Un par de ojotas negras, abandonadas como si alguien se las hubiera quitado para entrar descalza a su departamento y nunca hubiera vuelto a buscarlas. Eran sencillas, gastadas, con la suela hundida en la zona del talón y de los dedos por el uso.

Me acerqué despacio, mirando por encima del hombro como si alguien pudiera sorprenderme. No había nadie. Solo el zumbido del lavarropas y el de la bombilla.

Son de alguien. De una mujer que las usa todos los días.

Ese pensamiento me golpeó en el estómago con una fuerza que no esperaba. Las ojotas de Carla aquella vez habían sido un accidente, algo que pasó porque ella se las había sacado delante de mí. Estas eran distintas. Estas no me las había ofrecido nadie. Estaban ahí, anónimas, marcadas por unos pies que yo no conocía y que jamás conocería.

Me agaché y las levanté del suelo frío. La polla ya se me estaba hinchando dentro del pantalón, pesada, latiendo con cada paso que daba de vuelta hacia la escalera. Podía sentirla rozando contra la tela, dura como una piedra, y todavía no había hecho nada más que tocar un par de sandalias de goma.

***

Las llevé a mi departamento escondidas bajo el brazo, envueltas en una camiseta, como si estuviera robando algo mucho más valioso que un par de sandalias de goma. Cerré la puerta con llave. Apagué las luces salvo la del velador. Y recién entonces, sentado en el borde de la cama, me permití mirarlas con calma.

Eran negras, sí, pero la goma había tomado un tono más claro en las zonas de mayor roce. La huella de su dueña estaba marcada en la plantilla: el hueco profundo del talón, la línea de los cinco dedos, la curva del arco. Pasé la yema de un dedo por encima de esa forma y sentí un escalofrío que me recorrió entero y me terminó de poner la verga durísima contra la bragueta.

Acerqué la nariz. El olor era intenso, mucho más de lo que había imaginado. No era desagradable. Era el rastro de alguien real, de una mujer que había caminado todo el día con esas ojotas puestas, que había transpirado dentro de ellas, que las había usado sin sospechar jamás que un desconocido iba a respirarlas en la oscuridad de su cuarto. Un olor a pie de mujer, ácido y salado, mezclado con la goma y con el sudor seco de horas y horas de encierro. Lo aspiré hondo, llenándome los pulmones, y la polla me pegó un latigazo que casi me hizo gemir.

Empecé a imaginarla sin querer. ¿Sería joven? ¿Mayor? ¿Tendría los pies pequeños o grandes? La huella en la plantilla sugería un pie estrecho, de empeine alto, de dedos finos. Construí una mujer entera a partir de ese único dato, una mujer que nunca había visto y que ya ocupaba todos mis pensamientos. La imaginé con las tetas al aire, agachada, mostrándome el coño mientras se sacaba esas mismas ojotas antes de cogerme. Y cuanto más la imaginaba, más fuerte se volvía la urgencia de hacer lo que había subido a buscar sin saberlo.

Cerré los ojos. Inhalé despacio. La mano ya me había bajado sola al bulto y me lo estaba apretando por encima del pantalón.

Esto es lo que más me gusta. Lo que no me pertenece.

El año anterior, con Carla, me había quedado con las ganas. Apenas había alcanzado a tocar sus ojotas un par de minutos antes de que ella volviera a la habitación. Esta vez nadie iba a volver. Esta vez tenía toda la noche para hacerme la paja hasta vaciarme encima de esa goma gastada.

***

Me puse de pie y, sin pensarlo demasiado, deslicé los pies dentro de las ojotas. Me quedaban chicas. Mis dedos sobresalían por delante y el talón se desbordaba por detrás, pero no me importó. Lo que importaba era otra cosa: la sensación de estar pisando exactamente donde ella pisaba, de encajar mi planta en el molde que sus pies habían dejado.

Caminé unos pasos por la habitación. La goma chasqueaba contra mis talones con ese sonido tan particular. Y mientras caminaba, algo empezó a ocurrir en mi cabeza, una fantasía que ya conocía pero que esa noche se volvió más vívida que nunca.

Dejé de ser yo. Dejé de ser un tipo de veintipocos años caminando incómodo con unas ojotas demasiado pequeñas. Empecé a imaginar que esas sandalias eran mías de verdad. Que yo era la mujer que las usaba. Que tenía sus pies, su forma de caminar, su manera de arrastrar un poco la goma al dar cada paso.

Soy yo. Son mías. Las uso todos los días.

Me miré en el espejo del ropero. La imagen no tenía nada de femenino, pero mi mente completaba lo que faltaba. Me imaginaba con las piernas depiladas, con las uñas pintadas asomando por la punta de la ojota, con el peso del cuerpo apoyado en una cadera. Con las tetas colgando bajo una remera fina, sin corpiño, y con un coño mojado entre los muslos que goteaba de solo pensarlo. La fantasía no era solo tocar a esa mujer desconocida. Era convertirme en ella. Ocupar su lugar. Ser la dueña de ese calzado y de todo lo que ese calzado significaba: ser la mina con los pies sudados que después de un día largo se saca las ojotas y se abre de piernas para que alguien la coja bien.

El cuerpo me respondió enseguida. La polla estaba dura, tensa, tirando de la bragueta hacia afuera, y todavía no había hecho nada. Me la agarré por encima del pantalón y me apreté fuerte, sintiendo cómo latía contra mi mano, cómo el glande ya empezaba a mojar la tela con una gota espesa de líquido pre-seminal.

***

Volví a la cama. Me saqué las ojotas de los pies y las sostuve con las dos manos, una en cada una, como quien sostiene algo sagrado. Me acosté boca arriba y me las llevé a la cara otra vez.

Lamí la primera con la punta de la lengua, despacio, recorriendo el contorno de la plantilla donde la huella de sus dedos estaba más marcada. El sabor de la goma gastada se mezclaba con algo más, con ese rastro salado y humano que me hacía perder la cabeza. Cerré los labios sobre el hueco del dedo gordo y chupé, chupé como si me estuviera mamando el pulgar de ella, con la lengua trabajando cada surco de la plantilla, saboreando la sal, el sudor viejo, la mugre acumulada de sabe cuántos días. No había nada elegante en lo que hacía. Era pura entrega, pura devoción a un objeto que para cualquier otra persona habría sido basura olvidada en una terraza.

Pasé la lengua por toda la superficie, por el talón, por la tira que cruza el empeine, por cada centímetro que sus pies habían tocado. Escupí sobre la plantilla y volví a lamer, mezclando mi saliva con el rastro de ella, empapando la goma hasta que la superficie quedó brillante bajo la luz del velador. Chupé la tira negra como si fuera la verga de alguien, entrando y sacando, deslizando la lengua por debajo, y mientras tanto, no dejaba de repetirme la fantasía.

Son mías. Estoy lamiendo mis propias ojotas. Soy ella. Soy la puta que las usa.

Había algo de rendición total en eso, una forma de arrodillarme mentalmente ante una mujer que ni siquiera tenía rostro. No mandaba yo. Mandaba el objeto. Mandaba la idea de ella. Y yo obedecía con la lengua, con la respiración entrecortada, con el cuerpo entero temblando de anticipación. Con la mano libre me abrí el pantalón, me bajé el calzoncillo y me saqué la polla afuera. Estaba morada, hinchada, con el glande brillando de líquido pre-seminal, latiendo sola en el aire.

***

No aguanté mucho más. Me terminé de sacar el pantalón de un tirón y con la otra mano acerqué la ojota derecha, la que tenía la huella más profunda. La apoyé contra la punta de la verga y empecé a moverme contra la goma, sintiendo cómo la suela curvada se ajustaba a la forma del glande, cómo la textura de la plantilla raspaba la piel sensible de una manera que me hacía apretar los dientes.

El contacto era extraño y perfecto a la vez. La textura áspera en algunos puntos, lisa en otros, fría al principio y después tibia por el roce. Envolví la polla con la ojota, apretando la goma alrededor del tronco como si fuera una mano, y empecé a bombear despacio, subiendo y bajando, sintiendo cómo la plantilla mojada de mi saliva se deslizaba por toda la longitud. La huella del talón encajaba justo debajo del glande cada vez que subía; la línea de los dedos me raspaba las venas hinchadas del dorso cuando bajaba.

Me movía despacio, queriendo estirar cada segundo, repitiéndome en la cabeza que era la dueña de esas ojotas, que me estaba usando a mí misma, que ese par gastado era el centro de todo mi mundo. Que era ella, la desconocida, con las piernas abiertas, agarrándose la teta con una mano y refregándose el coño con la ojota contra el clítoris, empapando la goma con sus jugos igual que yo la estaba empapando ahora con los míos.

Subí el ritmo. La mano izquierda apretaba la otra ojota contra mi cara, aplastándomela contra la nariz y la boca, obligándome a respirar únicamente ese olor de pie sudado que me estaba volviendo loco. Sacaba la lengua entre pajazo y pajazo y volvía a lamer la plantilla, tragando la sal, tragando la idea de ella. La respiración se me volvió un jadeo corto y entrecortado. Apreté la goma contra la verga con más fuerza, más rápido, sintiendo cómo el pre-seminal ya chorreaba por toda la plantilla, mezclándose con la mugre y con la saliva, convirtiendo la ojota en una masa pegajosa y caliente.

—Mierda —murmuré contra la goma, casi sin voz—. Mierda, qué olor tenés, puta.

La imaginé arriba mío, montada, cabalgándome con la ojota apretada entre nuestros cuerpos. La imaginé lamiéndose los dedos del pie ella misma, mostrándome la planta, restregándomela por la cara mientras se hacía dedos. La imaginé diciéndome al oído que era mía, que ese olor era mío, que me tragara todo.

La tensión se acumuló en la base de los huevos, subió por el tronco, se concentró detrás del glande hasta un punto en que ya no había vuelta atrás.

***

Me corrí sobre la ojota con un espasmo que me arqueó la espalda contra el colchón. El primer chorro salió disparado y golpeó la plantilla justo sobre la huella del talón, un chorrazo espeso y blanco que se estiró por toda la goma. El segundo cayó sobre la línea de los dedos. El tercero, más débil, me chorreó por los nudillos y terminó de manchar la tira negra. Seguí bombeando, apretando, exprimiéndome hasta la última gota, con la otra ojota todavía aplastada contra mi cara, respirando ese olor de pie ajeno mientras me vaciaba.

Terminé sobre la ojota, manchándola por completo, con un temblor que me sacudió de la cintura hacia abajo y me dejó vacío y sin aire sobre la cama. La plantilla estaba cubierta de semen, la huella del talón convertida en un charquito blanco, gotas espesas resbalando por los costados de la goma hasta las sábanas. Me quedé quieto unos minutos, todavía con las dos sandalias entre las manos, escuchando mi propio corazón golpeando contra las costillas y sintiendo cómo la corrida se enfriaba lentamente sobre la superficie negra.

Había una mezcla rara de cosas dándome vueltas. Excitación, satisfacción, y también esa pequeña punzada de saber que había hecho algo que nadie podría entender. Pensé, medio en broma medio en serio, que acababa de marcar esas ojotas como nadie las había marcado nunca, que las había vuelto un poco mías para siempre, aunque su dueña jamás fuera a enterarse. Me imaginé a la mina metiendo el pie ahí adentro dentro de unas horas, pisando sin saberlo la costra seca de mi semen, caminando por el edificio con mi corrida pegada a la planta.

La sola idea me hizo latir de nuevo la polla, todavía blanda pero ya con ganas.

***

Cuando por fin me recuperé, las limpié con cuidado. Pasé un paño húmedo por toda la superficie, borrando cualquier rastro, devolviéndoles el aspecto inocente de un par de ojotas cualquiera. No iba a quedármelas. Eran de alguien y, de alguna manera retorcida, sentía que tenía que respetarlo.

Las guardé esa noche en el cajón de abajo, envueltas de nuevo en la camiseta, y dormí con ellas a pocos centímetros de mi cabeza. Me despertaba cada tanto y estiraba la mano solo para comprobar que seguían ahí. Era absurdo, lo sé. Pero había algo en saberlas conmigo, robadas y secretas, que me daba una calma extraña.

Subí de nuevo a la terraza al día siguiente, bien temprano, antes de que despertara el edificio. Volví a dejarlas en el rincón exacto donde las había encontrado, junto a los baldes y el trapo de piso. Nadie iba a sospechar nada. Para el mundo, seguían siendo lo que habían sido siempre.

Bajé las escaleras con una sonrisa que no podía borrarme. Había encontrado una fuente de placer nueva, distinta, más intensa todavía que la de aquella tarde con Carla, y sabía que no sería la última. El edificio era grande. Había muchos vecinos, muchos lavaderos, muchos pares de ojotas esperando ser olvidados un rato en un rincón.

Y yo había aprendido algo esa noche: que la vida es demasiado corta para negarse los placeres que nos hacen felices, por más raros, secretos o inconfesables que sean.

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Comentarios(9)

Lucas_BA92

muy buen relato, me tuvo enganchado de principio a fin!!

LauraV_Nocturna

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber como termina la noche jajaja. Expectante!

TabataF_ok

El titulo me atrapó al instante. Muy buen trabajo, felicitaciones

LoboNocturno_ar

Hace tiempo que no leia algo así. Muy bien contado, sin apuro ni vueltas innecesarias. Se agradece.

Curioso77

Buenísimo!! Una premisa sencilla pero muy bien aprovechada. Sigue así

Charly_Bsas

jaja ese momento de duda antes de actuar... lo describís perfecto. Me sentí identificado

MalenaDK

Cuantas veces uno fantasea con algo asi y no se anima. Muy real el planteamiento, me gustó mucho.

Pasajero_ok

Corto pero intenso. Deja con ganas de mas!!!

ClaraVientos

Tremendo final, me dejo pensando un buen rato. Espero que haya segunda parte pronto!

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