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Relatos Ardientes

Lo dominé bajo la mesa con la punta de mis tacones

Habíamos reservado en La Trastienda para celebrar nuestros tres meses, y aunque el aniversario sonaba demasiado solemne para tan poco tiempo, los dos sabíamos que necesitábamos una excusa para hacer de esa noche algo distinto. El restaurante era de esos lugares íntimos sin pretensión, con paredes de ladrillo desnudo, lámparas colgantes que dibujaban un círculo de luz tibia sobre cada mesa y un murmullo bajo de conversaciones ajenas que nos obligaba a inclinarnos para escucharnos.

La mesera nos había sentado en uno de los rincones del fondo, en un asiento en forma de ele tapizado en terciopelo bordó. La mesa, rectangular y angosta, se pegaba a la pared de manera que nuestras rodillas casi se tocaban debajo. Yo había escogido aquel rincón a propósito al hacer la reserva. Me gustaban los lugares apartados, no por timidez, sino porque los rincones esconden mejor lo que una está pensando.

Llevaba un vestido azul oscuro, ajustado en la cintura, con un escote modesto que igual conseguía el efecto que yo quería. Medias finas, transparentes, y unos tacones negros de punta fina. Debajo, un tanga negro que ya llevaba un rato humedeciéndose de solo pensar lo que le iba a hacer. Esa noche, al verme en el espejo antes de salir, había sentido algo parecido a una promesa silenciosa. Hoy te vas a acordar de quién manda.

Mauricio había llegado puntual, vestido con un pantalón formal gris oscuro y una camisa blanca de cuello impecable. Le quedaba esa ropa como si la hubiera elegido para gustarme. A lo mejor sí.

—Estás preciosa —me dijo cuando me ayudó a quitarme el abrigo.

No respondí. Lo besé corto, en la comisura, y me senté primero. Me gustaba ver cómo su mirada me seguía cuando me movía despacio.

Pedimos vino tinto y dos platos de pasta que tardaron lo suficiente como para que la conversación se ablandara. Al principio hablamos de cosas tontas: el tráfico, el trabajo, la fiesta de cumpleaños de su hermana. Pero después de la segunda copa, la voz de Mauricio se puso más grave y empezó a contarme con detalle qué había pensado de mí cuando me vio entrar al restaurante.

Yo lo escuchaba con la barbilla apoyada en la mano, jugando con el pie derecho debajo de la mesa.

—Tendrías que dejar de mirarme así —le dije.

—¿Así cómo? —preguntó, fingiendo que no entendía.

—Así, como si quisieras cogerme directo en el auto.

Se rio. Bajó la vista a su copa. Y en ese momento, sin avisarle, me quité el tacón derecho.

***

El primer roce fue cauto. Estiré la pierna lo suficiente como para que la planta de mi pie alcanzara su pantorrilla, y subí con lentitud, casi pidiendo permiso. Lo sentí tensarse de inmediato. Sus ojos volaron a los míos y yo ya no jugaba a la inocente: sostuve la mirada, mordiéndome el labio inferior apenas, mientras mi pie seguía subiendo por el lado interno del muslo.

—¿Qué estás haciendo? —murmuró.

—Pensando en el postre —contesté, sin perder la sonrisa.

Llegué a su entrepierna y empecé a presionar despacio, con la punta del pie, con un movimiento circular que iba marcando el ritmo. Bajo la tela del pantalón ya se notaba el bulto duro, la polla hinchada apretada contra la costura, y cada vez que apretaba un poco más fuerte, su respiración cambiaba. Lo más excitante era ver cómo intentaba disimular: la mandíbula apretada, los hombros rígidos, la mano izquierda agarrada al borde de la mesa como si necesitara anclarse a algo.

Yo también sentía el calor subiéndome por dentro. Cada vez que restregaba el empeine contra esa dureza, mi coño respondía con una punzada, apretándose sobre sí mismo, mojando más el tanga. Crucé un segundo los muslos bajo la falda y sentí lo pegajosa que ya estaba entre las piernas.

Miré alrededor. La pareja de la mesa más cercana estaba ya en el café, demasiado concentrada en su propia conversación. Una familia con dos hijos pequeños se preparaba para irse. La mesera flotaba por el otro extremo del salón. Nadie nos miraba. Nadie podía sospechar lo que estaba pasando bajo el mantel almidonado.

—Va a venir alguien —susurró él, casi suplicante.

—Ese es el punto.

Le sonreí con dulzura, como si acabara de decirle algo sobre el clima. Por encima de la mesa, mi mano sostenía la copa de vino con elegancia. Por debajo, mi pie iba dictando lo que él podía o no podía hacer con su verga. Y yo me daba cuenta, con una claridad que casi me asustaba, de cuánto me gustaba esa diferencia.

—Sacátela —le dije muy bajito, casi sin mover los labios—. Ahora. Sin que nadie te vea.

***

Mauricio se rindió a los pocos minutos. Lo vi mover la mano por debajo del mantel, descubrir el cinturón con la torpeza del que no quiere hacer ruido, abrirse el pantalón con cuidado y liberar su erección. Cuando volví a presionar el pie contra él, ya no había tela de por medio. Solo la media fina y el calor de su piel latiendo contra mi planta. Lo escuché tragar con dificultad.

La sentí entera: la vena gruesa que le corría por debajo, la cabeza hinchada y resbaladiza por una gota espesa que le había brotado de la punta y me manchaba el nylon. Deslicé el pie desde la base hasta el glande, despacio, y él dejó escapar un jadeo ínfimo que ahogó bebiendo un trago largo de vino.

Me quité el otro tacón también. Necesitaba las dos plantas para hacerle lo que tenía pensado.

Acomodé los pies con cuidado, uno a cada lado de su polla, y empecé a moverlos en un vaivén lento, apretándola entre las plantas como si la estuviera abrazando. La textura de la media volvía el roce suave y resbaladizo a la vez, y cada vez que él reaccionaba, yo lo sentía latir contra el empeine. Subía y bajaba con paciencia, marcando una cadencia que no le permitía descansar pero tampoco correrse. La punta de la verga me pegaba en el hueco del arco, dejando manchas cada vez más grandes en el nylon negro.

Cada vez que percibía que estaba cerca, aflojaba apenas la presión y lo dejaba respirar. Esa pausa era mía. Ese control era mío.

—Por favor —murmuró en algún momento.

—«Por favor» qué.

Bajó la cabeza. Le costó decirlo.

—No pares. No me dejes así.

—Decilo bien. Decime qué querés.

Se pasó la lengua por los labios, mirándome con los ojos vidriosos.

—Que me hagas acabar. Con los pies. Acá.

Sonreí. No paré.

Bajo la mesa, apreté la polla entre mis plantas y la masturbé más firme, sintiendo cómo palpitaba cada vez que la estrujaba. Con la punta del pie derecho jugaba a rozarle el glande en círculos, y con el izquierdo apretaba la base para no dejarlo descargar. Él intentaba mantener la cara relajada pero se le escapaba todo: el temblor de los muslos, el modo en que las venas del cuello se le hinchaban, cómo se mordía el interior de la mejilla.

Nunca había sido especialmente fanática de los pies, ni míos ni ajenos. Tampoco él. Pero en ese rincón mal iluminado, con la cubertería brillando bajo la lámpara y el rumor de las otras mesas como banda sonora, lo que estaba haciendo se sentía mucho más erótico de lo que el simple gesto justificaba. No era el pie. Era el riesgo. Era él, mordiéndose la lengua para no gemir delante de extraños. Era yo, tomando un sorbo de vino con una mano mientras con la otra punta del cuerpo le tenía la polla rendida.

Debajo del vestido, mi coño chorreaba. Podía sentir cómo el tanga se me pegaba a los labios, empapado, y cómo cada movimiento de mis piernas me rozaba el clítoris con la costura del vestido. Estaba a un pelo de correrme yo también, sin siquiera tocarme, solo de verlo tan a mi merced.

***

La mesera apareció justo cuando empezaba a presionar más fuerte. La vi caminar hacia nosotros con esa naturalidad de quien ha cruzado el salón mil veces, libreta en mano, sonrisa profesional.

—¿Les ofrezco el postre? ¿Algún café o digestivo?

No detuve los pies. Los moví más despacio, casi imperceptibles, pero no me detuve. Seguí acariciando esa verga hinchada bajo la mesa, apretándola apenas entre las plantas mientras la miraba a ella a la cara. A Mauricio se le escapó una respiración honda que disimuló con un carraspeo. Yo le di una mirada breve, le sonreí a la mesera y, con la voz más limpia del mundo, le contesté:

—Mejor pídele a la cocina si pueden ponernos lo que sobró del plato principal para llevar. Y la cuenta, cuando puedas.

Ella asintió, anotó algo y se alejó. Yo trabajaba como mesera los fines de semana en otro lado. Sabía exactamente cuánto tarda esa secuencia. Empacar la comida, traer el ticket, cobrar. No eran más de cinco minutos. Quizás siete, si la cocina estaba lenta.

Tenía cinco minutos para hacerlo acabar.

Aceleré.

Apreté las plantas con más firmeza y empecé a pajearlo con los pies sin piedad, deslizándolos desde la base hasta la cabeza con un ritmo continuo, sin pausa, sintiendo cómo la verga se le hinchaba más con cada pasada, cómo se le ponía más resbaladiza por el líquido que le brotaba de la punta y le mojaba el nylon. Mauricio dejó de fingir compostura. Se aferró al borde de la mesa con las dos manos, los nudillos blancos, los ojos cerrados un segundo y vueltos a abrir como si necesitara mirarme para soportar lo que sentía.

—Vas a hacerlo aquí —le dije bajito, inclinándome apenas para que solo él me escuchara—. Vas a acabar para mí, ahora, en mis pies, sin un puto sonido. Y después vas a manejar hasta tu casa con la polla pegajosa dentro del pantalón pensando en cómo te acabo de coger sin tocarte con las manos.

Asintió apenas, con los ojos brillantes.

—Dilo.

—Sí —murmuró.

—Sí, ¿qué?

Tragó saliva.

—Sí, voy a acabar para ti. En tus pies.

—Buen chico.

Lo solté un segundo. Lo dejé al borde, suspendido en ese punto donde el cuerpo ya no responde a la cabeza. Vi cómo se le humedecían los ojos de pura frustración, cómo la polla le latía sola contra su vientre, roja, brillante, buscando algo que ya no estaba. Después, despacio, volví a cerrar las plantas alrededor de él y le di tres movimientos largos, profundos, controlados, sintiendo cada vena, cada centímetro.

***

Fue al cuarto cuando lo sentí venirse. La verga se le contrajo entre mis pies, se puso más dura todavía un segundo antes, y después un primer chorro tibio salpicó la planta de mi pie derecho. Después otro más generoso me bañó el empeine y se filtró entre los dedos a través de la media. Un tercer latigazo espeso me manchó el tobillo. Sentí cómo la leche caliente se derramaba entre las plantas, cómo me chorreaba por el arco, cómo se colaba en la costura del nylon dejándolo pegajoso y tibio. Una pequeña parte cayó sobre la tela del pantalón, y otra quedó atrapada entre nosotros, densa y viva.

Mauricio apretó los dientes con tal fuerza que se le marcaron las venas del cuello. No emitió ningún sonido. Ni un gemido. Ni un susurro. Solo el aire entrando y saliendo por la nariz, entrecortado, mientras terminaba de vaciarse contra mis pies bajo el mantel.

Yo también apreté los muslos por encima. Un temblor corto me subió desde el coño hasta el estómago, un orgasmo pequeño, contenido, sin permiso, que me dejó las mejillas ardiendo. Bebí un sorbo de vino para disimular. La copa me tembló apenas al apoyarla.

Lo aguanté entre los pies un segundo más, sintiendo cómo se relajaba, cómo la polla iba perdiendo fuerza contra mis plantas resbaladizas. Cuando lo solté, despacio, él ya tenía la mirada perdida en algún punto del salón.

Bajé las piernas justo a tiempo. La mesera apareció con una bolsa de papel que olía a tomate y albahaca, y con el datáfono.

—Acá tienen. Espero que les haya gustado todo.

—Estuvo perfecto —dije yo, con una sonrisa que era demasiado mía como para que ella sospechara nada.

Mauricio se guardó la verga todavía húmeda dentro del calzoncillo con movimientos cuidadosos, se abrochó el pantalón bajo la mesa, pasó la tarjeta y firmó con la mano un poco temblorosa. Yo me limpié los pies con dos servilletas dobladas, sin perder la calma, absorbiendo lo que podía de esa mezcla espesa que me había dejado el nylon prácticamente arruinado, y volví a calzarme los tacones aunque la media derecha estuviera tibia, mojada y pegajosa contra la piel. Sentirla así, mientras me ponía de pie y sacaba el abrigo del respaldo, me devolvió un eco del mismo cosquilleo que llevaba sintiendo toda la cena. Su semen entre mis dedos, cada paso hacia la salida, era una firma que solo yo podía leer.

***

El aire fresco de la calle me dio una bofetada cariñosa. Mauricio caminó a mi lado en silencio durante media cuadra antes de hablar.

—Estás loca —dijo, y la voz le salió ronca, todavía recuperándose.

—Solo un poco —contesté.

Me apoyé en su brazo, dejé que él me abriera la puerta del auto y me acomodé en el asiento del acompañante con los tacones cruzados a un costado. Manejaba más rápido de lo habitual. Cada vez que lo miraba, él tenía la mandíbula apretada de una manera distinta a la del restaurante: ya no era contención, era anticipación.

—¿Sabes lo que me estás haciendo? —preguntó, sin sacar los ojos de la calle.

—Me lo imagino.

—No, no te lo imaginas. Te voy a coger hasta que no puedas caminar.

—Solo si yo te lo permito.

Me miró de reojo, con los ojos oscuros, y no dijo nada. Sonreí. Apoyé la cabeza contra el vidrio, sintiendo el frío en la sien. Mis pies todavía estaban húmedos dentro de la media, con su leche pegándose entre los dedos a cada movimiento. El tanga se me había pegado al coño y latía cada vez que él aceleraba en un semáforo. Faltaban quince minutos hasta su casa. Quince minutos en los que iba a estar pensando que apenas cruzáramos la puerta no habría mesa, ni mantel, ni mesera, ni cubertería ajena. Solo nosotros, y las reglas que yo todavía no había decidido si íbamos a romper o si las iba a marcar paso a paso.

Cuando llegamos, bajé del auto despacio. Caminé hasta la entrada con los tacones en una mano, descalza sobre el cemento frío, sintiendo cómo él me seguía en silencio, sin atreverse a tocarme hasta que yo lo permitiera.

Y mientras esperaba que abriera la puerta, volví a sonreír. La noche apenas empezaba.

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Comentarios(9)

Paty_23

tremendo relato!! me quede sin palabras al final

Rodrigo_mza

La tension de esa escena en publico es lo que mas me engancho. Muy bien escrito, seguí así!

Leti_cuentos

Me encanta cuando la dinamica de poder esta tan bien llevada. Espero la segunda parte!

NocheBA_22

jaja con razon dicen que los tacones son peligrosos, tremendo

Javier

excelente historia, la leí de un tirón. Más por favor

viajera_99

Que buenisimo!! Me recordó a una situacion parecida que viví en un restaurante, aunque mucho más inocente jajaja. Sigan así!

Martin_Cba

La descripcion del ambiente es perfecta, se siente como si estuvieras ahí

LectorNocturno22

Tiene todo: tension, morbo y mucha elegancia. Pocas veces encuentro algo tan bien equilibrado por acá. Esperando mas!

Nomar

Me pregunto si el ya sabia lo que se venia o fue todo sorpresa jaja. Buenísimo

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