Cuando el amo de mi casa conoció a mi novia
Nikolaj llegó en octubre, cuando las hojas del parque ya eran del color del óxido y el frío empezaba a instalarse en los huesos. Mi madre, Renata, lo trajo a casa como quien trae un problema que en realidad considera una solución.
Era serbio. Cuarenta y dos años, el pelo casi plateado pese a no ser viejo todavía, la mandíbula cuadrada y una manera de ocupar el espacio que hacía que el resto de las personas se sintieran sobrantes en la misma habitación. Tenía una tienda en la planta baja del bloque: artículos de cuero, bolsos, cinturones, alguna chaqueta de piel. Un negocio modesto que él manejaba con una eficiencia silenciosa. Mi madre lo conoció bajando a comprar el pan un martes por la mañana. A los quince días dormía en su cama. A los dos meses, la dinámica de nuestra casa había cambiado de una manera que yo todavía no sabía cómo nombrar.
No era violencia. Nunca hubo violencia. Era otra cosa: la manera en que Nikolaj miraba a mi madre cuando ella hablaba de más, y ella cerraba la boca a mitad de la frase. La manera en que le indicaba lo que debía ponerse antes de salir, lo que debía cocinar, lo que podía y no podía decir cuando había visitas. La manera en que Renata recibía esas instrucciones con una docilidad que me resultaba completamente irreconocible.
La mujer que me había criado había desaparecido. En su lugar había alguien que asentía mucho y hablaba poco, que bajaba la mirada cuando él entraba en una habitación y que se movía a su alrededor con la cautela de quien conoce bien las consecuencias de equivocarse.
Lo odié con una intensidad que me costaba sostener. Pero Nikolaj tenía esa capacidad de desactivar el odio antes de que se convirtiera en acción. Era como intentar pelear contra el humo.
***
El cambio en mi propia situación ocurrió de manera gradual y deliberada.
Nikolaj empezó a involucrarme. No con amenazas, no de forma brusca. Lo hacía con una lógica aplastante que presentaba todo como inevitable: las cosas simplemente iban a ocurrir de todas formas, y resistirse era un desperdicio de energía. Esa era su doctrina, implícita en cada conversación, en cada mirada.
Una noche, cuando yo tenía diecinueve años y llevaba cuatro meses viendo cómo ese hombre desmontaba a mi madre pieza a pieza, me llamó al salón. Renata estaba de rodillas frente a él, desnuda de cintura para arriba, con las tetas al aire y los pezones ya duros. Él la obligó a levantar la vista y mirarme, y en esa mirada no había vergüenza sino algo más complicado: aceptación.
—A partir de ahora hay dos hombres en esta casa —dijo Nikolaj, con calma—. Cuando este muchacho llegue y necesite tu atención, se la das. Sin discusión. La boca, el coño, el culo, lo que él quiera. ¿Entendido?
Mi madre asintió sin pronunciar palabra.
—Dilo en voz alta.
—Entendido —dijo ella, con una voz que no reconocí.
Esa misma noche, Renata entró en mi cuarto con aquella docilidad nueva. No llamó a la puerta. Se coló como una sombra, cerró detrás suyo con un cuidado que parecía ensayado y se quedó de pie a los pies de la cama esperando una orden. Llevaba puesta una bata fina, sin nada debajo. Se le marcaban los pezones a través de la tela y yo me di cuenta de que llevaba media vida sin mirarla como la estaba mirando en ese momento.
Se arrodilló sin que nadie se lo dijera. Se llevó las manos al lazo de la bata y lo soltó despacio, dejando que la tela cayera abierta hasta la cintura. Tenía las tetas más pesadas de lo que yo recordaba, redondas, con los pezones oscuros ya duros de frío o de miedo o de otra cosa que yo no me atrevía a nombrar. Me miró con unos ojos que ya no eran los de mi madre, sino los de alguien que había aceptado por completo su lugar en aquella jerarquía.
—Ven —le dije, y mi voz sonó ronca, ajena.
Obedeció. Se arrastró sobre las rodillas hasta quedar entre mis piernas y bajó las manos a la cintura de mi pantalón sin preguntar. Me lo desabrochó con dedos precisos, sin torpeza, como quien ya sabe qué se espera de ella. Me sacó la polla con una calma que me tensó la espalda entera: la tenía ya dura, palpitante, apuntándole directo a la cara a la mujer que me había parido. Ella se la quedó mirando un instante — solo un instante — como quien mide una carga antes de aceptarla. Después bajó la cabeza.
Me lamió la punta con la lengua plana, de abajo hacia arriba, y yo apreté los dientes para no gemir demasiado alto. Repitió el gesto por toda la longitud, ensalivándome entero, dejándome brillante y resbaladizo. Los ojos no se apartaron de los míos ni un solo segundo. Cuando terminó de mojarme la verga, abrió la boca, se lamió los labios y me la metió entera hasta el fondo, hasta que la sentí chocar contra el fondo de su garganta.
Le puse la mano en la nuca. No fue un gesto premeditado — fue el cuerpo el que decidió por mí, como si aquella postura de rendición me estuviera pidiendo exactamente eso. Le agarré la nuca con las dos manos, le hundí los dedos en el pelo, y empecé a moverla yo. Adelante y atrás. Le follé la boca despacio al principio, midiendo cuánto podía tragar, y ella tragaba todo. Cada vez que le empujaba la polla hasta el fondo escuchaba un chapoteo húmedo, ese ruido crudo y magnífico del sexo oral profundo, y ella no protestaba. Le lagrimeaban los ojos, se le corría la máscara de pestañas formando surcos oscuros en las mejillas, y no protestaba.
Empecé a moverla más rápido. Le empujaba la cabeza y la sostenía unos segundos con la verga enterrada hasta el fondo, dejando que se atragantara un instante antes de soltarla para que respirara. Cuando la soltaba, respiraba profundo por la nariz, tragaba saliva y volvía a bajar por su propia cuenta, buscando la polla con la boca abierta como quien busca aire. Le colgaba la baba de la barbilla y le caía en gotas espesas sobre las tetas, que se le movían al ritmo de cada embestida.
—Mírame —le dije, casi sin voz.
Levantó los ojos. Y en esos ojos vi la confirmación de lo que Nikolaj había construido: aquella mujer ya no era mi madre. Era una boca. Era un sitio caliente donde vaciar lo que llevaba dentro.
Me corrí sin avisar. La agarré fuerte de la nuca y le eché toda la corrida directa a la garganta, en chorros gruesos que la hicieron atragantarse un poco, y ella tragó — tragó todo, con la disciplina de quien sabe que escupir no está entre las opciones. Cuando por fin la solté, se me quedó pegada a la polla, lamiéndome lo que le quedaba en los labios y en la comisura, limpiándome entero, sin perder ni una gota de semen. Me corrí con aquella mezcla de vergüenza y deseo que no supe separar, y que todavía no sé si alguna vez se ha resuelto del todo.
Durante los meses siguientes, la casa tuvo sus propias reglas. Reglas que solo Nikolaj comprendía en su totalidad. Yo llegaba de la facultad, la llamaba, y ella venía. Venía desnuda o casi desnuda, según cómo me hubiera despertado esa mañana. Se ponía de rodillas en el pasillo si me apetecía sacársela ahí mismo, y me mamaba la polla contra la pared con la misma prolijidad con la que otras madres preparan el desayuno. Otras veces me seguía al cuarto sin preguntar, se subía a la cama a cuatro patas y esperaba con el culo en alto. La follaba por detrás, agarrándole las caderas, viéndole la espalda arquearse y las tetas moverse debajo mientras el coño me apretaba la verga con esa maestría de mujer madura que sabe usar el cuerpo. Se le corría más de una vez si yo le pasaba la mano al clítoris mientras la penetraba, y cuando se corría se mordía el antebrazo para no gritar demasiado, aunque el gemido se le escapaba igual y me llegaba a la nuca como una descarga.
Otras veces la llevaba al dormitorio principal, la colocaba donde quería y me pasaba largos ratos haciéndola responder hasta que ella dejaba de sostenerse. Le comía el coño con la cara hundida entre sus piernas, chupándole los labios, metiéndole la lengua todo lo hondo que podía hasta que ella se tapaba la boca con la almohada para no gritar. Después la penetraba boca arriba, con las piernas al hombro, mirando cómo las tetas le rebotaban al ritmo de cada embestida. La ponía a cuatro patas y la follaba mientras le tiraba del pelo hasta hacerle arquear el cuello. Una vez le metí el pulgar en el culo mientras la tenía por delante y ella soltó un gemido tan crudo, tan animal, que la casa entera pareció escucharlo. Me corría dentro, en la boca, sobre las tetas, en la espalda, en el culo. Ella recibía cada corrida como si fuera un premio y no un vertido. Nikolaj nunca aparecía. Sabía cuándo yo estaba con ella. Y dentro de esas reglas, Renata y yo éramos piezas que él movía con la calma de alguien que nunca tiene prisa porque sabe que el tiempo trabaja para él.
Llegó un momento en que Renata dejó de verme como su hijo. Me lo dijo una noche en voz baja, como nombrando algo que llevaba tiempo pensando:
—Ya no eres el niño que crié. Eso se terminó.
Nikolaj, desde el sofá, levantó los ojos del libro. Nos miró a los dos con esa expresión neutra suya. Luego volvió a leer, como si aquello no fuera más relevante que el parte meteorológico.
***
Clara era todo lo contrario de aquella casa.
La había conocido en la facultad, en una tarde aburrida de octubre que de repente dejó de serlo. Era menuda, de pelo oscuro hasta los hombros, con esa energía de ciertas personas que hacen que el espacio a su alrededor parezca más vivo. Decidida, directa, con esa valentía que no es temeridad sino simplemente claridad: sabía lo que quería y no tenía problema en decirlo.
Me gustó desde el primer momento, y eso fue exactamente lo que me paralizó.
Tardé semanas en dar cualquier paso. Era irónico: yo, que había aprendido a follarme a la mujer que me parió cuando me daba la gana, era incapaz de hablarle con claridad a una chica que simplemente me atraía. Quedábamos con un grupo de amigos, después solos, en el parque abandonado al que la gente de la facultad iba a hablar sin que nadie los interrumpiera. Nos sentábamos durante horas. Ella me contaba cosas reales. Yo le contaba versiones filtradas de mí mismo.
Fue ella quien dio el paso, una tarde nublada de diciembre.
Me cogió la mano, me miró a los ojos con esa profundidad suya y dijo:
—Sé que te gusto. Y sé que no vas a decir nada porque eres indeciso. Así que lo digo yo. ¿Quieres ser mi novio?
Me sentí, al mismo tiempo, el hombre más afortunado del mundo y el menos digno de estarlo. Aquella montaña rusa de sensaciones me golpeó de golpe, desquebrajando algo que llevaba tiempo frágil.
—Sí —dije—. Quiero.
Ella sonrió de esa manera suya, amplia y limpia, y algo dentro de mí se apretó con fuerza.
***
La mantuve completamente separada de mi vida en casa. Era una decisión que tomé el primer día y que custodiaba con una vigilancia que rozaba la paranoia.
Quedábamos en la esquina del bloque, nunca cerca del portal. Clara no sabía nada de Nikolaj. No sabía nada de Renata ni de lo que ocurría dentro de ese piso cuando la puerta se cerraba. Yo necesitaba ese espacio limpio, ese lugar donde era simplemente Adrián, un chico de diecinueve años que salía con una chica que le gustaba.
El problema era que esa separación tenía un coste que no había calculado.
Con Clara, yo era torpe de una manera que no conseguía entender. Tenía experiencia, la había adquirido de una manera que nunca le contaría a nadie, en circunstancias que no repetiría jamás. Y sin embargo, con ella era como si volviera a empezar desde cero. Cada vez que la situación se volvía íntima, mi cuerpo no respondía como debería. La primera vez fue en su cuarto, con la casa vacía; ella se me sentó encima con la falda arremangada y las bragas corridas a un lado, me buscó la polla con la mano y se encontró con algo blando, muerto, que no reaccionaba ni cuando ella se agachó, se la metió entera en la boca y empezó a chupármela despacio, con la lengua y con los labios, con esa dulzura cuidadosa que era peor que cualquier reproche. Se pasó minutos enteros mamándome sin resultado. La segunda fue igual: la desnudé entera sobre la cama, le lamí las tetas hasta ponérselas rojas, le besé el coño hasta sentirla temblar y arquearse contra mi boca, y cuando llegó el momento de metérsela, no había nada que meter. Ella se puso boca arriba mirando el techo y esperó a que se me pasara, sin decir nada. La tercera también.
Me convencí de que si llegaba a las citas habiendo descargado antes toda la tensión, el problema desaparecería. Intenté exactamente eso varias veces. Me follaba a Renata hasta vaciarme entero, me corría dentro de ella, en la boca, sobre las tetas, y salía después a ver a Clara con el cuerpo aparentemente tranquilo, pensando que ahora sí, ahora la iba a poder follar como quería. No desapareció. Era psicológico, lo sabía: era el peso de lo que cargaba, presentándose exactamente en el único momento en que yo intentaba estar de verdad presente.
Clara empezaba a notarlo. No lo decía, pero se veía en su manera de respirar después, en ese silencio que duraba unos segundos más de lo normal antes de que dijera algo amable. Y yo notaba que ella lo notaba, lo cual empeoraba todo. La distancia entre nosotros empezaba a ser tangible, una cosa con peso propio que ninguno de los dos nombraba.
***
El jueves fatídico empezó como cualquier otro.
Estaba en mi cuarto estudiando con el teléfono en silencio por algún motivo que no recordaría después. Había quedado con Clara en la esquina a las seis. Cuando miré la hora, llevaba cuarenta minutos de retraso. Me levanté de la silla.
Escuché el timbre antes de llegar a la puerta de mi cuarto. Después escuché la voz de Renata abriendo.
—Pasa.
Salí al pasillo justo cuando Clara cruzaba el umbral del salón. Llevaba una falda corta de tela oscura, unas botas negras hasta el tobillo y una camiseta de tirantes. Miraba el apartamento con la curiosidad natural de quien entra a un lugar por primera vez, y Renata la observaba con esa expresión nueva suya: calculadora, sin calor ni hostilidad.
—¿Eres amiga de Adrián? —preguntó Renata.
—Su novia —dijo Clara, con total naturalidad.
Entré en el salón intentando controlar mi cara. Intentando calcular cuánto tiempo teníamos antes de que él apareciera.
No tuve tiempo de calcular nada.
La voz de Nikolaj llegó desde la cocina antes que su cuerpo.
—¿Visita?
Y cruzó el salón despacio. Lo vi hacer lo que siempre hacía: calibrar la habitación en menos de tres segundos. Su mirada pasó de mí a Renata y luego se detuvo en Clara con una atención específica que me heló la sangre.
Clara lo miró también. Era inevitable. Nikolaj tenía ese efecto: generaba atención sin pedirla, como un campo magnético que no se anunciaba pero que se sentía de inmediato.
Se acercó a ella sin apresurarse. Se inclinó para darle dos besos en la mejilla, y yo vi lo que siempre ocurría con él: ese primer contacto físico que administraba con una precisión que nunca era casual. La proximidad de su cuerpo, el calor que generaba, la manera en que su presencia se instalaba antes de que la otra persona tuviera tiempo de procesar nada.
—No sabía que Adrián tenía una amiga tan guapa —dijo. Las palabras eran banales. La manera en que las dijo no lo era.
Clara sostuvo su mirada con esa valentía suya que normalmente me encantaba y que en ese momento me aterrorizó. No dio un paso atrás. No bajó los ojos. Se quedó completamente quieta mirándolo, y Nikolaj sonrió levemente, como alguien que reconoce algo familiar.
Yo estaba parado en la entrada del salón, completamente paralizado, viendo cómo el único espacio limpio de mi vida se contaminaba delante de mis ojos sin que pudiera hacer nada para evitarlo.
—Tengo la tienda justo abajo —dijo él—. Artículos de cuero. Si alguna vez quieres ver algo bonito, pasa. Te reservo algo especial.
—Gracias —dijo Clara.
—Tenemos que irnos —dije yo.
***
Salimos a la calle. Clara caminaba a mi lado en silencio durante unos metros.
—Qué hombre tan raro —dijo por fin.
Me detuve.
—Clara. Necesito pedirte algo. Sé que va a sonar exagerado, pero no lo es. No vuelvas nunca a mi casa. Y no vayas a esa tienda. Nunca. ¿Puedes hacer eso por mí?
Ella me estudió con esa expresión de quien intenta descifrar lo que no le están diciendo.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo hazme ese favor.
Asintió. Me tomó de la mano y seguimos caminando. Yo intenté convencerme de que el límite seguía en pie, de que nada había cambiado fundamentalmente.
***
El lunes siguiente salí de la facultad a mitad del día. Fiebre, la cabeza pesada como si el cerebro me pesara el doble de lo normal. Caminé hacia el bloque pensando solo en llegar, tumbarme, cerrar los ojos.
Estaba a media calle cuando vi la persiana de la tienda de Nikolaj levantarse.
Y vi salir a Clara.
Salía con esa sonrisa suya, la sonrisa de alguien a quien una conversación le ha resultado interesante. Se marchaba en dirección contraria, sin mirar hacia donde yo estaba, completamente ajena a que yo estaba ahí parado viéndola.
Me quedé quieto en la acera durante un tiempo que no supe medir.
No sentí rabia todavía. Lo que sentí fue algo más frío y más profundo, como cuando abres una puerta esperando encontrar una habitación familiar y descubres que ya no reconoces nada de lo que hay dentro.
El único espacio que había conseguido mantener limpio acababa de quedar expuesto.
Y la conclusión fue tan simple como inevitable: eso no podía seguir así. Nada de aquello podía seguir así.
