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Relatos Ardientes

La chica callada que me enseñó a obedecer

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Marcos llevaba veinte minutos observándola desde la barra. La chica ocupaba una mesa pequeña en la esquina más oscura del local, con un libro abierto junto a un gin-tonic que apenas había tocado. Gafas de pasta negra, pelo recogido en un moño desordenado, una blusa abotonada hasta el cuello. Todo en ella gritaba timidez.

Pan comido, pensó mientras terminaba su cerveza.

A sus treinta y un años, Marcos se consideraba un experto en leer a las mujeres. Las tímidas eran su especialidad: un par de halagos, atención sostenida y alguna broma para que se soltaran. La fórmula no fallaba nunca. Se acercó a su mesa con la sonrisa que reservaba para estas ocasiones.

—¿Te molesta si me siento? Parece que tu libro es mejor compañía que cualquiera en este bar.

Ella levantó la vista despacio. Ojos oscuros detrás de los cristales, una mirada que lo evaluó de arriba abajo en menos de un segundo.

—Adelante —dijo con voz suave, cerrando el libro.

Se llamaba Valentina. Veinticuatro años, estudiante de psicología, dos gatos en su departamento. Hablaba poco y escuchaba mucho, asintiendo con leves movimientos de cabeza mientras Marcos desplegaba su repertorio habitual. Cada vez que él hacía una pausa esperando su risa o su reacción, ella simplemente lo miraba con una media sonrisa que no lograba descifrar.

—No vienes mucho por aquí, ¿verdad? —preguntó Marcos, tratando de llenar un silencio que empezaba a incomodarlo.

—No suelo salir —respondió ella—. Pero hoy tenía ganas de algo diferente.

Algo en la forma en que dijo «diferente» le erizó la piel, aunque no supo explicar por qué.

Después del segundo gin-tonic, Valentina se relajó visiblemente. Se soltó el pelo y Marcos descubrió que le llegaba por debajo de los hombros, negro y liso. Se quitó las gafas un momento para limpiarlas y sin ellas tenía una cara completamente distinta. Más afilada. Más decidida.

—¿Vives cerca? —preguntó ella de pronto.

Marcos parpadeó. Normalmente era él quien hacía esa pregunta.

—A unas cuadras. ¿Quieres...?

—Sí —lo cortó antes de que terminara—. Quiero.

Caminaron en silencio por calles apenas iluminadas. Valentina llevaba las manos en los bolsillos de su chaqueta y miraba al frente con una serenidad que contrastaba con los nervios que Marcos empezaba a sentir en el estómago. No entendía por qué estaba nervioso. Él nunca estaba nervioso.

Al llegar al edificio, subieron las escaleras hasta el tercer piso. Marcos buscó las llaves intentando parecer casual, pero se le cayeron antes de encontrar la correcta.

—Pasa, ponte cómoda —dijo encendiendo la luz del salón.

Valentina entró sin prisa. Observó el departamento como quien inspecciona un territorio nuevo: el sofá gris, la mesa baja con revistas apiladas, la puerta entreabierta del dormitorio. No comentó nada. Se quitó la chaqueta y la dejó doblada sobre el respaldo de una silla.

—¿Te sirvo algo? Tengo vino, cerveza...

—No —dijo ella girándose hacia él—. No quiero beber más.

La transformación fue instantánea. Valentina dio dos pasos hacia él y le puso la mano abierta en el pecho, empujándolo con firmeza contra la pared. No con violencia, pero con una decisión que no admitía réplica.

—Vamos a hacer esto a mi manera —dijo mirándolo fijo—. Si en algún momento quieres que pare, dices «rojo» y paro. ¿Entendido?

Marcos abrió la boca para decir algo ingenioso, pero ninguna palabra salió. Asintió.

—Necesito escucharlo.

—Entendido.

Valentina sonrió por primera vez de verdad. No era la sonrisa tímida del bar. Era otra cosa completamente distinta. Una sonrisa de alguien que llevaba mucho tiempo esperando este momento y sabía exactamente qué hacer con él.

Le desabrochó el cinturón sin dejar de mirarlo a los ojos y le metió la mano dentro del bóxer de un movimiento. Le agarró la polla, que ya estaba medio dura, y la apretó con una firmeza tranquila, midiéndola en el puño como quien pesa una pieza de fruta.

—Mírame —dijo cuando Marcos cerró los ojos—. Te quiero mirando mientras te la toco.

Empezó a masturbarlo despacio, con el pulgar resbalando por el glande cada vez que llegaba arriba. Marcos sintió la sangre acumulándose, la verga llenándose contra la palma de ella, dura ya, hinchada. Intentó tocarla y Valentina le apartó la mano con un gesto seco.

—No he dicho que puedas tocar.

Le bajó los pantalones y el bóxer de un tirón hasta los tobillos y lo recorrió con la mirada, evaluándolo como si fuera una pieza en exhibición. La polla se le había puesto recta contra el abdomen, brillante en la punta, palpitando con cada latido. Ella le pasó las yemas de los dedos por el vientre, los huevos, la base del miembro, sin agarrarlo del todo. Cada roce era deliberado, medido, diseñado para provocar sin satisfacer.

—Mírate cómo te pones por una desconocida —murmuró—. De rodillas.

La voz fue tranquila, casi dulce, pero Marcos obedeció antes de procesarlo. Se encontró arrodillado frente a ella con el corazón golpeándole las costillas y la polla apuntando al techo. Valentina se desabrochó los jeans y los dejó caer junto con las bragas, dando un paso para sacárselos. No llevaba nada debajo. El coño se le veía depilado, los labios brillantes ya, una raja húmeda que olía a hembra encendida.

Le pasó la mano por el pelo, enredando los dedos en su nuca, y lo guio hacia ella sentándose en el borde de la mesa baja del salón.

—Despacio —susurró—. Empieza por afuera. Lámeme entera primero. Y no metas la lengua hasta que yo te lo diga.

Marcos la probó con la lengua plana, recorriéndole los labios de abajo arriba, y la sintió temblar contra su boca. El sabor era fuerte, metálico, ácido. Le pasó la lengua por la entrada del coño sin entrar, una y otra vez, mientras ella le clavaba las uñas en el cuero cabelludo cada vez que se desviaba un milímetro.

—Ahí no, más arriba. El clítoris. Con la punta. Sin chupar todavía.

Le marcaba el ritmo con la mano en la nuca, empujándolo más cerca o tirándolo hacia atrás cuando le convenía. Los muslos de Valentina temblaban contra sus mejillas pero su voz seguía firme, dando instrucciones precisas: más arriba, más lento, ahí, no te muevas, ahora sí chúpalo, despacio, despacio te he dicho. Marcos chupaba con los labios cerrados sobre el clítoris hinchado mientras le metía dos dedos en el coño hasta los nudillos. Ella jadeó alto por primera vez y él sintió un orgullo estúpido que duró un segundo.

—Quieto —ordenó—. No saques los dedos. Quédate ahí. Si te corres antes que yo te castro.

Lo mantuvo así, con la boca pegada a su coño y los dedos enterrados, hasta que un escalofrío le recorrió el cuerpo entero y apretó la mano en su nuca con tanta fuerza que le arrancó un mechón. Le acabó en la cara, empapándole la barbilla y el cuello, y él tuvo que seguir lamiendo hasta que ella le tiró de los pelos para apartarlo.

—Buen chico.

Cuando lo soltó, Marcos levantó la vista. Tenía la cara mojada, los labios entumecidos, la mandíbula dolorida. Ella lo miraba desde arriba con los ojos entrecerrados y la respiración agitada, pero una calma absoluta en la expresión.

¿Qué está pasando?, pensó él. Se suponía que yo llevaba las riendas.

—Deja de pensar —dijo ella, como si le hubiera leído la mente—. Desde ahora, solo piensas cuando yo te lo pida.

Lo guio al dormitorio agarrándolo de la muñeca. Marcos se dejó llevar con la docilidad de alguien que ha descubierto que resistirse es inútil y, además, no quiere hacerlo. Algo en la seguridad de Valentina lo excitaba más que cualquier cosa que hubiera experimentado antes. Tenía la polla tan dura que le dolía.

Ella lo empujó sobre la cama y se desnudó frente a él sin pudor ni coquetería. Cada prenda retirada con la eficiencia de quien tiene cosas más importantes en la cabeza. Debajo de la blusa recatada había un cuerpo delgado, fibroso, con la piel pálida, las tetas pequeñas con los pezones rosados y duros, y una pequeña cicatriz en la cadera que Marcos no se atrevió a preguntar.

—Boca arriba —indicó—. Las manos detrás de la cabeza. Si las mueves, empezamos de cero.

Marcos obedeció. Valentina se subió encima de él, se escupió en la mano y le untó la polla con la saliva, masturbándolo dos o tres veces para repartirla bien. Después se la agarró por la base, la apuntó hacia su coño y se sentó despacio, hundiéndose centímetro a centímetro hasta que la tuvo entera dentro. Ambos soltaron el aire al mismo tiempo. Estaba apretada, mojada, caliente. Marcos sintió las paredes del coño cerrándose alrededor de la verga como un puño.

—Joder —se le escapó.

—Calladito.

Ella marcó el ritmo desde el principio: lento, profundo, controlado. Se levantaba hasta dejar solo la punta dentro y volvía a bajar de golpe, sentándose hasta el fondo. Cada movimiento de sus caderas era preciso, como si siguiera una coreografía ensayada mil veces en su imaginación. Marcos podía ver cómo la polla salía brillante, manchada del flujo de ella, y volvía a desaparecer en el coño abierto.

Marcos intentó acelerar levantando las caderas y ella le clavó las uñas en el pecho como advertencia, dejando cuatro líneas rojas a cada lado del esternón.

—Mi ritmo —susurró—. No el tuyo. La polla es mía mientras esté dentro de mí. ¿Te queda claro?

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí, es tuya.

—Buen chico.

El tiempo se deformó. Valentina se movía con una paciencia agonizante, deteniéndose cada vez que sentía que él se acercaba al borde. Conocía las señales: cuando los huevos se le tensaban, cuando el agujero del culo se le contraía contra el colchón, cuando se le aceleraba la respiración. Lo llevaba hasta el límite y se quedaba quieta, con la polla enterrada hasta el fondo, sintiendo cómo el orgasmo se le retiraba a Marcos sin estallar. Después volvía a moverse. Lo hizo cuatro veces. El placer se convertía en algo cercano a la tortura y la tortura se convertía de nuevo en placer.

—Por favor... —dijo Marcos sin reconocer su propia voz.

—¿Por favor qué? Pídelo bien.

—Déjame correrme. Por favor.

—Todavía no. Aguántate.

Repitió el ciclo dos veces más. Cada vez que Marcos sentía la oleada subiéndole por la columna, ella se detenía, se inclinaba sobre él y le susurraba al oído que tuviera paciencia, que aprendiera a esperar, que ella decidía cuándo. Le mordía el lóbulo de la oreja y le pasaba la lengua por el cuello mientras le contraía el coño alrededor de la polla solo para recordarle dónde estaba. La séptima vez, cuando ya no le quedaba orgullo ni aire, ella aceleró de golpe y le permitió acabar.

—Ahora. Córrete dentro. Llena ese coño.

Marcos sintió que cada músculo de su cuerpo se contraía a la vez. Fue un orgasmo que le nació en la base de la espalda y le subió hasta la nuca, dejándolo ciego y sin aliento durante varios segundos. Se vació en chorros que sintió uno por uno, descargando dentro de ella mientras ella le mordía la clavícula para no gritar.

Pero Valentina no se detuvo.

Sin darle tiempo a recuperarse, continuó moviéndose encima de él, cabalgando la polla que todavía estaba dura dentro del coño inundado de semen. La sensibilidad era insoportable; cada roce le provocaba espasmos que oscilaban entre placer y algo parecido al dolor. Los nervios de la verga estaban en carne viva y Marcos podía oír el ruido húmedo de la corrida saliéndose, mezclándose con el flujo de ella, escurriéndole por los huevos.

—Espera... necesito un momento —jadeó.

—No —dijo ella con simpleza.

Siguió cabalgándolo con la misma cadencia implacable. Marcos agarró las sábanas con los puños mientras ella se arqueaba sobre su cuerpo, buscando su propio placer con una concentración feroz. Se llevó una mano al coño y empezó a frotarse el clítoris mientras seguía subiendo y bajando sobre la polla de él. Alcanzó el orgasmo con un gemido largo y contenido, apretando los muslos contra las costillas de él con tanta fuerza que le cortó la respiración. Marcos sintió el coño contraerse en oleadas alrededor de la verga, ordeñándolo.

Y entonces volvió a empezar.

—No puedo... de verdad, no puedo más —la voz de Marcos era una súplica abierta, sin disimulo.

—¿Rojo? —preguntó ella deteniéndose apenas un instante, con la polla todavía clavada hasta el fondo.

Marcos dudó. La palabra estaba ahí, disponible, al alcance de su lengua. Pero algo en su interior se negaba a pronunciarla. Negó con la cabeza.

—Entonces puedes —sentenció Valentina, y retomó el movimiento.

Cambió de posición sin sacársela. Se inclinó hacia atrás apoyando las manos en los muslos de él, abriendo más las piernas, dejando que la polla la penetrara desde otro ángulo. Marcos podía verlo todo: el coño abierto tragándose la verga, el clítoris hinchado entre los labios brillantes, los hilos de semen y flujo escurriéndose por el perineo hasta el agujero del culo. La imagen, sumada a la contracción continua del coño, le arrancó un segundo orgasmo que lo dejó temblando y con los ojos húmedos. Sintió que se vaciaba por completo, que no le quedaba nada dentro, y aun así ella seguía moviéndose. Los muslos de Valentina lo aprisionaban, sus manos le sujetaban las muñecas contra la almohada y su boca le mordía el cuello dejando marcas que durarían días.

—Mira cómo me das de comer —murmuró ella—. Mira lo bien que sirves.

—Para... te lo suplico... —murmuró con la voz quebrada.

Valentina no respondió. Se limitó a acelerar, inclinando las caderas en un ángulo que le sacó un sonido gutural del fondo de la garganta a Marcos. Ella gemía bajito, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa, perdida en su propio placer. Se lamió dos dedos y se los llevó al clítoris, frotándose con un círculo rápido mientras seguía empalándose en la polla.

La tercera vez que lo llevó al orgasmo, Marcos ya no sentía las piernas. Fue una corrida seca, doloroso, apenas un par de gotas que le salieron a duras penas mientras todo el cuerpo se le sacudía como un pez fuera del agua. Tenía el cuerpo empapado en sudor, los huevos vacíos y la garganta seca de tanto jadear. Ella se desplomó sobre su pecho y él sintió los latidos de su corazón contra el suyo, desacompasados, frenéticos. La polla, todavía dentro, empezaba a ablandarse contra las paredes calientes del coño.

—¿Cuántas veces has hecho esto? —preguntó con voz rota.

—Nunca —contestó ella enderezándose, sin sacársela todavía—. Pero llevo años imaginándolo. Cada noche, antes de dormir, me imaginaba exactamente esta situación. Me tocaba pensando en esto. Me metía dos dedos hasta el fondo imaginándome a un tío como tú debajo de mí, suplicando. Alguien que creyera tener el control y descubriera que no.

Aquella confesión lo golpeó más que cualquier cosa física. La chica tímida del bar, la del libro y las gafas y la voz suave, había construido todo esto en su cabeza durante años. Cada orden, cada pausa calculada, cada forma de manejar su cuerpo y su polla. Todo ensayado en la oscuridad de su habitación, noche tras noche, masturbándose mientras fantaseaba con este momento exacto.

Y él había sido lo suficientemente arrogante como para creer que era el cazador.

Valentina por fin se sacó la polla flácida del coño y bajó por su cuerpo dejando un rastro de besos que le provocaban temblores involuntarios. Le pasó la lengua por el vientre, por los huevos vacíos, y se metió la verga entera en la boca sin avisar. Marcos soltó un grito ahogado: la sensibilidad era insoportable, cada roce de la lengua le quemaba como una corriente eléctrica. Ella lo trabajó con paciencia, lamiéndole el glande con la punta de la lengua, haciendo presión con los labios alrededor del tronco, jugando con los huevos con la otra mano. Le limpió los restos de semen y flujo del miembro y los huevos con la boca, tragándoselos sin asco.

Contra toda lógica, consiguió que su cuerpo respondiera una vez más. Marcos sintió cómo la polla empezaba a llenarse otra vez, recuperando la dureza centímetro a centímetro dentro de la boca caliente de Valentina. No creía que fuera posible, pero ella lo mantenía ahí, en esa frontera entre el dolor y la excitación, con una paciencia infinita y la lengua incansable.

—Imposible —murmuró él.

—Todo es posible cuando alguien sabe lo que quiere —respondió ella levantando la vista con esa media sonrisa que ahora entendía perfectamente, los labios brillantes de saliva y de él.

Lo montó de nuevo. Esta vez Marcos no intentó resistir. Se abandonó por completo, dejando que ella lo usara a su antojo, dejando que el coño de ella subiera y bajara sobre su polla a la velocidad que quisiera. Los gemidos de Valentina llenaban la habitación y él descubrió que escucharla le provocaba más que cualquier contacto. Ella se inclinó hacia adelante, las tetas pequeñas balanceándose sobre la cara de él, y le metió un pezón en la boca.

—Chúpalo. Fuerte.

Marcos obedeció y ella jadeó alto, apretándose el clítoris contra el pubis de él en cada bajada. Cabalgó duro, con la cabeza echada hacia atrás y la mano libre apretándose la otra teta. Cuando alcanzó el orgasmo por última vez fue un grito que le salió desde la garganta, sin contenerlo, y Marcos sintió el coño cerrándose alrededor de la polla en convulsiones largas, ordeñándolo aunque ya no le quedara nada que dar.

Se dejó caer sobre su pecho respirando con fuerza. Permanecieron así varios minutos, en silencio, escuchando la respiración del otro normalizarse poco a poco, con la polla de Marcos todavía media dura enterrada en el coño empapado.

Valentina se levantó con naturalidad, como si las últimas dos horas hubieran sido un trámite. La polla le salió del coño con un ruido húmedo y un hilo de semen y flujo le bajó por la cara interna del muslo. Ella se lo limpió con dos dedos y se los chupó sin dejar de mirarlo, tragando todo, antes de ir al baño. Se vistió con la misma eficiencia con que se había desnudado, se recogió el pelo en el moño desordenado, se puso las gafas. La transformación inversa fue igual de impactante: en menos de un minuto volvía a parecer la chica tímida de la esquina del bar.

—¿Ya te vas? —preguntó Marcos sin poder incorporarse de la cama.

—Mañana tengo examen a las ocho —dijo abrochándose los botones de la blusa—. Estuvo bien. Gracias.

Estuvo bien. Marcos habría reído si le quedaran fuerzas.

—¿Puedo llamarte? —preguntó, y se odió por sonar tan necesitado.

Valentina lo consideró un momento desde la puerta del dormitorio, con la chaqueta puesta y el libro asomando del bolsillo.

—Tal vez —dijo—. Si te portas bien.

Escuchó la puerta del departamento cerrarse y se quedó mirando el techo. Las piernas le temblaban todavía. Tenía marcas de uñas en el pecho, un hematoma formándose en la cadera donde ella había apretado con los muslos, mordeduras a lo largo del cuello y una sensación de vacío en los huevos que jamás había sentido. La polla, dolorida y enrojecida, le descansaba contra el muslo como una pieza rota.

Se giró para ver el reloj: las cuatro de la mañana. Se duchó con agua tibia porque el cuerpo no le admitía otra temperatura y se metió entre las sábanas revueltas que todavía olían a ella, al coño de ella, a los dos mezclados.

Mañana tiene examen, pensó cerrando los ojos. Y yo no sé ni cómo me llamo.

No volvió a subestimar a una chica callada.

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Comentarios(12)

NocheBCN

Dios mio que historia!! no me lo esperaba asi, tremendo giro desde el principio

Lucas_RD

El cambio de roles al inicio me atrapó completamente. Por favor seguí escribiendo, quedé con muchas ganas de mas

SilencioNocturno

Me encanto el enfoque. Se nota que hay algo real detras de esto, no es como los otros relatos del genero. Saludos

Marcos_BsAs

jajaja el que creyó que tenía el control... clásico!!! muy bueno

RosaM_77

Segunda parte porfavor??? quedé con muchísimas ganas de saber que pasó despues

thefloki

Muy buen relato, el comienzo te mete de lleno sin avisar. Enhorabuena

guillermo2024

Me recordó a una situacion que viví hace tiempo, cuando te das cuenta que la dinamica era completamente distinta a lo que imaginabas. Excelente como lo describiste sin caer en lo obvio

seba70

Buenisimo!!! segui así

Camila_GdL

Pocas veces un relato me enganchó tanto desde el primer parrafo. Increible la verdad

FedeFG

Uff que final me dejaste. Esperando ansioso lo que viene

NestorPY

Muy bien escrito, se lee de un tirón. Espero mas relatos en esta linea

shadoangel

me encanto como planteas la tension desde el arranque, sin apuro. gracias por compartirlo

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