Cuando Rodrigo descubrió quién era en realidad
La gala benéfica fue, como siempre, una tortura de corbatas y sonrisas falsas. Isabel se mantuvo dos pasos detrás de Rodrigo durante toda la noche, siguiéndolo de grupo en grupo mientras él saludaba conocidos y tejía contactos para su bufete. En ningún momento la presentó como su novia. En ningún momento la miró a los ojos.
—Vamos, ratita —le dijo al pasar, sin siquiera girarse—. Hay alguien allí que me interesa conocer.
Ella lo siguió. Como siempre.
En el auto de vuelta, Isabel no pudo contenerse más. Las lágrimas llegaron antes que las palabras.
—Me ignoraste toda la noche —dijo—. Ni siquiera me nombraste delante de nadie.
—Eres tan tímida que me resultaba incómodo presentarte —respondió Rodrigo sin apartar los ojos de la carretera—. La gente nota estas cosas.
—¿Y por qué me trajiste entonces?
—Porque no podía venir solo. Se espera que uno lleve a su pareja. Pensé que esta vez madurarías un poco.
Cuando llegaron al departamento, Isabel bajó del auto y cerró la puerta con un golpe seco.
—No me llames más —dijo—. Hay un límite para lo que puedo tolerar.
Rodrigo la vio alejarse y pensó, mientras arrancaba de nuevo el motor, que las mujeres no entendían nada.
***
Al día siguiente fue a tomar algo con Camila, su amiga de la oficina. Habían ingresado juntas al mismo tiempo, tímidas e inseguras las dos, pero algo había cambiado radicalmente en Camila durante los últimos dos años. Ahora era su jefa. Vestía trajes entallados, caminaba con una autoridad que imponía y la rodeaba un aire de mando que Isabel le envidiaba en silencio sin admitírselo nunca.
—Cuéntame —dijo Camila en cuanto vio su cara.
Isabel lo contó todo. El evento, los comentarios, el auto, la puerta. Cuando terminó, Camila no la consoló. Simplemente sacó del bolso una tarjeta y la puso sobre la mesa.
—AME —leyó Isabel—. Asociación de Mujeres Empoderadas. ¿Una secta?
—Un grupo. Yo soy la tesorera. —Camila sonrió—. Llama y pedí una entrevista con Diana Fuentes. Confía en mí. No tenés nada que perder.
Isabel tomó la tarjeta. La giró entre los dedos.
—Si no lo hago me vas a tener encima todos los días, ¿verdad?
—Todos —confirmó Camila.
***
La entrevista con Diana Fuentes ocurrió en el piso veinticuatro de un edificio corporativo, en una oficina tan grande que Isabel tardó unos segundos en encontrarle los límites. Diana era una mujer de unos cuarenta y cinco años, rubia, con el cabello recogido, maquillaje preciso y un escote cuadrado que no pedía disculpas. La rodeaba una calma que no era indiferencia sino algo más denso: la certeza de quien jamás ha necesitado alzar la voz para imponerse.
Le habló durante una hora. Le mostró el expediente que habían abierto a partir de sus redes sociales y las de Rodrigo. Le explicó, con una paciencia que no era condescendencia, lo que ese expediente revelaba.
—La postura que él proyecta en público es una fachada —dijo Diana—. Una coraza de macho alfa que no tiene nada que ver con quien es en realidad. En privado, con vos, aflora su personalidad verdadera: atenta, dócil, dispuesta a servir. Lo que vos describís como "otra persona" no es una excepción. Es él.
Isabel pensó en las noches en que Rodrigo le preguntaba si necesitaba algo antes de que ella pudiera pedirlo. En cómo le cambiaba el tono cuando estaban solos. En lo diferente que era ese hombre del que exhibía en sociedad.
—Hay dos caminos —continuó Diana—. Te olvidás de él y que sea problema de otra. O lo educamos.
Isabel tardó menos de un segundo.
—Lo educamos. Y quiero participar personalmente.
Diana asintió y llamó por el intercomunicador en voz baja.
***
Lo que siguió fue un mes de capacitación intensiva en la sede de la AME que Isabel no había pedido pero que aceptó sin condiciones. Al terminar, entró nuevamente al edificio de Diana sabiendo que era una persona distinta. No en el sentido vago en que la gente usa esa frase. En un sentido técnico y medible: caminaba diferente, hablaba diferente, ocupaba el espacio de manera diferente.
Se contempló en el espejo del ascensor privado. Cabello recogido en un estilo alto, collar y aros haciendo juego, vestido ajustado que marcaba cada curva, medias de nylon con costura, tacones de doce centímetros. El sonido de sus pasos sobre el mármol ya no le producía vergüenza. Le producía algo parecido al orgullo.
Diana y Camila la esperaban en el sofá. Las tres brindaron con champán.
—Queda un asunto pendiente —dijo Camila, apoyando la copa—. Rodrigo.
—Tengo a dos personas listas —dijo Diana—. Solo necesito tu autorización.
—La tenés —respondió Isabel.
***
Rodrigo salió del bufete pasadas las seis de la tarde, contrariado por un caso que se había complicado a último momento. Caminaba hacia el estacionamiento cuando una camioneta de vidrios oscuros frenó justo frente a él y bajaron dos mujeres uniformadas: camisa azul, falda ajustada, cinturón ancho con diverso equipamiento.
—Buenas tardes. La señora Diana Fuentes solicita su presencia.
El nombre le llamó la atención. CEO de una multinacional de primer nivel. Especuló durante dos segundos con qué ventaja podría sacar de aquello.
—Primero díganme por qué razón.
—Ella se lo explicará personalmente.
—De ninguna manera voy sin saber el motivo. Soy abogado, y esto configura —
La guardia de poca paciencia levantó la pistola paralizante y aplicó la descarga directamente en el cuello de Rodrigo. Él se interrumpió a mitad de la frase y cayó hacia adelante. Entre las dos lo cargaron hasta la camioneta sin que nadie en la calle interviniera.
—Ya me estaba cansando —dijo una.
—Lo sé —respondió la otra—. Ayudame a acomodarlo.
***
Cuando Rodrigo recuperó el control de su cuerpo, estaba desnudo, esposado a una silla en un cuarto sin ventanas. La venda ya no cubría sus ojos pero la mordaza tardó un momento más en desaparecer. Cuatro metros por cuatro. Sin ningún mueble salvo la silla y el frío del mármol bajo sus pies.
—Ahora te quedás callado —dijo una de las mujeres, la más seria—. En un momento viene la Señora.
Rodrigo esperó. Intentó ordenar sus pensamientos. Calculó posibilidades de escape. No encontró ninguna viable.
La puerta se abrió y quien entró no fue Diana Fuentes.
Fue Isabel.
No la reconoció de inmediato. Tan cambiada estaba: el porte, la calma absoluta en cada movimiento, la forma en que ocupaba el espacio como si le perteneciera de un modo que él nunca había visto antes. Se acercó hasta quedar a su lado, casi rozándolo. Él pudo oler su perfume.
—Hola, Rodrigo. Cuánto tiempo.
—Isabel, sácame de aquí. ¿Qué locura es esta?
El golpe llegó antes de que terminara la frase. Una cachetada seca que le dio vuelta la cara. Luego, con la misma mano, ella le acarició la mejilla enrojecida con una suavidad que contrastaba brutalmente con lo anterior.
—Señora —dijo con calma—. O Ama. Eso soy para vos a partir de ahora.
—Esto es un secuestro, voy a —
Otro golpe. Misma mano. Misma caricia después, lenta y deliberada, como si le estuviera borrando la marca con los dedos.
—¿Tengo que repetirlo?
Rodrigo guardó silencio. Ella levantó el tacón izquierdo y lo apoyó con suavidad sobre su entrepierna, ejerciendo una presión leve pero muy precisa.
—¿Cómo te vas a dirigir a mí?
—Señora —dijo él—. Ama.
—Muy bien. —Isabel bajó el pie—. Tenés dos caminos: obediencia o resistencia. Uno lleva al placer. El otro no. ¿Está claro?
—Sí, Señora.
—Muy bien. —Isabel se dio media vuelta y se retiró. Las dos guardias se aproximaron entonces.
***
Los días que siguieron fueron una lenta recalibración.
Rodrigo recibió ropa. Toda femenina. La primera vez que protestó, la guardia de nombre Lucía lo tumbó sobre su regazo y le aplicó una paliza metódica en las nalgas mientras Rebeca, la otra, le repetía frases al oído: que tenía una personalidad dulce y sumisa, que la postura de macho que exhibía era solo una máscara, que cuanto antes la abandonara, mejor para él. Cuando terminó, Rodrigo pidió disculpas. La ropa no volvió a ser tema.
La habitación fue cambiando con cada muestra de buena conducta. Primero llegó una cama más cómoda. Luego un tocador con un espejo grande enmarcado en luz cálida. Luego un televisor con cuatro canales: tutoriales de maquillaje, consejos de combinación de colores y moda, instrucción sobre modales y postura femenina, y un último canal de pornografía en el que solo aparecían travestis complaciendo a sus amas con la boca, con las manos y con el cuerpo entero.
Rodrigo los miró todos.
Al principio con distancia. Después con curiosidad. Después sin poder despegarse del espejo del tocador.
Lucía y Rebeca lo premiaban cuando se comportaba bien. Traían pelucas, joyas, uñas postizas, y juguetes anales progresivamente más grandes que él aprendió a recibir sin resistencia, primero con incomodidad, después con alivio, finalmente con algo que prefería no nombrar pero que era inequívocamente placer. Lo llamaban Rodriga. Al principio él corregía. Después dejó de hacerlo. Después empezó a usarlo él mismo, primero en voz baja, frente al espejo, como si fuera un experimento del que todavía podía retractarse.
Las sesiones con Lucía y Rebeca comenzaron como una recompensa. Ellas llegaban, se desvestían con una coreografía casi ensayada y revelaban lo que tenían debajo del uniforme: corsets ajustados, medias negras sujetas por ligas, y penes propios que esperaban atención. Rodriga aprendió a darla. Empezó torpemente, con arcadas y demasiada saliva. Con el tiempo, con los tubos de látex de distintos tamaños que las guardias usaban para entrenarla cada noche, aprendió a relajar la garganta, a encontrar el ángulo correcto, a sentir que en ese acto había algo que le resultaba profundamente natural.
Una tarde, sentada frente al tocador con una peluca negra hasta los hombros, maquillaje de noche en los ojos y los labios del mismo rojo intenso que sus uñas postizas, Rodriga se miró en el espejo y no vio a Rodrigo. Vio a alguien que quería conocer mejor. Alguien que tal vez siempre había estado ahí, esperando que dejaran de taparlo.
***
Una mañana, Lucía entró a la habitación y le dijo:
—Hoy no hay sesión. Esta tarde te presentás con tu Señora. Preparate con tiempo.
Rodriga pasó horas frente al tocador. Eligió un vestido negro de falda tubo con escote cuadrado, corset del mismo color, medias de nylon con costura, zapatos de taco aguja de doce centímetros. Aplicó las sombras oscuras con cuidado, delineó los ojos hasta que quedaron exactos, pegó las pestañas postizas sin que le temblaran las manos. Labios rojos. Peluca negra con flequillo. Anillos. Y por último, el plug anal más grande que encontró en la caja, lubricado despacio, colocado con la paciencia de quien ya sabe cómo se hace. Quería estar completamente lista para lo que su Señora decidiera.
Cuando Lucía y Rebeca la pasaron a buscar, Rodriga ya estaba de pie con los nervios bailando en el pecho pero la postura firme y los hombros hacia atrás.
—¿Estoy bien?
—Perfecta —dijo Rebeca—. Ahora caminá.
Recorrieron varios pasillos. El eco de tres pares de tacones sobre el mármol era lo único que se oía. Al final del recorrido, un salón enorme casi vacío, con tres sillones dispuestos al fondo como si fueran tronos. Una pared entera de ventanales. Luz de tarde.
Las guardias anunciaron:
—Las señoras Diana, Camila e Isabel.
Las tres ingresaron en ese orden, vestidas de negro con túnicas que llegaban hasta el suelo, y tomaron asiento. Isabel habló primero.
—Acercate. Quiero verte bien.
Rodriga cruzó el salón con pasos lentos y deliberados, consciente de cada detalle de su propio movimiento, del sonido de sus tacones, de cómo caía el vestido sobre sus caderas. Se detuvo frente a las tres mujeres e inclinó levemente la cabeza.
—Señoras. Es un honor estar aquí.
—Levantá la cabeza —dijo Diana—. Dejanos mirarte.
Rodriga dio un giro lento, mostrando cada ángulo.
—Contanos cómo te sentís —pidió Camila.
—Me liberaron —respondió Rodriga, y lo dijo en serio, sin actuación—. Dejé atrás algo que no era mío. Actuaba de una manera que no me correspondía, que le hacía daño a quien no lo merecía. Ahora sé lo que soy y sé lo que quiero.
—¿Y qué querés? —preguntó Isabel.
—Servirla, Señora. En lo que usted disponga.
Isabel cruzó una mirada con Diana. Luego volvió a mirar a Rodriga.
—Entonces sellemos el pacto. Si querés que sea tu dueña, demostralo.
Rodriga se arrodilló sin dudar y comenzó a besar las botas de su Señora. No como un gesto simbólico: con la lengua recorriendo el cuero desde la puntera hasta la caña, los labios apretados contra cada pliegue, la nariz hundida en el olor a cuero lustrado. Introdujo el taco en su boca y lo besó como si fuera otra cosa completamente distinta.
—Perfecto —dijo Isabel—. Lucía, Rebeca: prepárenla.
***
Las guardias retiraron el dispositivo de castidad y colocaron un anillo en la base del miembro de Rodriga para que la erección durara y la espera también. Después instalaron un potro en el centro del salón y cuando todo estuvo listo, se anunciaron ellas también: sin uniforme, con arneses ajustados al cuerpo y genitales propios que Rodriga ya conocía muy bien.
Las tres mujeres del estrado se pusieron de pie y dejaron caer las túnicas.
Rodriga las vio: guantes de cuero hasta los hombros, corsets ajustados, botas de caña alta, y en la cadera de cada una un strap-on de dimensiones considerables.
Se recostó en el potro sin que nadie se lo pidiera.
Isabel se posicionó detrás de ella y retiró el plug con cuidado.
—Ya estás lubricada. Qué detalle.
—Quería estar lista para usted, Señora.
—¿Y querés que lo haga?
—Sí. Por favor. Quiero ser suya.
Isabel empezó a penetrarla despacio, midiendo cada centímetro, sin apuro. Rodriga soltó el aire de golpe y cerró los ojos. Diana, de frente, acercó el suyo a la boca de Rodriga sin pedirle nada: ella lo buscó sola, lo tomó con ambas manos y empezó a trabajarlo con la lengua y los labios con una destreza que un mes atrás no tenía. Camila atendía a Lucía en otro extremo del salón. Rebeca miraba la escena con una mano entre sus propias piernas.
Rodriga estaba en el centro de todo y sentía que era exactamente donde debía estar.
Cuando ya no podía más, Isabel se detuvo.
—Todavía no —dijo—. Primero elegís cómo querés terminar. Podés ser activa con Lucía o Rebeca, o podés recorrer mi cuerpo con tu lengua mientras Diana te penetra por atrás. ¿Qué decidís?
No dudó ni un segundo.
—Lo segundo, Señora. Sería el mayor honor.
Isabel se retiró despacio, se sentó en su trono y abrió las piernas esperando.
Rodriga avanzó de rodillas. Empezó por las botas, como ya sabía hacer, con la lengua siguiendo el cuero hacia arriba, luego el nylon suave de las medias, el interior de los muslos cada vez más cerca, hasta llegar a su destino. Isabel tomó su cabeza entre las manos y la apretó hacia sí sin contemplaciones.
Rodriga no podía respirar del todo bien. Le importaba muy poco. Los gemidos de su Señora eran todo lo que necesitaba. Detrás de ella, Diana ya la penetraba con movimientos largos y lentos, como saboreando cada centímetro, y la presión combinada de todo aquello hizo que Rodriga terminara antes de que Isabel llegara a su segundo orgasmo.
Su propio semen cayó sobre las botas de su dueña.
—Buena chica —dijo Isabel, todavía sin soltarla—. Ahora limpiá las botas. Con la lengua.
Y Rodriga lo hizo, sin vacilar, sin vergüenza, sabiendo con absoluta certeza que este era el lugar que le correspondía en el mundo.
***
Un año después, pocas personas reconocerían a Rodriga.
Las cirugías habían sido varias: prótesis de busto, caderas remodeladas, labios más plenos, mandíbula afinada, párpados con un leve toque que le alargaba la mirada. Para pagar las intervenciones financiadas por Diana, ahora trabajaba como agente de seguridad junto a Lucía y Rebeca, con el mismo uniforme azul de camisa cerrada, la misma falda tubo ajustada, la misma corbata negra y el mismo cinturón ancho con el intercomunicador y la pistola paralizante.
Un martes por la tarde, durante el descanso, estaba sentada en el regazo de Rebeca —que había levantado su falda y la penetraba en silencio mientras tomaban café— cuando sonó el intercomunicador.
—Señoritas —dijo la voz de Diana—. Vengan a mi despacho, por favor.
Rodriga terminó el café de un trago y se puso de pie, alisó la falda. No tenía sentido desperdiciarlo.
En el despacho, además de Diana, estaban Camila e Isabel. Y una cuarta mujer que Rodriga no conocía, sentada al fondo con una carpeta en las manos y una expresión que Rodriga reconoció de inmediato: la misma tensión contenida, la misma rabia mal guardada que ella misma había tenido el día en que llegó por primera vez a ver a Diana.
—Tengo un favor que pedirles —dijo Diana—. Esta señora tiene un hombre que necesita educación.
La cuarta mujer asintió.
—Será un placer —respondió Rodriga—. Esta tarde estará en la casa.
Las tres se retiraron. En el pasillo, mientras el eco de sus tacones resonaba en el mármol, Rodriga ya pensaba en quién usaría la pistola esta vez.
Con un poco de suerte, le tocaría a ella.