Me ataron en su sala y pasé a ser el amo
Desperté de golpe, con la cabeza zumbando y la boca seca. Oscuridad total. Intenté moverme y noté de inmediato la cuerda que sujetaba mis muñecas a la espalda, apretada con un nudo que no cedía. Los tobillos, igual. No podía levantarme.
Soy periodista de investigación desde hace ocho años, y esa fue la primera vez en toda mi carrera que sentí miedo real. Lo último que recordaba con claridad era haberme sentado en el reservado de un restaurante en el centro de la ciudad. Una mujer llamada Valeria me había contactado por correo diciendo que tenía pruebas contra Rodrigo Salcedo y su esposa Natalia, una pareja de la alta sociedad implicada en una red de prostitución forzada. Me contó que ella misma había sido una de las víctimas. Recordaba el vino, su voz tranquila mientras hablaba, y después un vacío completo que solo podía explicarse con algo disuelto en la copa.
Intentaba aclarar la mente cuando se abrió una puerta y la luz inundó la sala de golpe. Necesité varios segundos para adaptar la vista. Cuando pude ver con claridad, reconocí a la pareja frente a mí: Rodrigo, alto y de traje oscuro, con una expresión de satisfacción que me heló la sangre; y ella, Natalia, rubia, de unos treinta y cinco años, con una belleza intacta y fría como el mármol.
—Ahí está el periodista entrometido —dijo ella, paseando la mirada por mi cuerpo.
—Bien —respondió Rodrigo con tono de quien cierra un trato—. Ya sabes que tengo que salir mañana temprano, así que te lo dejo a ti. Solo recupera lo que es nuestro.
—No te preocupes, cariño. Sabes perfectamente de lo que soy capaz.
—Que te diviertas —dijo él, y salió sin mirarme.
Natalia se acercó despacio. Llevaba unos pantalones negros ajustados y una camisa de seda color marfil. Nada en su apariencia sugería lo que estaba a punto de pasar.
—Nos entregas los documentos y te vas a casa. Así de sencillo.
Se refería a la carpeta que me había dado mi confidente tres semanas antes. Contenía transferencias, contratos y grabaciones de audio que vinculaban directamente a la pareja con su red. Los había guardado fuera del apartamento, en un lugar donde nadie los encontraría sin mi indicación.
—No sé de qué documentos habla —respondí.
—Claro que sí. —Se inclinó ligeramente hacia mí—. Hemos registrado tu piso y no estaban allí. Así que aquí continuará la conversación.
Se apartó un momento y apareció Valeria por la puerta lateral. Ahora que la veía sin la máscara del restaurante, entendí todo. Ella había sido la trampa desde el principio.
Entre las dos me incorporaron del suelo y manipularon la cuerda de mis muñecas para sujetarla a un gancho que colgaba del techo. Al quedar colgado, la tensión en los hombros llegó de inmediato y fue intensa. Entonces pude ver bien la sala por primera vez: argollas de metal ancladas en paredes y suelo, un panel de madera oscura cubierto de látigos, fustas, esposas, mordazas y accesorios cuyo uso era perfectamente evidente. No había llegado a manos de unos aficionados.
—Tienes hasta que mi marido vuelva de Dubái para decidirte —dijo Natalia—. Una semana da para mucho.
Sin aviso previo, me cruzó la cara con una bofetada que me hizo girar la cabeza. El dolor llegó primero al oído, después a la mandíbula.
—¿Seguimos mudos? Casi lo prefiero. Así tengo más excusa para divertirme.
—No tengo ningún documento suyo —repetí—. Se equivoca de persona.
—Buen intento.
Otra bofetada que me hizo ver destellos.
—Por si acaso se te ocurre alguna tontería —dijo mostrándome un inmovilizador eléctrico—, esto duele de una manera que no olvidarás.
Calculé la situación con rapidez. Si les decía dónde estaban los documentos, yo dejaba de ser útil. Y una persona inútil para ellas era también un testigo peligroso. Mi única opción era aguantar y esperar el momento adecuado.
—Valeria, desátale los pies.
Me desataron los tobillos y entre las dos me arrancaron la camisa. Natalia me desabrochó el cinturón y me bajó los pantalones a pesar de mi resistencia activa. Me quedé únicamente en bóxers.
—Ahora déjame a mí —dijo.
Se arrodilló frente a mí, metió los pulgares por dentro de la cinturilla y tiró hacia abajo de un golpe. Me quedé completamente desnudo, suspendido del gancho, sin nada con lo que cubrirme.
—Míralo, Valeria. No está nada mal. —Soltó una carcajada corta y sin calor—. Tenemos tiempo de sobra.
La humillación fue casi peor que el dolor físico. Era joven, atlético, y estaba completamente indefenso ante esas dos mujeres. Lo sabían y disfrutaban sabiéndolo.
Natalia tomó un látigo de tiras múltiples. El primer golpe llegó en la espalda, y después siguieron otros que alternaron entre la espalda y los glúteos. Cada impacto arrancaba un sonido involuntario que yo intentaba suprimir sin conseguirlo. No quería darles esa satisfacción, pero el cuerpo no siempre obedece a la voluntad.
Perdí la cuenta de los golpes. El dolor se fue acumulando hasta convertirse en algo casi abstracto, una presencia constante que lo ocupaba todo.
—Valeria, átale las piernas separadas.
Valeria tomó una cuerda y la pasó desde mi tobillo derecho hasta una argolla anclada en el suelo. Tensó hasta que noté la cuerda cortar la piel. Hizo lo mismo con el izquierdo. Mis piernas quedaron abiertas en un ángulo forzado que tensaba los músculos de la ingle. Natalia accionó un mando y noté cómo el gancho subía, tensando mis brazos hacia arriba hasta que los pies se separaron completamente del suelo. Quedé suspendido en el aire, abierto de piernas, sin ningún punto de apoyo.
Natalia se acercó sin prisa. Con la palma de la mano me acarició lentamente entre las piernas, como evaluando algo.
—Pobrecito...
Se alejó un paso y lanzó una patada directa a la entrepierna. El impacto en el testículo izquierdo fue devastador. Colgado como estaba, no pude doblarme ni amortiguar nada. El grito salió solo, sin que pudiera contenerlo.
El segundo golpe llegó antes de que el primero hubiera terminado de doler. Acertó los dos a la vez. La náusea llegó antes que el pensamiento, y por un momento creí que perdería el conocimiento.
***
No sé cuánto tiempo pasé así. El dolor seguía presente cuando noté que Valeria se había agachado y me acariciaba despacio con las manos. Después de un rato largo, mi cuerpo respondió a pesar de todo, de manera completamente involuntaria.
—Ya está bien —dijo Natalia acercándose con una fusta—. No queremos que empiece a disfrutar.
El primer golpe de la fusta llegó en el tronco. El segundo, directo al glande. Los siguientes cayeron sin orden aparente, alternando entre el pene y los testículos. Mis gritos llenaban la sala. Estaba al límite, a punto de ceder y decirles lo que querían saber, cuando la idea llegó de golpe y con una claridad extraña: simular que perdía el conocimiento.
Los golpes cesaron.
—Tenemos que mantenerlo consciente —dijo Natalia—. Necesitamos que hable. Bájalo.
Sentí cómo desataban mis tobillos y el gancho descendía lentamente hasta que mis pies tocaron el suelo. Mis piernas apenas sostenían el peso. Natalia y Valeria se habían girado hacia el panel de la pared para buscar algún otro instrumento.
Era mi momento.
Me puse en pie de golpe. Con un salto corto y preciso, saqué las muñecas del gancho. Libre. Tenía aún las manos atadas entre sí, pero eso era secundario.
Me lancé hacia Natalia antes de que pudiera girarse. Le asesté un golpe seco en la nuca con las manos juntas como una masa. Cayó sin hacer ruido. Valeria gritó un aviso que llegó medio segundo tarde. Le esquivé el brazo y le clavé el codo en el estómago con toda la fuerza que me quedaba. Se dobló en dos, sin aire.
—Esto es por tenderme la trampa —dije.
Encontré el inmovilizador en el bolsillo de Natalia, que seguía tumbada boca abajo en el suelo. Se lo apunté a Valeria y le ordené que me desatara las muñecas. Cuando recuperé las manos libres, recogí los pantalones y me los puse sin apartar la vista de ellas ni un instante.
***
Podría haber llamado a la policía en ese momento. Tenía suficiente para que los detuvieran a los dos en cuanto Rodrigo aterrizara en el país. Pero decidí que la situación merecía un giro adicional antes de hacer esa llamada.
Esperé a que Natalia recuperara el conocimiento. Sus ojos, al abrirse, pasaron por sorpresa, desorientación y miedo en cuestión de segundos.
—No te saldrás con la tuya —dijo, con menos convicción de la que probablemente pretendía.
—¿Seguro? —Le mostré el inmovilizador—. Las dos, de pie, de espaldas a la pared.
—Ni hablar, ¡bastardo!
Se abalanzó hacia mí. Pulsé el botón. Natalia lanzó un gemido agudo y cayó convulsionándose unos segundos en el suelo. Cuando se recuperó, estaba considerablemente más tranquila.
—A la pared —repetí.
Ambas obedecieron.
—Ahora quitaos la ropa.
Las dos se miraron. Lentamente empezaron a quitarse las camisetas, los zapatos y los pantalones. Natalia llevaba sujetador y braguita de encaje blanco. Tenía el cuerpo de una mujer que había cuidado cada detalle durante años. Valeria era más joven y menos voluptuosa, con sujetador y tanga negros que dejaban muy poco a la imaginación.
—¿Quién os ha dicho que podéis parar?
Natalia abrió la boca para protestar, pero el inmovilizador a diez centímetros de su cara la hizo reconsiderarlo. Valeria fue la primera en soltar el sujetador. Pechos de tamaño mediano, redondos, con los pezones oscuros y prominentes. Natalia siguió: dos pechos generosos que cayeron levemente al liberarse. Se quitaron también la ropa interior, cubriéndose instintivamente con las manos.
—Las manos detrás de la espalda.
Las bajaron. Valeria estaba completamente depilada. Natalia mostraba un pequeño triángulo rubio en el pubis. Ahí estaban las dos, desnudas y en silencio, con la mirada en el suelo.
Les ordené que se dieran la vuelta. Les coloqué a cada una sus propias esposas detrás de la espalda. Ahora eran ellas las que no podían suponer ningún peligro.
—Gracias por avisarme del viaje de tu marido —le dije a Natalia—. Ahora sé exactamente con cuánto tiempo cuento.
Vi en sus ojos que empezaban a entender lo que vendría a continuación.
Conduje a Valeria a una argolla en la esquina y la até con cuerda suficiente para que no pudiera moverse. Después llevé a Natalia al centro de la sala. La obligué a sentarse en el suelo y até sus tobillos a una barra separadora para mantenerle las piernas abiertas. Enganché la barra al gancho elevador y accioné el mando. Las piernas de Natalia se fueron elevando a pesar de sus protestas hasta que quedó completamente suspendida boca abajo, con la cabeza a unos centímetros del suelo y el sexo expuesto y vulnerable hacia arriba.
—Veo que te has quedado sin palabras —dije.
Un chorro de orina brotó de entre sus piernas antes de que yo llegara a coger el látigo del panel.
—Tranquila. Vamos a tomarlo con calma.
Mis primeros golpes fueron en el vientre. Sus gritos resonaban de una manera peculiar por la posición invertida, con una urgencia que llenaba toda la sala. Apunté más abajo. El látigo acertó uno de sus pechos colgantes y lo hizo oscilar con el impacto. Los aullidos se intensificaron y se mezclaron con súplicas.
—Por favor... no más... —suplicó.
—Bueno. Cambiamos de objetivo.
Entendió antes de que yo ejecutara el movimiento. Otro chorro de orina apareció justo antes de que el látigo golpeara directamente entre sus piernas abiertas. El alarido retumbó en toda la estancia.
Tomé un látigo de una sola tira para el turno siguiente. Más estrecho, al enroscarse alcanzaba puntos que el látigo múltiple no podía alcanzar con la misma precisión. El efecto sobre su clítoris fue inmediato. Sus súplicas se convirtieron en algo más desesperado que cualquier cosa que hubiera escuchado hasta ese momento.
Después de una nueva tanda en los glúteos, fui a buscar un plug anal de tamaño mediano al panel de la pared. Usé saliva como lubricante y se lo introduje lentamente a pesar de sus protestas tensas y continuas. No me detuve hasta que quedó completamente alojado.
—Ahí te quedas un rato.
***
Me acerqué a Valeria. Tenía los ojos enrojecidos e intentaba controlar la respiración sin conseguirlo del todo.
—Me dijiste que habías sido una víctima —le dije—. Eso fue lo que me hizo bajar la guardia.
—Solo hacía lo que me ordenaban...
—Ya. Por eso tu trato va a ser especial.
La llevé a un rincón donde había una estructura de madera en forma de cuña apoyada horizontalmente entre dos caballetes, lo que suele llamarse potro o caballete de castigo. La obligué a pasar una pierna por cada lado hasta quedar de pie con la arista entre las piernas. Le até las muñecas a una argolla del techo.
—Siéntate.
Valeria fue descendiendo lentamente, con los ojos cargados de miedo, hasta que su sexo depilado contactó con la madera. Al seguir de pie, su peso era solo parcial. Tomé su pie izquierdo y lo até cerca del glúteo. La presión de la cuña aumentó al instante y ella ahogó un grito. Hice lo mismo con el pie derecho. Ahora todo su peso recaía sobre la arista de madera, directamente sobre su sexo.
Vi que intentaba inclinarse hacia atrás para aliviar la presión en el clítoris. Le até dos pinzas en los pezones y pasé la cuerda hacia la parte delantera de la estructura. Tiré levemente. El grito fue inmediato. Ahora tenía que elegir entre la presión de la madera sobre su sexo o el tirón en los pezones. No había posición de alivio posible.
Le puse una mordaza. Ya había escuchado suficientes excusas.
***
Me quedé un momento observando a las dos. El dolor en mi propio cuerpo seguía presente, pero había encontrado otra manera de procesarlo.
Me acerqué a Natalia. Su vulva estaba enrojecida e inflamada por los golpes recibidos. La acaricié con la mano por encima y con dos dedos separé los labios para examinar el efecto. Después retiré el plug anal y observé que el orificio había quedado completamente dilatado. La bajé del gancho y la tendí en el suelo con las manos esposadas delante y los tobillos encadenados a una argolla del suelo con un candado. No iba a ir a ningún lado.
—¿Te ha parecido un buen recibimiento? —le pregunté.
Natalia no respondió. Solo me miraba con una mezcla de odio y agotamiento.
Me acerqué a Valeria. Sus ojos llorosos me siguieron sin el menor rastro del aplomo que tenía en el restaurante. Le quité las pinzas de los pezones primero. Después la bajé de la estructura y la até al suelo del mismo modo que a Natalia, pero al otro lado de la habitación. Le quité la mordaza al final.
—¿Ves? Te dije que iba a ser diferente.
No articuló ninguna respuesta coherente.
Dejé un vaso de agua al alcance de cada una. Necesitaba que estuvieran en condiciones razonables para responder ante un juez por todo lo que habían hecho. Llamaría a la policía desde fuera, una vez que recuperara los documentos del apartado postal donde los había guardado.
Recogí el inmovilizador del suelo, eché un último vistazo a la sala y salí cerrando la puerta con llave detrás de mí.
Aún faltaban seis días para que Rodrigo aterrizara en el país.
Era más que suficiente.