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Relatos Ardientes

Alivio prohibido en las mazmorras del castillo

Las puertas del Salón de Audiencias se abrieron con un gemido sordo de madera vieja. El aire que salió era denso, caliente, impregnado de una mezcla que Valeria había aprendido a identificar en sus años al servicio de la Reina Leonora: humo de pino, sudor acre, cobre de sangre y ese olor dulce y repugnante que solo produce la carne viva cuando ha sido tratada con hierro al rojo.

Valeria cruzó el umbral con paso firme. Detrás de ella, su aprendiza Nora cargaba dos maletines de cuero negro repletos de vendas, frascos y herramientas quirúrgicas. Era una muchacha de diecinueve años con manos firmes y estómago de piedra, dos cualidades que Valeria había cultivado en ella con esmero durante tres años de servicio en el ala médica del castillo.

La escena que encontraron habría paralizado a cualquier otra persona.

En el centro de la sala, sobre las losas de granito, yacía Clara, exguardia de la Reina Leonora. Su uniforme, rasgado hasta la cintura, dejaba al descubierto el costado donde la marca real había dejado su firma: una letra grabada a fuego en la piel, el tejido quemado todavía humeante, el borde del cráter de un negro profundo que viraba hacia un rojo furioso en los márgenes. Su hombro izquierdo colgaba en un ángulo que no correspondía a ninguna articulación sana. Clara respiraba. Eso era lo único relevante de momento.

Pero no era Clara lo que retuvo la mirada de Valeria.

Al fondo de la sala, donde las antorchas proyectaban más sombra que luz, estaba el Pilar. Lo llamaban así desde hacía tres reinados: una columna de piedra negra con argollas de hierro a distintas alturas, destinada a fijar prisioneros en la posición que resultara más conveniente para la corona. Esta noche, la Reina Leonora había elegido una posición muy particular para el esclavo Rodrigo.

Lo habían encadenado por el cuello a la argolla más alta. La cadena estaba calculada con precisión sádica: lo suficientemente corta para que solo las puntas de sus dedos descalzos rozaran el suelo, lo suficientemente larga para que no muriera asfixiado en los primeros minutos. Tenía las muñecas atadas a la espalda. De sus genitales colgaba un dispositivo de madera dura, un artefacto diseñado para comprimir y tirar hacia abajo con su propio peso. En el interior del aparato de acero que aprisionaba su miembro, un catéter metálico estriado había sido introducido a lo largo de todo el canal urinario.

Irene, la nueva guardia favorita de la Reina, observaba todo desde la pared con los brazos cruzados y una expresión de satisfacción tranquila. Llevaba el uniforme de gala, la espada al cinto, y sonreía de la manera en que sonríe alguien que acaba de ejecutar un trabajo del que se siente profundamente orgullosa.

Valeria evaluó la situación en tres segundos. Tomó su decisión.

—Clara primero —dijo, sin dirigirse a nadie en particular. Era una afirmación, no una consulta—. Aunque haya perdido el rango, es ciudadana libre. El protocolo de la corte establece su prioridad sobre un esclavo. Y la Reina querrá exhibir esa marca en la mejilla como advertencia. Necesita sobrevivir para eso. Nora, los maletines.

Trabajaron durante cuarenta minutos sobre Clara. Valeria limpió la quemadura con alcohol de hierbas, ignorando los gemidos de la mujer inconsciente. Con Nora sujetando el brazo, redujo la luxación del hombro: un movimiento rotatorio calculado, un crujido húmedo, y el hueso volvió a su cavidad articular. Inmovilizaron el miembro con tablillas de madera y lana limpia. Valeria suturó los bordes del tejido quemado con hilo de seda previamente embebido en tintura de adormidera, tensando la piel sana para cerrar el perímetro de la herida. Le administraron los elixires estándar de la enfermería real, y Clara cayó en un sueño profundo y químicamente asistido.

Mientras tanto, el tiempo trabajaba sin descanso contra Rodrigo.

La biomecánica de su posición era un estudio en tortura sostenida. Todo el peso de su cuerpo recaía sobre las falanges de los dedos de los pies. Los músculos de sus pantorrillas llevaban casi una hora en contracción máxima, y el ácido láctico acumulado había comenzado a producir calambres: sacudidas involuntarias que recorrían sus piernas desde el gemelo hasta el muslo. Cada vez que uno de esos calambres lo hacía flaquear y sus talones buscaban desesperadamente el suelo, la cadena se tensaba. El collar de castigo se cerraba. Los dientes de metal presionaban la laringe y cortaban el paso del aire, obligándolo a recuperar el equilibrio mediante puro terror a la asfixia.

A esa tortura del equilibrio se sumaba el peso constante del dispositivo de madera en sus genitales, que limitaba el flujo sanguíneo de forma progresiva. Y, por encima de todo, el catéter metálico. Frío ya, pero igualmente presente. Cada temblor de sus piernas, cada jadeo que movía su pelvis, hacía que las estrías del metal rasparan el tejido interno del canal urinario en carne viva. No era un dolor explosivo. Era un dolor sin pausa, sin atenuante, diseñado para erosionar la resistencia mental antes que la física.

Rodrigo sollozaba en silencio. Las lágrimas ya no le caían por las mejillas; se habían secado. Solo quedaba ese temblor constante, las rodillas vibrando con esfuerzo sobrehumano, y la mirada perdida en un punto fijo del suelo de piedra.

Valeria se levantó de Clara, se limpió las manos en un trapo de lino y se giró hacia el fondo de la sala. Lo que vio hizo que su expresión clínica se tensara. La piel del esclavo había adquirido ese tono grisáceo y translúcido que precede al síncope. Los labios tenían una tonalidad azulada. Las piernas temblaban con una violencia tal que parecía que los músculos fueran a rasgar la piel desde el interior. Estaba al borde del colapso circulatorio.

Caminó hacia el Pilar.

—Nora, el yodo. Y las correas del maletín secundario.

Irene se despegó de la pared antes de que Valeria llegara a la argolla. Se interpuso entre ella y la columna de piedra, con una mano en la empuñadura de la espada.

—La Reina ordenó que colgara de puntillas —dijo Irene—. Esa es la disposición del castigo. Si bajas esa cadena, estás contrariando un mandato real directo, sanadora.

Valeria se detuvo. Estudió la hoja que asomaba dos dedos de la vaina y los ojos de Irene, que no eran los ojos de alguien que hace una advertencia sino los de alguien que tiene intención de cumplirla. Conocía esa clase de guardia. Había aprendido hace tiempo que no se gana contra ellas por la fuerza, sino por la lógica.

—Guarda el acero, Irene —respondió con una voz que no subió un solo tono—. No voy a tocar esa cadena. Pero escúchame bien: si este hombre muere de asfixia en los próximos veinte minutos, o si hay que amputarle los testículos mañana porque la isquemia llegó demasiado lejos, serás tú quien tenga que explicarle a la Reina por qué su nuevo juguete quedó inservible antes de que pudiera disfrutarlo de verdad.

Un silencio breve. Irene no respondió, pero su mano se apartó de la empuñadura.

—La Reina ordenó que colgara de puntillas —repitió Irene, con bastante menos convicción que la primera vez.

—Y seguirá colgando de puntillas —dijo Valeria—. No voy a bajar la cadena del cuello. Voy a subir el suelo.

Irene parpadeó. No entendió de inmediato. Valeria no esperó a que lo hiciera.

—Nora. Ve al estrado. Trae todos los almohadones y las mantas que puedas cargar.

La aprendiza cruzó la sala a paso vivo y regresó cargada con una pila de cojines de terciopelo y mantas de lana gruesa que habitualmente adornaban el estrado desde el que la Reina Leonora presidía sus audiencias. Valeria las fue apilando con cuidado directamente bajo los pies de Rodrigo: una capa, dos capas, tres, ajustando la altura con la precisión de quien ha estudiado la mecánica del cuerpo humano durante dos décadas.

Los pies del esclavo rozaron la tela. Luego la presionaron. Sus talones encontraron apoyo.

Y en el mismo instante en que sus piernas cedieron el peso acumulado y la cadena del cuello se tensó, Rodrigo comenzó a asfixiarse en serio.

—Las correas —dijo Valeria sin alzar la voz.

Del maletín secundario extrajo unos arneses de cuero ancho, los mismos que utilizaba en el ala psiquiátrica para contener a los pacientes más agitados durante las intervenciones sin anestesia. Ella y Nora trabajaron con sincronización perfecta: pasaron las correas bajo las axilas del esclavo, las cruzaron por su espalda, las llevaron hasta la argolla superior del Pilar, la misma de la que pendía la cadena del cuello. Tiraron con fuerza. Ajustaron las hebillas de hierro con golpes secos.

El arnés improvisado redistribuyó el peso de su cuerpo.

Ahora, Rodrigo estaba suspendido por el torso, no por el cuello. La cadena seguía exactamente en la misma posición que Irene había dispuesto. Los pies del esclavo descansaban planos sobre la pila de mantas. El collar seguía rodeando su garganta, amenazante pero pasivo. Sus pulmones encontraron espacio para expandirse.

Rodrigo exhaló. Un sonido largo, roto, que era a la vez gemido de agotamiento absoluto y alivio involuntario. Su cabeza cayó hacia adelante, la barbilla apoyada en el pecho, agotado más allá de cualquier comprensión.

—Sigue colgado —dijo Valeria, mirando a Irene directamente a los ojos—. Y sigue atrapado. Pero ahora va a sobrevivir a esta noche. ¿Tienes alguna objeción técnica que puedas formular sin quedar como alguien que prefiere que el juguete de la Reina se estropee?

Irene resopló. Guardó la espada con un movimiento seco. No tenía ninguna objeción que pudiera articular en esos términos.

Valeria se arrodilló frente al esclavo.

—Sujeta los muslos, Irene —ordenó—. Si sus espasmos mueven la pelvis mientras trabajo, el daño será peor. Y si la infección se instala, el olor de la sepsis va a llenar este salón antes de que amanezca.

Irene maldijo en voz baja, pero se acercó y agarró los muslos de Rodrigo con ambas manos, inmovilizando su pelvis contra el Pilar de piedra.

Lo primero que hizo Valeria fue retirar el dispositivo de madera. Cuando los bloques se separaron, la sangre regresó de golpe a los tejidos que habían estado bajo presión durante demasiado tiempo. Rodrigo se retorció. El retorno del flujo sanguíneo a tejido isquémico es más doloroso que la compresión misma: miles de agujas encendidas clavándose en la carne sensible. Pero sin esa liberación, la necrosis era cuestión de horas, y sin funcionalidad genital, la Reina iba a perder interés en su nuevo esclavo antes de lo previsto.

Nora acercó una copa con una infusión espesa y humeante: raíz de valeriana, corteza de sauce, flor de amapola silvestre. Valeria levantó la cabeza de Rodrigo por el mentón y vertió el líquido amargo entre sus dientes. El esclavo tragó por instinto. El sedante tardaría unos minutos en hacer efecto completo, pero el sabor amargo lo anclaba al presente de una forma que los gritos ya no podían hacer.

—Esto va a doler más que todo lo anterior —dijo Valeria.

No era crueldad. Era información. Valeria nunca mentía a sus pacientes sobre el dolor que les esperaba. Era lo único que podía ofrecerles con honestidad.

Extrajo del maletín una jeringa de cristal grueso con cánula larga y roma, diseñada para irrigaciones internas, no para punciones. La llenó con una solución de yodo concentrado mezclado con extracto astringente de corteza de encina: un desinfectante de primera generación, brutal y definitivo, que eliminaba cualquier bacteria al contacto directo y producía un escozor que el tejido nervioso registra como quemadura química pura.

El catéter metálico llevaba horas dentro del canal urinario de Rodrigo, sin esterilizar, introducido sobre tejido ya dañado. Cada micro-movimiento había creado nuevas laceraciones a lo largo de todo el recorrido. Sin desbridamiento y desinfección inmediata, la sepsis urinaria llegaría a la vejiga en menos de cuarenta y ocho horas, y a los riñones antes del fin de semana. Un hombre sano podía morir de eso en tres días. Un hombre que ya estaba débil, en menos.

Valeria introdujo la punta de la cánula por el espacio mínimo que quedaba entre la carne y el catéter metálico. Rodrigo, bajo los primeros efectos de la valeriana, apenas reaccionó a la invasión.

Apretó el émbolo.

El yodo concentrado entró a presión en el canal. Frío, denso, químicamente agresivo. Empapó cada milímetro de tejido lacerado, penetró en las heridas abiertas, reaccionó con la sangre acumulada y con las bacterias que ya habían comenzado a colonizar el tejido interno.

El grito de Rodrigo no fue humano. Fue un sonido que venía de un lugar anterior al lenguaje, anterior incluso al pensamiento.

Su cuerpo entero se arqueó hacia adelante con una fuerza titánica. Las esposas mordieron las muñecas. Las correas de cuero crujieron bajo sus axilas. Sus pies resbalaron sobre los cojines de terciopelo. Irene tuvo que utilizar todo su peso corporal para que la pelvis no se zafara de su agarre. El grito se rompió en un estertor gorgoteante, las cuerdas vocales cediendo ante la violencia del esfuerzo, y un segundo después los ojos de Rodrigo se volvieron en blanco y su cuerpo se aflojó por completo.

El cerebro había cortado la conexión. El único mecanismo de defensa que le quedaba.

Valeria retiró la jeringa vacía. Un líquido amarronado, mezcla de yodo y plasma, comenzó a gotear lentamente desde la abertura del dispositivo de acero, cayendo sobre las mantas aristocráticas que ahora servían de plataforma al esclavo inconsciente.

—Ya está —dijo Valeria, guardando la jeringa en el maletín con la misma frialdad clínica con que había trabajado durante la última hora—. El tejido está esterilizado. El yodo quemará durante horas, incluso en la inconsciencia, pero le ha salvado la vida. Y le ha asegurado que conserve todo su funcionamiento para cuando la Reina decida hacer uso de él.

Se puso de pie. Se secó las manos en un trapo limpio. Miró el resultado de su trabajo con la expresión neutral de quien ha hecho lo que había que hacer.

Rodrigo colgaba inerte en el arnés de cuero, la barbilla clavada en el pecho, la respiración superficial pero regular.

Y en ese momento, cuando Valeria ya recogía el maletín para marcharse, las puertas del Salón de Audiencias se abrieron por segunda vez esa noche.

La Reina Leonora entró sola. Llevaba una bata larga de seda negra, ceñida a la cintura con un cordón de oro, y nada más. Los pechos blancos se marcaban contra la tela oscura, los pezones ya duros, las tetas pesadas moviéndose con cada paso de sus pies descalzos sobre el granito. Venía de la cama, o de camino a ella, y el olor de su piel llenaba el salón: aceite de nardos, vino tinto, coño caliente de mujer que no había terminado la noche.

—Majestad —Irene se puso firme al instante.

Leonora ni la miró. Caminó directo hacia el Pilar, evaluó el arnés, las mantas, el cuerpo colgante del esclavo. Después clavó los ojos en Valeria.

—Lo has salvado —dijo. No era una pregunta.

—Está funcional, majestad. Como lo quería.

La Reina asintió muy lentamente. Rodeó al esclavo. Le pasó una mano por el costado del torso, por las costillas marcadas, por el vientre plano y sudado. Bajó hasta el dispositivo de acero, todavía goteando yodo y plasma, y lo golpeó suavemente con un dedo. Rodrigo, inconsciente, se estremeció en el arnés.

—Sacádselo —ordenó—. El catéter, la jaula, todo. Quiero verle la polla.

Valeria intercambió una mirada con Nora. Se arrodilló de nuevo. Con manos rápidas liberó los cierres del dispositivo de acero y extrajo el catéter metálico estriado con un tirón firme y continuo. El canal urinario, ya esterilizado, sangró un poco, un hilo rosado que resbaló por la carne y goteó al suelo. La polla de Rodrigo, libre por primera vez en horas, colgaba flácida y magullada, con marcas moradas donde el dispositivo la había estrangulado.

—Despertadlo —dijo Leonora.

—Majestad, acaba de perder la consciencia por shock. Si lo despertamos ahora, el corazón podría…

—Despertadlo —repitió la Reina, sin subir el tono. No hacía falta.

Nora rompió un pequeño frasco de sales bajo la nariz del esclavo. Rodrigo tosió, se atragantó, gimió. Los ojos se le abrieron desorbitados, sin comprender dónde estaba. Después vio a la Reina y todo su cuerpo se contrajo en un temblor de terror puro.

—Aquí estoy —dijo Leonora con dulzura obscena, cogiéndole la barbilla—. Aquí estoy, mi juguete nuevo. Has sobrevivido. Muy bien. Ahora vamos a ver para qué sirves.

Se aflojó el cordón de la bata. La seda negra se abrió y cayó por los hombros hasta los codos, dejando al descubierto las tetas grandes y firmes, la cintura estrecha, el triángulo oscuro entre los muslos. La Reina no se molestó en quitársela del todo. Tomó la mano de Irene y se la puso sobre un pecho. —Ordéñame el pezón mientras miro —le dijo—. Y tú, sanadora, no te vayas. Puede que te necesite otra vez.

Irene obedeció al instante. Empezó a amasar la teta de la Reina con la palma abierta, pellizcando el pezón entre dos dedos, retorciéndolo con la práctica de quien ya ha hecho eso muchas noches. Leonora dejó escapar un suspiro ronco y bajó la otra mano hasta su propio coño, separándose los labios con dos dedos, mostrando el rosa mojado a la luz de las antorchas.

—Mira, esclavo —dijo, acercándose al rostro de Rodrigo—. Mira lo que va a usarte esta noche.

Rodrigo miraba porque no podía hacer otra cosa. Su polla, magullada y todo, empezó a hincharse contra su voluntad. La sangre volvía a los tejidos liberados y el pene se le llenaba a pesar del dolor, a pesar del yodo que le quemaba por dentro, a pesar del terror. Se odió por ello. Los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez.

Leonora sonrió al verlo endurecerse.

—Buen chico. El cuerpo sabe a quién pertenece antes que la cabeza.

Se acercó más. Tomó la polla de Rodrigo en su puño y la apretó, sin cuidado alguno de los moratones. Rodrigo gimió, un gemido roto que era mitad dolor y mitad excitación forzada. La Reina lo masturbó con movimientos secos, escupiendo en la palma para lubricar, arrancando la piel adolorida arriba y abajo hasta que la verga estuvo dura del todo, roja, hinchada, palpitando en su mano.

—Sanadora —dijo Leonora sin volverse—. ¿Aguanta un polvo?

Valeria dio un paso al frente, profesional hasta el hueso.

—El tejido interno acaba de ser esterilizado, majestad. Si eyacula, el ardor será extremo. Pero no morirá.

—Perfecto.

La Reina soltó la polla, se dio la vuelta y se apoyó de espaldas contra el pecho del esclavo colgado. La seda negra le resbaló del todo y cayó al suelo. Desnuda contra Rodrigo, se restregó el culo contra su vientre, buscando la verga endurecida entre las nalgas. Se puso de puntillas, levantó una pierna, y con la mano guio la punta hasta la entrada de su coño.

—Irene, sostenme el muslo.

Irene se agachó y le sujetó el muslo derecho en alto, abriéndole el coño al esclavo colgado. Leonora bajó la cadera de golpe. La polla de Rodrigo se hundió entera dentro de ella de una sola embestida.

El grito que salió de la garganta del esclavo fue de puro suplicio: la carne interna, en carne viva por el yodo, entró en contacto con el calor apretado y mojado del coño real y la mezcla de placer y quemadura le nubló la vista. Leonora, en cambio, echó la cabeza atrás y gimió largo, ronco, satisfecho.

—Ahí está —jadeó—. Ahí está la polla que me debías, esclavo.

Empezó a moverse. No como una amante: como una reina. Se empaló ella sola, arriba y abajo, usando el arnés que sostenía a Rodrigo como punto de apoyo, cabalgándolo colgado del Pilar. El culo blanco le rebotaba contra el vientre del hombre. Las tetas se le sacudían. Irene, arrodillada al lado, seguía apretándole el pezón con una mano y con la otra le frotaba el clítoris a la Reina, en círculos rápidos, expertos.

—Más fuerte, Irene, más fuerte el clítoris… —jadeaba Leonora—. Y tú, esclavo, ni se te ocurra correrte todavía. Si te corres antes que yo, te juro que mañana Valeria vuelve a meterte ese catéter y te lo deja una semana entera.

Rodrigo sollozaba mientras la reina lo follaba. Cada bajada de la cadera de Leonora le arrancaba un espasmo de dolor puro por el yodo que le quemaba el canal, y a la vez le arrancaba una oleada de placer que no podía controlar. Las paredes del coño real lo apretaban, lo ordeñaban, lo aplastaban contra el fondo mojado. El sudor le corría por el pecho, se mezclaba con el sudor de la espalda de la Reina, y las correas de cuero crujían con cada embestida.

Valeria observaba desde dos pasos atrás con la misma expresión neutral con la que había suturado a Clara. Nora, a su lado, se había quedado muy quieta, muy pálida, agarrando el maletín con las dos manos. La sanadora le puso una mano en el hombro sin apartar la vista de la escena.

—Respira por la boca —le dijo bajo—. Y mira. Esto también es parte del oficio.

Leonora aceleró. El sonido húmedo del coño ensartándose en la polla del esclavo llenaba todo el salón, mezclado con el goteo del yodo, con los jadeos guturales de la Reina, con los sollozos de Rodrigo. Irene le frotaba el clítoris cada vez más rápido. Leonora empezó a temblar. Los muslos le empezaron a fallar. Se agarró con una mano al collar de acero del esclavo, tirando de él hacia abajo, cerrándole otra vez el paso del aire mientras se corría. —Ahora —gruñó—. Córrete ahora, esclavo, córrete dentro de mí, lléname el coño, ¡AHORA!

Rodrigo se corrió porque no le quedó otra. El orgasmo le explotó desde la base de la polla, subió por el canal urinario destrozado y el yodo le convirtió cada contracción en una descarga de fuego blanco. Chorreó dentro de la Reina entre gritos de agonía y placer entremezclados, la garganta cerrada por el collar, los ojos otra vez en blanco. Leonora se corrió al mismo tiempo, apretándose contra él, las paredes del coño estrujándole la verga hasta la última gota de semen.

Se quedó así unos segundos, ensartada, respirando fuerte, la frente apoyada en el pecho sudoroso del esclavo. Después se levantó despacio, dejando que la polla de Rodrigo saliera de ella con un chasquido húmedo. Un hilo espeso de semen mezclado con flujo le bajó por el interior del muslo hasta la rodilla.

Irene, sin necesidad de recibir la orden, se arrodilló entre las piernas de la Reina y le lamió el coño limpio, tragándose el semen del esclavo directamente de ahí. Leonora suspiró satisfecha y le acarició la cabeza a su guardia como se acaricia a un perro bien entrenado.

—Buena chica —dijo—. Y tú, sanadora, gracias por el trabajo. Mañana quiero que vuelvas y me lo revises. Voy a usarlo cada noche esta semana. Necesito que aguante.

—Sí, majestad.

Leonora se agachó, recogió la bata de seda negra, se la echó por encima sin molestarse en cerrarla. Se acercó una última vez al oído de Rodrigo, que colgaba semiinconsciente, con la polla escurriendo semen y sangre sobre las mantas.

—Ahora ya sabes —susurró—. Bienvenido a tu trabajo.

Y salió del salón con Irene detrás, dejando el eco de sus pies descalzos sobre el granito.

Valeria esperó a que la puerta se cerrara. Después se acercó al esclavo, le limpió la polla con un paño húmedo, revisó el canal urinario y la temperatura de la piel. Ajustó el arnés para que pudiera dormir sin ahogarse. Reordenó las mantas bajo sus pies.

—No me gusta cómo ha quedado esto —murmuró Nora en la penumbra.

—No tiene que gustarnos —respondió Valeria, recogiendo sus maletines—. Solo tiene que sobrevivir. Y sobrevivir es lo que hemos hecho posible esta noche.

Recogió las cosas, hizo una señal a Nora, y ambas caminaron hacia la puerta sin mirar atrás. El sonido de sus pasos sobre las losas fue apagándose hasta perderse al otro lado de las puertas de roble.

En el Salón de Audiencias, bajo la luz de las antorchas que comenzaban a consumirse, Rodrigo colgaba en su arnés improvisado. Vivo, semiinconsciente, con el fuego del yodo recorriéndole las entrañas en silencio y el semen todavía escurriéndole de la polla. El amanecer traería a la Reina otra vez. Y con la Reina, vendría todo lo demás.

Por ahora, respiraba.

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Comentarios(8)

NachoCba

Buenisimo!! de los mejores que lei en esta categoria, gracias

KarenMDP

Espero que haya segunda parte, me quede con ganas de mas. Muy atrapante!

Gonzalo_P77

El contexto medieval le da un toque que no es comun encontrar. Me gusto mucho como manejaste la tension entre los personajes, muy bien logrado

Mili_BA

tremendo... quiero mas

NightReader88

Pocas veces un relato me atrapa tan rapido desde el primer parrafo. La tension entre el deber y el deseo es lo que realmente engancha, no solo el ambiente. Ojalá escribas mas con esta ambientación, tiene mucho potencial.

Roxana_M

Tengo curiosidad si planeás continuar con estos personajes o fue algo puntual. De cualquier forma quedo increible!

Miguelón77

jajaja que forma de aliviar tensiones en el medioevo, muy bueno

Marce2116

Que buena ambientacion, te sentis dentro del castillo. Bien escrito y con buen ritmo. Seguí!

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