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Relatos Ardientes

Lo que guardaba en el bolso no era un regalo

4.5(50)

Diego llevaba dieciséis años enviando mensajes a esa dirección. Primero fue un foro de cine, después un chat de voz, después el número de Telegram que Carla le dio cuando los servidores empezaron a vaciarse. Dieciséis años de conversaciones que comenzaban tarde y terminaban cuando la pantalla se apagaba sola. Habían hablado de todo: de películas, de música, de miedos que ninguno de los dos habría confesado en voz alta a nadie más. Pero nunca se habían visto.

Hasta hoy.

El punto de encuentro era una cafetería junto a la estación de metro, en el centro de Valencia. Diego llegó diez minutos antes, pidió un café que no llegó a terminar y eligió la mesa más alejada del interior. Sabía que entre ellos no iba a pasar nada. Carla se lo había dejado claro en más de una ocasión, sin rodeos y sin crueldad: eran amigos. Buenos amigos. Y eso era todo lo que podían ser. Diego lo aceptaba. O al menos eso se decía a sí mismo, aunque las pocas veces que se había pajeado pensando en su voz no eran un dato menor.

Cuando la vio cruzar la calle, se quedó sin palabras.

Carla llevaba un vestido rojo. No el rojo discreto de una cena de trabajo, sino un rojo que pedía atención y la exigía. El tejido Diego lo identificó antes de que ella llegara a la mesa: PVC. Brillante, estructurado, ajustado a su cuerpo como si alguien lo hubiera fabricado directamente sobre su piel. Las tetas se le marcaban bajo la tela tensa, sin sujetador, los pezones erectos perforando el plástico como dos botones duros. El vestido terminaba muy por encima de las rodillas, y los muslos brillaban bajo el sol de la tarde como si los hubieran barnizado. Había mencionado ese fetiche una sola vez, en un mensaje enviado a las tres de la madrugada, en ese tono de confesión que tiene la oscuridad. Carla lo había leído. Carla lo recordaba.

—Llevas años hablando del cine —dijo ella en lugar de saludarlo, con esa voz que Diego conocía de los audios de Telegram y que en persona resultaba más grave, más deliberada—. Hoy vamos al cine.

Le dio los dos besos protocolarios. Diego sintió el roce del PVC en el brazo cuando ella se inclinó, y la polla se le movió dentro del pantalón antes de que su mente pudiera intervenir. Notó cómo se le hinchaba contra la cremallera, gruesa y absolutamente fuera de control, y rezó para que el corte del pantalón disimulara el bulto.

—Sí —logró decir—. Al cine.

Caminaron hasta el coche de Diego. Él condujo siguiendo las indicaciones de ella, que señalaba cada desvío con un dedo de uña pintada en negro. A Diego le costaba mantener los ojos en la carretera. Los muslos de Carla, cubiertos por ese tejido brillante, captaban la luz de cada farola, y él tenía que recordarse que eran amigos. Solo amigos. Aunque la polla, ya completamente dura dentro del pantalón, opinara lo contrario.

—Para aquí —dijo Carla cuando llegaron al parking de un centro comercial a las afueras—. En el fondo. Donde no haya nadie.

Diego obedeció sin preguntar por qué. Aparcó en el rincón más alejado, junto a una columna y una furgoneta de reparto. Apagó el motor. Carla no se movió. Se quedó mirando al frente, con las manos cruzadas sobre el bolso en el regazo, y cuando habló, su tono había cambiado por completo.

—Diego. Necesito que me escuches con atención.

Él la miró. Algo en su expresión había cambiado. Los ojos marrones que él asociaba con conversaciones largas y risas de madrugada parecían ahora más fríos, más calculados. Era la misma Carla, pero también era otra.

—Sé perfectamente lo que piensas cuando me miras —dijo—. Sé que la tienes empalmada desde que crucé la calle. Sé que llevas dieciséis años pajeándote pensando en mí, así que no me mientas. Y antes de que esta tarde se malinterprete, voy a asegurarme de que todo quede muy claro entre nosotros.

Diego sintió que la cara le ardía. No supo qué contestar. No hizo falta.

Abrió el bolso. Diego esperaba cualquier cosa: un teléfono, unas llaves, un pañuelo. No esperaba lo que Carla sacó con ambas manos y depositó sobre su propio regazo con toda la calma del mundo.

Era una jaula de castidad. Pequeña, cromada, con un acabado que no tenía nada que ver con los artilugios baratos que Diego había visto en internet en noches de insomnio mientras se la cascaba. Esta era diferente. Pesada. Seria. El tipo de objeto que no deja ninguna duda sobre su propósito. El anillo de la base era grueso, los barrotes curvados terminaban en un pequeño orificio para mear, y el candado era minúsculo pero inequívoco.

Diego sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Y al mismo tiempo, contra toda lógica, la polla le dio un latigazo dentro del pantalón.

—Tienes cinco minutos —dijo Carla—. Los baños del centro comercial están a la izquierda según entras. Si tardas más de eso, me marcho. Y me llevo la llave conmigo.—Hizo una pausa breve—. Y te aviso: esta jaula no es como las de catálogo barato. Esta es especial. Vas a notar por qué dentro de un rato.

Diego abrió la boca. Quería decir que no hacía falta, que ella podía confiar en él, que no había traído condones porque ni siquiera se le había pasado por la cabeza que fuera a pasar algo. Pero mientras intentaba encontrar las palabras, su cuerpo ya había tomado la decisión por él. Notó calor en las mejillas. Notó también, con una vergüenza que no supo adónde dirigir, que la verga llevaba varios segundos haciéndole saber exactamente lo que sentía al respecto, hinchada y dura y pulsando contra la tela.

Salió del coche con la jaula en el bolsillo del pantalón, andando rígido para disimular el bulto.

Los baños del centro comercial olían a desinfectante de pino. Diego entró al primer cubículo libre, echó el cerrojo y se quedó de pie con la jaula en la mano. El corazón le latía en las sienes. Todos los argumentos racionales se habían evaporado. Solo quedaba eso: el peso frío del metal entre los dedos y la conciencia nítida de que Carla contaba los minutos.

Se desabrochó el cinturón. Se bajó el pantalón y el calzoncillo hasta los muslos. La polla saltó hacia fuera completamente dura, gruesa, con la cabeza brillante y un hilo de presemen colgándole de la punta. Diego la miró un segundo con una mezcla de orgullo y resignación: nunca había estado tan empalmado en su vida, y precisamente esa erección era el problema. La jaula no entraba. Tenía que bajársela.

Cerró los ojos. Intentó pensar en cosas neutras, en facturas, en su jefe, en lo que iba a cenar. La polla no le hizo caso. Tuvo que apretarse los huevos con la mano izquierda, dolorosamente, para distraer al cuerpo de lo que el cuerpo quería. Tardó dos minutos largos en que la verga se rindiera y bajara lo suficiente.

Pasó el anillo grueso por detrás de los testículos, uno a uno, con cuidado. El metal estaba helado y la piel se le contrajo al contacto. Después introdujo la polla, todavía semiblanda, dentro del tubo cromado. Encajaba con una precisión que daba mala impresión: como si alguien hubiera tomado las medidas con antelación. Aunque eso era imposible. ¿O no?

Encajó la pieza inferior con la superior. Pasó el candado por los orificios. El click metálico al cerrarse fue uno de los sonidos más nítidos que Diego había escuchado en su vida. Resonó dentro del cubículo, dentro del estómago, dentro de toda la conciencia que le quedaba.

Intentó moverse. La jaula tenía un peso que no había anticipado. Pendía entre sus piernas como un objeto extraño, un órgano nuevo que no le pertenecía del todo. Y dentro, ya empezaba a sentirlo: cuando intentó empalmarse de nuevo —solo para comprobarlo, por curiosidad casi clínica—, la polla chocó contra los barrotes y un dolor sordo le subió por el bajo vientre. Era especial, sí. Era inflexible. No había manera de crecer ahí dentro.

Se subió el calzoncillo, el pantalón, el cinturón. Salió cuatro minutos y medio después de haber entrado.

Se lavó las manos sin mirarse en el espejo. Caminó de vuelta al parking con la cabeza baja, consciente de cada paso, de cada rozamiento del tejido contra el metal, del peso nuevo que le tiraba ligeramente del paquete con cada zancada. Llegó a donde había aparcado y se detuvo en seco.

El coche no estaba.

Diego miró a su alrededor. Contó las columnas. No se había equivocado de planta. El coche no estaba. Y el teléfono, que había dejado en el compartimento de la puerta, tampoco.

Tardó exactamente ocho segundos en comprender lo que acababa de ocurrir.

Luego escuchó el claxon. Un sonido seco que resonó por todo el nivel del parking. Diego se giró y vio su coche tres plazas más arriba, con Carla detrás del volante. Ella se reía con ganas, con una carcajada abierta que él nunca le había escuchado antes. Con la mano derecha sostenía algo frente al cristal, haciéndolo girar para que Diego lo viera bien bajo las luces de neón.

La llave de la jaula.

Diego caminó hacia el coche con las piernas que no le respondían del todo. Se subió al asiento del copiloto. Carla ya no se reía, pero la sonrisa seguía instalada en la comisura de sus labios como si fuera permanente.

—¿Ya la tienes puesta? —preguntó sin mirarlo.

—Sí.

—Enséñamela.

Diego se desabrochó el pantalón en el asiento del copiloto, con el corazón en la boca, y se bajó la cremallera. Carla giró la cabeza, miró la jaula cromada apretada contra el calzoncillo bajado y asintió despacio.

—Bonita —dijo—. Te queda bien.

Estiró la mano y le dio dos golpecitos secos al metal con la uña. El sonido fue diminuto y a Diego le retumbó en la cabeza.

—Súbete el pantalón. Vamos al cine.

***

La sala estaba casi vacía cuando llegaron. Una pareja en la última fila. Un hombre mayor hacia el centro. Carla eligió los asientos del extremo, los más alejados de los demás. Cuando se sentaron, la jaula ya llevaba suficiente tiempo puesta como para que Diego entendiera con exactitud qué significaba no tener ningún control sobre la situación. La polla intentaba hincharse cada vez que el muslo de Carla rozaba el suyo y cada vez chocaba contra los barrotes con un dolor sordo que era casi peor que el placer.

Las luces bajaron despacio. La película, una de acción que Diego había elegido semanas antes sin imaginar que la vería en estas circunstancias, comenzó con una secuencia de persecución que nadie en la sala prestó atención.

Diego menos que nadie.

Carla se inclinó hacia él cuando la pantalla llenó la sala de ruido.

—Antes de que esto arranque del todo —susurró—, hay una cosa más.

Sacó algo del bolso. Un paquete pequeño, envuelto sin mucho cuidado, y junto a él un tubito de lubricante. Diego lo miró sin entender todavía.

—Vas al baño y te pones esto —dijo ella—. El lubricante, con cuidado. No quiero que salgas con el pantalón manchado.—Hizo una pausa calculada—. Eso sería una lástima para los dos.

Diego abrió el paquete en la penumbra. Necesitó un momento para identificar lo que tenía entre las manos. Cuando lo identificó, tuvo que llevarse el puño a la boca para controlar el sonido que quería salir de su garganta.

Era un butt plug. No pequeño. No el tipo que uno elegiría por su cuenta la primera vez. Negro, con base de silicona ancha y un cuerpo que se iba estrechando hacia la punta pero que en el medio tenía un grosor que a Diego le hizo apretar los dientes. Y en la base, un pequeño cilindro de plástico delataba lo que era: vibrador. Con receptor a distancia, sin duda.

—Tienes hasta que terminen los tráilers —dijo Carla, y volvió a mirar la pantalla como si nada.

Diego se levantó.

El pasillo hacia los baños le parecía más largo que nunca. Caminó con el paquete bajo el brazo, sintiendo que llevaba escrito en la frente lo que iba a hacer, aunque nadie le prestara la menor atención. Entró al cubículo del fondo, echó el cerrojo y apoyó la espalda contra la puerta un momento antes de empezar.

El espacio era reducido. La jaula complicaba cualquier movimiento. Se desabrochó el cinturón otra vez, se bajó los pantalones, se quitó el calzoncillo del todo y lo dejó colgando de una rodilla. Abrió el tubo de lubricante. Echó una buena cantidad sobre el plug, lo embadurnó con la mano hasta que la silicona quedó resbaladiza, y después se untó los dedos.

Se inclinó hacia delante, apoyando una mano contra la pared del cubículo. Con la otra se separó una nalga y se llevó los dedos al culo. El lubricante estaba frío. Cerró los ojos cuando el primer dedo entró. Apretado. Tenso. Se obligó a relajar el esfínter mientras movía el dedo en pequeños círculos. Después metió un segundo dedo. La sensación de invasión era doble: el frío del lubricante y la conciencia de que aquello era solo el calentamiento.

Sacó los dedos. Cogió el plug. Se lo apoyó contra el culo y empezó a empujar.

La punta entró sin problema. Pero cuando llegó al grosor máximo, el cuerpo se le tensó por instinto y tuvo que detenerse. Respiró hondo. Empujó otra vez, más despacio, mordiéndose el labio inferior. El esfínter cedió de pronto y el plug se tragó hasta la base con un movimiento brusco que le hizo soltar un gemido ahogado contra la pared del cubículo. Se quedó inclinado, con las manos apoyadas, sintiendo el grosor sólido instalado dentro de él, llenándolo, presionando contra puntos que no sabía que tenía.

La polla intentó endurecerse dentro de la jaula. El dolor de los barrotes le devolvió a la realidad.

Tardó otro minuto en recomponerse. Se limpió como pudo, se subió el calzoncillo y el pantalón, abrochó el cinturón. Cada movimiento desplazaba el plug un milímetro dentro de él y el cerebro le mandaba descargas confusas a la entrepierna que la jaula no le dejaba descargar.

Cuando terminó y abrochó el cinturón, algo había cambiado en la forma en que percibía su propio cuerpo. Cada paso de vuelta a la sala fue diferente al anterior. El plug era constante, irrefutable, imposible de ignorar. Caminaba con las piernas ligeramente abiertas y rezaba para que nadie lo notara.

Carla lo miró cuando se sentó. No dijo nada. Solo asintió, una vez, breve, como si una hipótesis hubiera quedado confirmada. Después, sin apartar los ojos de la pantalla, alargó la mano y le apretó el muslo. Diego sintió el calor de la palma a través del pantalón y la verga le dio otro latigazo inútil contra el metal.

—Buen chico —dijo Carla en un susurro—. Lo tienes dentro entero, ¿no?

—Sí.

—Bien.

La película llevaba veinte minutos cuando Diego sintió la vibración.

No era intensa al principio. Era apenas un zumbido, lo justo para que Diego tuviera que hacer un esfuerzo consciente para no reaccionar. Pero ese zumbido estaba ahí dentro, vibrando contra su próstata, contra cada nervio del culo, y la polla se le hinchaba dentro de la jaula con cada onda. Miró a Carla de reojo. Ella tenía el teléfono en la mano, pantalla orientada hacia ella, y no le devolvió la mirada. Manejaba los controles con el pulgar como si estuviera contestando un mensaje.

La vibración aumentó.

Diego apretó los brazos del asiento. En la pantalla, alguien perseguía a alguien por los tejados de una ciudad que no llegó a identificar. El sonido de la sala cubría todo. La vibración seguía subiendo, regular, sin pausa. El plug le presionaba la próstata con cada pulso y la polla, que llevaba más de una hora intentando empalmarse, había empezado a soltar presemen contra el metal de la jaula. Diego notaba la humedad chorreando por la base del tubo, manchándole el calzoncillo.

—Carla —dijo, muy bajo.

—Calla —respondió ella, sin apartar los ojos de la pantalla.

—Carla, por favor.

Ella se inclinó hacia él, sin dejar de mirar la pantalla, y le habló al oído con una voz tan baja y tan tranquila que parecía estar contándole una receta de cocina.

—¿Por favor qué? ¿Por favor que pare? ¿Por favor que suba más? Dime con palabras lo que quieres, Diego. Dime que tienes la polla intentando empalmarse en una jaula que no te deja. Dime que tienes el culo lleno y que se te está cayendo el presemen por dentro del pantalón. Pero no me digas «por favor» como si yo fuera a hacer algo distinto a lo que ya estoy haciendo.

Diego cerró los ojos. La cabeza le daba vueltas. Quería suplicarle que parara y al mismo tiempo quería pedirle que le subiera al máximo.

—Por favor… más.

Carla sonrió. Subió un escalón. El plug pasó de un zumbido constante a pulsos más fuertes, ondas rítmicas que le abrazaban la próstata de dentro hacia fuera. Diego se mordió la mejilla por dentro hasta que notó el sabor a hierro.

—Mírame —susurró Carla.

Él giró la cara. Ella tenía los ojos clavados en él, ya no en la pantalla. La luz de la película le iluminaba la cara a destellos. El vestido de PVC reflejaba cada flash como si fuera una segunda piel pulida.

—¿Te das cuenta de lo que estoy haciendo contigo? —dijo, muy bajito—. Te tengo la polla cerrada en una jaula. Te tengo el culo lleno de un plug que vibra cuando yo quiero. Y dentro de un par de minutos te vas a correr así, dentro de la jaula, sin tocarte, sin poder ponerte dura, sin nada. Te vas a correr en mi puño cerrado, Diego. Como te llevo doce años imaginando.

—Joder.

—Calla. Y aguanta hasta que yo te diga.

Intentó pensar en el parking, en el frío del metal, en cualquier cosa que no fuera la presión constante y rítmica que no le dejaba ninguna salida. La jaula hacía su trabajo con precisión. No había escapatoria posible en ninguna dirección. Su cuerpo estaba atrapado entre las dos piezas de metal y la voluntad de Carla, y esa combinación resultaba imposible de sostener durante demasiado tiempo. El plug seguía latiendo dentro de él, golpe tras golpe contra el punto exacto, y cada golpe le subía una corriente por la columna que no sabía cómo descargar.

—Ahora —dijo Carla al oído—. Córrete ahora.

Cuando ocurrió, fue sin aviso. Un espasmo que recorrió todo su cuerpo de abajo arriba. Diego se llevó el puño a los dientes para no emitir ningún sonido. La pantalla frente a él se volvió borrosa durante unos segundos. La polla, atrapada y blanda dentro de la jaula, empezó a soltar semen sin contraerse, sin embestir, sin nada de lo que un orgasmo normal tenía: solo un goteo espeso, abundante, que chorreaba a través de los barrotes y le empapaba el calzoncillo y la entrepierna del pantalón. Era una corrida arruinada, lenta, larguísima, que no terminaba de descargar del todo y que le dejaba el cuerpo sacudiéndose en pequeñas convulsiones sin la liberación final.

Carla bajó el teléfono.

Se volvió hacia él con una calma que resultaba casi cruel. Deslizó la mano dentro de la ropa de Diego sin apresurarse, sin comprobar si alguien miraba. Le metió los dedos por la cintura del pantalón, los pasó por encima de la jaula —Diego ahogó un gemido cuando el roce le tocó la polla todavía sensible— y los empapó del semen tibio que seguía chorreando por todas partes. Después sacó la mano despacio, con dos dedos brillantes y pegajosos a la luz tenue de la pantalla.

Carla extendió los dedos frente a él.

Diego no esperó a que ella dijera nada. Empezó a lamerle los dedos despacio, uno a uno, mientras en la pantalla la película continuaba sin él. El sabor de su propio semen le invadió la boca, salado, espeso, ligeramente amargo. Carla le metió los dos dedos hasta el fondo y él los chupó como si le fuera la vida en ello, con la lengua girando alrededor, succionando, limpiándolos del todo.

—Bien hecho —dijo Carla, en voz muy baja. No había ironía en el tono. Solo una constatación fría, casi satisfecha—. Muy bien hecho. Tragado todo. Como te corresponde.

Subió las vibraciones al máximo.

Diego agarró el brazo del asiento con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La polla, hipersensible después de correrse, seguía intentando empalmarse contra los barrotes de la jaula y cada pulso del plug era ahora una puñalada de placer y dolor mezclados que no podía procesar. Notó que se le caía una segunda oleada de semen residual por la entrepierna y se mordió el dorso de la mano para no gemir en alto.

—Por favor —susurró—, por favor, ya no…

—Chist. Tres minutos más. Y como te muevas otra vez, son cinco.

Carla se recostó en la butaca con toda la tranquilidad del mundo, cruzó las piernas y dirigió la vista hacia la pantalla. En ese instante, con las luces de la sala proyectando sombras sobre su perfil y el vestido de PVC brillando en cada destello de la película, Diego entendió algo que no había entendido en dieciséis años de conversaciones.

La dulzura de Carla era real. Y al mismo tiempo era exactamente lo que el título prometía: no debía haberle engañado.

Cuando finalmente bajó la intensidad, Diego estaba empapado en sudor frío, con el pantalón calado por dentro y el plug todavía vibrando suave contra una próstata que ya no sabía si quería más o quería menos. Carla le acarició el muslo una vez con la palma abierta. Un gesto casi maternal, después de todo lo otro.

—Queda hora y media —dijo ella—. Intenta prestar atención a la película.

Diego no prestó atención a la película. Durante el resto de la proyección, Carla jugó con el mando del plug a intervalos irregulares: lo encendía treinta segundos, lo apagaba, esperaba diez minutos, lo volvía a encender. Le mantuvo la polla intentando empalmarse contra los barrotes durante una hora y media, soltando hilos de presemen residual sin parar, con el culo permanentemente tensado alrededor de un plug que no se callaba nunca.

***

Cuando salieron al pasillo, la luz artificial era demasiado intensa después de tanto tiempo en la oscuridad. Diego caminó junto a Carla hacia la salida, consciente de cada paso, del frío del parking que empezaba a filtrarse por las puertas automáticas. El plug seguía dentro de él, ahora apagado pero sólidamente presente. Los calzoncillos estaban empapados de semen seco que se le pegaba al muslo con cada paso.

En el aparcamiento, bajo las luces de sodio naranja, Carla se detuvo junto al coche y lo miró por primera vez desde que habían salido de la sala. No era la mirada calculada de antes. Era la otra mirada, la de Telegram, la de las noches largas.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dijo Diego.

—Bien.

Ella abrió el bolso y le devolvió las llaves del coche. Las llaves de la jaula no las sacó. Él sabía que no lo haría todavía. Carla no cambiaba las condiciones a mitad del camino: había dicho que no hasta llegar a casa, y eso era lo que iba a ocurrir.

Entraron al coche. Diego puso el motor en marcha. El asiento presionaba contra el plug y él tuvo que reajustar la posición en silencio.

Carla miraba la carretera.

—La semana que viene —dijo, como si retomara una conversación interrumpida hace un momento— hay una película francesa que me interesa ver.

Diego la miró de reojo.

—¿En versión original?

—Por supuesto.

Diego asintió y volvió a mirar al frente. Valencia pasaba por la ventanilla en forma de semáforos y escaparates cerrados. Pensó en el parking, en los baños del cine, en el peso de la jaula cromada y en los dieciséis años que habían llevado hasta este asiento, esta noche, esta carretera.

—Puedo buscar horarios mañana —dijo.

Carla sonrió. No fue la sonrisa diabólica de la sala oscura. Fue algo más pequeño, más privado, más parecido a la persona que él había conocido al otro lado de una pantalla durante la mitad de su vida.

—Eso —dijo ella—. Busca horarios.

Condujeron en silencio. Diego pensó que quería dar las gracias, aunque no sabía exactamente por qué ni cómo formularlo sin que sonara extraño.

—Gracias —dijo al final.

Carla no respondió de inmediato. Dejó pasar dos semáforos en verde.

—Todavía no —dijo—. Todavía no me des las gracias.

Diego no preguntó por qué. Tampoco hacía falta.

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4.5(50)

Comentarios(8)

Marito77

ufff que comienzo tan bueno!!! me atrapó desde el primer parrafo

RobertoMdq

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo jaja

Janet

Muy bien escrito, se siente la tension de Diego sin que lo digan explicitamente. Sigue publicando!

LectorNocturno

jajaja la cara de Diego cuando abrio el bolso me la imagino perfectamente, tremendo

CamiloBaires

que intriga!! quede con ganas de saber que habia adentro. increible como engancha

Gonzalo_81

Excelente. Uno de los mejores que lei en mucho tiempo por aca

MiriamV_ok

Me gusto que no se apura, la tension va subiendo sola. Se hizo corto :)

Partenon

Saludos desde España, muy buen relato. Esperando ansioso el siguiente!!

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