Lo que guardaba en el bolso no era un regalo
Diego llevaba dieciséis años enviando mensajes a esa dirección. Primero fue un foro de cine, después un chat de voz, después el número de Telegram que Carla le dio cuando los servidores empezaron a vaciarse. Dieciséis años de conversaciones que comenzaban tarde y terminaban cuando la pantalla se apagaba sola. Habían hablado de todo: de películas, de música, de miedos que ninguno de los dos habría confesado en voz alta a nadie más. Pero nunca se habían visto.
Hasta hoy.
El punto de encuentro era una cafetería junto a la estación de metro, en el centro de Valencia. Diego llegó diez minutos antes, pidió un café que no llegó a terminar y eligió la mesa más alejada del interior. Sabía que entre ellos no iba a pasar nada. Carla se lo había dejado claro en más de una ocasión, sin rodeos y sin crueldad: eran amigos. Buenos amigos. Y eso era todo lo que podían ser. Diego lo aceptaba. O al menos eso se decía a sí mismo.
Cuando la vio cruzar la calle, se quedó sin palabras.
Carla llevaba un vestido rojo. No el rojo discreto de una cena de trabajo, sino un rojo que pedía atención y la exigía. El tejido Diego lo identificó antes de que ella llegara a la mesa: PVC. Brillante, estructurado, ajustado a su cuerpo como si alguien lo hubiera fabricado directamente sobre su piel. Había mencionado ese fetiche una sola vez, en un mensaje enviado a las tres de la madrugada, en ese tono de confesión que tiene la oscuridad. Carla lo había leído. Carla lo recordaba.
—Llevas años hablando del cine —dijo ella en lugar de saludarlo, con esa voz que Diego conocía de los audios de Telegram y que en persona resultaba más grave, más deliberada—. Hoy vamos al cine.
Le dio los dos besos protocolarios. Diego sintió el roce del PVC en el brazo cuando ella se inclinó, y algo en su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera intervenir.
—Sí —logró decir—. Al cine.
Caminaron hasta el coche de Diego. Él condujo siguiendo las indicaciones de ella, que señalaba cada desvío con un dedo de uña pintada en negro. A Diego le costaba mantener los ojos en la carretera. Los muslos de Carla, cubiertos por ese tejido brillante, captaban la luz de cada farola, y él tenía que recordarse que eran amigos. Solo amigos.
—Para aquí —dijo Carla cuando llegaron al parking de un centro comercial a las afueras—. En el fondo. Donde no haya nadie.
Diego obedeció sin preguntar por qué. Aparcó en el rincón más alejado, junto a una columna y una furgoneta de reparto. Apagó el motor. Carla no se movió. Se quedó mirando al frente, con las manos cruzadas sobre el bolso en el regazo, y cuando habló, su tono había cambiado por completo.
—Diego. Necesito que me escuches con atención.
Él la miró. Algo en su expresión había cambiado. Los ojos marrones que él asociaba con conversaciones largas y risas de madrugada parecían ahora más fríos, más calculados. Era la misma Carla, pero también era otra.
—Sé perfectamente lo que piensas cuando me miras —dijo—. Y antes de que esta tarde se malinterprete, voy a asegurarme de que todo quede muy claro entre nosotros.
Abrió el bolso. Diego esperaba cualquier cosa: un teléfono, unas llaves, un pañuelo. No esperaba lo que Carla sacó con ambas manos y depositó sobre su propio regazo con toda la calma del mundo.
Era una jaula de castidad. Pequeña, cromada, con un acabado que no tenía nada que ver con los artilugios baratos que Diego había visto en internet en noches de insomnio. Esta era diferente. Pesada. Seria. El tipo de objeto que no deja ninguna duda sobre su propósito.
Diego sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—Tienes cinco minutos —dijo Carla—. Los baños del centro comercial están a la izquierda según entras. Si tardas más de eso, me marcho. Y me llevo la llave conmigo.—Hizo una pausa breve—. Y te aviso: esta jaula no es como las de catálogo barato. Esta es especial.
Diego abrió la boca. Quería decir que no hacía falta, que ella podía confiar en él, que no había traído condones porque ni siquiera se le había pasado por la cabeza que fuera a pasar algo. Pero mientras intentaba encontrar las palabras, su cuerpo ya había tomado la decisión por él. Notó calor en las mejillas. Notó también, con una vergüenza que no supo adónde dirigir, que su entrepierna llevaba varios segundos haciéndole saber exactamente lo que sentía al respecto.
Salió del coche.
Los baños del centro comercial olían a desinfectante de pino. Diego entró al primer cubículo libre, echó el cerrojo y se quedó de pie con la jaula en la mano. El corazón le latía en las sienes. Todos los argumentos racionales se habían evaporado. Solo quedaba eso: el peso frío del metal entre los dedos y la conciencia nítida de que Carla contaba los minutos.
Cuatro minutos y medio después salió con la jaula puesta.
Se lavó las manos sin mirarse en el espejo. Caminó de vuelta al parking con la cabeza baja, consciente de cada paso, de cada rozamiento del tejido contra el metal. Llegó a donde había aparcado y se detuvo en seco.
El coche no estaba.
Diego miró a su alrededor. Contó las columnas. No se había equivocado de planta. El coche no estaba. Y el teléfono, que había dejado en el compartimento de la puerta, tampoco.
Tardó exactamente ocho segundos en comprender lo que acababa de ocurrir.
Luego escuchó el claxon. Un sonido seco que resonó por todo el nivel del parking. Diego se giró y vio su coche tres plazas más arriba, con Carla detrás del volante. Ella se reía con ganas, con una carcajada abierta que él nunca le había escuchado antes. Con la mano derecha sostenía algo frente al cristal, haciéndolo girar para que Diego lo viera bien bajo las luces de neón.
La llave de la jaula.
Diego caminó hacia el coche con las piernas que no le respondían del todo. Se subió al asiento del copiloto. Carla ya no se reía, pero la sonrisa seguía instalada en la comisura de sus labios como si fuera permanente.
—Bien —dijo, arrancando—. Vamos al cine.
***
La sala estaba casi vacía cuando llegaron. Una pareja en la última fila. Un hombre mayor hacia el centro. Carla eligió los asientos del extremo, los más alejados de los demás. Cuando se sentaron, la jaula ya llevaba suficiente tiempo puesta como para que Diego entendiera con exactitud qué significaba no tener ningún control sobre la situación.
Las luces bajaron despacio. La película, una de acción que Diego había elegido semanas antes sin imaginar que la vería en estas circunstancias, comenzó con una secuencia de persecución que nadie en la sala prestó atención.
Diego menos que nadie.
Carla se inclinó hacia él cuando la pantalla llenó la sala de ruido.
—Antes de que esto arranque del todo —susurró—, hay una cosa más.
Sacó algo del bolso. Un paquete pequeño, envuelto sin mucho cuidado, y junto a él un tubito de lubricante. Diego lo miró sin entender todavía.
—Vas al baño y te pones esto —dijo ella—. El lubricante, con cuidado. No quiero que salgas con el pantalón manchado.—Hizo una pausa calculada—. Eso sería una lástima para los dos.
Diego abrió el paquete en la penumbra. Necesitó un momento para identificar lo que tenía entre las manos. Cuando lo identificó, tuvo que llevarse el puño a la boca para controlar el sonido que quería salir de su garganta.
Era un butt plug. No pequeño. No el tipo que uno elegiría por su cuenta la primera vez.
—Tienes hasta que terminen los tráilers —dijo Carla, y volvió a mirar la pantalla como si nada.
Diego se levantó.
El pasillo hacia los baños le parecía más largo que nunca. Caminó con el paquete bajo el brazo, sintiendo que llevaba escrito en la frente lo que iba a hacer, aunque nadie le prestara la menor atención. Entró al cubículo del fondo, echó el cerrojo y apoyó la espalda contra la puerta un momento antes de empezar.
El espacio era reducido. La jaula complicaba cualquier movimiento. Tuvo que apoyarse en la pared varias veces para no perder el equilibrio y, al final, se rindió y usó el lubricante, aunque hubiera preferido no hacerlo. Cuando terminó y abrochó el cinturón, algo había cambiado en la forma en que percibía su propio cuerpo. Cada paso de vuelta a la sala fue diferente al anterior. El plug era constante, irrefutable, imposible de ignorar.
Carla lo miró cuando se sentó. No dijo nada. Solo asintió, una vez, breve, como si una hipótesis hubiera quedado confirmada.
La película llevaba veinte minutos cuando Diego sintió la vibración.
No era intensa al principio. Era apenas un zumbido, lo justo para que Diego tuviera que hacer un esfuerzo consciente para no reaccionar. Miró a Carla de reojo. Ella tenía el teléfono en la mano, pantalla orientada hacia ella, y no le devolvió la mirada.
La vibración aumentó.
Diego apretó los brazos del asiento. En la pantalla, alguien perseguía a alguien por los tejados de una ciudad que no llegó a identificar. El sonido de la sala cubría todo. La vibración seguía subiendo, regular, sin pausa.
—Carla —dijo, muy bajo.
—Calla —respondió ella, sin apartar los ojos de la pantalla.
Diego cerró los ojos. Intentó pensar en el parking, en el frío del metal, en cualquier cosa que no fuera la presión constante y rítmica que no le dejaba ninguna salida. La jaula hacía su trabajo con precisión. No había escapatoria posible en ninguna dirección. Su cuerpo estaba atrapado entre las dos piezas de metal y la voluntad de Carla, y esa combinación resultaba imposible de sostener durante demasiado tiempo.
Cuando ocurrió, fue sin aviso. Un espasmo que recorrió todo su cuerpo de abajo arriba. Diego se llevó el puño a los dientes para no emitir ningún sonido. La pantalla frente a él se volvió borrosa durante unos segundos.
Carla bajó el teléfono.
Se volvió hacia él con una calma que resultaba casi cruel. Deslizó la mano dentro de la ropa de Diego sin apresurarse, sin comprobar si alguien miraba. La sacó y Diego supo, sin necesidad de verla, lo que había en ella.
Carla extendió los dedos frente a él.
Diego no esperó a que ella dijera nada. Empezó a lamerle los dedos despacio, uno a uno, mientras en la pantalla la película continuaba sin él.
—Bien hecho —dijo Carla, en voz muy baja. No había ironía en el tono. Solo una constatación fría, casi satisfecha—. Muy bien hecho.
Subió las vibraciones al máximo.
Diego agarró el brazo del asiento con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Carla se recostó en la butaca con toda la tranquilidad del mundo, cruzó las piernas y dirigió la vista hacia la pantalla. En ese instante, con las luces de la sala proyectando sombras sobre su perfil y el vestido de PVC brillando en cada destello de la película, Diego entendió algo que no había entendido en dieciséis años de conversaciones.
La dulzura de Carla era real. Y al mismo tiempo era exactamente lo que el título prometía: no debía haberle engañado.
—Queda hora y media —dijo ella—. Intenta prestar atención a la película.
Diego no prestó atención a la película.
***
Cuando salieron al pasillo, la luz artificial era demasiado intensa después de tanto tiempo en la oscuridad. Diego caminó junto a Carla hacia la salida, consciente de cada paso, del frío del parking que empezaba a filtrarse por las puertas automáticas.
En el aparcamiento, bajo las luces de sodio naranja, Carla se detuvo junto al coche y lo miró por primera vez desde que habían salido de la sala. No era la mirada calculada de antes. Era la otra mirada, la de Telegram, la de las noches largas.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dijo Diego.
—Bien.
Ella abrió el bolso y le devolvió las llaves del coche. Las llaves de la jaula no las sacó. Él sabía que no lo haría todavía. Carla no cambiaba las condiciones a mitad del camino: había dicho que no hasta llegar a casa, y eso era lo que iba a ocurrir.
Entraron al coche. Diego puso el motor en marcha. El asiento presionaba contra el plug y él tuvo que reajustar la posición en silencio.
Carla miraba la carretera.
—La semana que viene —dijo, como si retomara una conversación interrumpida hace un momento— hay una película francesa que me interesa ver.
Diego la miró de reojo.
—¿En versión original?
—Por supuesto.
Diego asintió y volvió a mirar al frente. Valencia pasaba por la ventanilla en forma de semáforos y escaparates cerrados. Pensó en el parking, en los baños del cine, en el peso de la jaula cromada y en los dieciséis años que habían llevado hasta este asiento, esta noche, esta carretera.
—Puedo buscar horarios mañana —dijo.
Carla sonrió. No fue la sonrisa diabólica de la sala oscura. Fue algo más pequeño, más privado, más parecido a la persona que él había conocido al otro lado de una pantalla durante la mitad de su vida.
—Eso —dijo ella—. Busca horarios.
Condujeron en silencio. Diego pensó que quería dar las gracias, aunque no sabía exactamente por qué ni cómo formularlo sin que sonara extraño.
—Gracias —dijo al final.
Carla no respondió de inmediato. Dejó pasar dos semáforos en verde.
—Todavía no —dijo—. Todavía no me des las gracias.
Diego no preguntó por qué. Tampoco hacía falta.