Le pedí a mi amigo que me envolviera en plástico
Damián siempre tenía historias raras. Era el tipo de amigo con el que podía sentarme una hora en su salón, con una copa de vino tinto y los pies descalzos sobre el sofá, hablando de cualquier cosa sin filtro. Esa noche le tocaba a él contar.
—Te juro que es lo más excitante que he probado —me dijo, girando la copa entre los dedos—. Pero a las chicas hay que explicarles bien. La mayoría se asusta.
—¿De qué hablas?
—De envolverlas. En film stretch. El de embalar.
Casi escupí el vino.
—¿Cómo que envolverlas?
—De los pies a la cabeza. Como un paquete. Después le hago agujeros donde necesito, y listo.
Lo miré como si me estuviera diciendo que cocinaba con orina. Pero él hablaba con la naturalidad de quien explica una receta de pastas. Esa fue la trampa: cuanto más detalle daba, más me quemaba algo en el estómago.
—Cuéntame cómo lo harías —le pedí sin pensar—. No conmigo. Cuéntame, nada más.
Sonrió como si hubiera estado esperando esa pregunta toda la noche.
—Primero la desnudo entera. Sin prisa. Le voy quitando la ropa pieza por pieza y dejo que sienta el aire frío después de cada prenda. La hago girar para mirarla bien antes de empezar.
Crucé las piernas. Disimuladamente.
—Después agarro el rollo y arranco. Empiezo por los tobillos. Vuelta tras vuelta, subiendo. Las piernas primero, luego la cintura, los brazos pegados al cuerpo, el torso. Termino en la cabeza. Lo único que dejo libre es la nariz. Boca tampoco. Tiene que respirar nada más.
—¿Y entonces?
—La levanto en brazos y la apoyo en la mesa. Boca arriba.
Le di otro sorbo al vino para hacer algo con la boca. Él seguía.
—Una vez sobre la mesa, agarro un cúter y empiezo con los agujeros. Aquí —se tocó el pezón izquierdo a través de la camiseta—. Aquí el otro. Después la doy vuelta y le hago uno entre las nalgas. A veces, según el ánimo, le hago otro adelante.
—¿Y ella no puede moverse?
—No puede. Por eso es importante elegir bien a la chica. Tiene que confiar.
Sentí un latido entre las piernas que no podía ignorar. La copa me temblaba. Me toqué un pezón a través del vestido, fingiendo que me acomodaba el escote, y supe que ya estaba mojada.
—Voy al baño —dije, levantándome más rápido de lo necesario.
—Toma lo que quieras —contestó, sin sospechar nada.
Cerré la puerta del baño, me apoyé en la pared y me bajé las bragas. Estaban empapadas. Me toqué con dos dedos, los círculos cortos y rápidos que sé que me hacen acabar en menos de tres minutos. Me mordí el dorso de la mano para no gritar. La imagen mental no fallaba: yo, envuelta como un paquete, brillando bajo la luz de su comedor, con dos pezones asomados por dos agujeros perfectos.
Volví al salón como si nada y terminamos la noche hablando de otra cosa. Damián se fue cerca de la una, y yo me acosté con la mano entre las piernas y la otra en mi pezón derecho. No podía dejar de imaginarme dentro de ese plástico. Acalorándome. Sudando bajo la película. Mojándome sin que ningún jugo escapara, porque todo quedaba atrapado conmigo.
***
Al día siguiente le escribí. Me tomó toda la mañana animarme.
«Quisiera probar lo que me contaste anoche.»
Tardó dos minutos en responder. Cuando vi los puntitos del «escribiendo…», me pasó electricidad por la espalda.
«Pásate esta noche. A las nueve. Tengo todo.»
Pasé el día como una idiota. Me probé tres conjuntos de lencería distintos. Terminé eligiendo el blanco, el de encaje fino, el que me hacía sentir como si fuera la primera comunión de mi propia perversión. Me afeité con cuidado. Me puse perfume en lugares ridículos: detrás de las rodillas, en el pliegue del codo, en el ombligo. Después me reí de mí misma. Iba a estar envuelta en plástico. Nadie iba a oler nada.
Para encima quería ponerme un vestido, pero a último momento me lo quité. Si tenía que entrar a su edificio, no quería que el portero me mirara como si fuera a una boda. Agarré una gabardina larga, de cuero suave, que me cubría hasta las rodillas. Debajo, solamente la lencería blanca. Me miré al espejo y sonreí. Parecía una mujer común que iba a buscar pan a las nueve de la noche.
***
Damián abrió la puerta antes de que yo terminara de tocar el timbre. Llevaba una sudadera gris y el pelo recién salido de la ducha. Me miró la gabardina abrochada hasta el cuello y arqueó las cejas.
—Vienes muy vestida —dijo.
—Espera.
Se giró para cerrar la puerta y aproveché. Me desabroché los botones uno por uno, sin prisa, y dejé caer la gabardina al suelo. Cuando volvió la mirada, se le congeló la sonrisa.
—Joder.
Me agarró de la cintura y me besó. Un beso húmedo, con lengua, sin preguntar. Sentí latir mi corazón con esa estúpida torpeza de las primeras veces. Me dio la vuelta, me palmeó la nalga derecha con la mano abierta, y solté un quejido contra su hombro. Me bajó las bragas despacio. Las hundió contra su cara, inhaló hondo, y se las guardó en el bolsillo del pantalón. Nunca me las devolvió. Sigo pensando si pedírselas.
Empezó a envolverme ahí mismo, parada en la entrada del salón. Tenía práctica. No daba dos vueltas en el mismo lugar; las cintas de plástico se montaban una sobre otra de manera prolija, sin pliegues, sin huecos. Empezó por los tobillos, subió por las pantorrillas, los muslos, las caderas. Me quedó libre la entrepierna unos segundos antes de cubrirla también. Después los brazos: me los pegó al cuerpo y me los selló contra los costados.
—Respira tranquila —murmuró—. Por la nariz. Solo por la nariz.
Subió hasta el cuello. Me cubrió los labios. Me cubrió los párpados. Me dejó dos agujeros para los orificios nasales y un instante para acostumbrarme a la oscuridad. Después me alzó en brazos como si yo fuera un maniquí de escaparate.
—Ahora quédate quieta. Voy a hacer los agujeros.
No podía moverme aunque quisiera. El plástico me apretaba las piernas, los brazos, el cuello. La temperatura del piso subía. Damián tenía la calefacción al máximo, y supe que no era casualidad. Quería que me cocinara dentro de mi propia envoltura.
Sentí el cúter primero a la altura del pecho. Dos cortes pequeños, precisos. Mis pezones saltaron afuera como si hubieran estado esperando todo el día. Los tenía duros, dolorosos, como dos puntos calientes que de pronto encontraban aire fresco. Damián se inclinó y me lamió uno, después el otro. Una lamida lenta, larga, que me arrancó un gemido apagado debajo del plástico.
—Date la vuelta —dijo.
Me dio la vuelta él mismo. Quedé boca abajo sobre la mesa de cristal del comedor. Mis pezones, libres, rozaron la superficie helada y casi grité. Estaban tan duros que sentía que iba a rayar el cristal.
El siguiente corte fue entre las nalgas. Sentí el aire fresco contra esa parte de mí que normalmente no recibe nada de aire, y se me crispó el cuerpo entero. Damián pasó un dedo por encima del agujero, sin entrar todavía. Solo rozando.
—Mira cómo estás —dijo en voz baja—. Estás transpirando como una loca. Te chorrea.
No podía verme, pero sabía que tenía razón. Sentía mis propios jugos correr por la cara interna del muslo, atrapados en el plástico, sin escape. La envoltura los retenía contra mi piel, los hacía circular, y eso me ponía peor.
Me alzó otra vez. Me llevó al sofá. Me apoyó boca abajo sobre los almohadones, con las piernas separadas hasta donde el plástico permitía. El agujero de atrás quedó perfectamente alineado con su altura.
Empezó por los pezones. Los tironeó suave, después fuerte. Los pellizcaba a través del cristal donde los apoyaba contra la mesa, y los soltaba antes de que yo pudiera entender qué estaba pasando. Me palmeó la nalga, primero floja, después con ganas. Cada palmada hacía vibrar el plástico, y la vibración se me metía adentro.
—No aguanto más —le dije, aunque mi voz salió ahogada por la película.
Me la metió por atrás. Sin pedir permiso, sin avisar. Mi cuerpo entero estaba lubricado de sudor y de mis propias ganas, todo concentrado debajo de esa segunda piel artificial. Entró de un tirón largo, hasta el fondo. Yo grité contra el plástico, y el plástico devolvió el grito convertido en un quejido sordo.
Empezó a moverse despacio, con una mano en mi cintura envuelta y la otra tirándome del pelo a través del film. Yo no podía hacer nada. No podía empujar, no podía correrme contra él, no podía bajar la mano para tocarme. Solo podía recibir. Y eso me llevó al primer orgasmo más rápido de lo que esperaba.
Me sacudí entera dentro de la envoltura. El plástico crujió. Damián no paró. Me agarró más fuerte y siguió empujando, ahora más rápido, ahora más profundo. Acabé otra vez antes de que yo terminara de procesar el primero. Y otra vez. Perdí la cuenta. En algún momento, el cuerpo dejó de distinguir entre un orgasmo y el siguiente: era una sola onda larga, caliente, que me corría desde la nuca hasta los tobillos atrapados.
—Te voy a llenar —avisó.
No pude responder. Solo gemí. Sentí cómo se descargaba dentro de mí, caliente, en sacudidas que coincidían con las últimas contracciones de las mías. Cuando terminó, se quedó adentro un momento más, respirando contra mi nuca cubierta de plástico.
Después me dejó ahí, en el sofá, y se fue al baño. Volvió en bóxer, con la respiración todavía agitada, encendió el televisor y se desplomó en el otro extremo del sofá. No me dijo nada. Yo seguía envuelta, con dos pezones afuera, un agujero atrás, y un tembleque eléctrico que no terminaba de irse.
Sonó el portero.
Damián se quedó congelado un segundo. Después saltó del sofá.
—Es ella. Joder. Es ella.
—¿Quién?
—Mi novia. Está subiendo.
Se le iluminó la cara con un pánico que era casi cómico. Me cargó como un saco, todavía envuelta, todavía goteando, y me llevó casi corriendo al cuarto del fondo. Era el cuarto de las herramientas: olía a aceite de motor y a madera vieja. Me apoyó contra una pila de cajas, me besó en el plástico que cubría mi frente, y me susurró:
—Quédate quieta. Vuelvo en un rato.
Cerró la puerta. Escuché sus pasos volver al salón, abrir la puerta principal, la voz de ella, una risa, un beso. Yo seguí ahí, plantada como un maniquí olvidado, con los pezones duros y el corazón latiéndome contra el plástico, pensando que tal vez esto era lo que más me había gustado de toda la noche.
Que ella no supiera que yo estaba a diez metros, envuelta y temblando.
***
Damián tardó casi una hora en volver. No voy a contar todavía qué pasó esa hora. Ni qué pasó después, cuando me sacó de ahí y me desenvolvió capa por capa sobre el suelo del cuarto, sin hacer ruido, mientras su novia dormía en la habitación de al lado.
Eso lo dejo para la próxima.